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La Descarga Ilustración: Mayo Bous

Canción por la unidad latinoamericana. A prisa y con un caramelo en la boca

Yo siempre tuve cierto temor al trabajar con Pablo. Sobre todo porque era un ser con tanta musicalidad que a veces él pensaba que todo el mundo era igual. Pero no quiero referirme aquí a mi vínculo musical con ese genio sino, brevemente, a cosas triviales que muchas veces rodean a grandes composiciones y que son desconocidas por los públicos.

A mediados de los años setenta, con motivo de los actos de celebración del aniversario de las organizaciones juveniles el 4 de abril, en los que siempre se involucraba al Movimiento de la Nueva Trova, Pablo se había comprometido con crear una canción para aquellos espectáculos que se hacían en el Teatro Amadeo Roldán. Frank Fernández era el director artístico y yo había conseguido pegarme ahí, para aprender.

Recuerdo que un día llegué a casa de Frank y me lo encontré en un puro estado de nervios: “Hoy estamos a día dos y el cuatro hay que presentar esto… chico…, y Pablo todavía no me ha entregado la canción que cierra el espectáculo. A mí me da pena llamarlo. Pancho, llámalo tú como cosa tuya, hazme el favor”. En efecto, llamé a casa de Pablo y me salió al teléfono: “Jeje, dile a Frank que esté tranquilo, que todavía lo estoy concibiendo”. Yo tampoco podía creerlo, ¡a solo dos días del espectáculo!

Como a las tres horas sentí el teléfono: “Oye, Pancho, dile a Frank que lo mande a buscar; ya tengo el temita”. ¡El temita! Vaya forma de referirse a aquello. Pues llegaron los papeles del “temita”, que eran un periódico. Recuerdo que tenían una gran cantidad de escrituras y Frank, con todo el apuro del mundo, concibió aquel arreglo, la entrada de las voces, los bajos y esa gran orquestación de cuerdas.

Al final, el espectáculo transcurrió sin imprevistos, como si todo hubiera sido planificado durante meses. Pero esta no es la anécdota más significativa asociada a esa composición, porque hoy casi nadie sabe que Canción por la unidad latinoamericana Pablo la grabó chupando un caramelo mientras cantaba.

Recuerdo que fue algún tiempo después, en los Estudios Areito de la Egrem, y de pronto,  Jurek —ese gran talento del sonido—  le había dicho que arrancara. Todos pensamos, Pablo incluido, que aquello iba a ser una toma de prueba. El problema es que las canciones soneras de Pablo —o los sones cancioneros, como quiera que se les perciba— tenían siempre una posibilidad de rubato, al punto de que uno escuchaba sesenta interpretaciones diferentes de él y ninguna era igual. “El nacimiento de un mundo…” —chupa el caramelo—, “…se aplazó por un momento…” —vuelve a chupar el caramelo—, “un breve lapso del tiempo… del universo un segundo”… y seguía con el caramelo.

Termina la toma y dice Pablo: ¿Cómo quedó eso, Jurek? Pues bien —contestó el polaco. Bueno, entonces vamos a grabarlo ahora de verdad. Pablo pensó que era solo un calentamiento de prueba. No, no, que ya está bien —repite el grabador. “Coño, pero el caramelo…”. Olvídate del caramelo que eso no es un problema, ven para acá.

Así, con todo el desenfado, la premura —de otros, que sería su paciencia— y chupando un caramelo, Pablo era capaz de gestar y dejar para la posteridad cualquiera de sus genialidades.

Pancho Amat Más publicaciones

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