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Entrevistas Foto: Lilien Trujillo

Willem Stam y la belleza de lo intangible

Un violonchelo y un muchacho llamado Willem Stam llegan a La Habana para participar de la V edición del Festival Habana Clásica que, una vez más, ha convidado a seres de diversas latitudes a unirse a esta conspiración sonora que cuenta con la dirección artística de Marcos Madrigal y la producción general de Lorenzo Suárez.

Durante una de esas noches en Fangio Habana nos presentan. En la vorágine del festival, en el intermedio de conciertos en los que no le correspondía interpretar, despertaba mi curiosidad ver a Willem con su cámara fotográfica a cuestas, capturando la belleza de algunos espectáculos, y luego subirse con su violonchelo al centro del tabloncillo e interpretar, con maestría y entrega inigualables, piezas de Dvořák o Beethoven.

Entrevistar me ha resultado siempre un ejercicio de empatía: la conversación se encuentra, no se busca. Fue así como comenzamos a intercambiar, por medio del inglés y las inquietudes creativas.

Giselle Lucía: No existen dudas de que el sonido te hace vibrar desde lo más profundo, descubro habilidad y sensibilidad en las piezas que te he visto interpretar en estos días pero, ¿por qué el violonchelo? ¿Hay antecedentes musicales en la familia?

Willem Stam: Creo que la mayoría de mis antepasados ​​fueron agricultores en diferentes partes del mundo, pero por enorme coincidencia o accidente me involucré con la música. Mis padres, profesores de Psicología, escuchaban repertorios clásicos todo el tiempo. Para mí fue completamente normal empezar a tocar el piano a los seis años, aunque también recuerdo que tenía muchas ganas de jugar hockey sobre hielo. (Sonríe). Prefería ir con mis padres a los conciertos antes que quedarme en casa con otra persona. En el público se sorprendían de que permaneciera sentado, en silencio, atento al sonido, hasta que el sueño me vencía y me encontraban rendido en el asiento. Mi hermano mayor se convirtió en violista, vive en Holanda y es actualmente el director artístico del New European Ensemble, por lo que todavía tocamos juntos en [cerca de] 70 y 100 conciertos por año. Tenemos una media hermana que, curiosamente, también estudió violín y ahora es profesora en Londres.

Así que, como podrás notar, la música ha estado presente en toda mi vida. Por otro lado, siempre me cautivaron las actuaciones vivaces, las que te estremecen. El tipo de experiencia en el que sales de la habitación como una persona totalmente diferente a la que entró minutos antes. Este es el único deseo que tengo —como intérprete— para el público y lo que realmente me importa cuando realizo una presentación en vivo.

El violonchelo es el instrumento con el registro más grande y más estrechamente relacionado a la voz humana. Continúa emocionándome y desafiándome, inspirándome y destruyéndome a diario. Mi vida como músico es intensa. Me toca interpretar muchos papeles, como sucede en una obra de teatro, pero en cada función debo representar a un personaje diferente.

El violonchelo puede ser el soporte del bajo, guiando a todos sin que sepan que les estás mostrando el camino. Puede conversar y añadir, en medio de la textura, las melodías secundarias y la sustancia armónica y rítmica de una obra; y puede cantar al frente como voz solista en cualquier registro, desde bajo hasta soprano. Este sentido de “habitar” diferentes personalidades y roles, conectarse con los colegas en el escenario, conectarse con la audiencia que escucha frente a nosotros, desde perspectivas disímiles, es infinitamente fascinante. Es como observar una historia desarrollarse una y otra vez desde diversos puntos de observación.

Foto: Lilien Trujillo

GL: Siempre he creído que los instrumentos tienen vida propia. Ese violonchelo que tocas parece especial. Sobre el escenario te he visto abrazarlo. Háblame de su historia. 

WS: Este violonchelo lleva relativamente poco tiempo en mi vida. Lo encontré por pura casualidad en 2020, cuando llevaba el arco de violín de mi novia a un luthier en Estocolmo para que lo repararan. Mientras el luthier miraba el arco, yo observaba a mi alrededor. Nunca antes había estado allí. Mis ojos se posaron en este violonchelo que estaba al otro lado de la habitación.

Los músicos pasamos tanto tiempo con los instrumentos que, a menudo, podemos reconocer o adivinar el país e, incluso, el fabricante que lo construyó. En aquel momento, aunque pude ver que era un instrumento antiguo de aspecto interesante, realmente no logré descifrar de qué parte del mundo podía ser. Entonces pregunté. Me dijo que el violonchelo había sido construido en Estocolmo, en 1772, por el único luthier sueco de instrumentos antiguos que es realmente conocido en la actualidad: Johann Öhberg. Nunca había escuchado su nombre y, por supuesto, estaba muy interesado en probar el instrumento. Toqué el violonchelo unos minutos y me fui a casa. Durante días soñé con ella (se refiere al violonchelo), no podía sacarla de mi mente y finalmente comencé a preguntarme si estaba loco. (Sonríe). Realmente no creía que aquel instrumento fuese tan especial, pero la conexión fue demasiado fuerte. Así que volví, probé de nuevo, la llevé a casa y nunca la dejé ir.

Es una discusión larga y bastante mística este asunto de los instrumentos de cuerda, incluso si ignoramos por completo el arco, que de hecho es más directamente responsable del sonido que hacemos y puede transformar la percepción del instrumento por completo. No pasa lo mismo con pianos, guitarras ni con instrumentos de viento. Desde hace décadas se intenta demostrar con estudios científicos que no existe diferencia de calidad entre un instrumento antiguo y uno nuevo, y es muy discutido porque el precio puede ser similar a la diferencia entre comprar una obra de un artista novel o un Vermeer.

Lo que puedo decirte desde mi perspectiva es que cuando tocas un instrumento nuevo y bien construido, se siente como un amplificador. Le digo algo y él lo proyecta en el espacio que me rodea. Cuando toco un instrumento antiguo es una discusión, una negociación. Podría tener una idea o un deseo y el instrumento podría decir que no, negarse. Quizás yo quiera ir en una dirección y él puede decirme que no es la correcta. Transcurrió más de un año antes de que comenzara a sentir que nos conocíamos de una manera familiar —como si el violonchelo me hubiese aceptado como la siguiente parte de su historia en este planeta—, y que podíamos subir al escenario sin tener que discutir en público. Y cada día sigue siendo una conversación interesante, mientras ambos nos calentamos y tratamos de encontrar las vibraciones que se convierten en sonido y que nos permiten comunicar algo juntos. Ella es mucho mayor que yo y no puedo imaginar lo que ha visto a lo largo de los años. No sé cuántas parejas ha tenido, ni cuántos conciertos ha dado, ni cuál ha sido el repertorio. Pero tuve que preguntarme cuando abordaba mi vuelo a Cuba si tal vez ella estaría debutando en esta Isla junto a mí, a 251 años de su nacimiento.

GL: ¿Qué te inspira Cuba? ¿Crees que la música cubana ha aportado o aportaría algo a tu obra?

WS: Esta es mi tercera vez en Habana Clásica. Las impresiones son siempre diversas y tardan mucho en digerirse. Me sorprende cada día la gente hermosa que conozco, que es increíblemente ingeniosa y apasionada por lo que hace. Hay una energía en las personas que siempre espero que tengan la fuerza para seguir y la capacidad de afrontar la situación y de crear una lección para el mundo sobre las posibilidades de la vida. Los músicos aquí no solo son increíblemente hábiles en su oficio, sino que también poseen todas las cualidades creativas y expresivas que me llevaron a la música cuando era niño. La capacidad de ver todas las caras y personajes de la vida en la música que interpretan, mientras se preocupan profundamente por su oficio y por los demás no se parece a nada que haya experimentado en ningún otro lugar. Hay tantos creadores maravillosos aquí, desde escritores y fotógrafos, hasta compositores e intérpretes que trabajan estilos extremadamente diversos y en un espacio tan pequeño, que es imposible no sentirse inspirado y estimulado constantemente por todos los que te rodean; es algo que llevaré conmigo a todas partes.

Willem Stam Masterclass. Foto: Lilien Trujillo

GL: ¿Cómo fue tu experiencia en las clases magistrales con los jóvenes músicos cubanos?

WS: Siempre he sentido que es nuestro deber como artistas compartir todo lo que podamos con quien desee aprender o pueda beneficiarse del conocimiento. Esta semana tuve el placer de conocer a [cerca] de quince increíbles jóvenes violonchelistas de diferentes niveles y orígenes que me mostraron tanta fuerza y espíritu ante cada adversidad, que solo puedo decir que probablemente me enseñaron más de lo que yo les enseñé. Convertirse en artista es infinitamente complicado, estamos en medio de cambios políticos y culturales, y siempre le digo a la gente que solo debe hacerlo si realmente lo ama, hay maneras más fáciles de ser pobre y miserable. Pero los estudiantes que conocí aquí, con sus ojos brillantes y hermosas energías, me dan una gran sensación de esperanza, de que habrá nuevos narradores listos para contribuir sin importar las circunstancias.

GL: Háblame del Ensamble New European y tu papel ahí.

WS: Fui parte de la fundación del New European Ensemble cuando aún era estudiante en los Países Bajos. Comenzamos como un colectivo de amigos con una pasión en común: liberarnos de las limitaciones conservadoras de la creación musical y llevar el arte que amamos a tantas personas como fuese posible. El grupo se especializa en música de los siglos XX y XXI. Trabajamos continuamente con compositores vivos de orígenes diversos. Las formas del arte y los lenguajes musicales tienen una variedad infinita, pero en nuestra sociedad moderna con frecuencia se superponen. He tenido el gran privilegio de trabajar no solo con la increíble cantidad de voces vivas que nacieron en la música clásica occidental, sino también con el talento maravillosamente creativo que está surgiendo en el plano de la composición en Asia y el Medio Oriente, por ejemplo.

A veces se utilizan los antecedentes y las posibilidades técnicas de la música clásica como herramientas para tomar elementos de sus propias culturas y experimentar con nuevas y hermosas formas de expresión. Una de las cosas que me encanta es que también colaboramos continuamente con artistas de otras disciplinas que también buscan formas de llegar e inspirar al público e influir en el curso del desarrollo cultural. He tenido el honor de trabajar con maravillosos actores, directores de fotografía, DJ, músicos folclóricos, bailarines, magos, comediantes, chefs, cerveceros…, para encontrar un lenguaje de comunicación que creemos puede llegar a las personas de una manera impactante.

GL: Cuando nos conocimos en la Basílica me comentaste sobre tu segunda vocación. ¿Música y fotografía? ¿Qué tienen en común?

WS: Siempre me fascinan los campos creativos que producen resultados físicos. Me encanta visitar museos y galerías, pero en mi tiempo libre lo que más me fascina es la cocina y la fotografía. Como músicos, el resultado tangible de nuestra expresión desaparece o quizás se transfiere a otra parte después de cada interpretación. Cada día es una nueva lucha, una nueva negociación contigo mismo y con tu instrumento, con tus colegas y los diversos elementos, no para recrear la noche anterior, sino para crear la posibilidad de algo especial y único hoy. Existen grabaciones, pero representan mal la música clásica, en particular la que no está escrita, producida o destinada a ese medio y, como tal, incluso las grabaciones más increíbles nunca superarán la experiencia de sentir un concierto en vivo con todos los sentidos.

La fotografía en particular tiene mucho en común con tocar un instrumento. Hay un lado técnico interminable que tiene que servir para una forma única de ver el mundo que te rodea. Así como tú lo ves desde la poesía. Pequeños insectos, detalles arquitectónicos, rostros, paisajes y grandes horizontes, hay un sinfín de formas de capturar la experiencia de “ser” humano, de mostrar ese momento en el que interactuamos con nuestro ecosistema, hacer que el planeta se detenga y darnos la posibilidad de apreciarlo. Me encanta cómo el significado de una fotografía puede cambiar con el tiempo, cómo puedo mirar la misma imagen, sabiendo lo que vi y experimenté cuando presioné el obturador y, sin embargo, mi relación emocional y la forma en que me habla puede evolucionar continuamente a medida que avanza.

Foto: Lilien Trujillo

GL: ¿Algún consejo para quienes disfrutamos y vivimos la música de un lado u otro del escenario?

WS: Los músicos de formación clásica pasan por algo que solo puedo describir como una “etapa arcaica” y muchas veces una forma de entrenamiento bastante brutal. Aprender a tocar un instrumento a un alto nivel es extremadamente difícil, requiere tiempo y dedicación, mientras que el mundo que te rodea constantemente te dice que no eres lo suficientemente bueno. Esto puede matar el espíritu incluso de los más talentosos. Mi único consejo para quienes están en el escenario es que sean el antídoto contra este ambiente. El mayor recurso en la música son los humanos con los que trabajas. Marcos Madrigal siempre ha sido sabio al reunir a algunas de las personas más maravillosas y con las intenciones correctas a su alrededor. Para cualquiera que quiera actuar o crear, mi único consejo es buscar a las personas adecuadas, la energía necesaria, la intención, para que, a pesar de todas las formas de adversidad y crítica que inevitablemente enfrentará, tenga algo más grande a lo que aferrarse. Desde el otro lado del escenario creo que el público debe apoyarse mutuamente de la misma forma. Todos tienen razones para asistir a un concierto, y esto puede ser cualquier cosa, desde querer algo de entretenimiento ligero hasta una profunda necesidad de sanar, y no hay ningún motivo por el que un concierto no deba dar la bienvenida a su espacio a todo tipo de personas, de cualquier origen o experiencia de vida donde los sonidos mágicos tienen la capacidad de contar historias y transportarte a otras dimensiones.

GL: Has hablado anteriormente de la complejidad de la trascendencia de la música, al ser un arte intangible. Algunos artistas se preocupan por la inmortalidad de su obra, tal vez no sea tu caso, pero ¿cómo quisieras que te recordaran?

WS: Tu última pregunta me hace llorar y ni siquiera estoy seguro del motivo. Nuestro negocio es tan complicado y desordenado que creo que la mayoría de nosotros solo buscamos ser vistos, notados, reconfortados con la sensación de que ahora, mientras estemos vivos, nuestra presencia ha significado algo para alguien en algún lugar, aunque sea por un momento; que lo que hacemos en un día determinado tiene algún tipo de significado o conexión con el mundo en el que vivimos. No espero que la gente sepa quién soy o reconozca mi presencia en este planeta ahora, y ciertamente no espero que nadie me recuerde, pero me daría un gran consuelo en otra dimensión saber que contribuí en algo, aunque fuera por una mínima fracción de momento, a este vasto y complicado mundo en el que vivimos.

Willem Stam Masterclass. Foto: Lilien Trujillo

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