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Ruido y Furia Ilustración: Duchy Man. Ilustración: Duchy Man.

Carnage / Anatomía implícita

Transcurría mayo del 2021 cuando supe de la existencia de Carnage, un disco de Nick Cave y Warren Ellis compuesto en los anteriores meses de confinamiento.

Lo último que había escuchado de Nick Cave con Warren Ellis había sido la banda sonora de War Machine, en el 2020. Qué bestialidad —pensé—, qué sería de los filmes sin ese demonio inequívoco que anuncia que está por ocurrir algo: una aparición, un llanto; una huida, en el mejor de los casos. Recordé muy pronto el tiempo en el que Nick Cave and The Bad Seeds era una montaña con colores alterados y monstruosos. Y, como todo lo monstruoso, suscitaba ese sentimiento que solo suscitan las canciones compuestas por las almas enormes. Ahora, en Carnage, esos monstruos aparecieron “rodando por las montañas como un tren”, con “lágrimas del tamaño de un elefante”. Eran los mismos monstruos, pero eran distintos, o habían crecido más.

El disco, extrañamente, me pareció corpóreo, con anatomía, médulas, dolores, disparos de sustancias. Me pareció diseccionable. Un cuerpo musical diseccionable. Un cuerpo capaz de caer sobre otro y de repercutir físicamente en él.

Hay que inmolarse. Hay que escucharlo con todo el cuerpo y dejarse caer.

El pecho

Carnage no es el clásico disco que te deprime porque las letras son tristes o porque las notas menores se instalan en el medio de la caja torácica y oprimen las modestas alegrías cotidianas.

Lo que hace Carnage en el pecho es dejar un aviso en extremo sutil, un Estoy aquí. 

Digamos que hace una estancia breve con todo y sus taquicardias y sus pequeños síndromes diastólicos (lo cual no sé si existe, aunque asumo que no).

Carnage no es un disco cardiovascular, aunque el pecho se entere.

Los ojos

Es un disco circular, como una fase REM. Hay que cerrar los ojos, y se cierran por instinto.

¿Cómo no cerrarlos para ver mejor, para ver por dentro?

Balcony Man es una venda. Creo que es la primera venda del disco (o la primera con la que me cubrí los ojos).

“Soy el hombre del balcón, / soy 200 libras de hielo empacado”.

Y el hielo quema por encima de los párpados, y los ojos se cierran de dolor.

“Soy un pulpo de 200 libras / debajo de una sábana”.

Y los ojos se cierran de tristeza.   

(Algo obstruye la glándula lacrimal y no deja que el llanto salga. Algo entre el globo ocular y el párpado está bloqueado. Entonces los ojos se abren. Entonces el hielo vuelve a quemar. Entonces los ojos se abren y se cierran. Entonces los ojos son un estribillo en loop).

Las manos

En todos estos meses de encierro he escuchado poca música que me haya hecho apoyar las manos en el borde de la mesa, mover los dedos como si ese borde fuera un piano, o un instrumento cualquiera. Me sucedió desde la primera canción que puse: Lavender Fields.

Una voz decía Estoy viajando terriblemente solo.

Y las manos, terriblemente solas, caminaban por el borde de la mesa, oprimiendo las invisibles teclas negras que solo existían por dentro de la canción.

Los pies

No.

Corteza prefrontal

Llegué a Old Time.

“Donde sea que estés, cariño, / no estoy tan atrás…”.

Y yo me sentí detrás de todo. Me sentí en una fila inmensa, llena de gente que procuraba algo que yo también quería. Me detuve en la palabra “cariño”, en el verbo carere, en las carencias (y en la seguridad de que el cariño proviene de ellas).

Me sentí detrás de la etimología de una palabra tan ajena a mí como el verbo “haber”, como todo lo impersonal. No puede haber un cariño —me dije—, y evité por todos los medios proferir palabra alguna, enviar los mensajes que enviaría una niña de manías decimonónicas. Quise enviar una carta, eso sí. Poner “cariño” 90 veces. Me contuve. Contuve ciertas ansias. Creo haberlo logrado.

Volví a escuchar esa cosa neogospel de White Elephant, y tuve —como diría cierto amigo— más miedo que dinero. Eran casi las seis de la mañana y estaba cansada, como si padeciera un achaque palúdico, o una tristeza crónica. 

Pero desde la corteza prefrontal también se miente. 

Y dije Estoy bien. 

Y dije Ponme otro vaso. 

Y dije Tengo sueño.

Me dormí con la cabeza recostada en la pequeña mesa de mi primo. Me despertó una hora después. Los audífonos reproducían su murmullo vesicular cíclicamente. Encendí la pantalla. Le di pausa al tema que estaba sonando.

Me desperté cansada, como si otro cuerpo hubiese estado toda la noche sobre el mío. 

Creo que un cuerpo estuvo toda la noche sobre el mío. 

Un cuerpo musical diseccionable. 

Una voz corpórea.

Las vísceras

De camino a casa me puse Albuquerque, una canción casi dulce y casi matutina. La sentí contraindicada, aunque valiera la pena su consumo. 

La voz llegaba desde adentro, desde más adentro, desde las vísceras, desde donde el canto no tiene que ser maleable ni cálido. 

No. No es un disco entrañable, ni lindo, ni triste.

Es un disco visceral y agresivo que esconde su arrojo tras el olor de la lavanda y tras el sosiego de los elefantes blancos.

“No llegaremos a ninguna parte, cariño. / A menos que te sueñe allí”.

Es un disco que sueña a través de los ojos de quien escucha. Un espíritu que se apodera del cuerpo ajeno, un cuerpo ajeno que se apodera del espíritu.

Carnage entra por el pecho y se traslada a la corteza prefrontal y baja hacia las manos y se confunde por dentro de los ojos. 

Se escucha con las vísceras porque está hecho con las vísceras.

Y es tan terrible y tan hermoso como escribir “cariño” 90 veces. Como darse cuenta de la misma carencia 90 veces. Como morir en una mesa de madera cada vez que se adivina la tristeza. Como ponerse al oído un silbido de secretos y de ambientes irreales.

Claro que no es cómodo.

Pero hay que morir tantas veces como se escriba la palabra “cariño”, porque cada cariño es una pequeña muerte.

Es preciso morir al borde de una mesa de madera y arreglárselas de camino a casa mientras una voz dice, con una fuerza sobrehumana, que no llegaremos a ninguna parte.

Wendy Martínez Voyeur de partidas de ajedrez. Tengo miedo a los payasos. Más publicaciones

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  1. Rafael Grillo dice:

    Me encantó el disco, me encanta la dupla de Warren Ellis y Nick Cave, me encanta tu comentario. Será porque yo también le tengo miedo a los payasos.

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