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Reseñas Portada del álbum.

Cambio / Danay Suárez

“Este no es un álbum más; el álbum está vivo, tuve que morir en muchas maneras para darles este mensaje. Espero que lo escuchen algunos de la industria musical, también los artistas, los que continúan peleando por su alma y los que creen que la han perdido; también cada joven que ha sido dañado con tanta mundanidad de parte de sus artistas favoritos, y cada adulto que aún cree en el poder comunicativo del arte. La vida y la muerte están selladas en este álbum y sé que trascenderá mi existencia”, sentenció Danay Suárez hace unas semanas en su página de Facebook.

De estas maneras procede también su música, tajante, filosa.

La fuerza motriz del álbum es innegablemente la fe en Dios, incluso en el ser humano. Su propósito es purificar la ambigüedad en la nueva escena, donde a menudo los artistas intentan ganar posicionamiento —también prestigio— con estrategias de mercado basadas en la imagen corporal o el fraude. Suárez nos quiere mostrar cómo es la vida en la tierra del Señor, libre de “fanatismos” y laceración. Podemos presenciar cómo la música cristiana no es monolítica —como se suele pensar—; este álbum reúne subgéneros que se reflejan en diferentes tradiciones y culturas: rap, guaguancó, bolero, club; todos artesonados por la religión.

Ya en enero del año pasado, Suárez había dado un adelanto, con cuatro temas en versión EP. Como muestra de respeto a la intencionalidad de la artista, estos irán primero, y continuaremos en el orden lógico de las seis canciones restantes del nuevo álbum.

Chicos Malos es primera en el EP; en aires de hip hop de inicios del 2000, Suárez reitera que no desea seguir con el rap ni la farándula. Sin embargo, hace referencias a la polémica “demanda” que le impusieran en el 2020 por comparaciones ofensivas hacia la comunidad LGBTIQ+. El sonido continúa en la misma línea, hasta el momento no hay señales de “cambio” y su música parece alzarse como una guerra sorda contra la nueva escena.

Por otra parte, Cambio es una refrescante muestra de dance/club que se aleja, satisfactoriamente, de su repertorio. Incluso, podría parecer una remezcla del original. Esta sonoridad está en alza, y aunque en Cuba no logra aún trascender los bares o espacios del estilo, la artista cuenta con el reconocimiento de los oyentes internacionales que se ha ganado. Por ello, es un poco irónico que haya dejado este tema de último en la versión del álbum.

Le sigue Mi tesoro, que es naturalmente novedosa. Tiene esa airada influencia que solo nos recuerda a las fórmulas experimentales de Frank Ocean y Labrinth. La letra es una oda al amor terrenal: “siempre tú serás mi tesoro, y aunque el cuerpo es temporal, nuestro amor está escrito en la eternidad”. Aquí comienza a tener sentido el título del proyecto. Evidentemente, Suárez ha recurrido a la inspiración de la escuela norteamericana.

En entrevista con este magazine hace cuatro años, la artista confesó: “Yo era un producto del hip hop cubano, me gustaba cantar y hacer melodías, y me sentía influenciada un poco por el jazz y la música tradicional cubana que escuchaba”. En esta filosofía presenta No juegues así, un bolero que irremediablemente recuerda a La Diva del Buena Vista Social Club. Sin embargo, Suárez abandona tempranamente a Omara —recordando que no es su “momento de hacer un disco de boleros”— y abraza el rap con una base de jazz y piano. En el momento en que piensas que va a volver al bolero, retoma el bass de afluencia urbana. Es ella quien juega con el oyente en un experimento muy bien logrado.

En el orden del álbum, la primera canción es Vine a, un monólogo enrevesado que resalta entre violines. Con referencias a Caravaggio y Bukowski en una misma línea, la cubana demuestra el lapicero filoso que la caracteriza. Defiende la feminidad con líneas como: “Y para que los enfermos sexuales pasen hambre, te voy a dar clases sin desnudarme”. Apunta que no tiene interés en competir, pero realmente no parece haber una amenaza directa desde la industria cubana. Ella pertenece ahora a un mercado más amplio.

La próxima canción ejecuta ese beat que puede evocar fácilmente a Canserbero; un poco tétrico y sólido en términos de composición, Desahogo tiene el storytelling cronológico que emplearía el venezolano en Es épico. Su letra es una lección de vida; la artista ha acumulado muchos saberes con el paso de los años. Tal vez lo debe a las lecturas de su fe. Así lo deja saber cuando canta: “Amar a aquel que te ama es muy fácil, ¿qué mérito hay en eso? Dime, ¿dónde está el dominio y dónde el esfuerzo?”.

No temeré es una renovación de la mezcla reggae/hip hop. Suárez convirtió su música en portavoz y paloma mensajera de la cristiandad y este título es clara referencia a este género. “No temeré a hablar la verdad, ella me hizo libre, su voz es más alta que cualquier imperio a donde irás”. Su lirismo es de acero, reúne toda la experiencia comunicadora del temprano Yo aprendí. Justo así se siente este álbum en cuanto a la escritura, como un aprendizaje de cosas bellas y, en ocasiones, dañinas.

El interludio La rueda es un sermón, grabado de la iglesia a la que probablemente asiste la artista. El pastor alza la voz entre el instrumental, pero se pueden distinguir solo algunas frases. Se ha hecho común este tipo de puentes hablados en la música contemporánea, y al ser un disco eminentemente religioso, se justifica por sí mismo.

Nadie es dueño es una inesperada inclusión de rumba; parece que el sincretismo sonoro es parte del proyecto pues el sonido no responde a la típica letra de culto africano, sino a la temática cristiana que protagoniza este disco. La fuerza de las raíces es evidente, y el color de la voz de Suárez acompaña perfectamente. Sería interesante escuchar más de ella en este género.

Un canto a su trayectoria cierra este ciclo: Dicen. La artista entona: “A mí no se me olvida de dónde me sacó Dios”. Y tampoco dónde se encuentra actualmente. Recuerda el famoso incidente en Viña del Mar; sin dudas sigue teniendo esa incipiente rebeldía que caracteriza a la escena musical cubana. “Dicen, que me estaban buscando, sentada en el mismo banco. Dicen, con las mismas gentes, con los mismos diálogos. Dicen, no están calculando que mi mente prosperó”.

Danay Suárez es una poeta en la música urbana, sus años en esta industria lo han demostrado. La joven que comenzó en la ola de Los Aldeanos y demostró su talento en Havana Cultura Sessions ha llegado a un lugar cúspide de la canción cubana, al altar del rap cristiano-contemporáneo. Esos años de práctica la convirtieron en la excelente rapera que es hoy, y su “cambio” es tanto evidente como deslumbrante.

*Escucha el álbum completo en YouTube.

Joan Pablo Villalón Montenegro Más publicaciones

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