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Entrevistas Foto: cortesía del artista

Kumar: que la música sea la banda sonora de una experiencia espiritual

Nos citamos a las 4:30 de la tarde en el bar La Negra Tomasa, en el mismo centro de Madrid. Un lugar habitualmente concurrido por gente de Cuba, pero que ese martes tenía la particularidad de que tocarían Roberto Carcassés y Lydia María un repertorio de boleros y sones que nos harían sentir en casa.

Llega unos minutos después que yo y, al verlo acercarse sonriente y pausado (muy a su estilo), sentí que el tiempo retrocedía veinte años, cuando nos conocimos. Nos apretamos en un abrazo que ponía fin a un lustro de desencuentros.

Kumar emergió del movimiento de hip hop de finales de la década de los noventa cuando el Anfiteatro de Alamar constituía el epicentro del género. En aquella época lo conocían como El Menor y no se puede hablar de la escena del hip hop en La Habana sin mencionarlo.

Nacido y criado en Mantilla, y sin haber pasado por ninguna escuela de música, lanzó en 2003 su primer álbum, Kumar, con el que obtuvo un premio Lucas por el video del tema Ves. Si bien dentro del gremio ya era un “peso pesado”, la televisión y los reconocimientos expandieron sus horizontes y sonoridad. El timbre grave de su voz y su forma particular de rapear hizo, además, que en el 2006 se le uniera el grupo M.A.T.E. (Movimiento Alternativo en Tiempos Extremos) y, desde entonces, su música pasó al plano de lo alternativo y urbano. El jazz, el funk, los ritmos afrocubanos y el reggae vinieron a redefinir su trayectoria rapera, aunque también su poética determinó el sello estilístico y sonoro que defendería también junto a M.A.T.E. No en vano llenaron y desbordaron el Salón Rosado de La Tropical en varias ocasiones.

“Esta entrevista ha sido difícil, se ha pospuesto muchas veces”, le digo para ir entrando en calor. “Pero tuviste que venir a Madrid para hacerla”, me contesta. “Así es, hacértela en vivo y en directo sabe mejor”, comento mientras le sirven una Mahou tostada sin alcohol. Se quita el abrigo que lo venía protegiendo de los siete grados de afuera y relucen, entre la luz amarillenta que nos cobija, grandes cuentas rojas y blancas de su collar de Shangó.

Foto: cortesía del artista

—Qué estás haciendo, cuéntame sobre tu trabajo. Sé que estás en varios proyectos: Kumar y Afrosideral. Háblame de esa diferencia.

—Pues la respuesta es fácil. Sabes que vengo de la escena del hip hop y siempre uno va buscando seudónimos para tener como un nombre de batalla. Convertirme en Kumar y después conectar con M.A.T.E. me tomó un tiempo.

“Cuando llego a Europa la cosa se pone todavía más intensa porque Kumar es un nombre hindú y en las plataformas es un nombre vinculado a eso. Hace 15 años cuando llegué a España, en MySpace y similares era muy difícil encontrar una dirección de cualquier perfil con ‘Kumar’ porque había muchos (de la India, de Pakistán, etc.). Entonces es ahí cuando le meto el ‘Sublevao’, que era un nombre que me venía [interesando ya hacía] tiempo, y también un concepto de música afrocubana conectada con el hip hop. Con esa combinación he hecho la mitad de la carrera aquí en España, y ponle que durante los primeros ocho años empecé a tratar de traducir lo que yo traía de Cuba y a conectar con toda la escena de world music que había en Barcelona y empezar a nutrirme de eso.

“Entonces, Kumar viene siendo como esa esencia de música alternativa cubana, de rap, de mezclarse con jazzistas, con músicos del mundo. Es un árbol que tiene muchas extensiones y dentro de ellas aparece la música electrónica. Después de estar en el Manana Festival (2016) que se hizo en Santiago de Cuba, me quedé conectado con ese concepto, me gustó el rollo de la música electrónica y lo afrocubano. Entonces al tiempo saco (con Wonderwheel Recordings) el disco El Olimpo de los Orishas (2019), y esto me empieza a abrir un camino que hasta el momento no había investigado”.

“Siempre me había inclinado hacia tener más músicos, banda, un sonido más live, no estaba acostumbrado a hacer ese sonido yo solo. Entonces cuando empecé a hacer este tipo de sesiones de música electrónica, me vi obligado a desarrollarme. Por ejemplo, hacer un live con instrumentos electrónicos me ha hecho desarrollarme un poco más como multiinstrumentista con determinados tambores (el tama, el sakara, etc.), un par de flautas africanas, la kalimba…; al final es integrar toda la parte afro a la que yo puedo acceder desde mis posibilidades.

“Mi directo, el que yo defiendo ahora mismo, está más enfocado en el baile también. Entonces vas allí y es como entrar en trance; va progresando, pero es para mover la energía. Y la parte vocal está más enfocada hacia los cantos afrocubanos, a los orishas y la música electrónica, a veces más rápida y a veces un poco más lenta.

“También, por el mismo camino de Afrosideral, durante la pandemia hice un álbum que se llama Orishas Zen, que es igual: cantos de los orishas, pero en un plano meditativo conectado con la música asiática. Esto pienso sacarlo próximamente; a veces me pasa que tengo los álbumes ahí, pero me tomo mi tiempo para sacarlos. No obstante, creo que ahora es un buen momento. Ha aparecido un sello interesado, es una manera de decir “dale, no tienes excusa y sácalo”. Yo pienso que va a salir en 2024, aunque no tiene nada que ver a nivel de estado de ánimo con lo que yo propongo en un concierto como en el Jamboree donde, por ejemplo, voy a una sesión con un percusionista brasileño y ahí le metemos caña. Entonces Afrosideral se mueve en ese mundo, va ahí entre la música de club, bailable, y la música más meditativa, la escena de música espiritual, como lo zen.

—Sí, recuerdo que de Afro-Zen sacaste unos demos y a la gente que te sigue le gustó mucho; porque incluso evoca el cruce de nuestras raíces afro y asiáticas; muy pocas veces se habla de esa mezcla. También has mencionado mucho tus conciertos en vivo y he visto en tus redes que ciertamente tocas en muchos eventos, ¿vives más de la música, de tocar en vivo, que de otra cosa?

—Totalmente.

—¿Y cómo es el público aquí, cómo te sientes?

—Definitivamente hay temporadas; hay tiempos en los que hay más conciertos, tiempos en los que hay menos. Gracias a mucho estudio, dedicación y trabajo, pues también produzco y genero ingresos desde la música, aunque haciendo otro tipo de gestión. Y al final el público es muy variado. El hecho de no hacer mainstream te da la posibilidad de [hacer] siempre algo nuevo en todos los lugares [a los] que llegas. Y eso te mantiene siempre con un poco de… no de presión, pero sí de…

—¿Adrenalina?… ¿Adrenalina creativa?

—Sí, porque al final aunque yo [siga] tocando El Templo de los Orishas, ahora mismo cuando voy a los lugares [también toco] un repertorio que mayoritariamente tiene estos temas, pero voy metiendo nuevos, voy quitando unos, poniendo otros. Y al final eso hace que cada vez que yo llegue a los lugares, aunque el repertorio lo vengo tocando en diferentes sitios, para la gente [suele ser] un descubrimiento.

Foto: cortesía del artista

—La última vez que tocaste en Cuba fue hace años en el cine Yara, ¿no?

—Después de eso volví a tocar.

—¿Cuándo fue la última vez?

—En el Havana World Music de 2019.

—¿Qué sientes cuando regresas a tocar en Cuba?

—Eso fue increíble… la experiencia para mí fue increíble. No es lo mismo hacer un álbum [El Olimpo de los Orishas] que está generado con música electrónica, con percusión y gente que invito, (pero mayoritariamente era un álbum que había creado prácticamente yo solo); a llegar a Cuba y tener la complicidad de Rumbatá, que fue el grupo que me sirvió de acompañamiento, rompiendo con el formato que siempre espera la gente con la banda (el guitarrista, el bajista, los metales).

—¿Y fue allí mismo en Cuba que se te ocurrió y se generó todo ese cambio? ¿Fue planeado y montado ya estando tú allí?

—Sí, sí, lo monté ya una vez allí. Ellos fueron a ensayar a mi casa en Mantilla, estuvieron ahí un par de veces, y la verdad fue una experiencia muy bonita. Los conocí cuando estuve produciendo el disco de Telmary, Fuerza Arará.

—“Temón” y discazo, del que eres productor.

—Sí, y de ese disco yo quedé conectado con los músicos de Rumbatá, y cuando volví me dije: “esto que vengo haciendo yo solo, el que canta los coros y el que hace todo, va a quedar metiendo los tambores de ellos”, que son cuatro percusionistas más cinco voces. Fue realmente increíble como experiencia.

—¿Te gustaría volver a tocar en Cuba?

—Lo que sí te puedo decir es que la última vez que fui a Cuba no tuve deseos de tocar. A mí tocar en Cuba siempre me ha gustado, incluso me ilusiona. Pero los tiempos van cambiando, la gente va cambiando, la vida es cíclica. Lamentablemente la gente en Cuba todavía no ha tenido acceso a la música que estoy haciendo ahora de manera que influya realmente en sus vidas. Sigue quedando dentro de un mundo alternativo, incluso dentro de ese mundo alternativo habrá gente que no me conozca a pesar de plataformas como Instagram y demás. Es posible que para mucha gente que tenga la edad de mi hijo, que tiene 20 años, por ejemplo, yo sea un desconocido. Y hago música que estoy seguro de que para su generación está perfecta, porque si van a un concierto tiene música electrónica, tiene afro, tiene rap, y es una música divertida.

—Ahora que hablas de rap, ¿sientes que todavía estás dentro del mundo del hip hop cubano, del rap?

—Mira, después de 40 años de vida y de 25 años de que empecé rapeando yo entiendo una cosa: el movimiento del hip hop es algo que lleva un recorrido, lleva una dedicación y, sobre todas las cosas, lleva una actitud. Entonces, el rapear nunca lo voy a perder porque ese es mi lenguaje. Es inevitable para mí salir y rapear, por intuición me sale, aunque ahora tenga la capacidad (que antes no tenía) de hacer cosas más melódicas. Mucha gente cuenta conmigo para que yo rapee. Entonces, aunque no estoy en el movimiento de hip hop, tengo una conexión con el hip hop que no puedo evitar. Y tengo música, tengo varios temas así. Como voy priorizando, se me han ido quedando, pero creo que tengo para sacar un álbum de Kumar Sublevao Beat. Eso para mí al principio fue difícil, pero me ha dado la posibilidad de hacerle una actualización musical a otras cosas que tengo por ahí y sacarlas para aquellas personas que tienen una nostalgia o les gusta más esa parte de mí. Que ya te digo, es algo que utilizo todo el tiempo, no es que yo haga música electrónica y entonces no rapee. Yo rapeo, hago música electrónica, hago música de meditación, hago música experimental; o sea, he aprendido a abrirme y abrir. No existen fronteras. Las colaboraciones que hago son diversas.

Foto: cortesía del artista

—Y cuando te subes al escenario, ¿sientes que eres el mismo Kumar de hace 20 años o un Kumar con más fuerza? Por supuesto que un Kumar con más experiencia, pero ¿cómo ves a ese Kumar pasados veinte años?

—No, yo creo que cada Kumar ha tenido su momento y, por ejemplo, el Kumar de Cuba tenía una fuerza huracanada, era muy en trance, muy sublevao, muy cimarrón, con mucha expresión escénica [dentro del] espacio también. Cuando llegué aquí vine con esa herencia, y con la posibilidad de hacer escenarios grandes y seguir alimentando esa proyección. Después tuve mi tiempo más performático: me ponía los dreadlocks en la cara, interpretaba mis personajes y demás. Ahora, claro, dependiendo de la música, tengo conciertos donde expreso la misma fuerza canalizada de otra manera. Tengo un tema, por ejemplo, cantando a Aggayú (orisha que en el panteón Yoruba representa el volcán), y cuando ves el video tú ves trance, puedes ver al mismo Kumar de todos los tiempos pero concentrado, tal vez, en algo más afro, más tribal.

“Y después, por otro lado, he desarrollado la capacidad de hacer música sentado, no tengo ahora mismo ninguna pretensión. Demuestro lo que cada momento lleva y lo que cada música lleva. He desarrollado mucho más la versatilidad; siempre tuve la oportunidad de colaborar con muchos artistas en Cuba y con muchos estilos, pero con el tiempo me he vuelto todavía más [versátil] dentro de mi propio campo musical. Una cosa es colaborar con artistas de diferentes géneros, y otra cosa es que dentro de tu propio camino musical puedas tener cosas más hacia el hip hop, otras más meditativas, más jazz, o más experimental, etc.”.

—Hablando de variedades musicales, ¿ves con preocupación el escenario musical cubano, o el tipo de consumo de música que tiene lugar hoy en Cuba? Hablabas de tu hijo, la generación de muchachos de su edad, ¿lo ves con preocupación o no?

—No, yo digo que cada generación que va pasando ha ido consumiendo una música que para las generaciones anteriores siempre es como “¡¿y esto qué cosa es?!”. Al final yo no soy responsable de lo que escucha mi hijo, ni artísticamente, ni como padre; la elección que tiene (y hablo de él como lo más cercano a los jóvenes cubanos) es basada en su sensibilidad y en lo que el ambiente le da, ¿no?

“Inevitablemente pasó una cosa con la música urbana, fue tan marginada de las instituciones cubanas que ellas solas se hicieron su camino. Y al ser una música bailable, a la que todo el mundo tiene acceso, pues empezó a generar dinero y ahora mismo yo creo que los artistas cubanos que más generan son los reguetoneros o los nuevos reparteros, porque al final han desarrollado un estilo musical paralelo a todo lo que está sucediendo en América Latina y el Caribe y África; porque tiene influencia del afrobeat, tiene influencia del reguetón, de lo que pasa en República Dominicana, y de la música afrocubana. Más los artistas pop que se han aprovechado del boom de la música afrocubana y urbana, de este momento contemporáneo, y han metido que todo sea más cantadito, más ‘fino’, pero el trasfondo es el mismo, la sonoridad musical es la misma; es como la rumba.

“Cuando tú escuchas la rumba, percibes la diferencia entre los rumberos, pero tú sientes que hay un estilo; con el reparto pasa lo mismo, hay un par de cantantes como fue Elvis Manuel o Chocolate o Adonis, [con] una parte que es como ‘wa wa wa wa‘, como más gritona, y otra más melódica. Yo creo que esos tres han generado lo que hoy es un género. Hasta llegar a artistas como Wampi, que es más como Elvis Manuel (así lo veo yo), más melódico, más musical. Encima es un chamaco que viene de la escuela, de tocar saxofón, entonces ya no es un reguetonero al uso del barrio… Sí, es del barrio, pero viene de tocar. Entonces tú sientes la musicalidad, sientes la diferencia y otro tipo de proyección musical. Artistas como él, aunque cantan [sobre] sexo súper explícito, hoy en día ya es normal.

“Hay que derrumbar el tabú de lo que es hablar de sexualidad. Cada quien habla de sexualidad como cada quien la ve. Sería mucho mejor si, además de una sexualidad tan explícita, tan gráfica, tan del cuerpo; también se pudiera paralelamente desarrollar otro tipo de propuestas que llamen la atención y digan: sí existe esa sexualidad pero me gusta otra. Porque no voy a renunciar a bailar en el pole dance porque está asociado al mundo de la comercialización y la prostitución, por ejemplo.

“Cada día se demuestra que cosas que están en un contexto, si se ponen en otro, cambian de sentido. Lo mismo sucede con el arte. Porque en el tiempo en el que el jazz solamente se escuchaba en prostíbulos, era como un reguetón (risas), era música del diablo, el rock ha sido música del diablo, se ha hablado de drogas, de sexo, se ha hablado de todo desde hace muchísimo tiempo. ¿Qué es lo que pasa? Que hoy todo es muy directo, entonces, en el plano sexual hay una especie de liberación. Ves el proceso de la revolución sexual de cómo las mujeres usaban las faldas por las rodillas, luego las minifaldas, hasta ahora; puedes ver ese desarrollo y también habla de un proceso de cómo se entiende la sexualidad. De cuán importante es enseñar y cuán importante es lo que se ve. Porque en el tiempo en que la ropa era larga no era tan importante lo que se veía sino cómo realmente era la persona. Estoy haciendo un paralelismo porque nunca había hablado de estas cosas de esta manera, ahora estoy haciendo esta reflexión. Yo creo que la música de hoy en día, y sobre todo la industria, está enfocada en lo que se ve. Por ejemplo, con el empoderamiento femenino, se han aprovechado de ese discurso para vender. El sistema está desarrollando un modo de pensamiento que hace pensar a las mujeres que están empoderadas cuando al final lo que para mí están haciendo es sobrexplotando. No han dejado de hacer nunca lo que siempre han hecho”.

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—Volviendo a Kumar, tú dijiste, y me he quedado pensando en ello, que las nuevas generaciones no conocen a Kumar ¿cómo te gustaría que te conocieran las nuevas generaciones?

—Claro, la misma versatilidad hace que sea muy difícil también venderle a la gente una representación. Yo creo que al final Kumar es un artista que controla géneros contemporáneos, géneros de músicas y de estilos ancestrales, y que utiliza la música no solo de forma lúdica, sino también [intenta] que la música sea la banda sonora de una experiencia ceremonial, espiritual, y también donde te puedas divertir, que puedas aprender cosas, te puedas reír, tener un momento meditativo, ir a un concierto sin que necesites beber alcohol para disfrutar de mi música, ni necesites drogarte. O sea, yo creo que no es prohibir a la gente sino también hacerles entender que se puede llegar a un estado de disfrute y de éxtasis cuando uno está en el lugar adecuado, rodeado de la gente adecuada y escuchando la música adecuada. Tener un viaje increíble y vivir una experiencia transformadora.

—Si eso es difícil para países, territorios, contextos donde existe ya mayor conciencia de lo alternativo, no como un eslogan ni como una moda, sino como una reacción en serio al consumo desmedido, a la cosificación, etc., es más difícil aún en Cuba en un contexto de crisis…

—Pero extremadamente necesario. (Risas).

—Entonces, pensando en eso, ¿cómo te gustaría verte tocando en Cuba, en qué contexto?

—Ahí está el poder de realización y del cómo uno quiere realizar las cosas, porque yo te digo, un escenario como el Havana World Music me sirve. Me sirve porque yo tengo esa capacidad de transmitir. Da igual el contexto. O me sirve un escenario como la Fábrica [de Arte Cubano] o como el Teatro Nacional, o como el Karl Marx. Cualquiera de esos escenarios me sirve. La misma Tropical que fue tan significativa para mí y para todos.

“Ahora, ¿cuál es el objetivo, que es lo que uno realmente quiere hacer? ¿Quiere realmente hacer un concierto, o formar parte de una experiencia?. Entonces, al final, ‘hacer’ forma parte de una experiencia. Lo masivo es complicado, masificar una experiencia es complicado. Una de las cosas que yo experimento es que eventos muy interesantes no son masivos. Te puedes encontrar un evento de 200 personas y sucede una cosa increíble. Hay muchos tipos de artistas, muchas personas facilitadoras de terapias… Un evento, pensando en Cuba, donde se pudiera hacer yoga, danza afrocubana, meditación, conversatorios de crecimiento, hablar acerca de un libro, o un debate con un maestro hablando de su experiencia, puede ofrecerle a la gente la posibilidad de practicar o de tener una experiencia a través de una práctica, y que se vaya con algo más que un concierto. Como una inspiración. Como algo que digas ‘wow’”.

Foto: cortesía del artista

—¿A Kumar le interesa llegar a la gran comunidad de cubanos y cubanas que hay ahora en Madrid y en España?

—Por supuesto, me encantaría. Siempre los echo de menos, ¿no?

—Es que, aunque estoy de visita, he visto una comunidad grandísima, algo que no vi años atrás cuando estuve aquí también.

—Hay muchos músicos que han llegado, mucha gente nueva, hay una ola migratoria tremenda y me doy cuenta de que hay otro tipo de personas que prefieren migrar hacia Europa, no tanto hacia los Estados Unidos. Hay muchísimos músicos que ahora mismo están en Barcelona.

—Pero no te hablo solo de músicos, sino también de público.

—Claro, el público. Yo personalmente cuando hago un concierto aquí, en Café Berlín, por ejemplo, realmente extraño a ese público. No sé cómo es que no se enteran… Sinceramente, lo que yo pienso, y esto lo hemos hablado con artistas que residimos aquí en España, es que el público cubano funciona con la nostalgia, entonces es más probable que aparezcan [con] Havana D’Primera, con el mismo Interactivo, con Cimafunk, porque al final eso te conecta con una experiencia de vida que tuviste. Viene Telmary, por ejemplo, a Madrid, y se junta ese público alternativo. Yo tampoco he promocionado mucho, vivo en Madrid hace cinco años, pero no hago vida en Madrid.

—Pero hay una cartelera por ahí de cubanos en Madrid, ¿no? Yo creo que sí, que a Kumar le hace falta un poquito de promoción y conectar con su público aquí…

—Entonces la próxima cosa será asumir esta cartelera como posibilidad de que los cubanos se enteren…

—Me he encontrado con gente de todas las edades que te conocen, pero no saben qué estás haciendo. Yo misma, que estoy de paso, estuve cazándote para verte en vivo, pero no tuve suerte a pesar de que tocaste; no me avisaste (risas).

—Sí, sí, tienes razón (risas).

—Aquí me quito el disfraz de entrevistadora y salta el reclamo de hermanita, pero con agradecimiento. ¡Gracias por la entrevista!

Poco más de media hora duró la conversación, sin silencios, sin pausas. Tiempo injusto para quien tiene una carrera prolífera que transcurre por varios países, territorios, y por algo tan adherido ya a la vida de los cubanos como es la migración. Después de los selfies para la familia en común, me enterré en el metro y él se perdió entre las luces navideñas de Callao, no sin antes sentir que el arte, la música, es la sangre intangible que nos une como lengua común para quienes vivimos lejos de nuestros afectos de origen. Solo espero, para la próxima, que avise de su próximo concierto.

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