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Oye cómo va Ilustración: Nelson Ponce

Un trago con el Cimarrón

Dame un trago, Willo, que este lunes se parece a esos lunes en los que uno debía haber muerto, le digo a Vivanco que se ha puesto la guitarra y ve cómo las cáscaras del día bajan lentas hasta el piso. Vive en Mejorana, cerca del Tivolí, un lugar que nombraron los franceses y donde está la casa de las tradiciones. Ahí se cantan boleros y si uno escucha fijo, siente el pulso de Pepe Sánchez colarse en el pecho.

Son los 2000, el país incumplió con la promesa de que los trenes irían por el aire; no hay dinero, pero no por un desarrollo incalculable sino por su opuesto. La distopía nos cerca. Sin embargo, a la Isla le han salido cantores que salvan.

Miro a Vivanco en su casa de los altos, tiene un cuarto pequeño lleno de melodías. Fui a verlo pa’ entonar el día, como habría hecho con Compay Segundo, quien también vivió cerca, luego de mudarse desde Siboney. Vivanco es un anfitrión envidiable, coloca su cigarro en mis manos y fumamos el lunes tosco. Se aferra a la guitarra y comienza a citar unos versos:

“Noche mágica, tengo tu calor.

Acuno mis ganas y mi mente sana con labios de alcohol”.

Canta y veo sus manos colocarse en el brazo de la guitarra. Dicen que Sindo a veces se volvía para que uno no viera los acordes. Vivanco, al contrario, muestra una habilidad temible, esos acordes yo no los pondría nunca. Termina la canción y surge otra, el humo nos sostiene, hay un misterio de pan y café claro en la mesita, nos sentamos al borde de la cama como quien se sienta de espaldas al abismo, un hombre pregonaba: hay maní, hay maní, hay maní.

“Sigo por la carretera en un sueño milenario.

Como vivo a mi manera, tengo lujo y escenario”.

Canta y le miro los dreadlocks caer hacia la nada, fumo otra vez cuando mis pulmones carecen de todo y miro al lunes a la cara. Vivanco es la guitarra o la guitarra es el bardo que sabe cómo descorchar la maravilla.

“Gente arrabalera de guitarra vieja para amanecer.

Ya no precisa más”.

Cojones, William, le digo, esta canción va a ser de siempre, y no me hace caso porque se las ve con los humos, y no hace otra cosa que probar el poco de ron que nos queda. Yo apago el piloto automático y voy de alucinación en alucinación, como diría el poeta, porque Vivanco sigue poniendo maravillas sobre la mesa.

No lo olvido porque los amigos solíamos ir a su pequeña casa en los altos a proponer asuntos como Chano Pozo, Machito y los afrocubanos, y él colocaba canciones.

Eso sucede en casi todo el país, los amigos van a donde los bardos a sorprenderse. En este caso, es un hombre que parece beber de cada fuente, en él vive y convive lo haitiano, lo nacional, hasta el canto tirolés o el joropo. Nada  se salva cuando propone la canción.

Fluye afuera la noche, yo tengo frío, el humo ha triturado el tedio. Vivanco no imaginaba que una canción hermosa de un cimarrón enamorado le daría reconocimiento total y que, aun cuando llegaran las máquinas y nos instalaran los chips externos llamados  teléfonos, muchos nacionales seguiríamos su canción. Le di un abrazo, tosí el humo final y le di las gracias.

Muchos lunes fueron aniquilados en ese cuarto, escuchando maravillas, espantando al tedio en el mismo barrio donde Ñico Saquito compuso las mejores guarachas de la vida.

Bajé a la calle silbando aquellas canciones, tenía que salir al Parque Céspedes, subir la calle Enramadas imaginando que cuando Dios ríe, surgen estas canciones y el lunes logra reír con él.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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