Adalberto Álvarez. Foto: NATHADREAD PICTURES
Adalberto Álvarez. Foto: NATHADREAD PICTURES

Último son para un sonero

5 minutos / Rafael Valdivia

01.09.2021 / Artículos

Como si las tragedias fueran pocas, Cuba ha amanecido hoy con la noticia más triste que pueda tener su música en estos momentos. Adalberto Álvarez, el sonero —así, exclusiva y categóricamente, sin temor a equívocos— ha partido hacia el otro mundo. 

En los últimos años había recibido diferentes reconocimientos, el acercamiento caluroso de los músicos y el público que tanto le han agradecido ese último empeño por luchar desde su obra y su convicción en pro del son para su reconocimiento oficial dentro y fuera de la Isla. Nadie mejor que él sabía las variables que se movían en esa empresa. Fue esa su última obra, y recibió entonces nuestro penúltimo y gran aplauso. 

Muchos conocen a grandes rasgos su trayectoria: los inicios en su Camagüey natal y la herencia de su padre, su desempeño como director de la Orquesta Típica de la Ena, sus colaboraciones con Rumbavana, hasta fundar Son 14 y su propia orquesta que tanta influencia han tenido entre los músicos y públicos. 

Sin embargo, para comprender el legado de Adalberto quizás sea mejor hacer un ejercicio de imaginación en otro sentido. ¿Cuál hubiera sido el panorama de la música cubana en las últimas cuatro décadas de no haber existido su obra? ¿Cómo se hubieran llenado los vacíos y garantizado la continuidad con etapas anteriores de nuestra música sin sus composiciones? Es difícil no advertir, al menos para quienes la música cubana hecha para bailar es mucho más que baile, un panorama algo sombrío si el sonero no hubiera estado presente. 

Es cierto que hubiéramos seguido bailando con la misma pasión, mas nuestra música no hubiera quedado a la misma altura ni reconocimiento internacional, ni nuestro baile hubiera pasado por las distinciones únicas de sensualidad propias del son en todos sus tiempos. La impronta de los maestros como Adalberto —en la misma cuerda de Arsenio Rodríguez, Ignacio Piñeiro, Miguel Matamoros, Juan Formell, y un largo etcétera— trasciende siempre al valor intrínseco de su propia obra para filtrarse en las ajenas e incluso imponer patrones que van más allá de su ciclo vital.

Quizás sea por eso que varios compositores contemporáneos de Adalberto se hayan entregado a ciertas rectificaciones en cuanto a la simplicidad de los textos en las composiciones —independientemente del manido debate relativo a la chabacanería. Quizás sea por la perseverancia de Adalberto y la luz que arrojaba su obstinación en no hacer ciertas concesiones al son, el hecho de que el panorama de la timba actual a través de sus agrupaciones más conocidas se incline por la cadencia sonera y su eficacia ponderando en otro sentido las ritmáticas más complejas (si bien el son es el núcleo indiscutible de todas). Estos son solo un par de ejemplos de cuanta influencia indirecta, a veces casi oculta, son capaces de ejercer los artistas de la música popular más allá de sus aportes visibles.

Porque, sin duda, las composiciones de Adalberto no solo resistirán la prueba del tiempo, sino que quedarán como arquetipos de lo más excelso del son en todas sus etapas. Nadie como él logró aglutinar tantas significaciones en una sola obra: el son de altura heredado de los mejores septetos y conjuntos, así como los mejores compositores que se expresaron a través de estos formatos; el lirismo de la Trova Madre con su universo armónico y melódico que no cesará de asombrarnos nunca; el reto indiscutible para los soneros de cantar sus composiciones, pero que una vez superado no demandaría más ninguna prueba para ser considerado como tal; entre otras muchas.

Tómense solo unos pocos de sus temas, a riesgo de arbitrariedad: Son para un sonero, Si no la quieres déjala que se vaya, Pura imagen, A Bayamo en coche. Hágaseles viajar por el tiempo, antes y después de hoy, por nuestra música, por ese fenómeno que se le llama salsa y que es tan nuestro como compartido, por el mundo. Cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad advertirá la diferencia y distinción. Y cuando en un futuro lejano o cercano, algún interesado, cualquiera que sea su matriz, necesite comprender qué es el son, Adalberto le hará sonreír desde sus composiciones.    

En Cuba la música siempre ha evolucionado a velocidades vertiginosas. Es algo de lo que nos enorgullecemos, esa capacidad de convertir lo ajeno en autóctono, el ser universales y criollos a través del oído. Pero los artistas como Adalberto siempre nos recuerdan que dar un paso atrás no es atraso, sino la garantía de no tropezar. Por eso, además de los merecidos homenajes que podamos hacerle desde hoy, de la difusión de su obra y el reconocimiento de su trabajo, también debería profundizarse el estudio de su música en las escuelas, el montaje consciente y detallado de sus composiciones por otras agrupaciones, la repertorización de sus temas para los cantantes populares, entre muchas otras iniciativas.

El son se viste de luto hoy, sin embargo, los familiares, amigos, los músicos y el público, hemos sido testigos de una vida y una obra consecuente con un gran principio, tan emotivo como racional: al son hay que defenderlo a capa y espada. Desde todos los frentes. Adalberto vivió para ello.

Rafael Valdivia

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    Deja un comentario

    Cristina

    01.09.2021

    Precioso artículo ❤️

    Dayana

    01.09.2021

    Lindo artículo Rafa! Gracias

    Agustín Pérez

    04.09.2021

    Muchas gracias, señor Valdivia. Nuestros músicos populares merecen dignos acercamientos como la pluma de usted. Gracias de nuevo.

    Rosa Marquetti

    05.09.2021

    Gracias, Rafa, por acercarnos de modo tan excelente al Adalberto de tantas certezas, de tanta sensibilidad, de tanta entrega por el son.


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