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Entrevistas Foto: Cortesía del artista.

Yaíma Sáez: “Mi verdad es la defensa de la canción, aunque parezca un cliché”

Después de hablar aproximadamente una hora y treinta y seis minutos, Yaíma Sáez termina diciendo que es una mujer tímida. “Aunque la gente me ve como una persona inaccesible ―quizá porque no he hecho concesiones― sí soy muy sensible, me cuesta trabajo socializar y sé que eso es importante en esta carrera. Me duelen las indiferencias, por eso, a veces, prefiero poner distancia. Ahora, con el público sí trato de ser lo que soy: lo más natural posible”, me explica. ¿Se puede ser tímido y locuaz al mismo tiempo? Me quedo con la duda. Sin embargo, con Yaíma se puede hablar en perfecta sintonía; logra explicarte, al detalle, por qué decidió tomar esta o aquella decisión en su vida profesional. Por ejemplo, a punto de terminar su tesis en Ciencias Pedagógicas le llegó la oportunidad de probarse como intérprete y… ya sabemos la fuerza que tiene un escenario. Ahora todo se cuenta rápido ―acostumbrados como estamos al resultado final― pero entre los viajes de Camagüey a La Habana y los papeles que avalaran su calidad pasaron unos años, hasta que en 2006 Luis Carbonell levantó el teléfono. 

“Se me cayó el alma cuando me dijeron que no había posibilidades de entrar al catálogo. ¡Yo había venido a La Habana nada más a eso! Lo único que se me ocurrió fue ir a la casa del maestro Luis Carbonell. Me disculpé por el atrevimiento y le conté todo, necesitaba desahogarme. Después cogió el teléfono y llamó a Orlando Vistel: ‘Aquí tengo a Yaíma Sáez, de las pocas contraltos en Cuba, ¿qué vamos a hacer?’. No fueron ni tres minutos. ‘Mañana vaya al Instituto Cubano de la Música a las 8:00 a.m.’, me dijo. Entré como caso excepcional en el catálogo de la Empresa Antonio María Romeu y a la semana me estrené en el segundo turno de El Gato Tuerto (EGT). Canté como veinte temas”, recuerda.

Foto: Cortesía del artista.

“Yo me siento cancionera, no soy bolerista”, enfatiza Yaíma, aunque ciertamente en La Habana se le empezó a conocer más por su participación en festivales de boleros. Sobre esto, insiste: “He cantado tango, changüí, son… y según los musicólogos eso define a una cancionera. Estoy convencida [de] que mi camino es y será como cancionera. Ah, que la vida me lleva a otros rumbos, bueno…”.

—¿No te parece que las cancioneras están subvaloradas en Cuba?

—Sí, lo pienso y es culpa de nosotras mismas. En todo eso influye la formación y las ganas para defender lo que quieres. En estas cosas siempre tiene que haber gente que te apoye: empresarios, repertoristas, productores y querer mucho esta línea. Hoy somos más cancioneras que cancioneros y las que quedamos, creo que no llegamos a diez. Lo otro es que las cancioneras no tenemos dónde presentarnos. EGT, por ejemplo, no es un espacio ―desgraciadamente― que remunere como debe ser a las cancioneras. Los pagos no están acordes con las primeras figuras.

—¿Desde cuándo no cantas allí?

—Desde el 2012 o 2013. Yo empecé mi carrera por arriba cuando EGT era un templo de la canción. Estaban Ela Calvo, María Antonieta, Héctor Téllez, Raquel Hernández, Asseneth Rodríguez… Era muy mágico todo eso, hasta la voz en off de Héctor Quintero. 

—A mí las cancioneras me recuerdan a las folclóricas de España, entre ellas hay sus rivalidades…

—Mira, los reguetoneros o [artistas] de música urbana se han unido y entre ellos hacen sus proyectos, crean disqueras… La gente del jazz también tiene mucha fuerza. Pero las cancioneras, por esa misma rivalidad (sana o como quieran pensar) nos hemos divorciado. Yo vengo de otro mundo [la pedagogía] y eso me ha permitido demostrar que en un cabaret o en un espectáculo yo voy a trabajar, a superarme o a escuchar consejos de las consagradas. Esa formación me ha permitido en estos casi veinte años navegar con positivismo, sin celos profesionales.

—Entonces, eres la menos “polémica” de las cancioneras…

—(Se ríe). La gente dice que soy pesada y es porque no me gusta perder el tiempo; no me gusta ir a un festival de boleros, por ejemplo, con arreglos de los años ’60. Ese arreglo tiene que ser hecho para mí y si la orquesta no lo puede hacer, no lo hago. A lo mejor soy polémica en ese sentido. No me gusta hacer cosas feas: tengo una disciplina, un orden, digamos, metodológico, y si llego a un lugar me gusta ser la mejor. También falta la figura del repertorista. Yo, por suerte, conté con la guía del maestro Carbonell a quien extraño muchísimo y luego, cuando tuve mi propio grupo musical, entendí cosas que él me decía. 

Foto: Cortesía del artista.

—¿Se puede decir que fuiste una de las últimas discípulas de Luis Carbonell? 

—Creo que sí. De hecho, su última presentación en teatro fue conmigo en diciembre de 2013. Esos momentos con Carbonell yo los disfruté tanto porque era un hombre de muchos cuentos, anécdotas, historias… Cuando concebí el espectáculo Joyas del tiempo no sabía qué iba a cantar y fui con él. Me dijo: “yo te hago el repertorio, pero lo cantas, aunque no te guste”. Fui criticada por muchas personas que pensaban que él a sus años estaba fuera de moda. Nada más lejos de la verdad. Y durante un tiempo trabajamos juntos y me aprendí los temas nota a nota; conocí las historias de las canciones, de sus autores… La mazucamba fue el último tema que me montó el maestro y mira, se convirtió en un hit a tal punto que yo pasaba por una secundaria básica o un preuniversitario y me reconocían por ese tema. Ahí te das cuenta [de] que la experiencia no falla. Después que él murió me costó trabajo hacer el disco, pero conté con la gran Lucía Huergo en la producción musical.

—Hay muy poca difusión de tu trabajo en Cuba, ¿por qué?

—No sé y estoy consciente de eso. A lo mejor si me pusiera una licra, o exhibiera más mi cuerpo, o polemizara en las redes sociales… Pero no soy ese producto. Prefiero hacer un debate donde se me escuche y pueda decir mi verdad, en su momento, y mi verdad es la defensa de la canción, de la mujer cubana en todo su esplendor, aunque parezca banal o un cliché, esa es mi batalla. Y nadie me puede decir nada: ando en moto o a pie, he sido mujer alquilada en La Habana… 

Sin embargo, cuando voy al extranjero la difusión y la acogida es totalmente diferente, descomunal: tanto en México como en Colombia, España, Canadá… Tengo artículos en la prensa, entrevistas, reseñas… Pero aquí no es lo mismo, no sé por qué.

—¿Cómo te va con las redes sociales?

—Las redes sociales son un arma de doble filo. Cuando aquí nadie las usaba allá por el 2008, 2009 yo tuve la oportunidad de estar en México y abrí todos esos canales. Pero sí creo mucho en lo mediático en función del arte, de decir una verdad bien argumentada. Me encanta todo lo que hacen, por eso estoy aquí con AM:PM. (Se ríe).

—¿Tienes un equipo de trabajo actualmente?

—Lo tuve antes de 2020 pero vino la pandemia, mi trabajo fue más hacia España y definitivamente, cada uno cogió su camino. Entendí que venía otra etapa.

El pasado 28 de febrero, coincidiendo con el natalicio de Elena Burke, se presentó en la Fundación Ludwig de Cuba el fonograma Doce joyas donde Yaíma, además de productora musical, interpreta temas de Roberto Valera, Premio Nacional de Música. El material de Bis Music, grabado en los Estudios D’Bega, transita por géneros como la canción, la guaracha, el bolero y la balada. Al respecto, sostiene: 

“Estoy enamorada de ese disco y me siento feliz a pesar de las circunstancias en las que se hizo: no había músicos, algunos estaban fuera de Cuba… Aunque me veas inmodesta, estoy segura [de] que es un disco para referencia de la canción porque ofrece mucha información. Sé que no va a tener esa trascendencia en Cuba, aunque pase algo a nivel internacional, en eso estamos trabajando”.

En versos (que sirvieron de notas discográficas para Doce joyas), Roberto Valera dice: “Y apareció Yaíma con su luz que emociona/ con firmeza y pasión, con ardor y cariño,/ con esa voz tan pura para bordar quimeras/ que guardara el poeta en su estuche de sueños.

Próximamente y por primera vez, Yaíma se presentará en algunas islas del Caribe como parte de un espectáculo circense con el solo de Ruperta la caimana que magistralmente interpretó la actriz Asseneth Rodríguez para la comedia musical Patakín (quiere decir ¡fábula!) de Manuel Octavio Gómez en 1982.

Foto: Cortesía del artista.

Pero hay más:

“Este año es de gustazos: rompí con el disco Doce joyas y de mayo a julio en España vuelvo con la maestra Lizt Alfonso en el espectáculo ¡Cuba vibra! Hace tiempo no trabajaba con ella y sinceramente te digo que es una de las mejores directoras artísticas y empresarias cubanas con más sabiduría que conozco. La maestra Lizt sabe cómo explotar un talento, cómo dirigirlo. Es directora, pero su nivel de empresaria es algo gigantesco: exigente, perfeccionista. Y también estoy trabajando para presentar dos singles con el maestro Meme Solís, un hombre maravilloso. Me voy a dar ese lujo a su lado”.

—¿No tienes previsto ningún concierto próximamente?

—No. Me gusta hacer conciertos con todo lo que va: teatros, condiciones y dinero, sobre todo.

—Sentimentalmente, ¿cómo estás?

—Divina y realizada. Profesionalmente también estoy bien, satisfecha porque he hecho lo que he querido.

—¿No te ves en el futuro como empresaria, con tu propio negocio?

—¡Soy cancionera! (Se ríe).

Foto: Cortesía del artista.

Jaime Maso Jaime Masó Torres Ni periodista, ni conductor de programas radiales, ni tan serio como en esta foto. Más publicaciones

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