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Oye cómo va Ilustración: Nelson Ponce

Comer con la novia de Prince

Ella pidió carpaccio; yo miré la carta con ojos de becado y me acogí al bistec y al congrí. Ella comía los platos de uno en uno, yo todo a la vez: una completa y una Cristal bien fría, que se partía casi. No debía (trabajaba de guía turístico), pero el jueves me había caído encima con todo el peso del Oriente y violé casi todo lo “legítimamente” violable.

Los había recogido en La Alameda a las ocho de la mañana y al mediodía habíamos recorrido parte de la ciudad. Me quedaba una joya en la tarde: el restaurante terraza La Caridad que era, junto al Doña Aurora y el San Pauli, lo mejor de esta ciudad, al menos hace unos años. Estaba por desabrochar las alas de la siesta imposible, cuando la mujer me preguntó, mirando una foto de Juan Formell, si me gustaba la música.

I love it”, le dije en mi inglés medio californiano. “Yo fui novia de Prince”. No dije nada, subí la mirada desde el sudor de la cerveza, casi crepitante, y le pedí que repitiera. En vez de hacer tal cosa sacó su teléfono y pasaron decenas de fotos. En una de ellas, aquel hombre de Purple Rain lanzaba las manos al público y saludaba a una muchacha.

Ampliamos la foto todo lo posible. Mis ojos tuvieron sus ojos, sus ojos buscaban los míos, y miramos juntos aquella imagen. El esposo lo dijo en la voz grave de un obstinato culposo: “Now, she won’t stop talking”. Y la mujer, Mi Ling, me hizo la historia: había sido la musa que inspirara Little Red Corvette. Me dijo que Prince era un tipo amable; que ella estaba escribiendo un libro donde relataría todo; que Prince la amaba y ella a él, pero que era muy difícil sostener aquello, hasta que terminó lo que no debió terminarse.

Ella agarró otra curva de la vida, se casó con el esposo que escuchaba a duras penas porque había perdido ya parte de la audición. Y ahora era una mujer que caminaba con dificultad, pero no siempre tuvo esta edad misericordiosa. Antes fue joven y hermosa y Prince le escribía canciones. No me contó mucho más. Yo estaba estremecido y nos fuimos al Morro a mostrarles que los yanquis se habían metido en la guerra de los mambises con los españoles y hasta nos borraron de los artículos en The New York Times; que allí habían comido Paul McCartney y también Emilio Bacardí, mucho tiempo antes, preso.

Luego hablamos del Buena Vista. Ella no quería contar mucho porque escribía su libro y me prometió una entrevista posterior, que aún espero. En la noche, la llevé a aquel restaurante y le dije a Isidro, el dueño del mejor Chevrolet de Santiago de Cuba, que la recogiera.

Me fui aturdido. Coloqué en YouTube varias veces Little Red Corvette, Purple Rain y aquella pieza comercialísima donde Prince hablaba de la mujer más hermosa del mundo. Había comido con la musa de Prince; Santiago de Cuba se convertía, también para mí, en un recuerdo hermoso. Esa noche no quise comer arroz con frijoles; volví al restaurante y comí carpaccio. La ciudad era hermosa y sensual como un buen bolero.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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