Ilustración: Nelson Ponce Plano general de una conversación con Rosillo
La última vez que hablé con Eduardo Rosillo fue en su pueblo, Songo-La Maya, el mismo donde viví 20 diciembres consecutivos antes de trozar el cielo y radicarme en Cutler Bay, a sabiendas de que el pueblo que nos unía ya sería otra cosa.
Eduardo Rosillo Heredia debe ser de los grandes melómanos cubanos —de los más grandes—, la voz que pocos cubanos de 45 años o más han perdido, con aquello de: “Aquí Radio Progreso presentando… Alegrías de sobremesa”; o, sobre todas las cosas, sus domingos en esa emisora donde se las tenía que ver con las absurdas prohibiciones y se atrevía, ignorándolas, con Celia Cruz, Rolando Laserie o cualquiera de esas figuras que otros radialistas no osábamos colocar, cercados por la censura.
Hablarle fue casi temerario; era un hombre que conocía la música cubana con una seriedad absoluta, además de ser un gran entrevistador. Le recuerdo con una camisa que parecía llevar los tabacos incluidos como parte obligatoria de la indumentaria. Me contó entonces de cómo Benny Moré, antes de irse a otros mundos, cantó gratis en pueblos lejanos de su casa, porque creía que hacía falta alegrar a la gente. Me contó de una grabación en la que Arsenio Rodríguez afirmaba que era el creador del mambo, tema polémico; y me contó anécdotas de Polo Montañez.
Puedo recordar aún los gestos de Rosillo, el modo pausado en que las palabras salían de su boca, la mirada un tanto cansada, la pasión con que hablaba de la música y los músicos. Polo Montañez, me dijo, había comprado refrigeradores a sus amigos del barrio, con aquella humildad de guajiro sorprendido por el éxito. Me habló de figuras como Julio Iglesias, que llamó brindando su ayuda al hombre cuando la muerte se le abalanzó en aquel accidente rememorado con dolor.
Rosillo no solo contaba, por su casa pasaban los artistas, sobre todo del oriente del país, grababan para sus programas y volvían con la gloria acaso mínima de haber tocado en la radio nacional, pero eso ya era enorme, y Rosillo lo hacía con total entrega.
Lo recuerdo porque justo hace unos días, hablando con cubanos radicados en Miami, volvimos a encarar la grandeza de aquel hombre. La mayoría recordaba su presentación de Alegrías de sobremesa, yo citaba la entrevista y el hecho de haber vivido en su mismo pueblo.
Hoy que es martes y escribo estas palabras y vuelvo a la sonrisa del hombre que además fundara la CMKT en La Maya, conociera a Benny Moré, Polo Montañez o Compay Segundo; el amigo entrañable de Eliades Ochoa. Rosillo. La gran voz de Cuba.