Ilustración: Marlene P. Posada.
Ilustración: Marlene P. Posada.

Aquí el que baila gana

11 minutos / Nahela Hechavarría Pouymiró

30.06.2021 / Artículos

Que la frase que da título a este texto sea una verdad como un templo, más en los días que corren de tanta desconexión física (interhumana), no es gratuito: bailar (como escuchar música) siempre será ganancia. Nada más horizontal, ecuménico y abierto que querer (y poder) hacerlo. Porque sí, porque nos es necesario. Al menos para mí ha sido duro abandonar (más bien posponer) el placer de bailar en conciertos y espacios colectivos, así que bear with me, my friends, estas líneas son nostalgia pura, de un tiempo que parece lejano, como de otra vida. 

Cuando hace poco más de 365 días algunos creían que este virus sería pasajero, y mientras disfrutaba yo “hasta abajo”, como ha de hacerse en un concierto de Pupy y los que Son Son (Casa de las Américas, 6 de marzo 2020), o en cualquiera de Los Van Van, de Havana D´Primera, no imaginaba que tomaría mucho tiempo volver a ese rush que te saca lo de india taína, lo de África mía junto al arma andaluza. No fue hasta que, gel antibacteriano y nasobuco mediante, en el patio del Museo de Bellas Artes (29 de diciembre, 2020), Telmary y Habana Sana rompió parcialmente esa inercia covideana para, poco a poco, lograr que los cuerpos de los que allí estaban llegaran al fin(al) a soltarse casi casi como antes. 

Gozar la música tiene varios niveles de implicación personal, y cuando entra en el terreno de lo “popular”, lo “bailable”, caemos en un amplio espectro tipificado en ritmos y melodías ya sea históricamente o a instancias del actual mercado e industria cultural global. Cuba, con un riquísimo universo sonoro autóctono ha aportado en siglo y medio, sostenidamente, a la manera de bailar internacional, con figuras y  ritmáticas muy particulares. Lo de ¡Y tenemos sabor! no es chovinismo sin base. Sin embargo, hay quienes se quejan de que el “oído” (y por tanto los pies) del cubano han sido “secuestrados” en las últimas dos décadas y quizás desde un poco antes, conforme otras sonoridades (y maneras de bailar) se imponen en el gusto del bailador nacional. Obviamente, eso preocupa a muchos, pero no se trata de buscar culpables o demeritar las preferencias de cada quien, porque ciertamente es una opción personal y ha de respetarse. Ni siquiera de pensar que porque el Salón Rosado de La Tropical (olla de cocción/presión del son y la timba cubanos) históricamente acogió a la música popular bailable no ha de ampliar las posibilidades para que otros públicos bailen (sí, bailen) con un grupo de rock o unos DJ (¡qué sacrilegio!, dirán algunos). Todos podemos bailar, y esas son músicas con gran cantidad de público, ávido de disfrutar. Lo mismo ahí que en la Piragua, la Tribuna o en los bajos del Puente Almendares.  

De mi infancia y adolescencia tengo buenos y divertidos recuerdos (incluso en el Periodo Especial): los carnavales en Bayamo y Santiago durante veranos interminables de calor y música, con la familia toda disfrutando en la Trocha santiaguera, por ejemplo, presentaciones de orquestas como Pachito Alonso y sus Kini Kini, Los Van Van, la Original de Manzanillo y Cándido Fabré, los Son 14, los Karachi…, pero también arrollando en las congas de cada barrio. En Bayamo (agosto, 2019), me veo arrollar por la calle Martí, de arriba-abajo. Las congas, ya se sabe, no se tratan solo de “desfilar” con pasos coreografiados, sino de seguir con todo el cuerpo el ritmo que marcan los tambores, las cornetas (chinas o no), los cencerros y el voceo popular. Una experiencia, diría, casi religiosa. 

Es por eso que, una vez en los predios de la escuela Lenin (años 1995-97), fue natural asumir dosis diarias de casino en las “recreaciones” y múltiples conciertos de bandas que como Manolín el Médico de la Salsa, David Calzado y la Charanga Habanera, Issac Delgado, Manolito Simonet y su Trabuco o Paulo FG y su Élite presentaban sus temas casi salidos del horno y calentaban aquellas ruedas interminables de parejas bailando. En pleno auge de la timba cubana disfrutamos cada visita de esos artistas como si no hubiera un mañana. Nunca más he bailado tanto como en esos años, allí se perfeccionó sin duda mi alma casinero-timbera, algo que aún hoy me hace seguirlos a los cierres de festivales o a las Casas de la Música. 

Pero también en la Lenin conocí algo del rock por ciertos amigos (hasta la radio base nos despertaba a veces electrificados con November Rain o Sweet Child of Mine de Gun N` Roses). En mi año recuerdo vagamente a Ciro el que después sería de Porno para Ricardo. Cuando bien a inicios de los 2000 vi (más que oí, porque el sonido en el mítico Patio de María nunca fue óptimo) a su grupo de punk me pareció “descargoso” e irreverente (hasta el límite de la pose gorkiana) como toda banda de punk ha de ser, aunque no sonara bien. Que en ese Patio se bailó jaicó (el hardcore) con bandas disímiles (grabadas o en vivo) no les quepan dudas, porque en los teatros no se podía aunque estuviesen tocando Zeus, Tendencia, Combat Noise, o Havana, Garaje H y Tribal (los grupos que más me gustaban). El rock en sus múltiples variantes se ha escuchado y bailado en Cuba con altas y bajas desde siempre, más o menos underground, no importa, se hace y se disfruta por cubanos, tan cubanos como el que más.

Por otro lado, ¿cómo si no entenderíamos el fenómeno de reentrada de Habana Abierta en la escena cubana a inicio de 2003 y su posterior consumo masivo? Ese crisol de individualidades que hizo del rockason un hecho, que mezcló de todo: la conga con el rock, la trova con la rumba, la samba, el bolero, el funk o el rap, y puso el énfasis en una manera de hacer la música que revolucionó La Habana (y la isla toda por extensión) con cada concierto. 

¡Ay la rumba! “La Rumba soy yo” podrían decir los Muñequitos de Matanzas, porque este complejo músico-danzario cubano es de todos, incluso de quienes dicen no saber (poder) bailarla. Como sedimento proactivo de la música nacional, gravité hacia ella intermitentemente: de las descargas en el Palacio de la Rumba (cuando estaba en El Vedado hace una década o más), a las quizás no tan espontáneas del Callejón de Hamel, hasta las presentaciones en el Diablo Tun Tún de Osain del Monte…. La rumba en cualquiera de sus variantes es energía (re)concentrada, y si el tambor llama, a bailar se ha dicho con la intensidad que ella merece. La convergencia de la palabra hablada/cantada y los ritmos de los batá son parte de esa herencia africana que sigue viva por los barrios populares y en las escuelas de arte, y salta al oído puntualmente en la rítmica de otros que con flow hacen de su búsqueda creativa un discurso ético/étnico/racial desde hace varias décadas.  

A estos últimos, los moñeros —como inicialmente se les conoció a quienes apostaron por el hip hop en la Cuba de los 90, ya luego raperos con Festival (por varios años) en Alamar (eventos teóricos, una agencia, la fugaz revista que anunciaba Movimiento, conciertos y “batalla de gallos”, producciones caseras) hoy prácticamente desarticulados como potencial presencia en la escena musical urbana cubana—, se les sigue debiendo todo, y a sus seguidores/bailadores también, por supuesto. Todavía recuerdo a inicio de los 2000 una presentación probablemente de las primeras de Free Hole Negro en el Parque Almendares, frente a una crowd eminentemente rockero-alternativa (ese día tocaban varias bandas), displicente frente a esa sonoridad única que tenían, y a Telmary diciendo: “No entienden nada, ¿verdad?”… A mí me engancharon, y también el trabajo de Obsesión, Anónimo Consejo, Doble Filo, Kumar, Ogguere, Orishas (su concierto cerrando el festival Havana World Music de 2018 aún suena en la memoria a pesar del transcurso del tiempo, su tiempo), la lírica revulsiva de Los Aldeanos cuando estaban aquí, la fuerza de Las Krudas, la FresK… Ya no se encuentra esa bomba, salvo contadas excepciones y discos de premiada factura. Uno va (iba) a fiestas y presentaciones fortuitas en bares o eventos callejeros (de la Galería Gorría o Andrés Levin, por ejemplo) y siente que falta “algo”, tanto en la producción musical como en el flow. ¿Cómo bailar si no te mueve el beat, si no te llega la improvisación, ni la velocidad, ni el contenido, si no hay lugares donde consumir esa música (como no sea digitalmente)? Desde finales del siglo pasado el cine City Hall (Cerro) y ocasionalmente la Casa de la Cultura de Centro Habana, así como luego La Madriguera y el Pabellón Cuba, acogían conciertos, pero de esto último ha pasado más de una década.  

Para nadie es un misterio que el consumo y la producción masivos de reguetón en la Isla entraron primeramente por el oriente: a través de las emisoras caribeñas y en los pun-pun de los barrios populares santiagueros por ejemplo (bonches como se les llamó en la capital) donde los bafles reproducían números puertorriqueños pero también locales de Candyman, El Médico y poco después Kola Loka, con una sonoridad muy singular. La Charanga Habanera, pionera en vislumbrar los giros epocales, incorporó a su show, desde inicios del milenio, primero al pop y luego el reguetón (cubatón), sin abandonar su base timbera. La lista de exponentes del género que vino inmediatamente después (dada la accesibilidad de mezcla digital de sonidos que la tecnología acercó a sus hacedores) es muy extensa. Con grandes preferencias en los bailadores, se imponen a lo largo del tiempo y cada quien en su momento: Baby Lores, Insurrecto, El Chacal, Gente de Zona, Jacob Forever, El Micha, Los 4, Los Desiguales, Chocolate MC, Yomil y El Dany, Kimiko & Yordy, Diván, Lenier Mesa… así como otros jóvenes emergentes que graban en estudios caseros y circulan en “boteros”, el Paquete, YouTube. Algunos (casi todos) de los citados insertados ya en canales internacionales de distribución y presentándose dentro y fuera de Cuba con éxito, han abierto el camino. 

Ahora bien, la figura del DJ independiente trazó, desde la entrada del techno y la música house en La Habana de los 90, fundamentalmente, otra ruta del baile que va desde las iniciales disco-móviles en el malecón habanero y por toda la Isla, a espacios como Los Violines, al club La Red, al Tropicalito, a las fiestas en la Macumba, los festivales Rotilla (Mayabeque) o las sesiones en el Salón Rosado de La Tropical con muestras de VJ y DJ nacionales e internacionales, fiestas en bares y proyectos privados, hasta llegar al Festival Eyeife. También desde el Parque Almendares, este festival logró entronizar el papel del DJ y la música electrónica a través de colaboraciones con infinidad de sonoridades y ejecutantes (rock, rumba, funk…). Otra ruta del baile con una multitud de incondicionales, dispuestos siempre a seguir a sus DJ/productores preferidos a cuanta party surgiera. La música vista como diversión, puro acontecimiento, y el DJ como creador musical, devenido mediador de ese acontecimiento, gurú del goce colectivo.

Si bailar es lo más sano para el alma divertir, da igual si es con rock, un guaguancó o una conga pa´ cerrar. El bailador cubano tiene pies y cuerpo que necesitan expresarse: cabeceando, canilleando o timbeando. Sea feliz. Y espere, que ya volveremos a estar ahí, en la calle, en los teatros, en los bares, los carnavales, los festivales, las descargas AM:PM. Y como decía ese sabio mayor: “no me cojan lucha que para bailar no hay que estudiar”. Haga lo que le dé la gana, súbale el volumen y baile, solo o acompañado. Suéltese, que aquí el que baila gana. Verá que bien se siente.  

Nahela Hechavarría Pouymiró

Curadora curada por el cine, la música y el baile, en ese (des)orden.

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    Deja un comentario

    Sheila

    21.09.2021

    Genial, sis. Nostalgia de baile. Pero voy a poner en práctica tu consejo de todas todas.


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