Ilustración: Duchy Man.
Ilustración: Duchy Man.

Ruido y Furia: Pintar el sol en una esquina. (Lamento para Frank Mitchel)

6 minutos / Wendy Martínez

28.06.2021 / Columnas,  Ruido y Furia

Cuando conocí a Frank Mitchel él tendría unos 16 años y ya cantaba cosas que no debería cantar un niño. Lo primero que hicimos fue sentarnos en una mesa, algo alejados de lo que ocurría en la peña a la que íbamos usualmente. Decidimos montar un tema suyo que entonces se llamaba Confesiones de un vagabundo. Creo que luego comenzó a llamarse de otra manera. Frank ya cantaba visceralmente, con voz de niño con gastritis, con voz cansada y furiosa. Yo me enamoré de Frank de la forma más pura en la que puedo amar: lo amé dentro de todas sus canciones. Luego nos hicimos grandes amigos. Tomamos café, nos bebimos todo, nos lloramos todo, nos confesamos canciones y poemas inconfesables.

Frank era un animal raro al que yo acudía en busca de letras, un oráculo triste, un niño viejo.

Por aquellos tiempos yo tenía una peña en el Centro Loynaz. Se llamaba Nota al Pie. Lo primero que hice fue invitarlos a él y a Tobías Alfonso. Ensayamos en el cuarto de Tobías durante una o dos semanas. Hicimos un concierto hermoso con un público pequeño que eran nuestros amigos.

Frank siguió creciendo y siguió siendo un niño. Nos encontrábamos por ahí, en cafeterías y esquinas, con guitarras y sin ellas. Siempre nos dábamos el mismo abrazo.

Luego hizo una banda y ensayaban a veces en mi alquiler, uno que compartía con Hugo Flores (que en aquel entonces era su guitarrista) y David Peñaherrera (que a veces tocó el bajo con él). Era usual que algunas noches se escuchara la voz de Frank en la habitación contigua, el bajo de Pepe, la risa de Abel Lescay. La risa de todos, en definitiva, que duraba hasta entrada la madrugada.

Después leí en alguna parte el nombre de “Reflejo de la Piedra en el Agua”. Esa era su banda y es su banda desde entonces.

Los vi tocar por primera vez en El Ciervo Encantado. Llegué tarde. Me senté en la segunda fila y los escuché tocar Siria. Lloré ese día mi llanto de segunda fila, porque una es asquerosamente sentimental, a una le da esa especie de nostalgia, de taquicardia.

Fue una noche oscura y hermosa, llena de esa cosa vital a la que llamaré energía. Afuera la gente lo saludaba, la gente le decía Qué lindo concierto. Yo también dije Qué lindo concierto,  y lo abracé, como de costumbre. Frank había crecido, había crecido su postura frente al micrófono, habían crecido sus canciones y, sin embargo, eran las mismas.

El mejor concierto suyo al que fui ni siquiera fue un concierto, o no fue eso a lo que llamamos ortodoxamente «concierto». Sucedió en Canasí, una noche en la que instalamos unas casas de campaña e hicimos una fogata.

Recuerdo muy bien que Frank cantaba una canción hermosa llamada Martes de vuelo.

Tiempo después fui a un concierto suyo en la Casona. Hubo un llanto masivo. Todos nos sabíamos la historia. Todos nos enamoramos, en aquel momento, de una niña llamada Cecilia.

Que no sepa el río que estoy llorando,

que he perdido el rumbo y está lloviendo.

Una flor voló,

y este es mi lamento.

El lamento fue masivo. Junto a mí había una muchacha que me miraba con asombro, con los ojos aguados. Yo nunca había visto a tanta gente llorar al mismo tiempo.

Hicimos conciertos juntos, nos visitábamos de tiempo en tiempo. Pasábamos meses sin vernos, pero no hubo un concierto en el que yo no estuviera, no hubo una sola canción que no escuchara como si fuera la vez primera. Canciones vírgenes siempre. Canciones nuevas. Canciones que yo sentía mías, porque también lo eran, porque las parió en madrugadas en las que yo parí otras voces.

Sería inútil separar al Frank Mitchel músico del niño que compartió un hotel lejano conmigo, del que salía a la calle con su bolso verdeolivo y se perdía en un pueblecito escondido, del niño que me ayudó a cruzar el río para llegar al caparazón enorme. Todo eso es Frank. Cuando digo “generación” me refiero a todos esos niños, a los Náufragos de entonces, a los que ahora se llaman Reflejo de la Piedra en el Agua o Los Monos Lácteos.

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Mi generación se sentaba en una esquina a llorar canciones sublimes; y lo sublime era, en aquellos tiempos, un despecho, una guitarra, una madrugada etílica y enorme, miles de ojos mirándonos en el cielo que quedaba encima de nuestras cabezas y debajo de nuestros pies. Mi generación es también un viaje en guagua, una cafetera para el ensayo, la confesión de un vagabundo a dos voces. Las voces, en definitiva.

Frank es el niño que canta y el niño que escucha. Habría que ver la paciencia con la que me escuchaba hablar de un vestido o de no sé cuál tratamiento para el pelo. Y yo le contaba y le cantaba mis pequeñas penas, como cuando le cuentas al oráculo un sueño y él te dice con su voz quieta que todo estará bien, así de simple. Hay una pregunta que nunca le hice. Me dan ganas de saber si en sus dibujos de la infancia hay un sol en una esquina, lo cual no viene al caso, pero me urge saber.

Ahora escucho el Reflejo de la Piedra en el Agua y en mi cabeza hay un círculo: Abel, Pepe, Patricia, Ce, Frank David, Huguito, Manu, Juan, Claudia, Cuervo, azotea, carro, segunda fila, tortugas, agua. Siempre el agua reflejando aquellas piedras que éramos. Piedras con alas. Piedras puestas en un camino ancho. No lo sabíamos, pero aquello era la vida. Hoy tengo ganas de enviarle una carta al niño Frank.

[ Pequeño monstruo, niño oráculo, a mí tampoco me salen las canciones alegres. Hoy me sentí un poco mal por cosas que tampoco vienen al caso y me dieron ganas de pedirte un consejo, una melodía. Ahora me da una nostalgia que consiste en darte las gracias. Te hubiese hecho una canción, te hubiese dado un remedio santo contra la gastritis. Pero sé muy poco de remedios. A ti se te regalan lamentos para que los conviertas en un acorde limpio. Ahora escribo porque la voz se me fue a otra parte, ahora escribo mis voces. Escribir las tuyas es complejo, tus voces intraducibles. No hay flor que se vaya. El río de los dibujos no sabe lo que lloramos después de jugar a la adultez. De cualquier modo las flores se quedaron,

y esto, para bien o para mal,

es mi lamento ].

Wendy Martínez

Voyeur de partidas de ajedrez. Taquígrafa de mis sueños. Tengo miedo a los payasos.

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    Deja un comentario

    Eduardo OBourke Díaz

    28.06.2021

    Hermoso artículo. Cada tiempo lleva necesariamente sus arquetipos incrustados en la cultura. Frank es una representación del pasado para aquellos que hoy gustan de habitar en tiempos y espacios idealisados. Felicitaciones y un abraso desde lo lejos a ti Wendi y a Frank.
    Saludos (el otro)

    Abel Lescay

    29.06.2021

    Linda historia, Gracias Wendy, por tantos recuerdos!


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