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Entrevistas Foto: cortesía de la entrevistada

Yuley Díaz: “¡El piano me tocaba porque sí!”

Lo bueno de tener buenos amigos en otras partes del mundo es que te pueden sorprender en cualquier momento. Así sucedió hace apenas un mes cuando desde España empezaron a mandarme vía WhatsApp videos del show musical y gastronómico Wah Madrid con la participación de una mulata cubana que desde el piano baila, canta, aplaude: ella sola es un espectáculo.

“Se llama Yuley Díaz”, dice mi amiga y recalca en el mensaje: “Es un tren y una cabeza”. Cuando empiezo el “rastreo” en algunos sitios de Internet y YouTube las fichas empiezan a encajar, e inmediatamente salto del asombro a la obviedad por los siguientes datos: su padre es el humorista y compositor Jorge Díaz, sobrina de la reconocida profesora de piano Miriam Valdés (hija del gran Bebo Valdés); prima-hermana de Cucurucho Valdés y así una lista que puede ser infinita. “De casta le viene al galgo” dirán allá en la madre patria, pero del lado de acá: “el que nace pa‘violín, desde que está en el palo suena”.

Yuley Díaz (1984) convirtió a España en su segundo hogar, desarrollándose como pianista, compositora, educadora y me gustaría añadir otra faceta que explotará en cualquier momento: escritora.

¿Acaso fue la fuerza artística de los Valdés (Bebo, Miriam, Chucho…) lo que condicionó tu camino a la pianística o son otras las influencias? 

Mi tía Miriam Valdés me abrió las puertas al mundo de la música. Todavía hoy recuerdo cuando me preguntó: “¿Tú quieres tocar el piano?”. Yo tendría unos 6 años y automáticamente dije: “Sí”. No recuerdo si pensé o sentí algo especial, pero ese suceso, aparentemente trivial, marcó el camino que me acompañaría el resto de mis días.

[Ella] era una destacada profesora de piano, e impartía un taller de iniciación para niños. Yo iba de visita y me quedaba mirando. Lo que hacía para mí era un juego divertido, y participaba. Independientemente de este hecho, el piano ha sido (y es), un gran protagonista de la familia desde hace más de 100 años.

Mi bisabuelo Absalón Pérez, fue un destacado pianista, arreglista y director de orquesta nacido en Holguín. En el año 1932 se trasladó a México y allí se estableció hasta el fin de sus días. Everardo Ordaz, mi tío-bisabuelo, fue otro destacado pianista que también se estableció en México y alcanzó gran popularidad.

Mi abuela Noemí, (hija de Absalón) hizo la carrera de piano hasta sexto año. En el año 1953 mi abuela conoció al gran Bebo Valdés y tuvieron dos hijos: mi tía Miriam Valdés y Ramón Valdés. Pianistas los dos.

Cuando Bebo se fue, mi abuela conoció a mi abuelo Ricardo Díaz: un destacado compositor, rumbero, y enamorado de la vida que se distinguía también como bailador e intérprete del género, con una carrera creativa muy significativa. De esta unión nació mi padre Jorge Díaz, humorista y compositor. Mi tía Miriam Valdés es la madre de mi primo hermano Cucurucho Valdés, otro gran virtuoso del piano, ¡qué casualidad! Definitivamente yo no elegí el piano. El piano me eligió a mí. O como diríamos en buen cubano: ¡el piano me tocaba por la libreta!

Foto: cortesía de la entrevistada

Me llama poderosamente la atención que aun siendo parte de esa “dinastía musical” no recurras al apellido como hubiera hecho cualquiera en tu lugar. ¿Por qué?

La influencia artística de los Valdés ha sido crucial en mi desarrollo. Son reconocidos pianistas con un legado impresionante. Han sido mis mentores, mis pianistas favoritos y modelos a seguir. Los Valdés son los pilares de mi formación y desarrollo, así como la base de mi camino artístico. En la música de mi primo Cucurucho Valdés, y su enseñanza, se centra toda la inspiración de mis primeras composiciones, pero “yo no soy Valdés”.

Creo que esta frase, que podría ser un buen título, es un elemento fundamental de mi identidad. Si bien comparto la sangre y la herencia musical que me toca, recalcar esta realidad me permite valorar mi propio camino y distinguir mi propio lugar. Esta dualidad de pertenecer y al mismo tiempo ser independiente ha enriquecido mi viaje artístico y personal.

La familia Valdés es una parte vital de mi historia, pero mi identidad trasciende esa conexión, permitiéndome forjar un camino que siempre estará inspirado por ellos, pero es exclusivamente mío.

¿Cuándo decides emigrar? 

Emigrar es una decisión muy compleja, y emigrar de Cuba lo es aún más. Llegué a Madrid con 22 años en noviembre del año 2006.

¿Qué te llevó a eso?

La motivación “profunda” de esta decisión en medio de otras circunstancias, era descubrir quién era yo realmente. En ese momento esa motivación actuaba desde el inconsciente, pero hoy lo puedo explicar desde la conciencia más plena. En Cuba solo viví mi época de estudiante, y muy cerca de graduarme, sentía que no encajaba en las oportunidades que estaban a mi alcance en ese momento.

No me veía como concertista clásica, ni como jazzista, ni tocando ‘tumbaos’ en un grupo de salsa de mujeres. Entonces estaba deprimida. Me gradué, cerré el piano, y dejé de tocar. No podía.

Las historias del mundo de la carrera de piano clásico en el conservatorio suelen ser bastante similares. En la mayoría de los casos se aprende con rigidez, tensión, y el temor a cometer errores suele ser más fuerte que el amor por la música. No recuerdo haber disfrutado tocar en público ni una vez mientras estudiaba, y según iba avanzando la carrera, el piano para mí se convertía en una experiencia cada vez más estresante. Esta falta de disfrute, que suele ser un tema recurrente, es algo que no solo me afectó en la vida académica, sino que tuvo repercusiones a largo plazo, pues afectó muchísimo mi bienestar emocional en general.

En medio de todo esto, la realidad política y social de Cuba no era un dato menor. Cuba para mí se sentía como un lugar sin futuro. Un entorno donde las aspiraciones personales y profesionales estaban constantemente limitadas. Sentía una tristeza que, combinada con desesperanza, no hacía más que aumentar mi falta de perspectiva.

En medio de todo este sentir, mi primo Cucurucho Valdés empezó a componer y me llamaba para enseñarme todo lo que hacía, o para crear conmigo al lado. Escuchar y aprender su música, era lo único que me salvaba. ¡Era un sonido distinto! Pero yo no me sentía capaz de componer, y empecé a pensar que no estaba a la altura de mi familia, o de las expectativas familiares. Esto me hizo crear una imagen distorsionada de mí misma y se me destrozó la confianza. Durante muchísimos años, sentí gran incapacidad y dudas sobre mis habilidades y no podía tocar. No podía.

Empezar de cero, sola, sin el piano y sin dinero, sin lugar a dudas fue durísimo, pero ha influido positivamente en todos los aspectos de mi vida. En un nuevo entorno, con nuevas presiones, pero libre de las presiones que marcaron mi vida en Cuba, he podido reencontrarme con el piano desde una perspectiva más libre, y completamente creativa.

El proceso de cambio no ha sido ni fácil ni rápido, pero emigrar me ha dado el espacio necesario para poder entender quién soy. He podido descubrir mi verdadera vocación y construir mi propia identidad. Este viaje externo e interno, ha sido fundamental para mi crecimiento como artista, y como persona.

¿Fue en Madrid donde la “pianista clásica” empezó a expandir sus intereses por otros estilos o eso ya venía desde mucho antes? 

Pienso que el interés venía de mucho antes. En Cuba era incapaz de ver un mundo más allá de las paredes de las partituras. ¡La música clásica me encanta! Pero al mismo tiempo anhelaba algo diferente que no podía identificar claramente.

Recuerdo cuando descubrí las bandas sonoras, especialmente a Ennio Morricone. Sus melodías me transmitían una emoción muy profunda. Definitivamente era un tipo de música que resonaba conmigo de una manera que el repertorio clásico no podía. Sin embargo, eso que tanto me gustaba sonaba “clásico”, o de concierto. Los temas que sonaban ‘modernos’ pero con un fondo clásico eran mis preferidos.

Es en Madrid donde descubro nuevos géneros y sonoridades, y donde al volver al piano, solo brotaba lo que tenía dentro. Muy lentamente fui desarrollando esto, sin forzar nada y desde la tranquilidad. En principio no le mostraba nada a nadie y por supuesto no había ni opiniones de profesores, ni críticas que a veces nos minan de pensamientos negativos. Este ámbito estaba limpio de presiones y así, desde la más absoluta libertad, me surgió un nuevo mundo: la composición. En Madrid ocurre algo muy importante: empiezo a confiar en mi propio juicio artístico.

¿Cómo entras al teatro musical en una capital tan exigente en ese tipo de género? 

Pues fue otro suceso aparentemente trivial. Decidí volver a tocar seriamente y empecé a ir a una escuela a estudiar piano por las mañanas. Allí me escuchaba un profesor de saxofón en la clase de al lado que un día se me acercó y me dijo: “¿Te gustaría tocar en un musical? ¡Están haciendo castings!” Yo no tenía ni la menor idea de lo que se trataba, pero mi respuesta fue un decidido: “¡Sí!” Parecía ser una oportunidad interesante, y fue tan así, que se me abrió otro mundo del que ya no puedo prescindir, el teatro.

En este nuevo entorno, encontré un lugar donde me sentía muy cómoda, musicalmente hablando. Las partituras suelen ser muy variadas. Y lo que más disfruto es poder combinar lo mejor de mi formación clásica con libertad, y creatividad. La versatilidad requerida para tocar en un musical me hizo empezar a ganar confianza, y crecer como músico, y como artista.

¡Me ha aportado muchísimo conocimiento en múltiples sentidos! No solo descubrí una música que me fascina y que ha nutrido mi proceso creativo. El hecho de interactuar además con músicos, cantantes, actores, bailarines, técnicos de sonido, técnicos de luces, regidores, productores, etc., me hizo aprender una nueva dinámica de trabajo en equipo.

Ser parte de todo ese engranaje que ocurre en directo, donde cada elemento por muy pequeño que parezca es fundamental, para mí es una experiencia muy enriquecedora y gratificante. El impacto del teatro en mi carrera va más allá de la música. Ha abierto mis horizontes artísticos y creo que ha transformado mi trayectoria porque ahora al crear, siempre está el piano como punto de partida, pero también hay algo más. Ahora siento que tengo una visión más amplia y compleja del proceso artístico.

¿De cuántas obras y espectáculos estamos hablando hasta el momento?

Como pianista he ejercido en Sonrisas y Lágrimas , Cabaret, West Side Story y Matilda, de la mano de SOM Produce, una productora de teatro musical española, líder en la producción de grandes musicales internacionales, con la cual he girado por los principales teatros de España. También he sido pianista en Songs off Broadway, Golfus de Roma, La Familia Addams, El pequeño conejo blanco, 24 horas en la vida de una mujer, Yo soy el que soy, Carmina Burana, y Cruz de Navajas. Actualmente ejerzo como pianista en el espectáculo Wah, ubicado en Ifema.

Foto: cortesía de la entrevistada

Te ví en algunos vídeos de Wah con mucho dinamismo y como dice una amiga en común: “es otro nivel”. A propósito, cuéntame cómo ha sido la recepción del público y la prensa en España. 

Pienso que nuestra amiga tiene razón. Wah es una experiencia musical, visual y sensorial, única e inolvidable. No es lo que hacen, es cómo lo hacen. Es un espectáculo que realiza un recorrido por grandes temas de la historia de la música, combinado con gastronomía, innovación, emoción, tecnología y una originalidad que logra sorprender y cautivar al público. Es uno de los grandes proyectos actuales de la capital española y son líderes en marca diferencial.

La energía y emoción del público, disfrutando y entregándose por completo, mezclada con nuestra energía y emoción en el escenario, crea una atmósfera muy especial. El público nunca duda en expresar su gratitud hacia todos los artistas, destacando cómo les hicimos sentir durante la función. La verdad es que nuestro trabajo allí tiene un efecto muy positivo, y así de positiva ha sido la recepción de la prensa.

Wah es un lugar que exige mejoras y cambios constantes, en el que se nos incita a creer, crear, crecer, arriesgar, aprender, mejorar y emprender. Este enfoque para mí, es una gran fuente de inspiración y motivación. Allí me han enseñado la importancia de la innovación en el proceso creativo, la importancia de la actitud positiva y de tener una visión clara a largo plazo, así como el valor de asumir riesgos para alcanzar la excelencia. También he aprendido mucho sobre la actitud escénica y sobre la perspectiva empresarial en el mundo del espectáculo. Para mí es un privilegio tener la oportunidad de formar parte de un proyecto tan extraordinario y visionario, sobre todo.

Foto: cortesía de la entrevistada

¿Y ahora mismo en qué proyectos estás involucrada, aparte de este show?

Estoy en los inicios de creación de una producción propia. Una aventura creativa que para mí representa un enorme proceso de aprendizaje, y a la vez un desafío complejo. Estoy viviendo un momento muy significativo porque creo que, de manera inconsciente, todo lo que he aprendido hasta ahora se está reflejando en este proyecto.

Sin embargo, el camino es arduo y lleno de retos. Cada día tengo que lidiar con un sinfín de desafíos y aspectos a gestionar, que van mucho más allá de la música al tiempo que sigo aprendiendo. Por el momento, mi gratificación está en cada obstáculo superado, y cada idea que va tomando forma. Esto es algo que me va acercando a la visión final, y reafirma mi gran deseo de desarrollar nuevas formas de expresión artística.

Con todo el tiempo que consume este tipo de espectáculos, sé que tu trabajo va más allá y me gusta saber que dedicas un espacio a la enseñanza. ¿Qué tal esa experiencia?

La enseñanza es una parte integral de mi vida. Es una pasión que va más allá de mi trabajo escénico. Me encanta enseñar porque en realidad, lo que hago es aprender. Esto me produce mucha alegría. De mis estudiantes suelo recibir algo muy lindo, y muy valioso. Tener la posibilidad de guiar, y ver cómo evolucionan (y evoluciono) para mí es un privilegio que a la vez me enriquece muchísimo.

Compartir conocimientos, experiencias, y a menudo desempeñar un papel similar al de una psicóloga, es algo que me aporta mucho también. Esta labor de empatía y comprensión es fundamental y me ha enseñado a ser aún más sensible y receptiva. Es un desafío que también me ayuda a evolucionar, mejorar y expandir mis propios límites, y habilidades.

Actualmente soy docente de Teatro Musical en la escuela superior de Arte Dramático SOM Academy. Es un trabajo muy creativo porque cada clase es una oportunidad para innovar, adaptar y encontrar nuevas y espontáneas maneras en respuesta de las necesidades y energías del grupo.

Este enfoque dinámico y adaptable no solo mantiene el aprendizaje interesante, sino que también me permite seguir evolucionando como artista, y educadora. Además, enseñar teatro musical me ha permitido integrar todos los elementos que amo del espectáculo: el piano, la música, la actuación, la danza y la producción.

Otra faceta que parece esconderse en medio de tanto movimiento es la de compositora y aquí quiero llegar (literalmente) hasta Soledad 518. ¿Cómo nació esta idea y bajo qué sello discográfico? 

Soledad 518 es el nombre que da título a mi primer single y a la vez a un proyecto personal que reúne mis primeras composiciones. Un proyecto que está lleno de nostalgias varias, pues para mí cada tema es como una cápsula contenedora de recuerdos, imágenes, sensaciones y sutilezas.

Es un título que podría tener muchas acepciones subjetivas, pero no es más que la dirección de mi casa en Cuba, donde nací, crecí, y entre otras muchas cosas, encontré la música. Por tanto, trae mucho de mi identidad, mis orígenes, y evoca una Cuba que hoy es mi mayor nostalgia porque la vivo a través de España: mi segundo hogar. Soledad 518 es mi nostalgia más feliz.

En principio Soledad 518 estaba planteado como un disco y así será, pero este proyecto ha evolucionado, y me planteo la producción de un concierto con elementos teatrales que rinde homenaje a mi familia: lo más importante que tengo en la vida.

La música de Yuley Díaz, tal y como ella misma la define, es una fusión de su formación clásica combinada con las raíces cubanas y una armonía actual usada dentro de los conceptos jazzísticos. Las enseñanzas del teatro, particularmente, han sido fundamentales y siente que es una gran oportunidad para aplicar todo lo que ha absorbido hasta ahora en un proyecto como Soledad 518 el cual conectará con sensaciones y atmósferas emocionales. Tal y como está concebido (de a poco, sin apuros), no dudo que será un éxito y otra manera de que nos conozcan allá, en los madriles.

Jaime Maso Jaime Masó Torres Periodista, locutor e investigador. Autor de los libros "La memoria está ahí" (entrevistas) y "Musicalísima. Beatriz Márquez, un viaje de memorias". Más publicaciones

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