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Oye cómo va Ilustración: Nelson Ponce

Mi bandera la tiene Omara Portuondo

Cuando en 1990 el país se rompía en pedazos, Violet Chávez y media Cuba bailaba con El General. “Tu pum pum, mami, no me va a matar”. Comer era entonces un asunto complejo y bailar curaba. Hoy también.

En 1996, Omara Portuondo fue a los estudios Egrem a grabar. No era una artista olvidada, pero en el mundo pocos conocían su talento. La fueron a ver dos hombres, subió algunos pisos y se encontró con viejos conocidos; Compay Segundo y ella cantaron Veinte años, grabaron para Word Circuit, y les cambió la vida.

Violet tiene unos ojos tan vivos como nadie y ríe casi por todo. Como vivió su niñez en la costa sur de Santiago de Cuba, recibió el bombardeo de emisoras colombianas y bailaba tanto con los vallenatos de turno como con la música cubana. “Prefiero la canción llena de versos, pero no puedo dejar de bailar. No puedo”, suele decir.

Omara Portuondo nació en 1930. Le dicen “la novia del filin” o “La Diva del Buena Vista Social Club”. Tiene unos treinta discos, tres Grammy; una voz inconfundible, dúctil, potente, ha vivido casi un siglo y ríe casi por todo.

Violet Chávez había abandonado la carrera de inglés y trabajaba en un hotel cuando una tarde de diciembre le propusieron trabajo en Toronto. Agarró sus bártulos y partió hacia el frío. Era temporal, pero la vida se le fue acomodando de otro modo. Tuvo un amor y nació Sofía. Cuba seguía en el pecho. Violet bailaba, lloraba a veces por tanta tierra lejos, lloraba porque su vieja había quedado junto al mar, y no entendía por qué se van los muchachos, por qué era menos el pan.

Omara Portuondo dejó de ser la diva local para colocarse en el mundo: entrevistas, fotos, conciertos, superestrellas, viajes (Eliades la describe incansable, hoy en Tokio, horas después en el DF). Omara Portuondo canta y la voz se le coloca en el pecho a medio mundo. “¿Qué te importa que te ame?” pregunta, y la gente entiende en la novia del filin la tristeza de un amor que se nos va.

Violet Chávez recibió una llamada de su amiga, una canadiense de ojos celestes. La llamaba porque quería que fueran al concierto del Buena Vista Social Club. “No jodas”, dijo Violet. La rubia no sabía que mientras el mundo bailaba con Chan Chan, en Cuba la gente estaba “arriba de la bola, arriba de la bola, arriba de la bola”. Que cuando El carretero había vuelto a ser un hit, la gente común cantaba aquello de: “tú lo que eres una bruja, una bruja sin sentimientos”, y que ir a bailar tenía que ser con NG, Adalberto, Paulo FG. “Y si viene Pablo Milanés, call me baby, pero no voy a bailar con los viejitos”.

Omara Portuondo no bebe alcohol, ha dicho. Mientras sus colegas amanecían en fiestas, ella trataba de dormir temprano y estudiaba. Propició el encuentro entre Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Ha cantado tanto con los del Buena Vista como con C. Tangana o Julio Iglesias.

Violet Chávez le dio el sí a la amiga. Se puso los Levi’s, se pintó los labios carnosos y partió en su Peugeot hacia el teatro. Lo que viene lo contó ella, casi estrictamente.

“Fue la primera vez que sentí la isla como algo inmenso en mi pecho. Mi amiga llevó una bandera cubana. Yo llevaba dudas, pero algo crecía a medida que llegaban los temas; en un momento de emoción le pedí la bandera y la moví hacia lo alto, fuerte, fuerte. Omara me vio y extendió su mano mirándome a los ojos, pidiéndome la bandera. Alargué como pude mi cuerpo hacia el escenario, le di mi bandera y ella la alzó; la ondeaba fuerte, fuerte, fuerte. No te puedo explicar lo que sentí”.

“Había cubanos en el concierto que se levantaron y aplaudieron, gritaban Cuba, Cuba, Cuba. Imagino, estaban estremecidos como yo. Nunca había vivido algo así, solo en Canadá pude sentir lo inmenso que es mi país, valorarlo como es. Omara era Cuba que venía a buscarme, mi Isla extraordinaria”.

Omara Portuondo sigue de gira, Violet Chávez a veces me llama y me envía clips de los boleros que escucha cuando va al trabajo. A mí me fascina escuchar a mi país en tantas partes, esta isla hermosamente multiplicada y a pesar de la dispersión, tan unida por boleros que regalan gardenias o insinúan que, a pesar de todos los pesares, lo que queda por vivir debe ser como Violet y Omara: en sonrisa, vivir el momento feliz.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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