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Ruido y Furia Ilustración: Duchy Man.

Mis tres canciones de Spell 31

La explicación del agua

 

Estoy terminando de tejer una blusa que comencé hace cinco o seis años. Una blusa blanca que tejía en el mismo año en el que comencé a escuchar a las Ibeyi. Lo sé porque recuerdo mi espalda recostada a la pared de una barbacoa en el Cerro mientras escuchaba River. No puedo tejer rápidamente, solo tejo cuando quiero olvidar cosas, y eso siempre es un proceso lento, se hace con la emoción discreta de los ríos, con el ansia de desembocar, por fin, en un paisaje que se rompa.

No sé exactamente por qué me gustan tanto las Ibeyi, pero tampoco sé por qué me gusta tanto tejer. Yo las escucho y siento suavidad por dentro. La respuesta fácil sería: son buenas. Tienen una voz limpia. Son el cauce y el mar y la roca y el sol que parte en dos el paisaje. 

Y es verdad. Pero hay una respuesta más profunda y no me la sé, por lo mismo que no sé por qué me alivia el mar o por qué el sonido del río se asemeja al de las venas. No me sé la explicación del agua. No puedo saberla. No quiero saberla. 

Escuchar a Ibeyi es un viaje hacia adentro, una convulsión de miel y colores y recuerdos, una medicina contra el mundo que se cae. La música que ponen al final de las películas, cuando el colapso es inevitable… Esa música que dulcifica las catástrofes, que le otorga belleza a la caída. Entonces, durante unos minutos, el mundo es menos malo, y uno vuelve a creer en la paz de los sonidos, en la armonía primitiva que constituye una alabanza. En el mar que nos mira con sus ojos tremendos mientras creemos que somos nosotros quienes lo miramos. 

Me presentaron su música –hace algunos años– como “música religiosa”. No sé hasta qué punto yo las vea así. Para mí es música de fe, y son cosas distintas. También creo que toda la música del alma es música de fe. No es el canto que tiene que hacerse, no es la ceremonia, sino la entrega pura, el instinto. No es el Padre Nuestro que debe rezarse, sino la oración de una madre afligida, de una niña que agradece, esa oración que sale con palabras sin nombre y que tiene mucho peso. Todo el peso.

Han pasado cinco o seis años desde aquella barbacoa. Hoy escuché Spell 31, su más reciente disco. Hoy retomé esa blusa. Hoy el mar está lejos y ellas me trajeron cierta explicación del agua y me parece estar tejiendo los ríos con mis manos. 

*** 

Sister 2 Sister 

No es una canción para llorar, no lo hubiese sido si no la hubiese escuchado tarde en la noche, si hubiese tenido otro título, si no hubiese dicho Sister, hold me close. 

Pero mi hermana se fue hace unos meses y pensé en la infancia, y pensé en los abrazos que se dan de pronto, pensé en el vientre, en las ganas de abrazar a toda costa a esa mitad de canción que se llama Fernanda. No es una canción para llorar, no. Seguramente es una canción alegre, y si se llora que sea de alegría. Pero nadie nunca me dijo con qué canciones destejerme las tristezas. Así que Sister 2 Sister fue la banda sonora de la nostalgia. Y está bien porque, aunque ellas me juren que es una canción feliz, voy a seguir pensando en un lugar lejano, en la nieve que nos aleja, en un vuelo que la traiga de vuelta durante 10, 20 segundos, o el número de segundos que pueda durar un abrazo. 

[Sister, hold me close]

Toda canción es un rezo. 

*** 

Sangoma [Strange island ]

Tiene el color del mar furioso, del mar que canta, del mar que invita, del mar que cura y que rompe y que ríe. 

[The mountain…]

El mar riendo es una cosa tremenda. 

[A church in open air…]

Toda canción es un rezo. 

No tengo nada más que decir al respecto.

*** 

Los muertosIbaé 

Con sus muertos recordé a los míos. Los recordé con la cadencia de un tejido: suavemente. Los recordé con paz. Recité sus nombres en silencio y surgió la canción propia, esa que nace en los mares del espíritu. Y me acompañó una tranquilidad vuelta rezo, y sentí que los muertos, los míos, me saludaban desde lo alto. Seguí tejiendo la blusa infinita, como si la vida también fuera infinita, como si luego de la muerte viniera un tejido de otro color. Quizás se trate de eso, de descansar en un color distinto. De creer que la muerte no es otra cosa que una puntada dolorosa, tejer en el alma los nombres y los hechos, guardar para siempre. Ibaé. Mis muertos están en la memoria, en el tejido alegre de una blusa veraniega, en la mansedumbre con la que recuerdo. La muerte no habita mientras habite el recuerdo. Los muertos están en paz mientras una muchacha teja y los recuerde. Mientras el recuerdo sea tan cierto que hasta parezca un abrazo. 

*** 

Cuando era niña le preguntaba a mi abuela cómo rezar. Las misas eran tediosas para mí, que era una niña distraída. Y ella decía: Cierra los ojos y pide…, pide y agradece con tus palabras. 

La música, en consecuencia, se convirtió en eso. Palabras propias. Pedir y agradecer. La música es la religión a la que acudo cuando los muertos duelen. La música es mi Ibaé, mi altar y mi ofrenda. Mi modo de soltarlo todo con la pureza propia. Un ejercicio de humanidad. 

Recuerdo también al padre Jesús Belda diciendo que cantar era rezar dos veces. Tenía razón. Cantar es un rezo doble. La voz y la fe… La fe en algo: un amor lejano, un mar que quiere atravesarse, una versión de los hechos, la versión propia de los hechos. Y las Ibeyi descubrieron la unión entre el canto y el rezo, la fórmula de un tejido, que se asemeja a la fórmula del agua.

*** 

Por supuesto que escuché el disco completo, pero no quiero hablar sobre el disco completo. Quiero hablar sobre las tres canciones con las que mejor tejí, con las que más recordé. No quiero hablar de la calidad del sonido, del color de las voces, de los años y los logros, aunque eso me parezca trascendente. Todo el disco es muy de agua, todo el disco es muy Ibeyi, un rezo nostálgico. Y claro que fui a otras canciones como River y Oyá, por supuesto que recordé aquella barbacoa y aquella primera puntada. Por supuesto que cerré los ojos en mi rezo infantil. Y pedí por mí, pedí por mi propia ibeyi, pedí que la música no terminara nunca, como no termina el tejido. Con tres canciones me alcanzó para meter los pies en el agua y recobrar los rezos.

***

Un átomo de oxígeno, dos átomos de hidrógeno. Cualidades adhesivas. Yo sé perfectamente por qué el agua es agua, sé por qué la nieve es nieve y por qué el vapor es vapor. Sé por qué sube hasta el cielo cuando las moléculas se separan. Es química. No es magia. Pero el agua es agua cuando hundo los pies en el mar. Cuando las Ibeyi cantan su miel. Cuando dicen Sister, you’re too close y siento el abrazo de mi hermana, que ahora mismo juega en la nieve cuando las moléculas se acercan. Y yo la abrazo y nos volvemos sólidas a no sé cuántas millas. El milagro surge cuando desaprendemos la explicación del agua y de las millas. Cuando alguien canta y nos lleva de vuelta a un mundo menos malo, menos frío, menos molecular. Cuando el abrazo trasciende lo físico. 

***

Estoy terminando de tejer una blusa que comencé hace cinco o seis años. La retomo muy aleatoriamente. No quiero terminarla. Quizás haga un mantel o una cortina gigante o una bufanda. Quizás solo teja sin propósito. Hoy escuché a Ibeyi y abrí la maleta para terminar mis tejidos [por superstición, por terquedad, por manía]. Hoy abracé mucho, lloré mucho, tejí poco. Hoy el agua es más que la suma del hidrógeno y el oxígeno. Más que la fórmula. El agua es un rezo. Una blusa. Una voz en francés y un ibaé ancestral. Hoy el agua es la ceremonia de las voces. Un tejer sin propósito. Hoy el agua se volvió una voz. 

Y esa es toda la explicación que me hace falta.

foto de avatar Wendy Martínez Voyeur de partidas de ajedrez. Tengo miedo a los payasos. Más publicaciones

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  1. Diandra Jiménez Martínez dice:

    Leerte es una de las cosas que amo.
    Cuanta verdad en tus palabras!!.❤️

  2. Julio dice:

    ¡Qué talento el de esta muchacha! ❤️

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