Ilustración: Jennifer Ancizar Polo Montañez: recuerdo opaco de una estela
“Que nadie venga a decirme que van lejos los de alante,
deja que al que venga atrás le den un chance…
Y tú verás”.
Polo Montañez
En una noche de esas, donde la oscuridad intenta engullir de un bocado todas las estrellas, un haz de luz parte en dos el cielo. Ante tan extraordinario acontecimiento se revelan un sinnúmero de emociones: la persignación de algunos, la sorpresa de otros, la algarabía de todos, mientras la imagen desaparece.
No puedo evitar hacer el paralelismo de ese evento con la carrera fugaz de quien se convirtió en un fenómeno quizás sin darse cuenta. Aquel oriundo del monte cimarrón; aquel que traía el olor a carbón y el aroma del batey; aquel con el que bailamos el tin-marín de dos pingüé; aquel que juró siempre regresar, con él no había confusión… Aquel, Polo Montañez, fue un talento escondido entre las lomas, capaz de alinear a Latinoamérica y Europa en su canto.
La primera vez que lo escuché estaba en la secundaria, cuando esperábamos a que pasaran los créditos de las teleclases para ver un video musical.
Era un ritmo de una inequívoca sonoridad tradicional, pero que te llegaba. Bajo un sombrerito de alas cortas se descubría un hombre cuarentón —mayor en apariencia— que le cantaba a la desventura de un amor. Para colmo de males, hasta se llamaba idiota a sí mismo. La música era tan honesta como cada palabra que entonaba.
Empezaban los 2000 y la escena musical no podía ser más heterogénea: la fascinación por los videos de hip hop americano, el pop, la música disco, Shakira causando furor, las canciones de Vico C convirtiéndose en himnos, y el reguetón comenzaba a acaparar la atención de los más jóvenes. Los Van Van acababan de recibir el Grammy, la Charanga Habanera arrasaba, y Orishas atraía miradas hacia el rap hecho en Cuba.
Prueba del valor de Polo está el hacerse un lugar en medio de este panorama tan competitivo. Hay que quitarse el sombrero ante este señor que consigue cosechar tanto éxito en este preciso espacio-tiempo, con su son de tipo único, mezclado con esto y aquello. Hoy dirán algunos que fue solo cuestión de suerte. Y sí, en algún punto, pero dónde dejamos entonces el esfuerzo.
Nos enteramos tarde de su existencia, como suele suceder. Más de cuatro décadas atrás, un niño Polo venía preparándose para un éxito muy grande, inesperado para todos, menos para su madre. Imitando aquí, improvisando allá, absorbiendo acullá. Acechando a la menor oportunidad cuando algún instrumento quedaba colgado en el clavo. Así aprendió a tocar de oído, al margen de un sistema educativo artístico insuficiente hasta en el municipio cabecera de su provincia natal.
Fue el resultado de una tradición familiar autodidacta, dedicados a esa forma pura del arte cuando se hace por placer, en los ratos de ocio que dejan las labores fuertes de la vida en el campo. ¿Qué otra cosa sería eso si no un entrenamiento de la voluntad y el espíritu?
El bautismo de fuego para agarrar confianza se lo dio el andar de fiesta en fiesta, cantando sin parar, trasladándose de aquí para allá con el instrumento a cuestas. Supo entender al público y adivinar lo que le pedían. Durante el proceso de experimentación, el grupo de la familia versionó temas de la Orquesta Aragón y la Década Prodigiosa española, y cerraron el círculo interpretando su versión del son cubano tradicional.
De esta forma, para 1994 ya tenía armado su propio grupo y trabajaban de manera profesional en el recién inaugurado hotel Moka, de la comunidad Las Terrazas. Conocido solo por los que frecuentaban estos lugares, no se posaba en ellos la vista de disqueras y autoridades culturales que no se esfuerzan lo suficiente por encontrar y elevar talentos genuinos más allá de los linderos de sus oficinas.
¿Cómo es posible que Polo, con un talento tan llamativo, pasara desapercibido sin oportunidades para desarrollar proyectos más ambiciosos? ¿Cuántos más han pasado y están ahora mismo en esa situación, a causa del dizque fatalismo geográfico? Él mismo cuestionó esta miopía institucional:
“Sin embargo los que son brillantes como la luna
no hay quien les ofrezca ninguna oportunidad.
Qué cantidad de poetas, se les llenan las gavetas
de cosas interesantes que son verdad”.
Tampoco podría llamarse casualidad que un empresario extranjero, José da Silva, director del sello discográfico Lusáfrica, hiciera el descubrimiento. Por recomendación de alguien, fue par de veces en su búsqueda, hasta escucharlo allá donde se presentaba el guajiro. Una práctica común en el mundo, y una de las razones por las cuales se disuelven en la bruma nuestros artistas. Aparecen estos demonios necesarios, si así se les puede llamar, que invierten a un costo favorable en artistas sedientos de opciones. En la realidad más descarnada esta es, si acaso, la única oferta que llega a presentarse en sus puertas, cuando no tienen un nombre o no viven en la capital.
El propio Polo se asombraba de su desbordado crecimiento: “Imagínate, una gente como yo y como mis muchachos, siempre en las lomas, cantándole a las vacas y… bajarse de una camioneta a un avión; [pasar] de cantar para 30 personas a cantar para 70 mil”.
Inusitada fue sin dudas la acogida que le dio la juventud de Colombia. Prendió tan fuerte allí que recibió un disco de platino y uno de oro, convirtiéndose en el tercer cubano en lograr este volumen de ventas. Para remachar el clavo se lo entregarían en un aniversario de la fundación de la ciudad de Bogotá.
Qué chévere es saber que aquel guajiro de escasos estudios, ninguneado en su propio país, lograba conquistar a un pueblo que le prodigaba tantos elogios y lo elevaba en su justa dimensión. Su gratitud quedó plasmada en la canción Colombia, donde enfáticamente apuntó: “Te pareces tanto a Cuba que nunca te olvidaré”.
Para ese entonces Polo era absuelto levemente del anonimato nacional y comenzaba una tardía difusión en la Isla. La industria local intentaba ponerse al día y le otorgaba el disco de oro a Guajiro natural (2002), y el Premio Cubadisco por su álbum Guitarra mía (2003).
La gente abarrotaba plazas, Polo Montañez aparecía en televisión y sonaba en las calles cada dos por tres. Al fin, el profeta desandaba su tierra, y el desenfreno fue a más. Entonces no tardó en aflorar el comentario malintencionado de los escasos de propuestas, de los defensores del hábito. Polo supo eludir esto con canciones: Hay un run-run y Yo tengo mi babalao desarmaron esos dimes y diretes por los cuales a veces se envilecen los artistas del patio, celosos de la naturaleza azarosa del talento.
Sin estar muy claro de lo que hacía, encontraba en una emoción o un sentimiento los motivos suficientes para inventarse un tema. Letra y melodía flotaban a la deriva en su cabeza hasta forjarse la canción, en los pocos ratos libres, cuando bajaba la musa. Componía en su mente, sin tocar la guitarra, siempre basado en alguna canción de las que le gustaba escuchar.
Sus creaciones tenían un acentuado carácter espiritual, y hablaban de la mujer, la gratitud, el orgullo de su origen, las aspiraciones, la muerte, el amor… Con austeridad planteaba aristas verosímiles de una vida que pareciera descifrarle todos sus secretos. En ellas reinventaba con desenfado el refranero popular, y producto de ese talento nato para improvisar fulguraban elegantes matices humorísticos. Su lenguaje era diferente, desprovisto de egolatrías machistas comunes en otros intérpretes. Además de ser apto para todas las edades, tenía un ritmo que se podía bailar.
Su obra fue muy prolífera, considerando que llegó a componer un centenar de canciones, de las que le bastó solo un tercio para completar dos fonogramas. Diría que el mayor por ciento de su éxito se le puede achacar a la personalidad del intérprete, más que a la suerte.
Polo bailaba y hablaba de manera natural, como un guajiro trabajador. Sin embargo, su dicción era clara. Hacía chistes con su jerga campechana; decía cosas como: “no me cojan los pasillos, que son míos”, y sonreía, reía mucho.
Un juglar con una sensibilidad extraordinaria para contar historias simples, que te llenan. Con una voz corriente pero capaz de transmitir los sonidos y olores de monte adentro. Su modo de entonar sirve hasta de remedio cuando lo escuchas. Podrías sentir tristeza, añoranza, ilusión, alegría, todo en uno. Ahí estaba la magia: temas entrañables y únicos, difíciles de ser defendidos por otro cantante.
Así me pasó con Flor pálida, versionada un par de veces y hasta premiada con un Grammy. La versión del puertorriqueño Marc Anthony es simplemente otra canción: sin el quejido de la voz del pinareño, sin la sonoridad intimista, sin la alquimia de ese amor que le profesara a Adys García, inspiradora del tema. Y se repitió la misma historia: otro extranjero fue galardonado por aprovechar la valía de esta obra que entonces, por carambola, volvió a sonar.
Han transcurrido 22 años de su abrupta partida. Al que fuera aclamado por multitudes y nombrado hijo adoptivo de Colombia, en Cuba solo se le menciona en fechas señaladas. Con qué rapidez descuidamos lo propio. Tan voraz es nuestro olvido que disipa la estela de aquel guajiro errante como la más oscuras de las noches.
Muy buen artículo sobre Polo, se puede observar que el autor realizó una investigación. Felicidades