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Entrevistas Melanie Santiler en la edición del 2023 del concurso Havana Wolrd Music, donde obtuvo el premio en la categoría Menores. Foto: Cortesía de Fábrica de Arte Cubano (Fotógrafo: Pablo Larralde). Melanie Santiler en la edición del 2023 del concurso Havana Wolrd Music, donde obtuvo el premio en la categoría Menores. Foto: Cortesía de Fábrica de Arte Cubano (Fotógrafo: Pablo Larralde).

Días de ser salvaje, una conversación con Melanie Santiler

A finales de octubre, Melanie Santiler me contactó para preguntarme si podía entrevistarla. Normalmente no suelo atender peticiones como esa cuando vienen de los propios artistas, pero su solicitud tenía un origen curioso: quería que fuera su interlocutor para lo que debía convertirse en la fundamentación escrita de su trabajo de diploma, un álbum visual que responde al nombre de Días de ser salvaje y con el que se iba a graduar de la Universidad de las Artes (ISA).

Llegué conscientemente a Melanie como se llega a la música de esta generación, por algún reel de Instagram, por la storie de algún conocido, por una de sus incursiones en República Records junto a Javier Sampedro. Precisamente ahí fue donde intercambiamos un par de palabras. Era su primera vez en el estudio de Playa, y andaban ella y Javier grabando algo que no sé si alguna vez llegué a escuchar, quién sabe si era lo que finalmente es hoy Días de ser salvaje, ese EP debut que espera ver la luz, ojalá pronto.

De su incipiente trabajo me llama la atención su capacidad para conjugar la delicadeza y el frescor casi adolescente de su tono con la crudeza de los temas que (¿a modo de provocación?) suele versionar, todo esto mientras podemos evaluar en tiempo real el creciente dominio de sus posibilidades vocales. Días de ser salvaje, como podrá descubrir el mundo, tiene un poco de eso, una mezcla de visceralidad con ternura, en la que se pueden encontrar lo mismo los ecos de Yma Sumac y María Callas, que de Lhasa de Sela, Lido Pimienta o Rosalía. El de Melanie es un tono extemporáneo, como si hubieran abierto un portal y desde otro tiempo hubiera llegado alguien a cantar penas viejas con un acento nuevo. Lo que sigue es una conversación a tres voces: entre una artista que busca su voz, sus propias reflexiones como persona, y un curioso que intenta entender el proceso.

Rafa: Lo primero que me llamó la atención fue el concepto. Los álbumes conceptuales no son muy comunes aquí. No es que no los haya…

Melanie: Sí, por ejemplo, Los perros, de Isla Escarlata es un álbum conceptual.

R: Exacto, no es que no los haya, pero no es lo común y en general los artistas pueden tener una idea, una centralidad, una obra, pero nadie va normalmente de álbum conceptual en álbum conceptual. Me llamaron la atención las varias capas que tiene, desde la coherencia que puede haber entre los temas, hasta el que me dijiste era uno de tus objetivos: “A mí me gustaría que se sintiera que es de noche”. ¿Eso proyectó la parte audiovisual del EP?

M: Yo quiero que se entienda que todo lo que cuento en este álbum sucede en una sola noche. A partir de mis referentes artísticos, tuve la sensación de que un audiovisual sería el vehículo perfecto para acompañar a estas canciones hacia la estética de la noche.

R: O sea, ¿ese costado visual nace de la necesidad? ¿Del hecho de que la música no te fuera suficiente?

M: Exacto, no me alcanza. Por ejemplo, en todo el audiovisual estoy siempre entablando una conversación con la cámara. La cámara es el sujeto con el que estoy teniendo esa charla. Las canciones siempre se refieren a una segunda persona, que puedes ser tú mismo, o la proyección que hay en tu mente de la persona con la que quieres tenerlas. Muestro esta vía de escape a través de la poesía, la canción; cuando quieres algo pero no puedes tenerlo, y como artista me permito tener esa conversación aunque la persona no esté cerca para que suceda. Ya sea Azabache, Ojalá te llegue o Fantasy State, todas giran en torno a esta idea. Le veo una esencia performática bastante fuerte a este concepto. Yo me decía, cómo logro desarrollar esta idea y que se entienda específicamente como está en mi cabeza, si me apoyo únicamente en la música, que se ha organizado con el mayor cuidado; pero faltaba esa otra parte visual dentro del proyecto.

Es la vivencia de un largo año y medio, pero el EP y la imagen me dan la posibilidad de que todo eso pase en una noche, que sea todo seguido. Me parece genial la idea de poder contar en 10 minutos —lo que dura un audiovisual—, una narrativa de un año y medio de vida. Llegué a plantearme la posibilidad de que fuera como un libro. Imagina que hubiera hecho el EP y estuviera acompañado de narraciones que contaran lo que sucede en los videos. Tal vez habría abierto una ventana desde otro ángulo a estas historias, teniendo en cuenta que tuve que dejar ir muchas ideas porque mi presupuesto no me permitía realizarlas con la calidad que merecían. Yo estaba sola con mi deseo de hacer esas canciones que empezaron siendo imágenes en mi cabeza, que transcribí a una letra y luego a música. Era un sueño y una necesidad, pero sólo contaba con mis medios y con el apoyo de mi familia y amigos. La cuestión es que, si hubiera elegido esa dirección, me habría sentido incapaz de transmitir la espontaneidad que quería, que se notara que todo sucede en una noche. Se perdería la sensación de inmediatez, que era prioridad para mí, porque así yo siento que vivo, que el “ser salvaje” es saber vivir en el presente, es la libertad de saber que puedes hacer lo que sientas en el momento.

A pesar de que en retrospectiva me parece que duró mucho ese año y medio, en ese momento sentía que todo iba muy rápido. Sentía que luchaba contra todo en la vida de una manera hasta inconsciente, no había espacio para respirar y me cuestionaba si estaba viviendo o no, por la rapidez de todo. Las redes sociales jugaron un papel importante y curioso porque aportaron mucho al sentir de lo fugaz, pero también me hicieron preguntarme si había otro modo de vivir, lo que me lleva a las canciones. Cuando comencé a escribirlas fue que pude darme cuenta de que no todo estaba pasando al mismo tiempo. Eso me llamó la atención, nunca me había dado cuenta antes del factor tiempo de esta manera y fue entonces que lo incorporé en el video.

R: Tú no vienes de escuela de arte, ¿cierto? Entraste directamente al ISA después del preuniversitario. ¿Qué te motivó a presentarte en esa especialidad [artes visuales]?

M: En cierto momento me sentí en desventaja por venir del pre. Con 16 años comencé a recibir clases de fotografía. Luego, con 18, clases de canto. Mi abuelo era artista plástico, graduado de San Alejandro y luego se dedicó al diseño de presas, y todo el mundo decía que era buenísimo. Eso estuvo en la familia siempre, contrario a la música; nunca había hablado con nadie de mi familia sobre que [la música] era algo que quería hacer desde chiquita; se han ido enterando poco a poco.

Melanie Santiler. Foto: Rocio Mascayano.

Melanie Santiler. Foto: Rocio Mascayano.

R: Amén de esta influencia indirecta que podías tener por tu abuelo, la fotografía fue lo que te movió. Ya tu generación es poco analógica, entonces creo que la relación con la fotografía es particular. Es diferente al menos a la que podía existir hace 30 años. Antes de ese momento, ¿cómo era tu relación con la fotografía?

M: Claro, es verdad que es diferente. Que yo recuerde, no tenía ni un móvil bueno para hacer fotos, no hubiera entrado a la fotografía de esa manera. Estaba una vez en casa de una amistad que me mostró su cámara. Me dijo que estaba pasando un curso y me embulló. Yo no tenía nada que hacer esas vacaciones, y me dije: por qué no. Mi impacto con la fotografía no fue con un móvil, sino con una cámara, compacta, chiquita, que aún conservo. Me hizo sentir muy bien la idea de observar las cosas con una visión que otras personas no tenían. El profesor, Yuri Obregón, me dijo que a pesar de tener la peor cámara del curso y de ser jovencita, estaba haciendo las mejores fotos. Me habló de su experiencia en el ISA, de su tiempo allí. Puede que en ese momento no lo concientizara, pero luego hizo click en mí y sentí que era algo para lo que podía servir. Él me preparó, me enseñó la fotografía como arte, como medio para comunicar ideas sensibles. A raíz de esas clases empecé a hacer varias series fotográficas conceptuales. Realmente tenía muchas dudas sobre si iba a pasar las pruebas del ISA, y fue una sorpresa para todos cuando sucedió. Y además, te aseguro que se sintió como si yo fuera un conejillo de indias. Nadie podía entender cómo había entrado [directamente] viniendo del pre.

R: Volviendo ahí, ahorita me estabas diciendo que te sentías como desubicada…

M: Completamente, cuando empecé, casi desde el primer momento me quise ir. Te lo explico desde una perspectiva actual. Mi idea —luego fue así—, era que yo podía llevar mis obras y ellos me ayudarían a mejorar a nivel conceptual, de pensamiento, de medio. En las vacaciones antes de entrar [al ISA] me informaron [de la obligatoriedad de cursar] la asignatura de dibujo. Como no venía de academia me sugirieron ponerme a dibujar para no llegar en blanco. Yo, que soy generalmente de escuchar consejos, lo hice con mucho empeño, la verdad. Cuando entregué mis resultados, me cuestionaron si era yo la que había dibujado, porque habían quedado muy bien. Me sentí muy mal, desalentada. Por otra parte, igualmente existieron duras críticas. Mi reacción fue ponerme a estudiar mucho sobre arte. Luego vi lo que hacían los demás; se sentía como que eran muchas mentiras alrededor de conceptos vacíos.

Comprendo que es una academia, que te obliga a producir y a crear como ejercicio, pero no considero que el arte sea eso; el proceso creativo es algo mucho más natural. La idea detrás de todo debe ser algo que resuene contigo, no es una construcción, es algo que naturalmente nace. Entonces la mentira radica en que tienes un aula con 15 personas haciendo arte y es improbable que todas las veces entreguen obras con un concepto genuino detrás, un bagaje, un estudio, una historia, una verdadera inquietud. Yo siempre he partido del estudio, el esfuerzo, consumo mucho arte y eso me permite recurrir a mi intuición. Siento una necesidad y busco la manera de expresarla a través del arte, con las herramientas que tengo y el lenguaje que he ido desarrollando, pero en ese momento sentía que estábamos todos perdidos, usando como recurso el “concepto”; que detrás no tenía nada, o al menos nada sólido, coherente. Detecté ese patrón en mí, descubrí que esa no era yo, no sentía todavía que tenía que tomar la decisión de hacer música, pero sí me sentí mal, que no pertenecía a ese marco, a pesar de estar allí con ideas en común con mis compañeros y la certeza de ser artista.

Termino primer año y llega el COVID en segundo. En este curso conozco a unos artistas grandísimos, referentes del arte conceptual en Cuba, que son además profesores de la carrera: Eduardo Ponjuán, Antonio Margolles y Luis Gómez, unas mentes privilegiadas, artistacos increíbles. De ellos siempre se habla en la escuela, siempre te advierten que en segundo año vienen ellos, que te llevan a otro nivel, son los que de verdad iluminan tu proceso creativo. Ahí no hay mentiras, no puedes venir a pretender con ellos. Fue una explosión en mi cara, decir “aquí sí”, pero de igual manera fue caótico, aunque muy gratificante. Tuve que ponerme a estudiar el doble. Yo sentía que no tenía la madurez artística suficiente para trabajar con ellos, por lo que me obligaba a explorar más profundamente en mí. Lo que aprendía con ellos me empujaba en esa dirección de madurez y entendimiento.

En esta etapa comprendí muchos procesos propios, pude decantarme por los caminos que sí eran acertados para mí, y desechar los que no. Fue en este momento cuando descubrí que quería cambiar de carrera. Descubrí el diseño y pensé que me podía dar dinero y ser gratificante a la vez. No me malinterpretes con lo del dinero, siento que hay una concepción de arte como contrario al dinero. La vida en cualquier país es difícil, pero en este más. Yo quería garantizar la posibilidad de hacer arte y vivir de ello, y nunca llegué a sentir que podía lograrlo desde las artes visuales. Hice los trámites para cambiarme y lo tenía bastante decidido.

R: ¿De segundo año para tercero?

M: Sí, porque tenía que terminar segundo. Eso me dio un miedo terrible, porque temía no llegar al nivel de calidad y autenticidad que llevaban estos profesores. Un día hice un video. Fue la primera vez que sentí, en todo ese tiempo de carrera, que algo tenía que ver conmigo verdaderamente. Lo entendí a un nivel sensitivo, pero no hallaba la manera de explicarlo. Eso me llamaba la atención, me daba curiosidad. Era de las primeras veces que disfrutaba realmente el video. Llegué a la crítica sin expectativas y cuando lo vieron me dijeron: ¿¡Y tú eres la que se quiere cambiar del ISA!?

Lógicamente, esa reacción me impactó. Pensé que podían estar viendo algo en mí que yo no veía. Esa fue mi principal motivación para continuar haciendo videos y, además, ahí fue cuando me percaté de que debía hacer música. Constaté que la imagen en movimiento es muy atractiva para cualquiera, y desde mi perspectiva como creadora era el vehículo más específico para materializar lo que existía en mi cabeza. Yo escribo canciones de manera intermitente desde los 14 años, no tenía conciencia de cuán hondo está la música en mí. Es a raíz de este encuentro con estos maestros, que por primera vez todo encaja perfectamente y comprendo que puedo hacer arte paralelamente, que el video es la visualidad que la música no tiene.

R: O sea, ¿el video como recurso para llegar a la música?

M: No, el video como recurso para crear una imagen más completa, el video de la mano de la música.

R: Luego llegó tercer año…

M: Llegó tercer año y seguí. Confié mucho en la opinión de estos artistas que te comenté y decido terminar el ISA. Empecé a buscar la forma de ligar mis intereses para crear sensaciones con el video y la música que llevaba en paralelo. En ese momento concreto recuerdo estar obsesionada con los álbumes visuales y fue una compañera del aula quien me dijo un día “¿Por qué no haces eso para tu tesis?”. Ya para ese momento estaba haciendo música con un amigo.

R: ¿Qué año es?

M: Creo que fue alrededor de mayo de 2022. Me decidí y a mediados de tercer año comencé el EP. Empecé antes que todo el mundo porque sabía que necesitaba más tiempo, que era un proyecto ambicioso de cero. Al final resulta que fui la que más se atrasó. Antes de buscar un productor, concreté las ideas con ese amigo con el que hacíamos canciones juntos. Luego, al primer productor que busqué fue Yoyi Lagarza, la primera persona a la que le enseñé mis canciones. Fue casi instantánea nuestra conexión a nivel de sensibilidad musical, pero se fue a trabajar fuera de Cuba y no pudimos hacer nada juntos. En ese momento, no hubiera sido posible trabajarlo a distancia. Después di con Bosito, le hablé de toda mi idea y de cómo lo visual iba a estar presente, que buscaba una determinada visualidad con la música, que resaltara la composición de las letras que creo que es algo que diferencia mi propuesta —o sea, la forma en que compongo las letras—. Hablé con mi familia para que me apoyara porque era algo que no podía pagar sola; el amigo que componía conmigo también aportó y eso me dio la oportunidad al fin de llegar a la búsqueda que quería hacer y que llevaba gestando en mí desde hacía mucho tiempo. Logré unir lo que yo misma había divorciado por no saberme entender. También pensando en que mis profesores vieran que, por necesidad, soy una artista transdisciplinaria. Con todo lo que te estoy contando del ISA, sentía que me estaba engañando como artista y me veía como un fraude completo. De ahí viene este proyecto, buscar la persona sincera y salvaje en mí: lo que yo quería ser.

Cuando empecé a hacer música me di cuenta de que tenía una forma muy personal de escribir, muy influenciada por las artes visuales. Yo escribo a través de imágenes directas e imágenes más abstractas y de ahí pende el peso de una frase. Si digo, por ejemplo: “Quiero ser un cuchillo que salga y te roce”, eso para mí es una imagen directa porque cuando yo escucho eso me imagino un cuchillo, ni más ni menos, siendo tirado con gran velocidad hasta que corta con su filo a alguien. Ahora, si digo: “Ojalá que algún día te llegue lo que te dije por dentro”, para mí eso es una imagen abstracta que cada cual va a incorporar a su mente de una forma distinta y muchas veces no en imágenes, [sino] más bien en sensaciones, en reflexiones o emociones.

Melanie Santiler. Foto: Samu Llanes.

Melanie Santiler. Foto: Samu Llanes.

R: Voy a ir para atrás ahora. Me dices que estabas escribiendo música desde los 14 años…

M: Escribía por hobby, pero ahí hay algo, por supuesto, una iniciativa que después me llevó a las letras de las canciones.

R: Pero digamos que ahí hay otro ámbito, una conciencia literaria. La canción uno la asume asociada con una música y una letra, pero si estabas escribiendo, estrictamente hablando, era algo literario que después pudo tener otras capas, ¿esa escritura cómo viene o de dónde?

M: Ahora que lo dices es que caigo en la cuenta. En ese tiempo escribí bastante. Mi abuelo era escritor y creo que él fue la referencia más directa que tuve. Era una persona genial y totalmente sincera en todos los aspectos de su vida. Siempre estaba leyendo y me inculcó mucho leer. A veces lo sentía como imposición y yo creo que siempre me he rebelado contra las cosas impuestas y las que no me nacen.

Cuando empecé a hacer música, me di cuenta de tantas cosas de mí de las que no era consciente, y eso me cambió. Hacer arte me cambió, yo no lo digo desde la pretensión, sino porque verdaderamente me marcó. En fin, aún me cuesta mucho trabajo leer; cuando lo hago es buscando información que me ayude en cuanto a técnica.

R: Entonces esto que estabas haciendo con 14 años era con un sentido totalmente intuitivo ¿no? ¿No había un ejercicio de imitación?

M: Yo no sé, la verdad, creo que leí muchas novelitas juveniles. Empecé a escribir porque varias amigas lo hacían, pero me sentía ridícula por hacer algo mediocre. Después empecé a hacer canciones. Pensaba melodías vocales ligadas a la letra y lo disfrutaba muchísimo. Además de cantar, es la otra parte que sigo disfrutando muchísimo.

R: ¿Recuerdas qué escuchabas en ese momento?

M: Probablemente estuviera escuchando a Bruno Mars, Lady Gaga, Katy Perry, el pop más mainstream; Glee, que fue una serie que me impactó muchísimo, porque el personaje principal tenía el sueño que yo tenía desde chiquita, y me presentó un mundo de nueva música, cuando aquí no había Internet para buscar artistas. Yo creo que el canto siempre viene por imitación, es la forma en que se aprende a cantar, pero la composición no, eso viene de la necesidad. A lo mejor en un inicio era muy inocente y no escribía de lo que sentía, no era tan libre como para eso, pero sí fue un ejercicio que me soltó la mano hasta quitarme prejuicios y llegó un punto en que me fue inevitable escribir. Me acuerdo de que escribí —antes que canciones— un cuento que me gustó mucho. Era la historia de cómo se originaba la vida. No recuerdo bien qué pasaba, pero se llamaba Un millón de dibujos.

En el pre hubo un furor con las bandas coreanas y empecé a escribir canciones de nuevo. Yo no veo en escribir canciones nada del otro mundo, solo es mi lenguaje. Es algo muy natural, una acción, como comer. Cuando descubrí a Rosalía se me abrió un mundo entero. No fue hasta que la vi actuar en los Grammy cuando realmente me tocó y empecé a escuchar su música, ella tiene una performance increíble. Ahora, lo que realmente me impactó fue la letra de Malamente y todas las imágenes visuales que había en dos minutos y medio de canción, cosa que más tarde percibí en una de mis mayores referentes cubanas: Teresita Fernández. Entendí que no necesitaba buscar fuera de mí, que yo tenía suficiente con lo que tirar, desde mi propio idioma y mi experiencia.

Y ahí empezó mi proyecto Días de ser salvaje, donde por primera vez estaba en un pulso con mis verdades. Fue descubrir mi filosofía de vida. Azabache cumplió con todo eso. Yo tenía una relación bastante agobiante con mi pareja que me hacía sentir incapaz de moverme. Romper con eso fue el primer paso. Es también la primera experiencia que narro en esta búsqueda del ser salvaje que hay en mí. Así empezó todo. Esa canción me ha permitido ser vulnerable, tener confianza, ser inocente. Azabache tiene todos los miedos: [el miedo a] la situación [en la que estaba], el miedo a producir un tema por primera vez, el miedo de cantar por primera vez en un estudio de grabación, incluso el miedo de enseñarla porque es la primera del EP, el primer visual que hice y tuve que regrabar. La primera para todo.

R: Es tu carta de presentación.

M: Exacto. Habla de mí, aunque esté hablando de una segunda persona, porque son mis sentimientos y la manera bonita en que esa persona estaba guardada en mí. Para mí fue una experiencia intensa porque toda la idea cobró sentido. El verme como una persona que pasaba tanto tiempo encerrada en un cuarto sin ser feliz, deseando vivir y salir para la calle de noche, darme cuenta y querer escapar de eso, hizo que todo tuviera sentido hacia esta canción.

R: ¿Me puedes hablar de referentes que incluyan estos dos lados, tanto lo visual como lo musical?

M: Beyoncé sacó Lemonade en el 2016 —por supuesto, me llegó mucho después—. Ahí entendí una serie de cosas, como escuchar música verdaderamente sincera con una producción muy dura, que a la par viene acompañada de imágenes supremas y que le da mucha importancia a la mujer de raza negra. Ahí descubrí una verdadera obra transdisciplinar. Pipilotti Rist es otra artista que considero de mis principales referentes para este proyecto. I’m a victim of this song es un ejemplo claro de cómo sus ideas recorren todos los ámbitos de la creación artística, interpretando sus canciones y dándoles una visualidad propia. Son estas mismas letras de sus canciones, la sonoridad que construye en cada una de ellas, lo que genera una narrativa.

Julieta Wibel, la youtuber, habló refiriéndose a C. Tangana con El Madrileño, —otro de mis referentes de artistas transdisciplinarios—-; dijo que él había sido capaz de crear una obra completa gracias a que une la música con la arquitectura en sus visuales, junto a lo escultórico…, en fin, es para estudiarlo. Así mismo hizo Rosalía con El mal querer, con visuales preciosos, cargadísimos de símbolos, reinterpretando pinturas clásicas; creó un imaginario entre lo flamenco y lo contemporáneo que es una obra de arte. Todo eso me hizo querer rebelarme para lograr hacer algo así de grande con mi mundo interior.

Melanie Santiler. Foto: Social TV.

Melanie Santiler. Foto: Social TV.

R: ¿Cómo fue esa etapa de rebeldía? ¿Qué trajo?

M: Yo era alguien con mucho prejuicio y eso no me permitía ser una persona libre para pensar más allá de lo típico, me daba miedo sacar mi personalidad y hacer lo que me diera la gana. Me rebelo cuando encuentro algo que me prejuicia, o algún tabú. Antes era muy prejuiciosa con todo, con el reparto, con las artes visuales contemporáneas, con el reguetón. He crecido muchísimo y ha crecido mi disfrute por las cosas.

R: Me resulta raro que, aunque me mencionaste Lemonade junto a otros álbumes visuales, no uses ese término para referirte a tu proyecto. ¿Por qué tienes ese temor, esa reserva?

M: Yo no lo asumo como álbum visual, lo veo como un cortometraje. Cuando comencé este proyecto estuve buscando y me encontré con una tesis de Ana María Sedeño-Valdellós. La tesis se llamaba El álbum visual como la nueva forma promocional de la industria musical. Es una tesis de la Universidad de Málaga, que explica precisamente eso, cómo el álbum visual y sus características han creado una nueva forma de promoción más completa que tiende a reinventar la imagen del artista en cuestión. Runway, de Kanye West es un ejemplo perfecto de lo que podría parecer un álbum visual, pero para mí no cumple esas características. Primeramente, es un audiovisual que no se limita solo a la duración de las canciones, sino que cuenta una historia, tiene un guion. Hay acciones que no dependen de la música, momentos donde se reta al espectador a permanecer sin escuchar ningún sonido. Si yo en mi audiovisual necesitara 10 minutos en negro —que es algo que a nivel promocional no funciona porque un videoclip solo recorre el tiempo de la canción—, lo haría, porque sinceramente, mi objetivo es contar esa historia, en la forma en que yo como creadora comprenda, no con un objetivo mercantil.

Kanye dirigió él mismo, como hice en mi proyecto, acompañada de Camilo (Dakukamara), que a la vez grabó. No busco crear una imagen de mí, ni aparecer bonita en los videos, porque mi intención es ser yo y verme sincera. Esa es una oportunidad que me ha dado este audiovisual. Está mi imagen todo el tiempo, solamente yo, para que se note mi soledad y mis conversaciones conmigo misma. Yo no veo la música como si fuera un músico. Lo que filmo, aunque sea cantado, no pierde el sentido visual. Al final el videoarte tiene música, la performance ha estado muy ligada a la música y al sonido. El cine es imposible desligarlo de la música porque potencializa las emociones. Al final tomo [de] las dos para ayudarme a crear una emoción o recrear un momento. En mi caso ni siquiera son imágenes cargadas de símbolos, soy yo, mi cuerpo, mi cara, muy expuesta…

R: ¿Tú sientes que es a través de la música como mejor has sido capaz de expresarte?

M: Yo siento que es la única forma en la que me puedo presentar al mundo, a más de una persona, para que me conozcan. Ahí es cuando me siento la persona que verdaderamente soy y necesito ser. Mi aprendizaje espiritual, mi estabilidad emocional, nacen de ahí. Eso, sin contar el hecho de que cantar es lo que más me gusta hacer. Soy una persona feliz desde que decidí dedicar mi vida a esto. Mis incoherencias, mis miedos, mis conflictos pasaron a ser algo realmente valioso. He estado sintiéndome realmente mal, deprimida, y escucho una canción mía y digo, “mira, esto soy yo”. Esa persona es la real, la valiosa. A veces me cuesta mucho relajarme, y cuando empecé a trabajar con Javier Sampedro eso para mí fue…

R: ¿Cómo ha sido esa relación? ¿Ese proceso?

M: Javier ha sido clave en mi carrera y, fuera de eso, una de las personas más importantes para mí, junto a mis mejores amigas, Lorenna y Camila. No solo es mi productor, también encontré a un artista que me impulsa a otros lugares, me presenta a artistas que han expandido mi forma de disfrutar la música. Siento que con él puedo hablarlo todo, puedo aspirar a más, no me tengo que conformar, puedo ser ambiciosa a la hora de crear porque él me agarra de la mano y me impulsa.

A veces lo considero mi hermano mayor, pero a la vez hay una relación profesional muy seria. Sobre todo cuando estaba empezando sentí que mi opinión no valía. Nunca me ha pasado eso con Javier. Él me ha permitido crear en el propio estudio, por ejemplo. Con él también puedo hablar de toda la parte visual; él se graduó de Famca [Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual], dirigió los videos de su proyecto, entonces tenemos en común más cosas, aparte de nuestra unión musical. Nunca me había sentido tan agradecida con nadie, ni con mi familia.

Melanie Santiler junto al productor Javier Sampedro (el primero de derecha a izquierda). Foto: Samu Llanes.

Melanie Santiler junto al productor Javier Sampedro (el primero de derecha a izquierda). Foto: Samu Llanes.

R: Creo que es el momento de que me enseñes la historia que encierra el audiovisual. Cuéntame sobre todo lo que te imaginaste. ¿Salió como esperabas?

M: Te conté que todo era una historia de una noche. Azabache, la primera canción, transcurre dentro de una habitación y soy yo, todo el tiempo, cantando hacia la cámara, entablando una conversación sin levantarme siquiera de la cama. La intención era que quien observara sintiera que yo no tenía energía para hacer mucho más que quedarme en esa cama, en ese cuarto, sola, pensando y teniendo la conversación que necesitaba, sin ese sujeto a quien está dirigida.

Antes de hacer música estaba pasando por una relación que no funcionó, como te conté; no me interesaba crear imágenes complicadas cuando realmente lo que quería era crear esa sensación de penumbra y vacío en la que yo existía. Una piel azabache, que siempre brilla por encima de todo, por encima de mí, que no quiero dejar, pero es necesario porque, si no, me iba a matar. Por eso esta parte del audiovisual debía ser en blanco y negro, con tomas cuidadas, en cuanto a la iluminación y los planos. Quería que se viera en mi imagen lo delicada que me sentía en aquel momento.

La muerte de mi abuelo también fue chocante. Ver que al final da igual quién seas y lo que hagas, mueres y te cargan como un saco de papas; eso fue traumático para mí, me hizo reaccionar y desconectar el piloto automático. Necesitaba salir a la calle y retarme, tener aventuras, sacar el ser salvaje que sé que tengo adentro y he estado escondiendo, no sé por qué. La cámara en mano se utiliza como recurso para dar una idea de lo momentáneo, de intimidad. Busco crear imágenes sencillas pero que tengan un peso sobre todo en transmitir esa emoción de inestabilidad que puede provocar un cambio, una ruptura, un momento de soledad y reflexión, de enojo y ansiedad. Hay un detalle importante en este audiovisual: la iluminación de la cara será independiente a la de la escena en general. La exposición a la opinión de las personas, a sus miradas y lo que estas me condicionen, es algo que reflejo.

R: Azabache es la primera canción, ¿cuál es la segunda?

M: Fantasy state. Partiendo de esta idea de la libertad, descubro que aquí quería hablar de la libertad sexual, no desde el sexo necesariamente, más bien la libertad de ser una mujer sexual, con una personalidad que traspase lo físico y muestre ese poder que tienen las mujeres con una gran seguridad en su proyección. Uno de mis referentes en este caso es Marilyn Monroe. No tiene que ver con ser femme fatale ni nada de eso, yo soy una muchacha suave, pero sí con reflejar la libertad desde la feminidad.

Luego viene Ojalá te llegue, que es un punto de quiebre. Es en un teatro, porque como locación reafirma que lo que pasa en el escenario es una actuación. Si en Fantasy State se busca libertad de una forma, también se niega lo que uno es verdaderamente. Hay falsedad, hay actuación, no estoy siendo yo. No es mi cara, ni mi cuerpo, ni mi mente, es una idea que la misma sociedad ha creado en estos tiempos. Esta idea fue inspirada por la película de David Lynch, Mulholland Drive. Hay una escena donde las protagonistas asisten a un teatro y el maestro de ceremonias advierte que todo lo que suceda en el teatro es falso. Comienza la actuación de una cantante y las protagonistas se emocionan hasta las lágrimas. De pronto la mujer se desmaya y sigue reproduciéndose la voz, haciéndose evidente que nunca cantó.

Realmente con este visual traté de crear una performance con las luces del teatro y los momentos de tensión de la canción. No era ya el momento en el que me sentía así, era una actuación y así mismo es la vida. Uno se engaña para permitirse disfrutar. Quise que fuera lo más natural posible a pesar de todo. No me maquillé, no me importaba estar bien peinada. Traté de librarme de toda vanidad. Busqué interpretar y comunicar, como haría ante un público, aunque el teatro estuviese vacío, mirando a la cámara como si fuera un sujeto. Al hacer esto me parece que estoy probando fuerza con quien pueda ver [el material] en algún momento, sobre todo si lo consume completo, porque de esa forma exijo que me miren, que me vean, aunque sea incómodo. De eso se trató todo el tiempo: al fin voy a tener la seguridad de que alguien me mira como soy o, mejor, como yo quiero que me vean. Eso para mí es salvaje, me hace dueña de mí.

R: Has tomado el nombre del proyecto de la película de Won Kar Wai, Days of being wild.

M: Es que esa película me parece muy injusta. Se llama Días de ser salvaje, pero lo salvaje es que los personajes siguen la idea de libertad de cada uno; unos caminos más calmados y otros más emocionantes, pero me costó entender que todos eran salvajes por solo seguir lo que querían, en ese determinado momento. Para mí lo primero y más salvaje que hice fue decidirme a emprender este camino. Esta película me trajo una reflexión que parte de que ninguna de las historias de amor llega a un punto de encuentro. Todo el tiempo esperas a que esa gente logre tener una relación fructífera, con los objetivos establecidos en una relación, y nunca llegan.

R: Nosotros [en Occidente] tenemos la idea esta de vivir un feliz para siempre que sólo funciona en las películas. Los felices para siempre son contados. Además, que no hubiera un feliz para siempre no significa que esté mal.

M: Claro, no significa que no hubo nada.

Melanie Santiler. Foto: Rocio Mascayano.

Melanie Santiler. Foto: Rocio Mascayano.

R: En relación al proceso, ¿hay algo que lamentes o quisieras que hubiera sido de otro modo?

M: Creo que sí hay cosas que lamento. Por ejemplo, en las primeras canciones no siento que defendí la idea que yo tenía en un principio, pero no me castigo, porque creo que no tenía la experiencia o no supe y ya. Cuando tú no sabes, no sabes. No creo que es algo por lo que haya que arrepentirse, uno va aprendiendo. Yo entiendo mi lenguaje, entiendo qué quiero aprender ahora, en dónde estoy metida y qué quiero mejorar.

R: ¿Dónde determinas que está la meta? ¿En tu realización personal o en el alcance/impacto que pueda tener la obra?

M: Yo soy una persona poco conformista y siempre quisiera llegar hasta arriba en todo lo que hago, pero que pase algo con la obra no depende mucho del creador, depende del público y de cómo la acoja. Uno tiene el deber de darla a conocer, pero hay límites que, aunque queramos, no podemos cruzar. Está eso, pero ya veo un cierre en este proyecto porque cumplí mi objetivo, a pesar de que nadie lo haya escuchado todavía. Sería hermoso que alguien hiciera suyo lo que pienso, pero mi objetivo siempre fue buscar esa persona que yo quería ser y creo que lo logré, eso es lo gratificante. Ojalá a eso se una que llegue a oídos que realmente necesitaban escucharlo, y algo pase. Yo siempre digo que alguna puerta se debe abrir, porque cuando uno crea un mundo, abre puertas, solo hay que esperar a ver quién cruza.

foto de avatar Rafa G. Escalona Padre de una revista de música. Procrastinador profesional. Su meta es ser DJ de una emisora en la madrugada. Príncipe del aleatorio. Más publicaciones

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