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Oye cómo va Ilustración: Nelson Ponce

De cuando Carlos Varela nos enseñó Nubes

Cuando le das la mano a Carlos Varela, te parecen pequeñas —quizá demasiado pequeñas— porque uno se acostumbró a que ese hombre de negro hace canciones como Guillermo Tell y entonces debe ser inmenso. Como viene en su carro negro y está grabando en el estudio de Pablo Milanés, y uno viene del Llano de Maceira, y el período especial le sale en las gastadas flores de la camisa; uno termina imaginando que las manos de Carlos Varela deben ser extensas, donde quepan Grettel, o Bola de nieve, o buena parte del país.

Carlos Varela está grabando el disco Nubes, que es con guitarras, y cada una de esas guitarras simula otros instrumentos. Carlos Varela pide, por favor, que escuchemos un tema, y no coloca Una palabra, sino Nubes. Las nubes se cruzan por el pequeño estudio, los noventas eran rematados por un milenio sordo, medio distópico, y uno escucha al gnomo casi exigir que “No bajes la cabeza, y no mires atrás” y el país se cansa como un marinero que ha vuelto a la orilla tantas veces.

Alguien ha dicho que la canción se apropia de uno; insistes, te das contra el muro, te tomas diez pastillas y la canción da contra tus parietales y la repites: “las nubes no se irán, no se irán, no se irán, no se irán”.

Al terminar el tema, le pedimos a Carlos Varela que escuchara Yo te encontré, una canción que escribí junto a Eduardo Sosa. El gnomo se puso a analizar la pieza, pop, mezclada con todo como hacían Sosa y Ernesto. Le gusta, dice, y la noche se abre como una flor y huele a canciones hermosas.

Cuando uno sale a la calle, luego de verle la humanidad a un tipo que has escuchado tantas veces, que es parte de tus decisiones o noviazgos, que escuchaste cuando llorabas, cuando hacías el amor, cuando mudabas los caballos, cuando ibas a comprar unos zapatos en la calle Enramadas, cuando aquella muchacha dijo no y se fue, uno se vuelve con todo a sí mismo y se sabe feliz. No hay otra cosa.

Medir el pulso, el modo en que un artista llega a su público, es raro. Hay una multitud reunida en el concierto, existen las redes sociales, y el feedback inmediato a veces es tosco. Hay una mayoría de la que el artista no va a saber nunca. Esos seres que en sus pequeñas vidas tratarán de ordenar el llanto en torno a los versos; un ser que en su caballo, con unos cascos chinos, estará seducido mientras va a cargar los trozos de su vida.

Uno sabe entonces que un hombre puede tener canciones hermosas y las manos pequeñas, que la obra no es el hombre, porque la canción de Spinetta no es Spinetta, sino que rueda y se apropia de todos, del leñador o el que pinta la vida en hermosos carteles en París.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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