Ilustración: Duchy Man.
Ilustración: Duchy Man.

Ruido y Furia: Josep Valtonyc / La autodestrucción y sus ventajas

7 minutos / Wendy Martínez

22.10.2021 / Columnas,  Ruido y Furia

[Septiembre de 2021. Ingreso domiciliario. 3:30 de la tarde. Mi cuarto]

Ahora pongo música. Mi hermana y yo estamos enfermas y no hay muchas cosas más que nos calmen. Ponernos canciones es lo único que nos saca del cuarto. 

Reviso la carpeta de Hip Hop. Pongo a Valtonyc. Ya me sé sus temas de memoria y todavía me gustan mucho, me causan el mismo espanto hermoso. Mientras organizo sus temas, recuerdo la primera vez que lo escuché y ahora extraño al amigo que me puso todo el disco de golpe. Extraño el sentimiento ese de sentarme en un café mientras transcurre una canción. Me hacía feliz que la tarde adquiriera los colores de lo que estaba escuchando. Esas tardes que ahora transcurren mucho menos. Romanticismos que una extraña porque sí, porque son necesarios.

Me alejo de la computadora y dejo que la música camine hasta la cama, que se acueste entre mi hermana y yo, que nos hable. Y Valtonyc nos habla, o nos canta, y yo miro al techo, con el pie de mi hermana recostado al mío. Nos quedamos en silencio y el cuarto se pone de otro color. No es un color bueno, es un color denso, pero nos calma. Hoy me pusieron ese artefacto en el dedo, uno que mide la saturación. Me gustó mucho —quizás por mi absoluta ignorancia tecnológica— que algo me dijera cómo estaba respirando. Valtonyc también respira con dificultad y habla de amores difíciles. Deberían ponerle un artefacto en el dedo. Pienso todo esto mientras escucho. Pienso en el café aquel, y en el disco que escuchamos mi amigo y yo tras una serie ininterrumpida de pequeños asombros interjectivos. 

Recuerdo. Yo siempre recuerdo. Recordar me resulta leve. Recordar es una canción que me pongo. Recordar es otro tiempo. Es ser feliz desde otro tiempo.

Me gusta cuando la música me lleva a ciertos años. Ese disco me lanza contra el 2015.

Creo que me siento bien. Estoy saturando en 98.

[Seis años atrás. Café. 3:30 de la tarde. Cualquier día de lunes a viernes. 50 centavos]

Sentados en un café, mi amigo me pone los audífonos. Me los pone y me mira expectante, me mira como esperando que yo diga algo, pero no digo nada. Sí. Pregunto Quién es ese. Pregunto Cómo se llama la canción. Y la canción se llama Y no hay más y ese es Valtonyc, un rapero español que estuvo metido en problemas por injurias a la Corona; por cagarse en el rey de España, no sé; por decir dos o tres verdades contra el poder monárquico. Pero mi amigo me pone una canción que no tiene que ver con eso, es una canción que protesta contra otra cosa, contra una huida, a favor de ciertas rebeldías del espíritu:

Enséñame a fracasar, y no a vivir, / que de lo segundo siempre estaré a tiempo.

Ese día teníamos tiempo. Yo había salido temprano del trabajo y mi amigo tenía algunas canciones más. Teníamos un móvil y embarajábamos con el mismo café, dando sorbos pequeños para que no nos echaran ni nos dijeran que teníamos que consumir más. Escuchamos el disco completo aquella semana. La autodestrucción y sus ventajas se llamaba. 

Nunca más he visto los pequeños vasos plásticos que mordíamos por el borde mientras la canción caminaba a su aire.

Nada habitable.

[Mi casa de aquel entonces. Balcón. Una silla giratoria. Una gata autista. Audífonos]

Unas tardes después, en el balcón de lo que entonces era mi casa, escuché Este no es mi sitio, y me dio un ataque de llanto. No supe nunca si lloraba porque aquella casa era cualquier cosa menos un lugar propio, o porque sentía que la gata (Nina) era lo único verdaderamente mío allí, o porque el tema me parecía extremadamente sincero. Pudo haber sido también un estallido de tragiquismo, aunque no lo creo. El asunto es que lloré —como lloran las muchachas de las películas— con la pequeña gata sobre las piernas, con suspiros enormes. La diferencia era que las muchachas de las películas terminaban siendo remuneradas por todo ese llantén.

Yo no. 

Yo tenía a Nina cuando llegaba a casa, y había sentido recientemente eso de cumplir años sin que nadie te encienda los fósforos. 

Había algo ligeramente esperanzador en aquella canción, la misma pequeña esperanza que veía yo en Nina y que veía Nina en mi regazo de muchacha de mala película:

Por suerte tengo a mi perro, / que aunque la ropa me huela a delito / siempre me mira con los mismos ojos.

Nina se perdió unos meses después. 

Ya yo estaba perdida.

[Septiembre de 2021]

Valtonyc es muy joven. A los 28 años tiene 17 discos (la mayoría en catalán). Casi todos sus temas son profundamente políticos. Ya fue detenido en el 2012, ya se vio envuelto en escándalos y en tribunales supremos, ya tuvo que huir a Bélgica. 

En medio de todo ese caos político —producto, seguramente de un extremo caos interior—  La autodestrucción… viene siendo un oasis: un lugar atormentado pero refrescante: un lugar necesario. 

Ni siquiera en este disco —que se  hace y se deshace en lo que viene siendo el amor romántico— Valtonyc puede desligarse de las evocaciones políticas; el disco transcurre alrededor de los amores que suceden en medio de las opresiones y las guerras, y los silencios, y las libertades mutiladas. 

Vamos, ven a la cama y cuéntame ese cuento / donde milicias republicanas cruzaban Madrid / y alzaban nuestra bandera al viento.

Mi amigo dibujaba en su agenda unas olas pequeñas. Mi amigo ya estuvo preso y ya lloré mucho y ya recé por él. Desde entonces no había escuchado a Valtonyc. Escucharlo ahora me recuerda la tristeza con la que lo escuchaba entonces.

[1917, un siglo después]

Y hace tiempo que no sé de mi amigo, hace tiempo que no me llama para escuchar rap en una playa. Me gustaría decir que las cosas no cambian, que somos los mismos de hace algunos años, que somos los muchachos que compartían a veces el mismo café, porque entre los dos no había más de 25 centavos. Pero ya nunca más he pensado que una gata es propia. Mi amigo debe estar metido en problemas, supongo. O más tranquilo. Escribiendo tranquilo. Subsistiendo. En su drama. 

No sé si podíamos permitirnos, por aquellos días, más de cuatro cafés en la misma tarde. Creo que no. Claro que no. 

Podíamos permitirnos prender el móvil, compartir los audífonos, timbrarnos desde la parte de abajo de un local para que uno de los dos llegara con música nueva, contenida siempre en el mismo móvil, escurriéndose siempre por el mismo cablecito blanco. Teníamos cualquier cosa menos miseria, y éramos tan miserables como felices. Podíamos darnos el tremendísimo lujo de enviar un mensaje con un pedazo de canción, autodestruyéndonos una y otra vez con los mismos fragmentos. 

[Mi amigo fue un fracaso de lo más hermoso. Y no lo quise ver ni en pintura, y le di mi café, y me dio más canciones y más dolores de cabeza. Y le dije No hay más. (Al menos cuando te sigo aún sonrío).

Y Si no vienes me quedo en 1917.].

Aquella amistad (casi funesta) tenía de fondo un beat de Valtonyc; y hoy volví a escuchar todo el disco, de golpe. Me dio nostalgia. Miré el teléfono. Me dieron ganas de enviar un mensaje. Tengo ganas de decirle al amigo que me siento bien.

Que yo era muy feliz bajando por la escalera y escuchando aquella música.

Que seguramente aprendí a saturar en 98 por aquellos días.

Que el amor es una canción a las 3:00 de la tarde, un disco ahora roído por el tiempo. 

Y no hay más.

El amor son 25 centavos. 

Y punto. 

Wendy Martínez

Voyeur de partidas de ajedrez. Taquígrafa de mis sueños. Tengo miedo a los payasos.

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    Magdalena

    22.10.2021

    Me ha encantado soy la hermana de Valtonyc y ver lo que su música ha significado en tu vida me hace muy feliz, me han emociado tus palabras. Un abrazo muy fuerte desde Mallorca


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