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Entrevistas Dayron Ortiz. Foto: Khristian Mauricio Casuso Dayron Ortiz. Foto: Khristian Mauricio Casuso

Dayron Ortiz, instrucciones (y algunos riffs) contra la adversidad

—A mí lo que se me da fácil, es porque algo malo va a pasar. Todo se me enreda. 

Dayron Ortiz estuvo ocho meses preparándose para entrar al Conservatorio Amadeo Roldán. Él, que no había estudiado guitarra, pero sí esgrima; él que no había estudiado solfeo, pero sí teatro; él que nunca había estudiado apreciación musical, pero sí contabilidad; él que alguna vez quiso ser pelotero. Él. Que primero tuvo que dejar la escuela. Convencer a Mamina —sobre todo a Mamina, quien antes había buscado guantes, trajes de esgrimista, lo había llevado en incontables ocasiones hasta el Museo Napoleónico para las clases de actuación con Raúl Eguren—, para que le comprara una guitarra. 

—De aquellas que vendían en Arte en la Rampa, a 50 CUC. 

Luego vinieron las clases particulares con Mayra Cruz, armonía y solfeo, viajes en una 174 hasta el paradero de Lawton. Y, más tarde, las lecciones de Esteban Campuzano, otros viajes cruzando el semáforo de Guanabacoa; más lecciones con Roberto Kessel, por aquel entonces Jefe de Cátedra de guitarra en el Amadeo Roldán; con Jorge Luis Garcel en el conservatorio Guillermo Tomás, otra vez en Guanabacoa; con Miriam Lay, otra vez el solfeo. 

— Recuerdo que el pase de nivel en ese año era por regiones: todo Oriente, todo Centro y todo Occidente. Recuerdo que cuando fui a hacer la pre-matrícula, a mi mamá le dijeron que no podía porque ya tenía 18 años. Supuestamente, no podía. Pero tenía un vecino, casi familia: Osvaldo Doimeadiós. Él averiguó bien cómo era el asunto. Hasta que pude hacer las pruebas. Llegó el día en que dieron los resultados y mi nombre no estaba entre los aprobados. Yo estaba consciente de que había hecho bien el examen, pero mi nombre no estaba por todo aquello. Yo decía: “no puede ser”; mi mamá decía: “no puede ser”; Mayra Cruz decía: “no lo puedo creer”. Hasta que llegó un amigo y me dijo: “Asere, tú sí aprobaste. Vi el listado y ahí hay una Dayana Ortiz. Ese eres tú. DAYana Ortiz es DAYron Ortiz”. 

Dayron apareció como Dayana en los pases de lista de los profesores, durante su primera semana en el Amadeo Roldán. 

***

Justo detrás de la calle Ayestarán, en ese límite extraño que, a veces, nos impide distinguir si estamos en el Cerro o en Plaza, además de Dayron vivían también Juan Pablo Domínguez, entonces bajista de Habana Ensemble;  el guitarrista Roberto Luis Gómez, entonces estudiante de la Escuela Nacional de Arte (Ena); y Yamil Marfil, El Talento, coleccionador de sellos, de monedas, “tocador” de guitarra, “cantador” de Silvio, Pablo, Maná, influencer de barrio. 

En casa de Juan Pablo, los fines de semana de la primera década de los 2000, las descargas desbordaban el pequeño espacio de un balcón y los juegos de Atari alcanzaban las seis de la mañana. Estaban el fútbol, la música, la vida, y aquellos muchachos —Dayron, Roberto Luis, Yamil— que pretendían no quedarse fuera de ese ambiente. 

Dayron Ortiz. Foto: Khristian Mauricio Casuso

Dayron Ortiz. Foto: Khristian Mauricio Casuso.

—Ahí me prendió el bichito de la guitarra. En el barrio. De ahí surgió todo. Es curioso, porque ese instrumento siempre había estado en mi casa: mi tío lo tocaba de manera empírica en las fiestas familiares y yo, de vez en cuando, pasaba y le daba un trastazo a las cuerdas. Sin embargo, a mí, de niño, me atraía más la percusión, darle algunos golpes a los cubos. Hasta que por ese afán de “encajar” en el barrio, le pedí a Juan Pablo que me diera algunas clases, que me explicara algo. Primero me enseñó la escala cromática, que si la mano izquierda, que si la mano derecha. Y aquella historia me fue capturando. En casa de Juan Pablo se vivía mucha música, y nosotros mirábamos cómo estudiaba. Él, incluso, nos montaba en una motico que tenía su esposa y nos llevaba al Jazz Café, a escuchar a Habana Ensemble. Tenía, si acaso, 16 años y aquel mundo me atrapó. 

Entonces, Juan Pablo les regaló un disco de Pat Metheny. El mundo, definitivamente, se vino abajo. 

***

—En mi primer año en el Amadeo tuve la oportunidad de tocar junto a Roberto Luis con Lynn Milanés, en el lanzamiento de su disco. Conocí a Elmer Ferrer, quien me ayudó a conseguir, a muy buen precio, mi primera guitarra eléctrica. Elmer ha tenido mucho que ver con el movimiento de la guitarra en Cuba, siempre nos dio muy buenos consejos: a mí, a Robe, a Héctor Quintana. Yo tuve la suerte de tropezar con todos esos excelentísimos músicos y recibir su influencia. 

Pero durante sus años en el conservatorio, Dayron va a tropezarse con otros músicos que moldearían, digamos, al Dayron que vendría después. 

—De repente llega [Roberto] Chorens y endereza la escuela. Un director muy duro, recto, que, creo, era lo que le hacía falta al Amadeo. Y, también de repente, Daymé Arocena en las voces, Jorge Coayo en la percusión, Aniel Someillán en el bajo y yo, en la guitarra, teníamos un proyecto: Sursum Corda que, en latín, significa Arriba corazones. Por supuesto, Chorens fue quien escogió el nombre y nos envió, incluso, a un festival en Nicaragua. Fue increíble. Nosotros siempre le estaremos agradecidos por eso: por el apoyo a nuestra música, por dejar que nos enfocáramos en ella y ayudarnos a defenderla, aun siendo estudiantes. 

Después, en ese mapa de crecimiento profesional aparecería el concertista Joaquín Clerch —de quien recibió clases—,  Melvis Santa —fundadora del cuarteto Sexto Sentido, quien lo contactó, al azar, para emprender su nuevo proyecto—, el pianista Dayramir González con quien compartiría un concierto. Todo eso, mientras él entendía que la música popular era su camino. 

—Estuve así un tiempo, intentando entrar en el grupo de los músicos. Porque siempre tuve algo claro: la única fama que yo quería era precisamente esa: que los músicos reconocieran mi trabajo. No me interesaba salir a la esquina y que se desmayaran por mí. Quería que aquellos, mis semejantes, valoraran lo que yo hacía. 

Entonces vino el servicio social en la empresa Adolfo Guzmán. Y un suceso que lo cambió todo: la muerte de Mamina. 

—Siempre lo digo: hay un Dayron antes y uno después de la pérdida de mi mamá. Ahí empecé a valorar más lo que estaba pasando conmigo. Entendí que había que hacer esto por ella. Un día me encontré con el percusionista Alejandro Aguiar, quien me comentó que Frasis, bajo la dirección de Roxana Iglesias, buscaba un guitarrista para un concierto en Fábrica de Arte Cubano. Después de eso, ella me propondría quedarme en el proyecto no solo como guitarrista, sino además como arreglista. Yo nunca había escrito para cuerdas, pero le dije que sí: “Yo te hago los arreglos”. Esa fue la puerta que se me abrió en aquel momento. Ahí empiezo a conectar nuevamente con la música. 

En marzo de 2017, Frasis —el proyecto que nació en 2010 como un cuarteto de cuerdas y cuyo formato mutó, al incorporar guitarra, bajo y percusión— publicaba su segundo disco: Para no parar, bajo el sello Egrem. Un álbum volcado más a lo instrumental, que apelaba sobre todo al sonido y la tímbrica del jazz, con arreglos de temas antológicos y otros contemporáneos de la autoría de la violinista Roxana Iglesias y del propio Dayron Ortiz, quien —además— sería el productor musical. 

—Es algo muy curioso. Siempre termino siendo el productor o director musical en los grupos que dirigen mujeres. 

Melvis Santa, Arlenys Rodríguez, Roxana Iglesias, Telmary, Idania Valdés, Haydée Milanés. La lista de mujeres a las que Dayron les ha producido —o dirigido, musicalmente— debería empezar por ahí. O por el disco Ella y yo (Bis Music, 2021), más reciente, de una dupla extraterrestre: Haydée y Miriam Ramos. 

***

Es diciembre y es, también, 2018. Las puertas de la 40 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana abren con un concierto de Haydée. Ella, cantándole a otras voces —latinoamericanas—: Violeta Parra, Chico Buarque, Chavela Vargas, Fito Páez, Silvio, Pablo. Es un concierto muy íntimo, a pesar de suceder en el gigante Karl Marx. La intérprete, de entonces 38 años, a cada rato mira a su derecha desde donde suenan las guitarras. Al terminar, pide al público un aplauso —o varios, o todos— para quien hizo los arreglos de aquellas maravillosas canciones que ese día, jueves 6, ella les había regalado. Señala a Dayron. El guitarrista comienza así a coquetear con la dirección musical de una de las cantantes más potentes de la escena cubana hoy. 

—Luego tendría la posibilidad de hacer dos arreglos para su disco Amor Edición Deluxe: Hay, con Joaquín Sabina; y Ya ves, junto a Silvia Pérez Cruz. Ella me dio esa oportunidad. Con Haydée poco a poco ha surgido una química tremenda. Al final, nos entendimos muy bien. Ahora estoy trabajando un disco que surgió de una idea que ella y Marta [Valdés] tuvieron: un disco del Niño Rivera, un tresero extraordinario. Y Haydée nuevamente volvió a confiar en mí para la producción y la dirección musical de ese álbum. Ha sido difícil: respetar esa música, los arreglos y la sonoridad de ese tiempo.

El inicio de la relación —musical— entre Dayron y Haydée podría contarse de esta manera: 

El primer encuentro fue aquel concierto con Lynn, cuando el guitarrista apenas iniciaba sus estudios en el Amadeo. Luego un segundo en el Cine Yara, Idania Valdés grabando lo que después se convertiría en su DVD Idania Valdés: Más allá del Club Social (Egrem, 2021); Haydée toda de negro, la hija de Amadito Valdés con un vestido malva y lentejuelas; esas dos voces, juntas, para cantar En nosotros, de Pablo. Dayron acompañándolas.  

En los juegos del destino, el guitarrista volvería a cruzarse con la Milanés en una prueba de sonido en México. También luego, ya en Cuba, una llamada telefónica del mánager y esposo de la cantante, Alejandro Gutiérrez. Lo demás es presente. 

Pero antes de Haydée, estuvo Telmary y un concierto en el Pabellón Cuba. Un concierto que supondría la primera vez que el guitarrista militaría en las filas de Habana Sana, banda hipnótica. Promediaba, en La Habana, el año 2014. 

—Entonces pasó algo que todavía hoy me sucede mucho: cada vez que estoy tocando con un músico conocido, me parece que estoy en un sueño. Es algo que no estoy viviendo, porque de niño lo veía muy lejos. Poner el televisor y ver a Interactivo, a Telmary, escuchar sus discos; ver a Pablo y luego encontrarme en un concierto suyo. A veces me pregunto: ¿qué hago aquí? No me lo creo. No sé qué pasó en mi vida, pero aún no me lo creo.

Con Telmary, el guitarrista vuelve a hablar de la química. Es, para él, imposible trabajar con alguien si eso no existe. 

—Tiene una espiritualidad y una energía que admiro muchísimo. Siempre me dice que soy su lazo con la música. Ella me dio la posibilidad de crear, de hacer lo que quisiera. 

Él hizo, en efecto, lo que quería. 

***

No sabe bien las fechas. Dayron es, siempre —o casi siempre—, inexacto con ellas; y con los nombres. Pero asumamos que fue en pandemia y en 2020. Ese tiempo muerto, de días largos y poca —ninguna— fiesta, cuando matar las horas era lo mismo que vivirlas. 

Alejandro Gutiérrez le insiste: “Creo que es el momento de grabar tu música. Yo te ayudo con la producción. Prepara todo lo necesario para presentar el proyecto. Vamos a intentarlo”. Entonces viene la grabación de Lluévete, primer sencillo de lo que será su primer disco, Ser (Egrem, 2022). República Records, estudio independiente que desde hace un tiempo ha comenzado a nuclear lo más valioso de la escena musical y emergente en Cuba, es su primera casa. Alfonso Peña, ingeniero de sonido cubano con más de 30 años de experiencia en la industria y radicado en España, es su primer “asesor de sonido”. 

—Cuando hicimos la primera grabación, no me gustó mucho cómo quedó la percusión. Entonces llamé a Ruy Adrián López-Nussa y le expliqué lo que quería, y volvimos a grabar en su casa, en su estudio. Ahí empezó la idea de armar una banda que me acompañe. 

La Tropa. Ese es el nombre con el que Dayron presenta a esa banda con formato de cuarteto: Gabriela Díaz en el violín, Julio César González en el bajo, Armando Osuna en la percusión, él mismo en las guitarras. Más allá del marketing, es un apelativo que nació con la urgencia de las redes sociales. Una banda donde nadie es protagonista y, sin embargo, todos lo son.

Dayron Ortiz y La Tropa. Foto: Cortesía del artista.

Dayron Ortiz y La Tropa. Foto: Serguei Rodríguez.

—Yo he tratado de que no sea el típico cuarteto de un guitarrista, donde todos los temas están enfocados en la guitarra. Me he sentado a estudiar lo que ha pasado con ese instrumento en Cuba. A Chicoy, a Elmer Ferrer, a Héctor Quintana, a aquellos que decidieron emprender un proyecto; y me he percatado de que todo gira en torno a ella. Elmer invita más a algunos cantantes, pero la guitarra siempre está ahí. Yo estoy un poco en contra de eso: de alargar los solos. Al final, todos tienen un sello: Martiní tiene su onda en la guitarra acústica, sus cosas cubanas, un trabajo súper fino; Héctor es más jazzista; Chicoy tiene sus discos onda pastilla; Elmer es más friki, más blusero, aunque en Metrópoli hay temas jazzísticos espectaculares. De todos bebí  y decidí hacer mi propia historia. No me considero jazzista, no me considero rockero, me considero músico y decidí que mi proyecto defendiera todas mis influencias. Muchos guitarristas, de hecho, me decían que estaban locos porque saliera el disco; siempre pensé: se van a llevar una sorpresa. Acá la guitarra no es el centro. Y es que tuve la oportunidad también de trabajar junto a William Roblejo. 

En 2019 Roberto Luis Gómez, guitarrista de Roblejo’s Trío, decidió radicarse en Los Ángeles. A partir de entonces, Dayron también defendería la geografía sonora de ese proyecto junto a William, su líder desde el violín, y el propio Julio César, en el bajo. Antes, en  Frasis, también el violín estaba ahí, contoneándose desde lo clásico. 

—El violín tiene otra historia y con él se pueden lograr muchísimas cosas. Cuando comencé a imaginarme el formato de la banda, me decía: ¿un saxofón?, voy a caer en el típico cuarteto de jazz; ¿una trompeta?, lo mismo. Entonces tenía el violín muy cerca, por mi trabajo con William, con Frasis, por mi novia, violinista. Le pedí probar a ver qué pasaba. Ella tampoco lo está tocando de manera natural. Lo hace con pedales, igual que la guitarra, con delay, con chorus, con efectos. No es entonces un violín clásico. En el disco, de hecho, lleva un peso importante. Y es que cuando concebí este álbum, también lo hice pensando como productor. No solo como compositor. Quizás mañana, si tuviese que hacer un concierto en trío, todo recaería en la guitarra. Pero, por ahora, trato de evitarlo. Por otra parte, me interesa que los instrumentos no hablen al mismo tiempo; que cuando uno improvisa, los demás mantengan la armonía, la melodía, el ritmo de lo que venían tocando. Todo el tiempo estoy pensando: ¿cómo hago para que esta música, que es instrumental, sea comprendida por todas las personas? 

¿Cómo hacerlo? 

***

A poco más de 15 kilómetros del centro de la ciudad, pero acaso a solo dos del Aeropuerto Internacional José Martí,  del extremo izquierdo a la entrada del Hospital Psiquiátrico de La Habana, hay una gasolinera. Y una calle. Una calle que, al final, muta en barranco. En el paisaje: los terrenos fértiles próximos al río Almendares. Ahí, en el reparto Río Verde, del municipio de Boyeros, tiene Dayron su nueva casa. Y su home studio. La caseta, le llama en Instagram. En el espacio, reducido, con paredes perfectamente insonorizadas, hay cinco o seis guitarras —diferentes—, pedales, un teclado, el Pro Tools en una computadora, en la cabina de grabación, un set de percusión. Hay, además, una puerta blanca que custodia el acceso. Una puerta blanca que, desde el interior del estudio, funciona también como pizarra, y donde Dayron y sus músicos han escrito, en negro, la armonía, los compases de alguna canción. Dentro de un rectángulo, subrayado varias veces, como si el primer énfasis no fuese suficiente, una letra y tres números. K-003, se lee. 

—Ese es el título de una canción del disco. ¿Qué significa? 

—Es la chapa del carro de mi suegro. De hecho, ahí nos movemos para todo. Un día, en el carro, estábamos escuchando country (a él le gusta mucho esa música) y me dice: “Hay que hacer un tema con esta ondita”. Cuando llegué a la casa, me senté y lo hice. A mí la música country “me da” carretera. 

K-003, el tercer sencillo de Ser, tiene mucho de eso. Es como un viaje. A ambos lados de las ventanillas transcurre el paisaje. A veces hostil, con riffs ácidos. A veces en calma, con algunos repiqueteos en las congas. El violín, siempre, anuncia la adrenalina que supone ir a toda velocidad por la ruta. 

Así también fluye el disco. Nueve canciones. Treinta y ocho minutos y dos segundos de escucha. A toda máquina. 

—El disco no se iba a llamar Ser, sino Soy, como el segundo tema, el de Telmary. 

—¿Por qué el cambio de nombre? 

—Buena Fe ya tenía un disco que se llama así. Al principio no le hacía mucho swing al nuevo nombre, pero después empecé a interiorizar el cambio. Y sí, tenía mucho que ver con lo que quería al final. El disco es lo que soy, muestra los momentos en que la música viene a mí. Todo lo que ha pasado conmigo hasta hoy. Pero la música viene a mí y cobra sentido en las manos de los otros músicos que participaron. Por eso Ser, porque también los identifica a ellos. 

—¿Cómo fue el proceso de composición de Soy entonces?

—Ese tema lo escribí en un apagón y al inicio no iba a tener a Telmary como invitada. El día que lo compuse, colgué la guitarra y abrí Facebook. De pronto me salió Vizcaíno Jr. haciendo un ritmo arará en las tumbadoras. Aquello me gustó. Le hice un videíto a la pantalla del móvil, puse el ritmo y sobre él empecé a tocar la guitarra. Entonces entendí que podía llevar el tema por sonoridades más afro. Soy transmite la idea del disco: de dónde venimos, cuáles son nuestras influencias, nuestros ancestros. Luego pensé en llamar a Telmary. Lo único que yo tenía claro era que ella dijera “¡rompe tambó!”, después que hiciera lo que quisiera. Cuando llegamos al estudio no habíamos hablado nada del tema, le puse la música y a ella le encantó. Le dije: “quiero que hables de lo que somos nosotros, de todas las cosas que nos definen”. Entonces ella empezó a escribir; creo que lo tuvimos en menos de una hora. 

Ni un ya no estás es el tema de Alberto Tosca que interpretas junto a Haydée Milanés. Es el único de todo el disco que no es de tu autoría. ¿Qué tiene esa canción que la convirtió en la excepción?

—Yo siempre tuve muy claro que Haydée iba a estar en este álbum. Tenía la idea de hacer un tema mío y que ella apareciera con la voz, onda scat, pero no me convencía del todo. Le pedí entonces que me propusiera alguna canción. Me mandó tres. No recuerdo cuáles eran las otras dos, ni las escuché. Este tema de Tosca —que ella tenía grabado en un disco homenaje a él que hizo la Egrem—, no sé, me llevó a muchas cosas. A mí me parecía que era una canción dedicada a mi mamá. Un día vino mi hermana y se la puse. Mi hermana no es músico, no conocía el tema y empezó a llorar. Me dijo: “¿Se la hiciste a mami? Qué linda te quedó…”. Creo que la música es algo con lo que te tienes que identificar. Yo escucho esa canción hoy y me mata. Es muy sencilla, es muy transparente, pero con un mensaje muy profundo. La interpretación que hizo Haydée tiene la atmósfera que quería lograr. 

—¿Hay un tema que compusiste para tu mamá en el disco? 

Soñando contigo, en el que aparece Ernán López-Nussa, es un tema que compuse para ella. En todas las cosas que yo hago, siempre hay una dosis de amor y sentimiento por ella. 

Recuerdos es una canción cuya base, sobre todo, son la guitarra y la percusión, pero tiene una grabación intercalada, a modo de sample, donde sobresale una frase popular del tema El guarapo y la melcocha, de Eduardo Saborit. ¿Qué es exactamente eso que escuchamos? 

—Ese tema no iba a estar en el disco. No existía. Pero yo soy una persona muy familiar. Me crié en ese ambiente de familia reunida, de muchas fiestas. En la pandemia, uno de mis tíos enferma de covid-19 y muere. Mis tíos siempre fueron como padres para mí. Soy, de hecho, el único sobrino varón de la familia. Mi abuela estaba muy malita también. Cuando esto sucede, todo se me viene abajo. Siempre que pasa algo así me saca el recuerdo de mi mamá. Eso nunca se va. Empieza a destapar muchas cosas. Así que me levanté y cogí la guitarra. La melodía salió pensando en todo lo que había pasado. El tema solo tiene batá, muchas guitarras, bajo y violín. Cuando lo escuchamos por primera vez nos dimos cuenta de que necesitaba algunas voces. Yo tengo unos videos de mi familia, de los cumpleaños, reuniones, almuerzos, fiestas. De ahí saqué fragmentos que me interesaban: la señora que habla al principio es mi bisabuela; hay un niño que grita por los bomberos, ese soy yo de chiquito; el final de la canción es mi mamá y mi tío, el que tocaba la guitarra, cantando ese tema de Saborit que mencionas. Entonces es eso: un flashazo de todos aquellos momentos. 

Por esa razón, o por todas, Dayron no incluyó Recuerdos en el setlist del concierto de presentación del disco. 

***

El sábado 7 de mayo de 2022, a las siete de la tarde, se suponía que la sala teatro del Museo Nacional de Bellas Artes acogiera, en formato de concierto, el estreno de Ser. Desde el martes, el primer álbum de Dayron Ortiz, con proyecto propio, estaba disponible en las plataformas digitales. El sábado, entonces, se suponía que sería el día en que él y La Tropa defendieran aquellos sonidos, en directo. A las 10:50 a.m. del viernes 6 de mayo, sin embargo, una fuga de gas devendría en explosión y destruiría el legendario hotel Saratoga, situado en el No. 603 del Paseo del Prado —a 550 metros del Bellas Artes—, provocando el derrumbe de gran parte de su fachada y la muerte de 45 personas. El concierto, como era de esperar, sería pospuesto. 

—A mí lo que se me da fácil, es porque algo malo va a pasar. 

A la semana siguiente de aquellos sucesos, Dayron quiso intentarlo de nuevo, esta vez en otro escenario. Las nuevas coordenadas: La casa de la Bombilla Verde, en la calle 11 de El Vedado. Dos días antes de la fecha pactada, del sábado 14 de mayo, el gobierno cubano decretó duelo oficial: habían encontrado el último cuerpo sin vida dentro de las ruinas del Saratoga. 

—Todo se me enreda. 

Dayron Ortiz y La Tropa en el Museo Nacional de Bellas Artes. Foto:

Dayron Ortiz y La Tropa en el Museo Nacional de Bellas Artes. Foto: Khristian Mauricio Casuso.

***

Solo una hora entre un concierto y otro. Solo una hora. 

Es jueves, 9 de junio, 10:00 p.m., y Dayron Ortiz y La Tropa se presentan en la Nave 1 de Fábrica de Arte Cubano. Al cierre, va hacia el camerino, habla con Gabriela, con Mandy, con Julio César, con los técnicos de sonido; se escucha el nombre de Elmer Ferrer, mencionan algo relacionado con una guitarra. Tania Menéndez, la productora de Fábrica, se acerca: “William ya está listo”, dice.  

A las 11 de la noche, también de ese jueves, Dayron camina hacia la Nave 4. Toca absorber los sonidos de Roblejo’s Trío y luego soltarlos a través de las cuerdas. 

—Eso es lo que siempre he querido, trabajar con varias personas, hacer varias cosas. Pero siempre, siempre, con la mente puesta en hacer algo mío.

Otro sábado, el 11 de junio del año en que Dayron cumple 33, el guitarrista lograría al fin defender ese “algo” que es suyo. Muchas de las canciones de su primer disco sonarían en la sala teatro de Bellas Artes; también otras nuevas que no aparecen —aún— recogidas en una placa. Ese día no llovió. Nada malo sucedió en La Habana. Fue un día común. 

Suave fue la tarde. 

Lorena Sánchez Periodista antes. Editora ahora. Como a Tom Waits, le gustan las hermosas melodías que cuentan cosas terribles. Más publicaciones
Daniel Rosete Aguilera Seguramente está escuchando música o hablando de ella. Algún día vivirá de hacer playlists. Inmune a los tonos de gris. Más publicaciones

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