Fotos cortesía de la artista. La Cuba de Sheila del Bosque nace en su flauta
No es difícil caer en el encantamiento de una flauta. Etéreo y suave. Evocador. Poético. Depende de las manos que la toquen. Depende de qué siente quien la sopla.
La flauta, si la toca la cubana Sheila del Bosque, es una caricia, un hechizo que envuelve y te lleva por una mañana isleña, serena como las de su infancia, con las imágenes del tocadiscos de su padre y la radio. La grabadora de casetes donde las cintas se enredaban y había que desenredar con un lápiz girando en los carretes. Su celesta de colores, donde aprendió las primeras notas, y las celebraciones familiares interminables en las que siempre se escuchaba a Los Van Van, Adalberto Álvarez, Orlando Vallejo y otros de la vieja guardia.
Sheila siempre ha vivido la música desde afuera y desde adentro; “sin embargo, una cosa es tener la música incorporada de manera inconsciente y otra muy distinta es tomarla como ese poder que te va a acompañar toda tu vida. Otra muy diferente es ese momento en que no solo la ‘estudias’, sino cuando te ‘enamoras de ella’. En mi caso, eso vino después”, dice.
La flauta no es sencilla, y para una niña de nueve años que comienza en una academia supone renunciar, o al menos postergar lo “normal” a esa edad: “Principalmente las horas de ocio para el juego, aunque mi interés natural siempre estuvo más enfocado en leer, dibujar, ver buen cine o teatro, e ir a museos, incluso desde edades muy tempranas. Mis amigos encuentran fascinante que aprendí a montar bicicleta a los 25 años o que nunca practiqué deportes por miedo a lesiones. Nunca es tarde para cambiar narrativas, y muchas de esas cosas las hice de mayor, cuando me mudé a Boston”, cuenta Sheila.

Fotos cortesía de la artista.
“No siento que haya renunciado a cosas; simplemente las he experimentado en tiempos diferentes. Siendo totalmente honesta, hoy no dedico tanto tiempo al estudio de la flauta de manera exclusiva, sino que ando siempre ocupada experimentando musicalmente de muchas maneras. Voy variando etapas y prioridades, pero debido a mi intenso estudio previo, cuando necesito prepararme para un concierto, unas pocas semanas antes son suficientes para volver a estar en forma. Saber cómo estudiar, conocerte y tener una rutina técnica adecuada es fundamental”.
Y todo el esfuerzo cobra sentido cuando mira su instrumento, porque la flauta se ha vuelto una extensión de sí, de su voz: “Hay algo muy especial en los instrumentos de viento: la respiración y la conexión con algo que sale de adentro, —explica—. La flauta ha sido mi voz cuando no he podido expresarme con palabras, especialmente en los primeros años, cuando era una vía de comunicación y escape.
“Yo creo que esa relación instrumento-intérprete va evolucionando como la vida misma. Actualmente, entiendo mejor que no soy lo que hago, y eso ha sido un camino hermoso de transformación. La flauta es uno de los recursos que me ayudan a expresar lo que soy, junto con la composición, la dirección orquestal y la enseñanza. Sheila no es flautista; Sheila se expresa a través de la flauta y la música para conectar con el mundo”, añade.
Cuando comenzó su formación musical en la Escuela Elemental de Música Alejandro García Caturla, su relación con la música fue de muchas emociones encontradas. Sintió que era hermoso, pero también que podía conllevar mucha responsabilidad y presión. A medida que creció, comenzó a tener más herramientas emocionales para entenderse y aprendió a amar aún más la música desde su perspectiva adulta.
“Cuando fui a Berklee College of Music, fue como un nuevo comienzo. Pasé de un ambiente de música clásica al jazz, la composición y la dirección de orquesta. Era un lienzo en blanco donde yo podía ser y hacer cualquier cosa que quisiera sin límites más allá de los que mi mente pudiese trazar. Sentir que estás jugando a hacer música es una sensación increíble que he venido desarrollando en los últimos años. No tomarme tan en serio y retomar esa niña interior como si viese por primera vez una flauta, una partitura o una batuta”.

Fotos cortesía de la artista.
En la escuela creció y aprendió valores importantes como ser humano. Fue su comunidad, su segunda casa, un lugar para compartir con amigos que se convertirían en familia, apasionados por la música. “Conocí a profesores y mentores increíbles que me ayudaron e impulsaron a lograr mis sueños. La escuela fue un camino de aprendizaje constante de adentro hacia afuera. Fue mi camino, pero no necesariamente tiene que ser el de todos”, dice.
El sino de Cuba siempre ha sido la migración. A todos nos toca de cerca: o nos vamos o se nos va alguien cercano. Más que isla somos una constelación, regada, dispersa. Y allí donde haya un cubano habrá una nueva Cuba, una a la que se le quitan los dolores y se construye con lo hermoso, que es como se construyen las cosas desde la nostalgia.
Sheila también migró. También tuvo que reconstruir la isla, las tardes, el camino a la escuela. Soltar ese país desde sus pulmones y traducirlo en la flauta, porque “cuando te vas de Cuba empiezas a ser más cubano que antes”.
“El proceso migratorio es algo evidente para muchísima gente en Cuba y eso trae consigo sentimientos muy profundos que por supuesto permean tu música. Tengo un tema que compuse para trío de flauta, piano y percusión que se llama Si mi Isla fuese niño. Trata un poco la utopía que representa imaginar una Cuba con la inocencia y la felicidad a través del lente de un niño. Es un tema que va desde un son, hasta un guaguancó con compases irregulares, melodías nostálgicas y un tumbao para bailar. ¡Y es que yo creo que Cuba es un poco ese ajiaco hermoso!”.
Sheila siente que su música cambió definitivamente cuando se fue del país. “Siento que cuando estás en Cuba no necesitas demostrarle a nadie que eres cubano, o cuán cubana es tu música. Los problemas de identidad no son tan evidentes como cuando te vas”, asegura.
“Para mi tesis de máster en Berklee College of Music hice un proyecto compositivo muy interesante tocando temas sociales de Cuba, inspirado en mis propias vivencias y a través de mi lente crítico. Son unas series de composiciones que mezclan la tradición europea con la africana, con el jazz, la música electrónica y otras búsquedas compositivas más recientes. Fue muy interesante para mí cuestionarme durante todo el proceso: ¿esto suena suficientemente cubano? Un profesor increíble me dijo: Sheila, ¿qué más Cuba en tu música que tú? No tienes que demostrarle ni darle explicaciones a nadie de cuán cubana es tu música”.

Fotos cortesía de la artista.
A partir de ese momento no se cuestionó más cuán cubano era lo que hacía, o lo que era ella misma. Su tesis cierra con Fernando Ortiz: “Dicho en términos corrientes, la cubanidad es condición del alma, es complejo de sentimientos, ideas y actitudes (…). La cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano por cualesquiera de las contingencias ambientales que han rodeado la personalidad individual y le han forjado sus condiciones; son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”.
¿Cómo transmite entonces la cubanía en sus conciertos?
“Siendo yo misma, defendiendo mi verdad, siendo consecuente y retando los moldes de lo que se considera música cubana”.
Sheila no cree en las formas preestablecidas, “pues la historia ha demostrado una y otra vez que están para romperse”.
“Cada artista debería sentir la libertad de poder romper moldes siempre que quisiera y que el arte lo pidiera. Creo que el ser humano ha inventado [esas] estructuras para entender el mundo infinito que nos rodea. Son como símbolos que nos marcan un camino [que] es muchas veces un camino muy transitado, con piedras pulidas de tanto andar en él, pero en algún momento, si sabes escuchar las señales, ese camino se acaba y en el abismo solo queda volar”.

Fotos cortesía de la artista.
Sheila se mueve entre la docencia y el estudio, la dirección de orquesta y la composición para cine, la música de cámara y la música popular. Le pregunto cómo lo logra, ella también se lo pregunta: “Yo creo que la flauta está dentro de las cosas con las que más cómoda me siento. Toda mi formación fue en música clásica y con ello experimenté música de cámara y tocar en orquesta, pero luego cuando fui a Berklee College of Music, lo que estudié fue composición para cine, interpretación enfocada en jazz y dirección orquestal. Luego mi maestría fue en interpretación enfocada al jazz. Entonces la composición y la dirección son relativamente nuevas en mi vida, pero creo que todo lo que hice anteriormente de alguna forma me preparó para ello. Y bueno, la docencia, desde que tenía 15 años estudié una doble Carrera en el conservatorio Amadeo Roldán con interpretación en la flauta y asignaturas teóricas, con un componente muy fuerte en pedagogía y docencia. Amo enseñar y he sido profesora en Estados Unidos de instituciones prestigiosas como Wellesley College o Interlochen Center for The Arts”.
Actualmente también es jefa del departamento de Jazz de la Asociación Nacional de Flautas de Estados Unidos. Además trabaja como subgerente del programa de la Hollywood Youth Orchestra en Los Ángeles. Y todo ese esfuerzo, todo ese talento, se nota en una larga lista de premios y logros, de los cuales solo los más recientes son la Beca de Dirección Musical Carlos Miguel Prieto 2024 Academy; el Premio Wayne Shorter a la creatividad y la innovación, Berklee Global Jazz Institute, 2023; o el primer premio en el Concurso Internacional de Jazz Keep an Eye, Países Bajos, 2023.

Fotos cortesía de la artista.
Logros así se alcanzan con mucho trabajo, pero también a golpe de amor y pasión, poniendo cuerpo y alma en lo que se hace: “cuando algo te apasiona verdaderamente, cosas hermosas suceden como consecuencia”, dice ella.
Y no para el trabajo, los proyectos, no se detienen ni ella, ni su música. “Acabo de finalizar el Carlos Miguel Prieto Conducting Fellowship, que ha sido una experiencia increíble en mi vida y del cual recibí el Exceptional Achievement Award. Hace unas semanas estuve de directora asistente para un concierto de la Orquesta de las Américas teniendo solistas de primer nivel como Yo-Yo Ma y Kayhan Kalhor. También estoy desarrollando dos cursos online de flauta para el prestigioso Interlochen Center for the Arts, que van a salir para el próximo semestre en octubre de este año. Ha sido un proyecto súper bonito poder crear tu propio curso con tu visión de las cosas que son importantes y cómo enfocarlas. Me han dado toda la libertad del mundo para hacerlo y eso me hace feliz”.
Y, escribiendo esto, sin haber conocido a Sheila, pero conociendo su música, entiendo qué es eso. Cuba no se va de ti nunca y, por el contrario, se convierte en una fuerza mayor, en una necesidad. Si no se puede vivirla entonces se habla de ella, se canta sobre ella, se lleva a cualquier rincón del mundo, sutilmente, etéreamente, como sonido de flauta, como la flauta de Sheila.