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Reseñas Fotografía por Paula Piñeiro Benítez

Inmersos en un Vitier insular

Ya se anunciaba la realización del concierto Noche Insular dentro de la cartera del festival Jazz Plaza 2024, cuando quiso el azar que coincidiera por primera vez, al menos que recuerde, con José María Vitier. Sucedió en la Sala Villena de la Uneac, donde se le entregó el Premio Anual de Reconocimiento por la obra de la vida. Yo estaba allí por otro asunto. No imaginaba que tendría el inmenso privilegio de ver al artista recordar sus inicios como compositor, y agradecer a quien ha sido, según sus palabras, el único maestro de composición que tuvo y tendrá: José E. Loyola Fernández. También escucharlo hablar de sus comienzos como creador y ubicar como punto de partida de su carrera autoral el momento en que conoció a su esposa, la gestora cultural y artista visual Silvia Rodríguez Rivera.

La carrera de José María Vitier es tan prolífica como notoria. ¿Habrá algún cubano con edad y memoria musical suficiente que pueda desligarse de melodías icónicas del cine y la televisión surgidas de su genio? Aquella tarde en la Villena resonó la obra que marca el inicio de su reconocimiento como compositor. Desde los primeros acordes del tema principal de En silencio ha tenido que ser, en un arreglo para orquesta de guitarras, se creó en la sala una atmósfera única.

De haber sabido entonces que apenas una hora más tarde Magazine AM:PM me contactaría para que fuera su cronista en los conciertos que Vitier regalaría a la ciudad justo tres días después, el 20 y 21 de enero en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba, no hubiera dejado escapar la oportunidad para lanzarle un par de preguntas. Aquella tarde solo alcancé a hacerle algunas fotos rodeado de músicos consagrados y jóvenes promesas. Ni siquiera me animé a expresarle cuánto disfrute me ha regalado por años. 

Perdida la oportunidad de conocer de primera mano acerca de Noche Insular, hube de informarme sobre la singularidad de estos conciertos, san Google mediante. Así conocí que los de La Habana tienen como antecedente una presentación realizada en noviembre del año pasado en Enghien-les-Bains. Esta comuna ubicada en las afueras de París acoge al Centro de Arte Digital en cuya sede, durante la celebración del Festival Jazz au Fil de l’Oise, el Maestro Vitier —junto a la flautista Niurka González, Abel Acosta alternando contrabajo y percusión menor y el también percusionista Yaroldy Abreu— hizo un repaso de su obra acompañado de imágenes digitales proyectadas sobre el escenario con tecnología inmersiva. A cargo de esta puesta estuvo Dominique Roland, quien ahora, con su equipo, asumió el desafío de traer el espectáculo visual a La Habana.

Inmersiva es toda aquella tecnología que hace vivir al espectador una realidad virtual, (generada a través de programas informáticos y equipamiento especializado), como si fuera auténtica. Traer a Cuba una muestra de algo tan relativamente novedoso permite un acercamiento a lo que hasta ahora únicamente podíamos apreciar a través de una pantalla. Con todo esto en mente, voy rumbo a la Avellaneda. He llegado una hora antes y para aislarme del ajetreo de la sala que va llenándose de a poco, repaso algunas de las notas publicadas por diferentes medios sobre Noche Insular. A medida que discurren los minutos previos trato de adivinar lo que presenciaremos los afortunados que alcanzamos butacas en esa noche invernal desde ya memorable.

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

El escenario es minimalista. Alineados de izquierda a derecha aparecen el piano de cola, el contrabajo y el set de percusión menor encabezado por los tambores batá. Iluminado con una tenue luz roja, el espacio se me antoja demasiado grande para un formato de cámara. Una pantalla traslúcida colocada unos metros antes, visible a pesar de la penumbra de la sala, delata que algo fuera lo común ocurrirá en breve.

A las nueve en punto Vitier ocupa su lugar y comienza a escucharse el piano brioso, ejecutado limpiamente. Segundos después, la percusión a cuatro manos entra acompañada por un haz de luz naranja de fondo que va creciendo cual sol asomando en lontananza. Tempo Habanero abre la noche insular con un sol de invierno en retirada.

Las primeras imágenes que aparecieron en la pantalla frontal fueron un poco vagas. Al menos para los que nos encontrábamos en el primer balcón. Al cabo fuimos descubriendo un juego de nubes que acompañaron al sol en un ocaso mágico, tridimensional, que la música redondeó a través de un audio impecable. El final de esta primera pieza nos sorprendió arrobados y la sala se colmó de aplausos.

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

Tras una pausa breve, las notas cálidas del piano de José María ejecutando el motivo de Bienaventuranzas I, dieron entrada a la flauta de Niurka y a unas cataratas de fulgores anaranjados que resultaron vistas aéreas de la ciudad, de esa Habana tan de Vitier y tan nuestra. Las imágenes resultantes de la proyección simultánea en ambas pantallas crearon una sensación espacial que rozó lo fantástico. Una atmósfera que la flauta, entonces protagonista, redondeó apoyada en el piano y en la sutil intervención de la percusión.

Danzón Imaginario trajo nuevos efectos a escena. Siempre de noche, una lluvia pixelada, como de confetis, fue inundando el espacio en forma de prisma de base rectangular. Una lluvia que desafiaba la gravedad con movimientos caprichosos que bordeaban la flauta y el piano. En esta parte, los efectos delanteros parecían dictados por el sonido del instrumento de viento. Las florituras que Niurka ejecutaba con pericia marcaban los movimientos de las imágenes de la pantalla frontal. Copos como de granizo o nieve, en suspensión o movidos caprichosamente por un viento musical.

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

La lluvia se convirtió en tormenta en Fugado y Son Nocturno. Un mar bravío envolvió a los músicos en una de las escenas más vistosas de todo el espectáculo. La noche se llenó de relámpagos que retumbaron visualmente durante la descarga de lujo de Yaroldy, en la que el mar pareció replegarse, y que arrancó vítores entre los presentes. El virtuosismo al piano del Maestro  brotó también entre olas enormes, en un acto de ensueño. 

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

Tarde en la Habana nos devolvió a la cordura. Limpió la atmósfera alejándonos del mar, entre ondas de colores que acompañaron el ritmo galopante de la música, marcada por piano y flauta en equilibrio, el contrabajo y la percusión creando ambientes sonoros y llenando todos los espacios y los sentidos. La pantalla de fondo, siempre en activo, trajo imágenes de La Habana nocturna donde creí reconocer algunos tramos del malecón.

El acompañamiento visual de Ritual, la pieza ejecutada a continuación por el cuarteto, fue una niebla azul, hermosa y envolvente. Nubes en ascenso pugnando por alcanzar altura. Tintes verdosos y amarillos sobre las cabezas de los ejecutantes que parecían encontrarse ahora en el firmamento.

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

Quien pensó en ese punto que los efectos se habían agotado, descubrió en Samba al sur la recreación de figuras humanas que danzaban en un simulacro de carnaval y Barrock llenó la sala con su fuerza desde lo musical. Ambientada con cirros multicolores que cabriolaban al compás de la música, la pieza deparó momentos para la improvisación y, una vez más, el lucimiento de los ejecutantes.

Contradanza Festiva irrumpió con imágenes de fondo recreando un baile de pareja a través de una cortina que remedaba una lluvia fina, invernal. La música, siempre protagonista, nunca incidental, llenaba toda la sala, aunque la maravilla inmersiva transcurriera en el espacio delimitado por las pantallas y las patas del escenario. 

Sumergida aún en el ambiente onírico que únicamente interrumpían breves pausas tras los aplausos de una audiencia embelesada, no advertí el momento en que Vitier se hizo de un micrófono. Agradeció entonces a todos los implicados en el concierto y anunció el cierre con el Ave María por Cuba. Tras la invitación a la soprano Bárbara Llanes a compartir escenario, pidió fe, esperanza y alegría y se sentó al piano a desgranar las notas hermosas de esta plegaria por la Isla y los cubanos. Para entonces, las luces del escenario cayeron desde lo alto sobre los músicos, ahora sin parafernalias. Piano, flauta, percusión menor, batá y una garganta vibrando por Cuba sobrecogieron a los asistentes. Fue un cierre hermoso y emotivo. El histrionismo y la voz de Bárbara tienen que haber conmovido a muchos, entre los que me encuentro.

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

El agradecimiento del público al terminar el concierto fue profuso. Y resultó correspondido por Vitier que regresó al piano para regalarnos el tema principal de la película Fresa y Chocolate, una vez más, con alarde de virtuosismo.

Los que tuvimos la suerte enorme de asistir a estos conciertos nos llevamos en los oídos y en las retinas un espectáculo único. Este repaso de la obra de Vitier es disfrutable sin ninguna apoyatura visual. Su música aún en un cuarto oscuro porta en sí misma, y en el imaginario de los que lo seguimos desde hace mucho, innumerables referentes visuales, imágenes, evocaciones… Pero este espectáculo que roza lo fantástico al aplicar lo “inmersivo” lleva el disfrute de su obra a otras dimensiones.

Gracias a la generosidad de José María y Silvia tenemos finalmente algunas de sus impresiones, a posteriori. En sus voces obtuvimos respuestas a algunas interrogantes que intentan develar el misterio de estas dos noches mágicas:

—Maestro, cuéntenos qué se siente al hacer música, su música, rodeado de imágenes y efectos tan artificiosos. ¿Alcanzan los músicos a percibir las reacciones del público durante la ejecución, a través de esa pantalla frontal?

—Esta experiencia es muy diferente a la experiencia habitual que se tiene en un teatro, frente al público. Desde su concepción misma, este espectáculo se basó en la creación de imágenes para mi música y no en la creación de música para imágenes, que es lo habitual en mi carrera.

“Ahora, específicamente durante el concierto pasaron cosas que para mí fueron novedosas. La primera es estando inmerso —y esa es la palabra apropiada en esa visualidad—, en ese espacio virtual para el público, pero real para uno, no nos percatamos completamente de lo mismo que percibe la audiencia. O sea, nosotros somos los sumergidos y el público es quien contempla esa inmersión. Nosotros no vemos el resultado, digamos, tridimensional y tan hermoso como lo percibe el público. Nosotros en todo caso vemos la pantalla que está detrás. De ninguna manera teníamos una idea del resultado. Sabíamos más o menos cuál iba a ser, pero no lo percibíamos mientras tocábamos. 

“El segundo asunto, y este me parece más importante, es que tampoco veíamos al público. Esa pantalla, cuando estaba presentando imágenes entre el público y los músicos, nos impedía ver un poco, aunque no totalmente. No vemos al público mientras tocamos, lo cual crea una sensación de soledad escénica que a mí en lo personal me resultó confortable. Me sentí bien de esa manera. En cierto sentido uno se siente así siempre, un poco solo en el escenario, pero en este caso esa soledad estaba acentuada por ese aspecto físico, estando literalmente inmersos o encerrados entre dos pantallas. 

“Pensando un poco más en esto, me pasó una cosa en cuanto a la percepción del público y la retroalimentación que uno recibe y que se expresa básicamente con los aplausos o con las expresiones que uno escucha mientras toca. En este caso los aplausos nos llegaban muy filtrados. A través de los videos que hemos visto es que pude darme cuenta de que la gente aplaudió bastante o mucho desde el principio, pero eso yo personalmente no lo percibía. 

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

“Es un poco perturbador realmente, porque de repente uno dice bueno, ¿esto está llegando realmente a la gente? ¿Cómo se está recibiendo? Y francamente, en efecto, esa gran pantalla que hay delante también hace el efecto de un filtro desde el punto de vista acústico. Pero eso no lo digo como algo malo, porque el estar en un escenario, en un teatro lleno, repleto, y sentir una sensación de soledad en el momento de tocar, es una sensación que a mí en lo personal me resulta extraordinariamente inspiradora”.

—¿Cree usted que este espectáculo visual hubiera funcionado mejor en una sala más pequeña, donde el público estuviera más cerca de los músicos y de la magia que aportan las imágenes? ¿Fue la tecnología la que condicionó que se escogiera la Avellaneda? ¿O el aforo?

—Bueno, este es un tipo de propuesta en la que la dimensión del espacio a cubrir, la profundidad, la altura, la amplitud, juegan un papel importante sin lugar a dudas. Está pensado así desde que se estrenó en el Centro de Arte Digital, y la propuesta para Cuba todavía más porque el escenario del Teatro Nacional es más amplio. Yo diría que las imágenes incluso se veían mejor en Cuba precisamente gracias a esa profundidad, a esa amplitud y esa dimensión del espacio. Creo que en este caso fue un elemento a favor del espectáculo. No imagino cómo funcionaría en un espacio más pequeño. Habría que pensarlo de otra manera.

Sobre este tema, Silvia Rodríguez Rivera explicó: 

“En la decisión de presentarlo en la Avellaneda indudablemente tuvo mucho que ver el aforo porque fue un empeño muy costoso el traer esta tecnología hasta aquí, y el objetivo era que pudiera ser disfrutado por el mayor número de personas. Por eso programamos dos conciertos. Primeramente habíamos pensado en el teatro Martí pues trabajamos mucho en la parte histórica de la ciudad y nos gusta mucho ese teatro, así que esa fue la locación que propusimos inicialmente. Pero ver la cantidad de personas que fueron a la Avellaneda los dos días me reafirma que no hubiera sido suficiente el Martí aún repleto.

“Por otra parte, desde el punto de vista tecnológico, como dijo José María, se requiere de cierta distancia y amplitud para poder ver bien el efecto de inmersión. En ese sentido tenemos referencias de que hubo problemas para que las personas ubicadas en el segundo balcón percibieran realmente el efecto de inmersión. Yo el segundo día desde el primer balcón observé que no es lo mismo que en platea. No se veía la pantalla frontal de la misma manera y por tanto el efecto de inmersión se pierde un poco. Y me han dicho que los que estaban en el segundo balcón no veían la pantalla todo el tiempo. Pero bueno [incluso así], creo que fue la mejor decisión hacerlo en la Avellaneda”.

—¿Está Cuba preparada para este tipo de espectáculos? ¿Cuán retador fue poner toda esta tecnología a punto en tan poquísimo tiempo?, —pregunto.

—Yo creo que sí, que Cuba está preparada. Sobre todo su público, —dice Silvia—. Nos reíamos ayer porque ya todo el mundo está hablando de inmersión, ya la palabra inmersión se ha vuelto como “manida” por el público cubano, que lo coge todo a alta velocidad. Ahora, tecnológicamente los franceses trajeron las pantallas, los servidores y los proyectores. Acá Silvio [Rodríguez] aportó gran parte del sonido que fue, yo creo, una de las cosas claves del espectáculo. Fue muy buena tecnología la que se utilizó y se hizo un trabajo muy serio para solventar las deficiencias, por ejemplo, de las bocinas del teatro. Igualmente hubo una labor muy seria de iluminación, con un trabajo en equipo, con la intervención de muchas personas e instituciones.

“Creo que el resultado fue muy bueno. Cuando lo hicimos en París las luces tenían una sofisticación mayor, pero también los técnicos dispusieron de mucho más tiempo para preparar la puesta y quizás más recursos. Pero aquí creo que funcionó todo y hubo un lindo trabajo de luces. Porque esto, además de la tecnología inmersiva, requiere de un bello trabajo de luces y los técnicos franceses trabajaron junto con los cubanos y el resultado, que es lo que hay que valorar, fue bueno. Así que siendo una primera experiencia, habiendo tenido tan poquísimo tiempo para prepararlo, para mí fue sorprendente. Que lograran hacerlo y hacerlo bien. Así que tengo que decir que sí, que Cuba está preparada para esto y mucho más. Solo hay que propiciar la oportunidad y los recursos, y el empeño de destinar un presupuesto para dar este tipo de alegría y de ilusión al público cubano”.

—¿Sintieron en la respuesta del público, que los ovacionó de pie en ambas funciones, la recompensa a tan grande esfuerzo?

—Primeramente deseo reconocer el decisivo esfuerzo de personas que se empeñaron en hacer esto, como Carmen Mayans, y por supuesto las embajadas de Francia y de Cuba. A las personas que decidieron invertir para que este espectáculo se pudiera traer a La Habana, —continúa Silvia—. A los dos centros de la música [de Música Popular y el de Concierto], al Instituto de la Música; todo el mundo colaboró. Y el Centro de las Artes Digitales, donde empezó todo, y que apoyó hasta con los gastos de los técnicos franceses. O sea, esto ha sido un empeño francés y cubano para presentar este espectáculo y dar este regalo a la ciudad y a Cuba. Ha sido realmente conmovedor desde el punto de vista de los franceses, porque los cubanos por supuesto queremos traer cosas bonitas a nuestro público y dar algún aliento. Pero los franceses también han puesto un empeño grande en que esto pudiera suceder y eso es un agradecimiento que tenemos que resaltar en cada una de las entrevistas.

Imagen: Paula Piñeiro Benítez

—A lo anterior hay que sumar el empeño profesional, yo diría que amoroso, de los músicos —agrega Vitier—. Los músicos que me acompañan, que son colaboradores habituales míos, como es el caso de Abelito, de Yaroldy y Niurka González y de Bárbara Llanes, trabajamos en las más disímiles circunstancias dentro y fuera de Cuba. De repente llegó esta posibilidad y estrenamos el concierto en París primero e inmediatamente surge el sueño de hacerlo en La Habana. Mucho antes de que ello fuera seguro, de que estuviera garantizado todo, antes de que los franceses y la técnica pudieran llegar a tiempo, que hubiera presupuesto, mucho antes de eso, empezamos a ensayar. Ensayamos día tras día. Lo hicimos para el concierto que no sabíamos aún si iba a ser posible. Y lo hicimos porque amamos lo que hacemos. 

“Para mí es muy conmovedor que eso ocurra con mi música, aunque también les ocurre con la música en general. O sea, les ocurre porque tienen un sentido de servicio, de que el conocimiento, el talento, la inspiración que puedan tener, no es una propiedad del músico, es algo que se pone a servicio de otros. Y además de eso, es un placer inmenso. Con gente así ¿cómo no iba a quedar bien?  

“Luego está la respuesta conmovedora del público. Nos pasó una cosa y no puedo decir que es la primera vez, pero lo sentimos con especial intensidad, y es la necesidad que percibimos del público —y no voy a decir el pueblo, pero también lo podría decir—, de recibir este tipo de ilusiones, de alegrías, de estímulos. Este despliegue de imaginación puesto al servicio de emociones positivas, de emociones esperanzadoras. De verdad creo que ese es el sentido profundo que tiene para nosotros y los músicos y el equipo completo de trabajo. Y la respuesta del público en el teatro en ese sentido fue estremecedora. De verdad”.

foto de avatar Alynn Benítez Castellanos La música es el combustible; el mar aporta el oxígeno para la combustión interna que mueve mis pistones. La literatura y la fotografía después de la música y la ingeniería. Más publicaciones

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