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La Descarga ojos con corcheas como pupilas detrás de una carretera que llega hasta una estrella. El fondo es el espacio exterior. Ilustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

La música y yo: amor infinito

Yo debí ser músico. De niño, en no pocas ocasiones escuchaba hablar a mis mayores acerca de que yo sería músico. Ocurre que provengo de una familia donde abundan las personas dedicadas al arte de los sonidos, desde pianistas, cantantes, percusionistas, hasta profesores del antiguo Conservatorio Municipal de La Habana, convertido luego en el renombrado Amadeo Roldán. 

La casa donde  he vivido desde que nací, está en el barrio de San Leopoldo, una zona de Centro Habana muy rumbera y donde proliferan toques de santo. Durante mi infancia todos los domingos se hacían descargas en torno al piano, ubicado en la sala de la vivienda. Uno de los primeros recuerdos que viene a mi mente de cuando era niño, proviene del sonido de alguno de los tocadiscos que tenían mis padres, incluido uno al que se le podían colocar hasta doce placas, que iban cambiándose sin la necesidad de intervenir en ello. 

De tal suerte que, cuando aún no levantaba cinco palmos del piso, me adueñé de uno de aquellos tocadiscos, uno pequeñito en forma de maleta pero que registraba un sonido impecable, según lo evoco al paso del tiempo. Por ello no resultaba raro que entre los regalos que solía recibir el día de mi cumpleaños nunca faltaron LP, EP o singles de música muy variada en cuanto a géneros y estilos, pero donde, eso sí, prevalecía lo cubano, en correspondencia con el gusto de mis viejos. 

Por mi entorno familiar, aunque fuese de manera indirecta, desde niño escuchaba también música clásica, en especial CMBF, la emisora favorita de mi papá. Desde bien temprano, en mis oídos sonaban las obras de Mozart, Bach o Beethoven, pero también Stravinski, Wagner y los sonidos raros que generaban nombres como Krzysztof Penderecki, Tadeusz Baird, Grażyna Bacewicz, Witold Lutosławski… 

Gracias a mis viejos, cuando tenía apenas ocho años, comencé a asistir a los conciertos de música de vanguardia que se llevaban a cabo en el teatro Amadeo Roldán, con Leo Brouwer, Juan Blanco, Manuel Duchesne-Cuzán, Sergio Fernández Barroso, Roberto Valera, Calixto Álvarez, Héctor Angulo, José Loyola… Aquellas salidas a la instalación de Calzada y D, en el Vedado, terminaban en una visita al restaurante Monseigneur, ubicado en la esquina de O y 21, donde el piano lo tocaba el gran Bola de Nieve, amigo o conocido —no sabría precisar con exactitud dicho detalle de papi y mami..

Un momento definitorio para mi posterior relación con la música se produjo cuando entré a estudiar en la Escuela Especial para Ciegos “Abel Santamaría”. Entre las asignaturas que nos impartían había una denominada Terapia musical. Fue en dicha clase donde por vez primera me vinculé a un instrumento: la guitarra, guiado por la profesora Deborah Cabrera. Con ella y otra maestra nombrada Juanita Cebrián aprendí a reconocer y diferenciar el valor de una redonda, una blanca, una negra, una corchea, en el contexto de un compás. De ahí a pasar a recibir clases de ese grande que fue Frank Emilio, no tardó mucho. Él me enseñó el lenguaje de la musicografía, o sea, llevar la escritura del pentagrama al sistema braille que utilizamos las personas ciegas.

Ahora bien, la Escuela Especial “Abel Santamaría” marcaría mi relación con la música de otra manera particular. Todos los viernes por la tarde en el salón de actos del centro se presentaban importantes solistas y agrupaciones. En una de aquellas jornadas le tocó el turno al grupo de rock Los Signos, una banda que hacía versiones de gente como Chicago. La actuación de ellos ese día me voló la cabeza y me marcó para el resto de mi vida. Desde aquel lejano 1972, nunca he podido desprenderme de mi afición por el rock. 

En ello influyó el arribo a la escuela del profesor José Ramón Abascal, destacado guitarrista que por entonces tocaba en las «guerrillas»  dedicadas al mundo del cover. Yo solía permanecer en su aula durante horas, ya fuese escuchando música o practicando con la guitarra acústica o eléctrica. En una de esas ocasiones, se apareció allí Polito (uno que fue cantante de Los Magnéticos en los 80) con un ejemplar del disco Deep Purple in rock. Creo que repetimos más de diez veces el LP en el tocadiscos que había en el aula.

A mi fanatismo por el segundo gran lenguaje sonoro del siglo XX también contribuyó un amigo que estudiaba en la escuela, nombrado Juan José Becerra, guitarrista aventajado y con extraordinaria facilidad para el inglés, idioma del que llegó a ser profesor. Bajo su influencia y la del radicalismo que se experimenta a ciertas edades, me dediqué durante varios años solo a escuchar rock, aunque por mis estudios de guitarra en la Escuela de Superación Musical Ignacio Cervantes y por lo que se oía en casa, mantenía una estrecha relación con la música académica.

Lo llamativo es que el tránsito por la escucha de hard rock, art rock y jazz rock me fue abriendo los horizontes y en un momento que no puedo definir, me reencontré con la música cubana, en especial la de la Nueva Trova. Tal vez en ello resultó decisivo participar como instrumentista en agrupaciones del pujante movimiento de artistas aficionados que en la década de los 70 había en Cuba.

Cuando terminé el noveno grado, en 1978, me ofrecieron la posibilidad de irme a estudiar música a Praga, en un conservatorio donde concurrían personas ciegas de los países del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). Yo reunía los requisitos para acceder a aquella beca y muchos daban por seguro que me iría a la entonces capital checa. Los que pensaban así no contaban con la natural rebeldía de un adolescente. 

Me molestaba que la gente pensara que por mi condición de ciego yo estaba llamado a ser músico. La concepción de que las personas que no vemos somos siempre portadoras de un notable sentido hacia lo musical, es uno de los grandes disparates que se repiten sin el menor sentido. Yo, que estudié rodeado de ciegos y ciegas durante diez años de mi vida, les puedo asegurar que una buena cantidad tenía un oído totalmente cuadrado para la música. Así que les dije a los que pretendían convencerme del viaje hacia Praga y del “futuro luminoso” que tendría de estudiar allí, que de eso nada, y opté por hacer el preuniversitario y luego la carrera de Periodismo.

Pero como «al que no quiere caldo se le dan tres tazas», cuando me gradué en la Universidad de La Habana en 1986, dada mi condición de “pobre cieguito”, en ningún medio de prensa quisieron darme trabajo, por lo que fui a dar a la Editorial José Martí, para iniciar allí un proyecto de ediciones en braille. No obstante, mi verdadero interés era el periodismo y, en junio de 1988, la suerte tocó a mi puerta. 

A través de mi socio Alexis Triana yo había conocido a Ángel Tomás, por entonces jefe de las páginas culturales de Juventud Rebelde. No recuerdo cómo fue, pero en un momento le propuse un artículo para hablar de jóvenes trovadores en aquel momento desconocidos en el país. El texto se llamó La generación de los topos y fue de gran impacto en su momento. Ángel Tomás (ya fallecido), al que le debo mucho de lo que sé como periodista, me preguntó si me atrevía a escribir una columna sobre el tema musical para el periódico. Sería un tiempo de prueba, a ver si funcionaba o no. Si no le interesaba a los lectores, hasta ahí las clases. Me encantó la idea y así nació, en junio de 1988, Los que soñamos por la oreja, que se mantuvo en circulación durante 29 años y 9 meses, hasta marzo de 2018, cuando la censura nuestra de cada día me tocó la campana para indicar que terminaba «el tiempo del recreo».

Confieso que no me molestó tanto el acto de censura, pues soy del criterio de que en cualquier sociedad —más allá de ser capitalista, socialista o lo que sea— el que paga, manda. A ello hay que añadir que, en el caso cubano, con posterioridad al primero de enero de 1959, nunca ha quedado definido de forma clara para qué es el periodismo y cuál es su función en un proyecto como el que se intenta edificar. Lo que me dolió de ese final abrupto de mi relación con Juventud Rebelde fue el poco o nulo caso que tanto las instituciones culturales como los propios músicos experimentaron ante la desaparición de la columna, a pesar de que permanentemente se quejaran de la ausencia de crítica musical en los medios públicos de comunicación en Cuba. A partir de ahí, mi relación con lo musical, desde mi condición de periodista, cambió.

Debo decir que en mis aproximaciones a la música popular, ya sea como periodista o como académico, actúo como un scholar-fan. Este término se emplea desde hace unos años para referirse, en general, a los primeros sociólogos, musicólogos e historiadores británicos y europeos del decenio de los 80 del pasado siglo, interesados en abordar el estudio serio (léase académico) de la música popular, géneros y estilos que los habían impactado de adolescentes. 

De ello se comprenderá que yo abordo la exégesis “científica” del fenómeno musical como un asunto personal, subjetivo, o sea, por la tremenda importancia que tuvo en mi juventud la obra de numerosos roqueros, cantautores, jazzistas…, más que por los criterios tradicionales que se usan en la academia. Admito que, con semejante proceder, se corre el riesgo de que no en todo momento la sacrosanta objetividad por la que se pronuncia la ciencia, guíe nuestras observaciones, pero es un peligro que corro a voluntad.

Me gusta acercarme al universo de la música desde una perspectiva sociológica y filosófica. Esto tiene que ver con mi propia formación como periodista. Si bien poseo algunos conocimientos de música, no soy musicólogo, por lo que, al aproximarme al tema, nunca lo hago desde el análisis puramente técnico, algo que es válido y necesario. Ahora bien, las dinámicas culturales, entre las que se incluyen los fenómenos musicales son, mucho más complejas y abarcadoras. 

Humberto Eco (para mí uno de los teóricos de la cultura de mayor importancia en las últimas décadas) escribió que, para entender la sociedad contemporánea, hay que estudiar lo que pasa en un sitio aparentemente intrascendente como el de la discoteca. En sintonía con dicha línea de pensamiento, se requiere que, al investigar y analizar diversos temas del campo de la música, también se estudien las expresiones culturales que conforman el correlato de determinado hecho musical. 

En tal caso, hay que formular estudios desde una perspectiva sociocultural, en la que se mezclen diferentes saberes de la ciencia contemporánea. Semejantes enfoques inter/trans/multidisciplinarios son muy poco frecuentes en Cuba, donde sí proliferan buenas exégesis en el campo de la musicología, pero por lo general carentes de la perspectiva integradora. 

Hoy, que soy un chamaco viejo en la ya larga relación que mantengo con la música, no estoy seguro de que termine mis días como periodista, pues cada vez me atrae más el deseo de volver al instrumento y así ganarme la vida de toque en toque, aunque este sea el peor momento para ello, dada la falta de trabajo para los músicos. 

En todo caso, lo que sí puedo asegurar es que entre la música y yo existe un amor que no dudo en catalogar de infinito.24

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  1. Valia Valdés Rivero dice:

    Me encantó

  2. AlePendiente dice:

    Qué defectuosa memoria la mía. Recuerdo los que soñamos por la oreja como una idea asociada a Radio ciudad de La Habana o a El Caimán Barbudo. Igual recuerdo y agradezco tus escritos, fui parte del público de esa generación de los topos.

  3. Rafael Eugenio Leyva dice:

    Gracias por presentarnos un hilo fundamental del tejido que has venido haciendo para los que seguimos soñando por la oreja. Dont’t give Up

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