Foto: cortesía del entrevistado. Adrián Aguiar: los caminos que conducen a la guitarra
Para espantar un poco los nervios o disimular la timidez, apenas intercambiamos unas palabras y ya Adrián estaba sacando la guitarra —todavía no descifro quién acompaña a quién, ambos son como uno—. Sonaron entonces los primeros acordes del instrumento “desafinado” especialmente para tocar el Claro de Luna de Debussy, en un arreglo que me envolvió desde la primera vez que lo escuché, durante un concierto que hizo a dúo con Jonathan Formell en La Casa de la Bombilla Verde. Después de verlo en esa presentación, le pedí esta entrevista.
“Yo hice una vida con el cello”
Cuando llegas a la escuela de música todo es nuevo y emocionante; el “no saber” es parte de la magia que poseen los instrumentos cuando uno los ve de cerca y les saca algún sonido, casi por casualidad. En ese primer acercamiento todos parecen ser igual de tentadores ¿cómo escoger solo uno? Por suerte o desgracia la decisión no es exactamente nuestra; por eso Adrián, que quería tocar violín, comenzó en tercer grado en la especialidad de violoncello.
“Yo estaba súper motivado, porque era un muchachito freaky gamer. Entonces cuando visualicé la posibilidad de hacerla, de sacar en algún instrumento la música que más me gustaba de los juegos. Había un tema de un juego de Naruto que tenía un violín y recuerdo muy claramente esa emoción. Cogí el primer [puesto en el] escalafón y me fue súper fácil, entré con las puertas muy abiertas (esto fue en el conservatorio Alejandro García Caturla [para hacer nivel elemental]), y entré en carreras largas: me dieron chelo, sí, hice una vida con el chelo, tengo un vídeo por ahí regado súper lindo tocando La muerte del cisne, y aprendí mucho tocando el chelo.
“Lo que pasa es que hay veces que con los profesores la comunicación no es buena, yo me fundía. Cuando me cogía el capodastro y el pulgar era muy pesado; para poder empezar a estudiar era safa aquel forro del armatroste; y se corría la clavija, y busca una tiza, la perrubia, y busca donde poner la tiradera, el hueco en el piso; como que todo era un drama para empezar. Y los profesores fulas; eso me empezó a asfixiar un poquito, y ya cuando estaba como en 6to., 7mo. grado, yo dije ‘chico, ¿y si aprendo guitarra?’. Busqué a los profesores por mi cuenta, fui a la cátedra, y me cogió el profesor más jovencito, Carlos Ernesto. Conseguí una guitarrita y empecé a dar clases particulares, con el método Nicola; y parece que me vio condiciones y en un punto me dejó de cobrar las clases”.

Foto: cortesía del entrevistado.
La necesidad de elegir llega muchas veces cuando menos lo deseamos, pero nos obliga a pensar, a evaluar nuestros deseos y nuestras oportunidades con verdadera franqueza, y eso tiene siempre un lado positivo. Cuando Adrián decidió que su futuro no sería el chelo, la dirección de la escuela puso trabas; tuvo que esforzarse el doble, aprender de manera apresurada para llegar al nivel de los otros. Al comenzar noveno, ya como estudiante de la especialidad de guitarra, el tiempo volvió a ser suficiente y las cuerdas solo pulsadas. Con los primeros cifrados de acordes y el pase de nivel se abrió un mundo de posibilidades y de géneros que cambiaron su forma de entender la música y el instrumento.
“El nivel medio para todo el mundo siempre es el momento de crecimiento, por todos lados, pero sobre todo como músico. Una de las cosas que más me chocó de la ENA fue ver la cantidad de músicos y guitarristas buenos. Ahí conocí a Jonathan [Formell], a Emmanuel [Urquía] el guitarrista de Histéresis, a Eduardo Corcho… Éramos como un gremio, siempre estábamos con las guitarritas, y yo trataba de aprender de todo el mundo, porque uno tocaba a Jimi Hendrix, pero aquel tocaba Petrucci, y el otro tocaba a Los Beatles; y yo como ‘Dios mío, ¿para dónde miro?’ Es muy rico cuando estás en un lugar así donde todo el mundo es súper bueno; ahí empezó el deseo por improvisar, porque era mucha gente improvisando: recuerdo que hacíamos todas las mañanas, todas las tardes, jams, yo llegaba muy temprano, y primero a hacer standars, pero tirando la piedra del siglo, porque al final no sabíamos casi nada… Fue una etapa muy linda, de crecimiento, de todo el mundo puesto para aprender una cosa para la que la escuela no te da herramientas, estábamos creando el conocimiento porque no nos enseñaban eso en ninguna clase”.

Foto: cortesía del entrevistado.
“Cada vez que tienes algo prefijado, es peso”
La línea recta que suele ser la vida estudiantil marcaba el próximo paso: prepararse para hacer las pruebas y entrar a la Universidad de las Artes. Adrián, con un entusiasmo que parece inagotable, estudió intensamente guitarra, solfeo, armonía; en los exámenes comprobó sus habilidades impecables y después de todo el esfuerzo, podía decirse que tenía el ISA en sus manos. Pero comenzaba el 2020 y la Covid 19 llegó para cambiar todos los planes. Entre las tantas cosas negativas y tristes, la pandemia nos dio mucho tiempo para pensar, cuestionar lo vivido hasta el momento, reinventarnos. Su experiencia fue particularmente transformadora, dejó de vivir con sus padres, comenzó a interesarse por nuevos temas, a consumir información sobre economía, crecimiento personal. De este proceso surgió, en principio, la idea de tomar un nuevo rumbo.
“Pero eso fue un drama, porque cuando estaba llegando el momento tomé la decisión: no voy a hacer el ISA. Ese fue uno de los procesos sociales de mi vida más grandes, más fuertes, intensos, dolorosos y de los más hermosos con resultados buenos. Porque no solamente fue mi mamá. Fue mi familia, los profesores, todos se preguntaban si me había vuelto loco, que esa era mi posibilidad de tener un futuro mañana, de tener una escuela. Y es duro, porque tú no te mantienes firme, empiezas a dudar si estás realmente en lo correcto. Creo que hasta me escribí los preceptos de por qué lo estaba haciendo y los leía y los releía, era una batalla psicológica dura. Y ese fue mi momento de reflexión, empecé a visualizarlo todo, a intentar limpiar un montón de perspectivas de cosas. ¿Qué es lo que realmente crees que te va a hacer feliz, que va a ser como tu ikigai?
“Me gusta conectar las cosas, y es lo mismo que pasa, por ejemplo, con la improvisación. La gente quiere improvisar, pero se aferra a la música ya escrita porque es como el lugar seguro, mientras que en la improvisación tienes que, simplemente, soltar. Y ha sido súper interesante porque yo he sido muy consciente de cómo ha sido mi proceso mental para aprender a improvisar. Al principio me aprendía los solos, después los creaba para el concierto; muchas veces me salía, otras veces no me salía para nada. Y tuve que aprender que cada vez que tienes algo prefijado, es peso. Es importante tener herramientas, pero también ser consciente del momento presente, llegar a sentirte liviano para conectar con la fuente de las ideas”.
El proceso fue mucho más largo y complejo, la voz y los gestos con que Adrián lo describe son intraducibles, hablan de una madurez ganada tras acercarse al fondo. Es a partir de aquí que empezamos a descubrir al músico que conocemos, comienza la vida profesional con la orquesta Sonantas Habaneras, las presentaciones en vivo junto a Frank Fonte, Camila Guevara, y una lista que es cada vez más extensa. Fue también el momento de pensar la creación de contenidos para redes, que inició curiosamente con lo que luego se convertiría en Pino y columpio, el primer tema de Adrián, una suerte de interpretación del estado de júbilo con ojos impresionistas, grabada a dúo con Jonathan Formell.
“No solamente se evaluaba si yo tocaba bien”
Su filosofía en esta etapa era el “sí todo”, que tiene, como pudo entender más tarde, sus pros y contras. Así, aceptando una propuesta más, de la mano de Ana Frank llegó a Ludi Teatro. Para alguien con el espíritu de Adrián la experiencia no podía ser menos que deslumbrante: junto al elenco aprendió que hay todo un mundo para los sonidos fuera de la música en sí, que las notas pueden transformarse en conceptos; que su personaje también debía estar afinado y dispuesto a las sensaciones inmediatas y, quizás lo más importante, que nada de esto es posible sin un ritual previo, sin el calentamiento del alma y el cuerpo.
“Recuerdo que Nabil Severo me escribió para que lo cubriera, porque él estaba “enredado”. Empecé el proceso de preparación con él, me pasó los audios de la obra. Tenía que aprender cosas como que esta música entraba después de que esta muchacha decía el ‘carnicero de Praga’, para mí era una locura, y me puse súper intenso, me aprendí todo como en una semana. Empecé a ver los ensayos, a conocer a los actores y las actrices, que para mí eran como semidioses, pero tuve que pasar por ese proceso de humanizarlos. Cambiaron muchos conceptos, no solamente se evaluaba si yo tocaba bien, sino la conexión que podía lograr. Yo era la primera persona que entraba con Ana y me paraba en el medio del escenario y la miraba con una expresión específica que tenía que definir, para luego sentarme y romper el silencio. Con Ludi tuve mi primera experiencia internacional; nos invitaron a México, a un festival del Conjunto Santander, y la reacción del público fue increíble. Una de las cosas más lindas, por ejemplo, era que antes de empezar la función hacíamos un círculo, nos dábamos las manos, con los ojos cerrados, y el director hablaba siempre de algo diferente, de las emociones que debíamos explorar ese día, de la carga social. Yo creo que nunca había vivido una cosa tan intensa antes de un acto artístico”.

Foto: cortesía del entrevistado.
Pasó más de un año antes de tomar la decisión de salir de Ludi, con esa sensación agridulce de dejar atrás ciertas cosas aún queridas. Es la etapa más experimental y atrevida de Adrián, también la más libre. Se presenta con cuanto músico o cantante sienta una conexión real, asiste a numerosos conciertos en los que termina sacando su guitarra y subiendo al escenario (“es que yo soy muy fresco”, dice con tono de broma y de certeza). No tardó en darse a conocer en la escena jazzística, en hacer colaboraciones con artistas que admiraba, en sentirse parte del sonido de la nocturnidad habanera. Adrián Aguiar, que se sorprende de sus logros con una ingenuidad casi infantil, se ha presentado durante el último año junto a Tobías Alfonso, el dúo Aguas de Marzo, William Roblejo, Daniela Barreto, el grupo argentino Noise Jazz Merlo, Richard Fando, Lachy Torriente, Boomerang, Rafael Paseiro, Maikel González, Eduardo Sandoval, José Portillo.
Además de ser un intérprete magistral, compone no únicamente temas instrumentales, sino también canciones —que hasta ahora solo pueden escucharse en vivo— en las que una voz insospechada habla de amores muy sentidos. Recientemente, publicó en las principales plataformas de streaming Guajira en el río, a dúo con Dayron Ortiz, una danza entre dos guitarras ligeras que evocan la frescura y la belleza del monte más improvisado.
Como músico joven, independiente, tiene entre sus retos diarios la búsqueda de sustento económico por vías alternativas, los múltiples trabajos simultáneos, el intercambio constante con su comunidad para mantener la presencia en redes. Sin embargo, su energía parece no tener un límite cercano. Entre sus principales deseos está alcanzar desarrollo y satisfacción profesional en la Isla, y este es probablemente uno de los aspectos que más lo identifican con la nueva generación de artistas emergentes que quieren —a pesar de los consabidos obstáculos que deben sortear— crear un futuro para la música cubana.
“Hace poco tomé conciencia de que lo que veía como algo lejano (tocar con grandes músicos, hacer conciertos, llegar a hacer buenos solos y disfrutarlo, entrar en el mundo del jazz con mi guitarra acústica y que la gente me escuche), todo eso está pasando. Y lo estoy haciendo con mi propio lenguaje, con mi forma de ver las cosas. Siento también que la comunidad que se está creando alrededor de mi música es algo muy lindo, agradezco lo que estoy viviendo ahora, esa es la felicidad. Lo próximo es una colaboración que quiero grabar con Fabio Abreu, un arreglo de un tema que se llama Té violeta, con un instrumento africano. En el futuro lo que espero es poder seguir tocando y creando, sin perder la sensación de ligereza.”
Cuando Adrián toca se siente como si te estuviera dando un abrazo; hay un deseo evidente de conectar con quien lo escucha, de entregar algo muy preciado y humano. Se puede percibir en él un tipo de sensibilidad que no se asocia tanto a la emoción fácil, sino a la inteligencia, a la capacidad de entender cómo sentimos, y eso es algo que se disfruta mucho también de su conversación. El camino que lo ha llevado a convertirse en un referente dentro del universo de la guitarra cubana actual –aún in crescendo, pero que augura más de un prodigio–, ha sido intenso e inesperado, como lo son todos los que propician las cosas memorables. Como una promesa, este diálogo no busca más que colocarles a la espera de todo lo que vendrá.