Ilustración: Duchy Man.
Ilustración: Duchy Man.

Ruido y furia: El hombre que consagró la primavera

5 minutos / Wendy Martínez

05.04.2021 / Columnas,  Ruido y Furia

En 1913, cuando se estrenó La consagración de la primavera en el teatro de los Campos Elíseos, el público quedó confundido, o atormentado. Habría que imaginar lo que significaba un ballet atípico en la Rusia de 1913, lo que significaba la disonancia y lo que significaba, sobre todo, romper un esquema musical.

La gente se iba del teatro en plena función, porque la gente que solía frecuentar esos lugares ya iba con una coreografía preconcebida, con un plano escenográfico clavado en la corteza prefrontal. Los señores, lógicamente, tenían que horrorizarse. Sabían lo que querían escuchar. Y no era aquello.

Cuando Diáguilev —que ya era conocido en el mundo de la función— llamó a Stravinski para crear la música de los Ballets Rusos, este era un joven dipsómano con algunas composiciones dignas. La consagración… se convirtió luego en una de las más grandes obras musicales del siglo XX.

En la Rusia antigua —por dentro de la pieza de Stravinski— se raptó a una doncella antes de que la primavera comenzase. Ella debía bailar hasta la muerte para que los dioses se apiadaran de su alma.

El presentimiento de un sacrificio y un fagot sobreagudo no podían ser otra cosa que el horror de esos tiempos.

Un ruso sentado en el teatro, en 1913, iba a esperar la típica secuencia, el ritmo regular, el cauce limpio. Lo clásico. Un ruso sentado en el teatro, en 1913, tenía que horrorizarse ante la estructura ensordecedora, ante el cambio brusco del compás, ante la reapropiación extravagante de la música antigua. El ruso que se levantó de su asiento estaba acostumbrado a la primavera de los cuadros, al paseo señorial de las damas de sociedad. Stravinski le puso un sonido a todo aquello: el ruido de los sacrificios, un crujir exótico. Consagradas fueron por él, entonces, la primavera rusa y la primavera toda. Luego —imagino— se sirvió otro vaso.

Danse sacrale

Cuando se escucha La consagración…, aunque no se conozca el ballet, llega la idea del sacrificio. Llega la idea de un alcohólico ahogando las partituras en el elixir de los que salvan al mundo de lo eternamente clásico. El fagot, las rupturas, el bailar hasta el cansancio, la mismísima muerte siendo un instrumento disonante, dipsómano, transgresor. Las voces, los bailes y el horror hicieron una revolución musical. Pero Rusia no lo sabía entonces.

Pasó el tiempo, pasó la viuda de Stravinski queriendo desmentirlo todo, pobrecita. Cien años después ya se supo que Coco Chanel había fornicado hasta el cansancio con la tremenda figura. Cien años después los rusos se quitaron el sombrero —y las máscaras del modernismo francés—, volvieron al teatro, dijeron que Petrushka sí, pero que preferían La consagración… La historia es un caos, casi siempre las revoluciones hermosas causan repulsión entre las masas, pero ¿qué son las masas ante lo consagrado?, ¿qué es una Rusia levantándose de horror frente a lo inevitable, frente al devenir de los compases nuevos?

La crítica decía que aquello era una sucesión estruendosa de compases y ruidos. Y lo era. Claro que lo era. Lo que la crítica ignoraba era el poder del ruido, era el poder de las sucesiones estruendosas, el poder del estruendo. La música que suscitaba el sacrificio debía ser condenada por todo un pueblo, como fueron condenados los acordes satánicos de la Edad Media. Ahora, aunque no haya consagraciones primaverales ni acordes satánicos, me parece estar viendo aquel espectáculo magistral, con todo y sus señores fruncidos de cuerpo entero. Me hubiesen gustado los años 20 o la Edad Media, en ambos casos hubiese sido quemada en hogueras distintas.

Ahora vuelvo a escuchar  aquello en mi pequeño aparato posmoderno, vuelvo a un sentir dodecafónico, sucio. No tengo fuerzas para bailar hasta el cansancio, o tengo más cansancio que fuerzas, o tengo la fuerza de un pájaro de fuego y temo arder, porque poco es mi cuerpo como para consagrarse, cuerpo cansado como una Rusia que no se levanta. Sin embargo bailo por dentro, y muero en el baile como muero tantas otras veces. Eso es lo que importa, supongo: morir por dentro del cuerpo aunque los dioses no se apiaden nunca, aunque me beba mi ron sin haber escrito una sinfonía, aunque haya más caos que historia en mi pequeña pieza. Suena La consagración… y a veces es suficiente un sonido para que comience el baile, para que la música derrita los dos bloquecitos de hielo, para que suceda el milagro de la primavera en un país sin estaciones.

Wendy Martínez

Voyeur de partidas de ajedrez. Taquígrafa de mis sueños. Tengo miedo a los payasos.

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