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Entrevistas

Sencillamente Vania

Es una opositora del régimen de los algoritmos. Publica algunas fotos familiares y uno que otro post de presentaciones suyas en Instagram, de forma casual, sin exigencias. Conoce de Spotify, al menos que la escuchan en ciertas listas de reproducción allí. En YouTube se encuentran más videos suyos en canales ajenos que en el propio. El de ella tiene unos 200 suscriptores y esos clips que subieron “otros” superan el medio millón de vistas. 

Se llama Vania Borges Hernández. Su ecuación de trabajo es invariable más de dos décadas después. Primero, piensa cómo quiere que sea cada uno de sus discos. Se da el lujo de elegir entre productores y músicos de probada calidad. Graba sin la presión de las fechas. Ella en sí es una descarga pausada, un bolero… Cuenta con la anuencia de los que saben. Ostenta un Gran Premio del Festival de Radio Francia Internacional con la interpretación de Madame Caridad y fue la ganadora del Festival de la Canción de California en 2009. Pero dice que ninguna distinción es comparable con el premio de la popularidad en el concurso Adolfo Guzmán de 2002. Es considerada una de las voces líderes de la timba cubana. De la timba cubana femenina, especifica. Se encasilla por error, por el machismo que habita aún la sociedad toda. Ella es más.

Son las 10 de la mañana de otro día caluroso de inicios de abril. Vania baja al lobby del hotel Ciego de Ávila en tenis y un vestido estampado de colores claros. Más tarde actuará junto a los maestros Raúl Verdecia y Emilio Vega en El Patio de Artex de esa ciudad. Será la noche de cierre de la XXI edición del Festival Piña Colada. En el escenario principal tocarán dos de las orquestas más populares de música bailable en el país. Poco le preocupa. Su público es fiel, pese a que su más reciente álbum no sea “de estreno”, pese a los cambios en el mercado. Cuando la obsesión de los artistas es ser tendencia, ella se resiste. “En un top diez, prefiero ser la oncena”, afirma, pícara.

“Sería bonito, ¿cómo no?, tener mayor convocatoria; pero no elijo eso, no lo superpongo sobre el arte. Los booms son efímeros. De la fama al olvido hay dos cuadras. Esta es una carrera de resistencia. No soy de seguir las modas. Esta tendencia de acercarse a artistas que están pegados tampoco la comparto del todo, porque no fluye natural en muchas ocasiones. Lo que quiero es que me recuerden, que mi obra trascienda”, y le imprime un poco de seriedad a su tono.

Vania luce su cabeza rapada. Hace unos treinta años, cuando cambió su imagen, sí fue el centro de atención. Lo era desde antes a medias por el talento que desbordaba; pero el auge a partir de entonces fue mayor. Vania prosigue con su discurso de la sencillez, sobre lo que le gusta estar fuera del foco, y cuenta: “Yo era modelo de fotografía y para la portada de un disco de Afrocuba tuvieron que raparme por un lado, donde me escribieron Cuba, con la máquina. Apenas salí de la sesión decidí raparme completa porque parecía una pelotera con ese cartel”. 

Por coincidencia, esa tarde debía ensayar con Lazarito Valdés y Bamboleo, previo a su primer concierto con el grupo. Llegó con una gorra que pronto empezó a sudar. Se negó a quitársela por más que le insistieron. Lazarito, en broma, se la sacó y al volver la mirada entendió las razones de Vania. “Lo único que dijo fue que quería a todo el mundo así esa noche. Haila lloró y pataleó, pero se cortó el pelo también”, recuerda. 

El público nacional no estaba preparado para recibir el impacto de un look así. Haila y Vania sufrieron una escalada de racismo y machismo. “Hay quien cree que lo hicimos por implantar moda, porque queríamos demostrar que a las mulatas les quedaba bien todo. Nada me parece más ridículo que vender la imagen de que Cuba es ron, tabaco y mulatas sexis. Nunca he entendido por qué somos ‘sexualizadas’ las mulatas o por qué se expande que esa es la manera que tienen las cubanas de triunfar. Nosotras, calvas, éramos el reverso. Ser mulata en la Cuba de los años 90 era difícil. Ser mulata y calva, el doble. Nos gritaron ‘cocolisas’, ‘delincuentes’, que si habíamos salido de la cárcel, lesbianas…”

Las implicaciones fueron todavía mayores, irracionales. Programas de televisión dudaban en entrevistarlas o brindarles su plataforma para promocionar sus carreras. “Creo que no nos quedaba más remedio que seguir firmes. Fue revolucionario de nuestra parte no dejarnos amedrentar. Llegó el momento en que nos aceptaron y en que lo mismo mulatas que blancas o chinas comenzaron a raparse. Dejamos atrás esa bobería de que en Cuba más vale ser lindas que buenas artistas”, dice Vania.

Vino al mundo con partituras escritas en su ADN. La casa era una gran sala de conciertos. Su madre cantaba y su padre era oboísta. Él descubrió rápidamente que Vania había heredado el talento musical. A corta edad, apenas sin saber siquiera escribir la palabra “oboe”, ella reproducía los sonidos que su padre emitía con el instrumento. 

Jamás le impusieron aprender música. Tampoco hizo falta. En tercer grado empezó los estudios de piano básico, a la espera de ingresar a la secundaria y de dominar el oboe. Años después se graduó como oboísta de nivel medio superior en el conservatorio Amadeo Roldán. Para el cumplimiento de su servicio social la enviaron a más de 100 kilómetros de La Habana, con la Orquesta Sinfónica de Matanzas. “Fue una experiencia de superación. Fui profesora. Comencé a tener mayor sentido de pertenencia y tomar seriedad en la música y la vida. Me divertía igual. Hacía lo que me gustaba y lo que creía que iba a hacer siempre”. 

Nada más erróneo. Vania tenía por delante una pista enorme de oportunidades diversas. De regreso a La Habana se incorporó a la Banda Nacional de Conciertos y luego, con su padre, al Coro del Instituto Cubano de Radio y Televisión: “Por acompañar a tantas orquestas de música popular fue que me entró ese bichito de la música bailable”.

La distancia entre la música clásica y la bailable Vania la recorrió en tiempo récord, con aparente facilidad. “No es una transición complicada para quienes nos formamos en la academia. Estudié toda la música y guardaba esa información. Desde chiquitica aprendí bastante, porque mi padre ponía a Irakere después de escuchar a Mozart”, explica y la mirada se le pierde en el recuerdo.

Bamboleo fue quizás el podio más alto en su carrera. “Haila debe coincidir conmigo en que fue un eslabón principal para [nuestra] trayectoria”, dice quien inicialmente ofreció resistencia a formar parte de la orquesta. “Fui la primera [a la] que llamaron, pero todavía les faltaba establecerse y yo andaba de gira en aquel momento”, comenta. Cantaba entonces con Pachito Alonso y sus Kini Kini.

Tan corta como provechosa le resultó la experiencia en los Kini Kini junto a Robertón, El Lele y el maestro [José Luis] Arango. A su salida fue cantante de espectáculos por breve tiempo también. Barajó ofertas de diferentes agrupaciones y se decantó por la que entonces empezaba a dirigir Lazarito Valdés. 

“Lazarito es un tipo de muchas ideas, con una cabeza armónica muy grande. Mezclaba el jazz con la timba, la timba con el soul… Fuimos, creo, la primera orquesta que fusionamos la timba. Fue novedoso eso y [también] la forma de vestirnos, de proyectarnos, sin ser nunca vulgares. Ese es de los defectos que noto en la música cubana actual: las cantantes tienden a hacer gestos groseros, como si fuera necesario para levantar presión o [para] que el público conecte con una.

“Bamboleo era diferente. Fue, para los que pasamos por ahí, un momento especial, de realización, de saciar esa avidez que como jóvenes teníamos de hacer la música que quisiéramos, que nos gustara. Significó mucho musical y personalmente ―Vania se adelanta―; el arraigo fue tan fuerte que aún con mi carrera de solista tengo que cantar Ya no hace falta. Ese es el tema más grande de Bamboleo, nominado al Grammy americano junto al disco. El difunto José Luis Cortés lo catalogaba como un himno de la timba”.

Después de grabar cinco fonogramas con Bamboleo, emprende en solitario. Se permitió la licencia de ser. “Comencé a tener nuevas inquietudes, quería probarme sin una orquesta y, muy importante, estaba embarazada”. 

Su siguiente presentación fue en el concurso Adolfo Guzmán, donde obtuvo el premio de la popularidad. “Yo nací y crecí [cerca del] teatro Karl Marx con mi padre. Para qué hablar de lo que representa Adolfo Guzmán, no solo para Cuba, sino para el mundo. Decir Adolfo Guzmán es decir música. Aquí no se le da la connotación que merece, pero solo participar en ese concurso es grandísimo. Recibí ese trofeo en casa, de parte de mi gente. Ese es el que más significa”, dice, de vuelta a las sensaciones que le causó el premio. 

Su primer disco como solista se titula Vania Borges (2006), aunque pudo ser Alejandro Sanz. Son 12 composiciones del español interpretadas al estilo de la cubana. Ella logra un álbum propio y por eso lo llama así. “Canté los temas que me autorizaron, no los que quise, pero sí a la onda cubana de boleros, jazz… Es mi disco favorito. Lo disfruté mucho. Pude cantarle a Sanz desde mi manera, muy a lo descarga”.

Vania dice, sin embargo, que quizás nunca lo hubiera hecho. Por eso tal vez es especial, por fortuito: se encontraba grabando el tema Toco madera en homenaje a Joan Manuel Serrat, cuando los directivos de la disquera supieron que era seguidora de la música de Sanz y le propusieron versionar sus canciones. “Siempre vi a Alejandro [Sanz] como el cantautor favorito de los jóvenes de mi generación. No me presionó hacer ese disco. Era, primero, mi satisfacción personal, sentirme bien yo. Y si le gustaba a él, contra, mejor todavía. Nunca establecimos contacto, pero supe que escuchó algunos temas y le gustaron. Siempre los comentarios fueron muy favorables. La aceptación, incluso en España, fue mejor de lo que esperaba. Me pasaron cosas muy curiosas, me encontré gente en la calle que me decía ‘chica, ahora que la cantaste tú, es que entiendo algunas letras’”, ríe.

A continuación, decide regresar a la música bailable con el álbum Tengo pega pega (2011), producido por Manolito Simonet. Sorprendiera ese título para un disco de alguien a quien las listas de éxito le importen poco si Vania no fuera lo impredecible que es.

“El mismo Manolito, Jorge Díaz, Piloto, escribieron esas canciones para mí, pensando en mí”, cuenta y disipa la duda de si se es una artista “menor” por no componer tus canciones: “Yo sé lo que doy y hasta dónde doy. No soy caprichosa. No me queda bien la música mexicana, por ejemplo. Pero tengo la suerte de ser bastante versátil. Componer es otro arte, no te define. Es más difícil, de hecho, interpretar canciones de otros y que se sientan complacidos con tu trabajo”.

Con un acento diferente, diría ella que en “jodedera”, encaró a su padre. Él la retó a grabar un disco de música de vitrola y ella aceptó sin vacilaciones, pero no cumplió. O sí, pero más tarde. Luego de Tengo pega pega, Germán Velazco le propuso firmar otro álbum de música bailable. Vania le explicó que no quería saturar a su público ni saturarse ella y le contó sobre el antiguo reto.

Sencillamente Vania (2020) está dedicado a la memoria de su padre. “Le gustaban mucho Rolando Laserie, Panchito Risset, Orlando Contreras… Sentía pasión por la música de vitrola. Cuando falleció, esa fue mi manera de reverenciarlo. El disco tiene un significado especial para mí. Lo elaboramos en un mes, durante la pandemia. Grabé con los músicos dentro del estudio y quedó muy orgánico. Estuvo nominado al Cubadisco”.

Latina (2021), el más reciente fonograma de Vania Borges, que reúne bachatas y otros ritmos tropicales, también compitió por los premios. El frenesí con que los artistas lanzan canciones en los últimos años hace pensar a veces que la carrera de ella está incompleta, a destiempo. “No, me siento muy complacida con lo que he hecho —dice—. He trabajado con los mejores productores musicales, los mejores músicos y la mejor guía. Tengo la dicha de cantar lo que quiero, cuando y cuanto quiero”.

Hasta cierto punto, a Vania le inquieta más el futuro de la música cubana hecha por mujeres que el suyo mismo. ¿Por qué está casi en ruinas el legado que ayudó a construir?, se pregunta con diferentes palabras. “En este minuto me preocupa la falta de identidad de las mujeres en la música cubana. Hay muy buenas voces, pero que buscan parecerse a sus referentes extranjeros. Es una lástima, porque tanto a Haila como a mí nos marcó como artistas ser originales. Y al resto también. Escuchas a Tania y sabes que es Tania. Escuchas a Osdalgia y sabes que es Osdalgia… Hoy vivimos en el festival de la gritería”, asegura con pesadumbre.

A su ritmo, como si supiera que la meta siempre la esperará ganadora, proyecta concluir un disco de música de vitrola pero con referencia a intérpretes mujeres. Será un gesto más con su padre. Como única deuda le resta cantar junto a su hija, encaminarla en el mundo de las artes. De alguna forma, para seguir pareciéndose a su padre.

Arley Puyol Álvarez Más publicaciones

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  1. vasily mp dice:

    Súper. Felicidades y éxitos

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