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Oye cómo va Ilustración: Jennifer Ancizar

Descemer

Hablaba por teléfono con Robertico Carcassés y sentí una voz cercana. “¿Quién es?”, le pregunté a Roberto y me dijo que era Descemer. Que, si es posible hablarle, Roberto, pregunté; “claro”, dijo Carcassés con una voz que parecía firme, pero agotada. Era un domingo; lo recuerdo porque grababa mi programa de radio y porque ese mismo día me reglaron unas raras sábanas amarillas y, como vendieron calabazas, nos reímos mucho del amarillo de un día porfiado, como pueden ser los días en Cuba.

Hablé con Descemer unos 10 o 12 minutos. Él estaba feliz, lleno de planes en Cuba. Había salido de Yerba Buena y decidido armar Siete Rayos. Ya sabíamos que había sido parte de los Estado de Ánimo, que en las filas de ese grupo los atriles eran altísimos, y que pasó a Columna B y luego decidió intentarlo en Estados Unidos.

A estas alturas parece demasiado obvio que estar cerca de Santiago Feliú trae versos. Descemer bebió de ahí, y le salieron unos boleros que colocó en Fernando Álvarez, quien andaba ya en finales. The New York Times dijo que este era uno de los grandes discos de la época.

Descemer supo recolocar el bolero en el hoy sin quemar la esencia. El bolero se mostraba moderno, pero con unos versos que venían de la trova cubana, pasando por los bares donde bebían Membiela o Laserie. Digamos que, además, Bueno se ganó un Goya. Recordemos que le produjo discos a Vivanco, Yusa, Telmary, Haydée Milanés, Diana Fuentes, Kelvis…

Y luego de hacer jazz, fusionar, escribir música tradicional, hizo un corrimiento que, mirado desde los extremos, sonaría a traicionarse a sí mismo. Dejó el bajo e hizo música comercial. Hoy, creo que parafraseo a Walter Benjamin, todo es mercancía, hasta la Biblia, de modo que se vende a Miles Davis (Davis sabía, sabía) o a Charlie Parker o a Silvio.

Pero Descemer no solo ha vendido, sino que ha vendido bien. Sus canciones en las listas de Billboard lo apuntalan. Sus temas van de la mano de Juan Luis Guerra, Romeo Santos, Enrique Iglesias, un sostenido etcétera que sigue, porque ya se atreve a intentar con el dembow.

Hace treinta años Descemer dejó de tener 20; sin embargo, sigue haciendo música para adolescentes. Muchos se han quedado en sus primeras cosas, del mismo modo en que su público actual difícilmente va a escuchar sus momentos de jazz.

El mundo giró, Descemer giró, la vida también ha dado vueltas. Lo quería recordar con esta columna. Lo he visto hablando sorprendentemente sobre una paz que se parece a sus primeras canciones, cuando nos hablaba de mariposas, colocadas en versos simples, casi perfectos, estremecedores versos.

Volví también sobre su disco Bueno; escuché a influencers influenciar sobre sus influenciados, diciendo la palabra “maestro” como si fuera una mala palabra. Volví también al Descemer en demandas judiciales, desconcentrado, disperso, con sus libélulas marchitas. Vi el dolor en el que nos hemos hundido y los extremos que nos rondan, y terminé viendo a un extraordinario músico.

No puedo más que agradecer las canciones. Ya no me da tiempo a seguir bailando, a subir la radio y el alcohol, o posar, posar, posar cuando me enamoro, pero este hombre dio una vuelta de tuerca que implica muchas cosas. Aquí los hay que temían con dolor al pop. Aquel domingo del primer párrafo, Descemer me dijo al teléfono: “Para mí no hay fronteras artísticas”. Lo tenía claro.

Ha vuelto en una calma hermosa, como si se hubiera hundido en algún bolero suyo, como si se hubiera escuchado decirse: “no te abandones a la calma con la herida abierta, sé feliz”.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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  1. Ángel Ramírez Goliat dice:

    Me parece genial! Gracias

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