Ilustración: Duchy Man.
Ilustración: Duchy Man.

Ruido y Furia: Si el día levanta. (Ariel Barreiros y mis dos o tres tonadas infelices)

9 minutos / Wendy Martínez

17.09.2021 / Columnas,  Ruido y Furia

Amanecía yo un jueves a las tres de la tarde en un Longina, hace ya unos cuantos años. Había quedado con un amigo para ver un concierto. Estaba cansada, con resaca, hipersensible; no quería entrar, pero mi amigo me había invitado con peculiar emoción y dije que sí, que cómo no, que allí estaría. Me arrepentí a los dos minutos, cuando empezó a darme sed, cuando la gente comenzó a hablar alto antes del concierto, cuando le dio por hacer frío y me puse insustancial y agorafóbica. Estaba particularmente insoportable, lo estuve hasta que Ariel Barreiros abrió el concierto cantando Niña

Me senté.

Ya no estaba tan loca por irme.

Aquello fue un sedante, un ansiolítico, una cosa que me dijo Siéntate ahí y aprende de una vez a multiplicar palomas.

Yo estaba viviendo por aquellos días una historia parecida a la de Niña y yo era el niño que cantaba, y a veces también era la niña, la que se mudaría de patio un tiempo después, y cuya suma de palomas, desgraciadamente, nunca llegaría a ser un número (ni siquiera una suma).

Seguramente pregunté Quién es ese. Seguramente me dijeron Ese es Ariel Barreiros, un trovador cienfueguero que anda cantando por ahí desde los 80. Seguramente subí los pies y apoyé el mentón en las rodillas, las manos cruzadas sobre los tobillos, como hago cuando estoy en casa y suena una canción que me gusta. Seguramente me sentí en casa. Pero no puedo asegurar nada. 

Lo que puedo asegurar es una sensación de ternura, un verme ahí, un alguien diciéndome Te lo dije.

Después ya no fue un sedante sino una nostalgia futura, premonitoria. [Años después yo soy la niña, y nunca me supe “Nemesia”, es verdad, ni me valió para nada la alcancía. Años después yo estoy sentada en un sillón y son como las cinco. Ya pasó —muy a pesar mío— el tiempo donde amar era portarse bien].

***

Al poco rato la gente se sabía Medio lento, todos la cantaban a coro. A estas alturas ya la he escuchado mil veces y he fumado hasta el olvido, y he dejado la luna prendida al precio de un vino muy malo y muy dulce. Creo que a estas alturas puedo escucharla mientras hablo de otra cosa. Pero esa tarde la escuché por primera vez y me sentí allá adentro (yo y mi manía de buscarme en todo). 

Ariel casi no se veía, estaba encorvado detrás de la guitarra y me parece que nunca abrió los ojos durante el concierto. No. Nunca abrió los ojos durante el concierto. Decía con pesar y con ganas —curiosa mezcla— que se le había ido el país del pueblo por el amor de alguien. Yo me había ido de mi pueblo y creía que hacer países era tan simple como dibujar mapas.

Me impresionó la cantidad de gente que había allí, todos en silencio, todos abrazados, todos envueltos en una magia pequeñísima, modesta y hermosa, como todo lo grande. Aquello parecía una ceremonia. Se me partió el iddé de la ternura y supe, por fin, volverme llanto cuando empezó a cantar Un hombre.

[Ahora vuelvo a escuchar Un hombre mientras escribo, y me pongo tan fatal que siempre, siempre, siempre me amanece. Yo, que me junté todas las lunas por amor, que mandé una canción borracha, que gasté miles de palomas en volar y no llegué muy lejos…, yo, que no sé el largo del cordel que ataron desde Dios hasta mi pobre espalda, que ya rompí un par de espejos con el puño; yo, la que fingió ser una femme fatale aun estando feliz, estoy llorando a las 5 de la mañana porque no tengo ni idea de cuáles son las dos o tres tonadas más felices que recuerdo. Yo soy un hombre que no le cogió bien la vuelta al corazón].

Sí, ese día, casi anocheciendo, Ariel cantó Un hombre. Con esa canción cerró. No la supe digerir. Yo hace unos años era la niña, no el vicio, no el lugar, no la espera. No podía comprender que yo era el homme fatal, el corazón que se descuida. [Ahora es distinto, ahora la escucho y sé en qué país prefiero amanecer más viva. Ahora me da lo mismo que me digan Niña o Niño. Ahora veo el cordel, y me fractura la columna en cuatro alas].

El concierto fue hermoso, lo sé porque recuerdo haber llorado, recuerdo haber reído con María, con aquello de “tú va’ a ver lo que es bueno con mi amor”. Recuerdo Ágape y Otra historia, y otra historia… Recuerdo haber besado a alguien que hoy es mi amigo, que hoy me envía audios al WhatsApp cantando Niña desafinadamente, o pidiéndome Niña para que yo la cante con mis pobrecitos tres acordes. Yo le dediqué Niña a un niño monstruo llamado Abel Reyes, que en aquel entonces era el periodista del piercing en la nariz, mi novio, la cosa linda de la que me enamoré como Ariel de María, o de Paula, o de todas las Patricias. 

***

[Pero ya no voy a conciertos, creo que me enfermé de la cabeza y que no aguanto a tanta gente junta, creo que ya no hay conciertos. Últimamente nada más voy a casa de Gaby y ella me explica que los libros huelen rico debido a la oxidación de la lignina, que es uno de los polímeros componentes de las paredes celulares de plantas que tienen tronco; ella pone canciones y sonríe, y hace unos días puso otra vez La canción del guardavías y yo fingí que no me puse triste, como mismo fingí saber qué cosa era un polímero. Ella supo que me puse mal y que no tenía idea de las paredes celulares.

—Puedo, si el día levanta, hasta soñar.

—Pero al pobre portal quién se lo explica…

Gaby y yo hablábamos en verso, una recitaba un pedacito y la otra contestaba con el siguiente. 

Yo sabía bien por qué estaba triste. Yo era el guardavías de un corazón, el hombrecito de nada. Era noviembre en toda la ventana y a mí me dio por ser un cáliz, un país, un bolero, un salmo, un equipaje. A mí me dio por alguien imbesable.

Gaby me preguntó Qué te pasa. Le dije que nada, que no sabía qué cosa era un polímero ni de dónde provenía la tristeza.

Me dijo que esos compuestos estaban formados por polimerización, me habló de unidades estructurales repetidas. Y le hablé de la tristeza y se le pusieron los ojos vidriosos (ella siempre llora con canciones así). 

No sé de dónde proviene mi angustia, ni sé cuántas palomas dan 7×3, ni sé qué cosa es la polimerización, pero sé que la tristeza, esa vez, fue invocada por La canción del guardavías. (Las dos sabemos que la tristeza está formada por unidades estructurales repetidas). Nos quedamos en silencio. Yo miré por la ventana (habíamos quedado en que era noviembre, ¿no?), y vi un paisaje horrible. Me sentí peor, como un libro en el fondo de una librería de bajo costo, sin el olfato de una muchacha buscadora de polímeros.

Me dije cosas como Hace escalera grande y soledad; como A mí me queda invierno pa olvidar; como Yo soy el preso bueno que se acostumbró].

***

Terminó el concierto cerca de las ocho (las luciérnagas dieron solo para un jueves). Me levanté con sed y con los ojos llenos de unidades. Qué fatal me puse…

Todos recogieron sus bolsos y sus cajas de cigarro. Todos fueron a decirle a Ariel que el concierto había sido hermoso (lo fue). Todos volvieron al portal inexplicable, a las moléculas combinadas, al 7×3, al 21.

Yo me quedé sentada —pobre polímero lento—, 

me dije Puedo, si el día levanta, hasta soñar…

Pero no levantó.

Me levanté luego. Me quedé absorta en mi agorafobia y en mi psicosis. Me fumé un cigarro, sentí una pena del largo del cordel. 

No estaba para la tristeza, ni para que un señor llamado Ariel Barreiros me enseñara a multiplicar después de tantos años. 

Lloré un poco (polímeros y unidades, y tristeza). 

—Me hacía falta este concierto— le dije a mi amigo.

No sé qué me respondió.

Agarré mis cuatro trastes, mi cartera, mi caja azul, mis estructuras. Ese día llegué sola al cuarto. Ese día lloré porque siempre lloro ante lo hermoso, después de lo hermoso. Me deslumbro. Desato las palomas. Quise irme pronto porque no estaba para el drama. ¿Qué soy yo sino una niña que no sabe dónde queda Gulliver?

Llegó la reacción adversa, la cosa mala.

No sé.

No pude cogerle bien la vuelta al corazón.

Yo tengo el alma más polímera que existe y me duelen las paredes de mi casa, las paredes celulares de mi casa.

No. No estaba para el drama pero lo soporté un momento. [Pero al pobre portal quién se lo explica…].

Yo soy una bestia de cargar nostalgias, me dije.

Yo soy un animal sin dueño.

Apagué el cigarro.

Me sacudí el vestido.

Recogí mi bolso.

Y me fui.

Wendy Martínez

Voyeur de partidas de ajedrez. Taquígrafa de mis sueños. Tengo miedo a los payasos.

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