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Entrevistas Autorretrato. Juan Caballero.

Como Juan Caballero nos mira

Juan Caballero no bebe agua de pie. Además, prefiere sentarse para amarrar con fuerza sus zapatos. Y prefiere la luz de la tarde: caminar por Chinatown sin prisa y comer en casa muy despacio. Que poco lo noten, eso prefiere. Con frecuencia consigue que los demás no sepan desde dónde los mira, cuál es el margen desde el que vigila, ese ángulo que inventa y en el que se incomoda a esperar un instante de belleza por el tiempo que sea necesario.

Un minuto. Una hora. Una tarde. Juan Caballero insiste en quedarse. Insiste en traspasar los ritmos de la música a las formas de la imagen, aunque él no diría que eso es lo que hace. Lleva un poco más de tres décadas componiendo retratos y quince años documentando en fotografías el expansivo diminuto universo de la rumba cubana en Nueva York. Para Juan Caballero rara vez posan los rumberos, rara vez posan las rumberas. Suelen dejarse sentir sin vergüenza como solo lo hacen los amigos que te desnudan males y pasiones; como lo hacen solo aquellos que exponen su vulnerabilidad para que la acaricies.

Nos gustaría pensar que no, pero un fotógrafo suele ser alguien que perturba, aunque el objetivo de un retrato apunte exactamente a lo contrario. Un gesto cómplice busca el retrato y Juan Caballero ha aprendido a invocarlo: en vez de incomodar como lo hacen las miradas extrañas que intentan apuntar a donde no quieres que apunten, la suya es una mirada que serena. Una que con frecuencia indaga sin provocar prevención.

Lo vi mirando por primera vez hace unos doce años, en una rumba de domingo de esas que suceden durante temporadas de clima cálido, desde mediados de los años 60, en el Central Park de Nueva York . Lo vi y lo recuerdo no por su rostro sino por su pose: de rodillas sobre una gran piedra, con el cuello muy estirado hacia el frente como ave alerta, y la boca un poquito deformada hacia la comisura izquierda en una mueca que, hoy puedo reconocer, es la que pone mientras aguanta respiración y se prepara a hundir el disparador de su cámara.

No me acerqué entonces ni en otras ocasiones en las que nos cruzamos. Me acerqué hace unos meses para hacerle una entrevista que él, y quizás muchos más dirían, empecé muy mal y continué peor, porque al rato de observarlo fotografiando y antes de comenzar la conversación, ya quería más ser su amiga que solo una periodista preguntando.

Juan Caballero llevaba un jean negro con un suéter de flores coloridas que le ceñían con elegancia prudente su figura menudita. Una cámara sin espejos y lente ligero colgada al cuello, unos anteojos azules con marrón sobre su cabeza sin pelo. Desde una esquina del restaurante cubano en el que aquel miércoles del pasado otoño se prendía la rumba liderada por Román Díaz, él miraba a los músicos haciendo lo suyo y cada tanto sonreía. Miraba y oía, desde una esquina. Sin aparentes intenciones de hacerse espacio entre la gente que empezaba a rodear a los músicos y restringirle la vista. Sin urgencia alguna de atravesarse ante lo que fuera por capturar su imagen en el instante decisivo.

Rumba en NY. Foto: Juan Caballero

Podría reconocer muy pronto que saber mirar desde lejos es una de sus peculiaridades; como acercarse de a pocos, permaneciendo cerca del objetivo un instante, alejándose sin hacer ruido. Peculiaridad, digo, porque mientras que la mayoría de fotógrafos anhelan la proximidad física al sujeto, él prefiere muchas veces esa discreta distancia y cultiva otras relevantes cercanías. La complicidad del diálogo, por ejemplo. Las cervezas compartidas con los músicos a la vuelta de la esquina de la calle Allen y la Primera Avenida: el rito que precedía la entrada al espacio que hasta hace seis meses se llamó Mi Salsa Kitchen y fue un hogar cubano para la comida, la música y los encuentros entre almas parecidas.

No era difícil anhelar cercanía con las personas que conocías allí. A mí me enseñaron —mal— que una no hace entrevistas para hacer amistades ni mezcla trabajo con intimidades, o se permite querer “en serio” a sus “interlocutores”. Me dijeron —me siguen diciendo— que lo privado y eso a lo que llamamos trabajo son cosas aparte y Juan Caballero piensa que los que me enseñaron están en lo cierto. “Porque te haces tremendo lío si mezclas las cosas. Porque no quisieras terminar enredando asuntos de distintas ollas”. Digo que es absurdo acercarnos a otros con tantas predisposiciones, como si no amáramos lo que hacemos o la posibilidad de aún no conocer a quienes amaremos.

Responde que tal vez. Frunce el ceño, mueve la boca en un gesto que no descifro y me recuerda, entonces, que adora conversar con desconocidos. Y que prefiere hablar con las personas que a diario te venden cosas por ahí en la calle o aquellas que no han acumulado títulos de nada ni se describen a sí mismas como expertos en nada, ni profesores, ni mucho menos, por favor, académicos y escritores. Que con los mismos rumberos, repite, es que ha aprendido todo lo que sabe de la rumba. “Con los rumberos, sobre todo, y no con los que escriben sobre rumba”.

Con quienes alguna vez fueron desconocidos y hoy retrata un poco más como amigos, sigue construyendo el testimonio visual que más le importa. Si fotografiar a extraños es con frecuencia un acto violento, de extracción y vigilancia que algunos fotógrafos apaciguan haciendo lo posible por invisibilizarse, fotografiar a los amigos es en cambio un acto de amor cuya mejor recompensa es un instante de alegría. Juan Caballero persigue esa alegría, pero también busca narrar otras realidades de la diáspora cubana en Estados Unidos, así como incluir a muchos de los que no suelen ser en nada incluídos, como a “los Marielitos”.

Autorretrato. Foto: Juan Caballero

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 Incluso en su trabajo de día, que le demanda hacer reparaciones de pintura en un gran almacén de muebles del Meatpack District, Juan Caballero insiste en abocarse a la imposible perfección: que no quede una manchita intrusa en las puertas de los baños, que las gradas de las escaleras preserven su brillo y los colores de las paredes mantengan cierta armonía.

Y que en su fotografía, invariablemente, solo exista lo justo: esa intuición pura, ese sujeto en contexto sin fondos fragorosos.

No significa esto que esté dispuesto a echar mano de la inteligencia artificial ni de las aparentes bondades reparadoras —“desquiciantes, chica”— del Photoshop. Si acaso difumina fondos o baja y sube un poco los brillos. Por mucho elimina partículas extrañas de los rostros de la gente. Pero que no le hablen de aclarar pieles, o usar la varita mágica rejuvenecedora. Primero muerto, dice. La artificialidad le repugna. Y además, ¿quién tiene la piel tan perfecta y los dientes tan blancos y el corazón tan frío?

No cobra por hacer retratos ni busca que lo contraten para hacerlos. Como Cartier-Bresson, piensa que es imposible mirar cómo otro espera que se le mire, aunque no podría importarle menos lo que haya pensado el influyente fotógrafo francés al que, por cierto, llegó más bien por casualidad y un poco tarde en su vida.

Nueva York. Foto: Juan Caballero.

A los retratos, en cambio, llegó temprano y primero. Con veinte años, y persuadido por un amigo que trabajaba en el laboratorio de la fototeca de Cuba. Pasaban días enteros caminando la Habana —su ciudad de origen— con una cámara, un portafolio y una luz. Ofrecían de casa en casa una serie de retratos a los que llamaban cinco caritas y que era una especie de collage compuesto por cinco gestos de la misma persona. “Y como en Cuba, a pesar de todo las cosas siempre han sido muy distintas al resto del mundo, los extraños no actuaban como extraños, confiaban, se dejaban mirar con cariño”.

Lo dice en pasado porque se refiere a la década del 80, y porque desde hace doce años que no pone un pie en Cuba.  Aunque de este modo vivió su primer contacto directo con la fotografía, no fue exactamente así como se descubrió en ella. Él diría que eso vino luego, cuando se fue a vivir con una novia a Buenos Aires. Pero es también posible que el embrujo empezó donde solemos empezarlo todo, en el corazón de la infancia y su inspiración inconsciente a futuro. A su madre le gustaba ver las películas que pasaban al medio día entre semana por la televisión. Tampoco se perdía la Historia del Cine que presentaban cada viernes. A su lado, el niño Caballero crecía viendo el genio de Buñuel y de Tin-Tan y de Cantiflas y de Kalatozov y de Tarkovski sin entender muy bien por qué importaban ni qué le dejarían.

Hoy, cuando vuelve de sus largas caminatas al departamento en el que vive en Manhattan, en el Lower East Side, repite y repite escenas de esas películas. “¿Y cómo se le ocurrió a Kalatozov esa brutal composición en ese perfectísimo contraste?”. Una tarde miramos juntos un fragmento de alguna en la pantalla de su teléfono: Mark toca el piano. Veronika nos mira con ojos de horror. La guerra sobrevuela la casa. Caen misiles que de a pocos la desbaratan. Ella lo golpea a él en la cara. Y mientras tanto, y mientras todo, la luz, sus sombras, sus brillos, sus blancos, su ausencia.

Dos suspiros.

No había visto antes The Cranes are Flying y cuando descubro en la mirada de Juan Caballero el entusiasmo de quien detecta a un cómplice para compartir un un velado tesoro, casi siento vergüenza de aceptarlo. Pero mi ignorancia solo lo emociona más. “¿Y qué tal esto de Orson Welles en The Stranger? ¡Y por supuesto que has visto a Vertov!”.

“Si vamos a hablar de influencias, ha sido el cine y no los fotógrafos y me gusta pensarlo así porque creo que la auto consciencia sobre el qué imitamos o a quiénes imitamos cohibe demasiado la creatividad, apaga un poco la mirada, ¿entiendes? Defiendo de muchos modos lo que nos permite cierta ignorancia”.

Brooklyn, NY. Foto: Juan Caballero.

Su primera exhibición fotográfica sucedió en una pequeña galería de un café en los Finger Lakes, Upstate, New York, donde trabajaba con una ex pareja en cultivos del campo. Él no hablaba mucho inglés y una periodista estadounidense que atendió la muestra le dijo a su compañera que parecían fotografías inspiradas por Bresson. Así fue como se enteró de la existencia de Henri Cartier-Bresson. Y no le pareció un cumplido.

Le halagaría más, tal vez, que reconociéramos en su trabajo alguna chispa de Vivian Maier. Para ella tiene un rinconcito especial en alma y ojos. Sobre todo por lo que no quiso ser en vida. “Sobre todo porque lo que la movía era una pasión estética por la captura, una necesidad de imágenes y no de fama”. Solo supimos de ella varios años después de su muerte.

Vivian Maier compuso la poesía de su mirada, por muchos años, a través de una Rollieflex 3.5 T. Juan Caballero aún usa con mucha frecuencia la suya —con lentes de 2.8 C— y fabrica retratos a desconocidos en la calle que luego manda a procesar pero rara vez imprime.  A veces piensa que hubiese sido bueno aprovechar los cursos de laboratorio que le ofrecieron en Buenos Aires, cuando estuvo allí viviendo del 92 al 97. Sabe que no pueden enseñarte a mirar pero sí a enfocar la mirada, a elegir mejor y materializarla, pero con frecuencia se repite que el cuarto oscuro en realidad no le gusta nada. Que lo suyo empieza y termina casi en la captura. “¿Y para qué insistir, muchacha, en lo que ni siquiera te gusta?”.

Mejor insistir en mirar donde pocos miran, que puede ser al lado de casa, en cualquier esquina, en cualquier lugar que no necesite devolverte un reflejo propio. Porque si hacer fotografías alguna vez nos situó en una especie de “relación voyerista crónica con el mundo”, como decía Susan Sontag en 1977, cuando los teléfonos no tomaban fotos y los inteligentes ni siquiera existían, hoy ese voyerismo ha sido reemplazado por un narcisismo crónico. El lente del teléfono suele enfocar con más frecuencia al que captura la imagen que a su mundo exterior. Importa más cómo nos vemos que lo que vemos.  Y quizás también para combatir esa mórbida tendencia, Juan Caballero inventa autorretratos en los que importa mucho menos su presencia que el espacio alrededor.

Cuba. Foto: Juan Caballero.

***

Que no soy la primera ni seré la última, dice, que le pregunta con tono de sospecha —¡auch!— cómo es que decidió regresar a Cuba justo en un momento en el que casi nadie deseaba hacerlo. Que su padre había muerto. Que sentía el llamado de casa. Que era una necesidad del espíritu. Pero que lo que más le preguntaban, dice, no era si se había enloquecido como pa´ querer volver, sino que si de verdad había comido mucha carne.

“Imagínate tú, esa pregunta que contiene la tristeza cómica de mi generación”.

Pero hasta entonces nada, o casi nada, de rumba en su vida. No había melómanos en su familia. Él y su hermano eran los rebeldes que cometían el “terrible pecado de consumir música extranjera”. Nada de danzones ni sones. Lo que les gustaba era el rock y el rap y el funk. Tenían bien instalada en la azotea del edificio en el que vivían una antena de radio soviética robaseñales con la que pescaban frecuencias de Miami. Les funcionaba divina, aún recuerda emotivo, hasta que un empleado del Comité de Defensa de la Revolución, residente del mismo edificio, decidió tumbarla.

La rumba llegaría casi entera, con percusiones, misterio y gloria, primero a través de su amigo de infancia Pablo Herrera — hoy un académico, y productor de rap y Hip Hop— que había crecido en un ambiente religioso —Yoruba—, y más tarde, entonces para quedarse, a través de un amigo argentino que tomaría clases de percusión con Pancho Quinto. Juan Caballero empezaría a acompañar a su amigo a los toques de santo con su cámara, pero rara vez capturaría alguna foto. Quizás, reflexiona ahora, porque se lo impedía el respeto, quizás porque temía ofender lo que sentía realmente auténtico.

Pero a veces se reprocha no haber fotografiado más en aquellos tiempos.  Francisco Hernández Mora —Pancho Quinto— murió en 2005 y fue una persona que quisiéramos recordar: batalero fundador de Yoruba Andabo y uno de los responsables de ese estilo rumbero que —aunque suene más a bebida embriagante que a música— lleva por nombre la palabra preciosa guarapachangueo. “Y Quinto era divino, como un adolescente, bromeando siempre, alegre siempre, tan sabio siempre”.

“Pero que no me digan que la rumba es música afrocubana, chica. La rumba es música cubana con componentes africanos, que es algo muy distinto. La rumba es secular y la única música afrocubana es la religiosa. Todo lo demás, el cha cha chá, el son, la timba, etc, es música cubana y punto. Anteponerle lo afro solo amplifica la discriminación que se pretendía combatir. Y además, es una falsedad, como lo que hicieron con la orquesta de Machito. Eso de ponerle afro a todo es también la gringada de las etiquetas, que al final terminan solo discriminando más”.

Lower East Side. Foto: Juan Caballero.

Varios coinciden en que la decisión de poner la palabra afrocubanos en el nombre de la orquesta de Machito fue una acción anti racista y política eficaz de su director, Mario Bauzá, pero Juan Caballero insistirá en que no con la misma convicción con la que insiste en que la salsa de Nueva York es música cubana y punto. Con la convicción con la que acepta que sí, hacen falta más mujeres músicas en la rumba, pero no por eso las tradiciones deberían transformarse. Con la misma convicción con la que me repetirá que hay música auténtica y música que no y que la que a él le gusta es la primera, una que no acoge fusiones, que se practica pero no se planea, que es espontánea y honesta, como la trova, o el primer son montuno o el bolero y, cómo no, la rumba.

Fue en Nueva York, sin embargo, donde la rumba le enseñó sus propias formas de descubrirla. En Nueva York, en el 2010 y en Central Park, donde empezó a hacer retratos rumberos con una Hasselblad.  Ya desde el año 2000 vivía en Estados Unidos. Nuevamente el amor le había dictado un rumbo. Además de trabajar en el campo y tomar fotografías para alguna agencia, se hizo técnico de reparaciones de cámaras y, más tarde, al mudarse con hija y pareja por una temporada a Miami, encargado del mantenimiento de pinturas en un hotel.

De su breve paso por Miami habla con cariño y miajas nostálgicas sobre sus largos paseos en bicicleta y su trabajo como fotógrafo en Cuba Ocho, el bar de un amigo en la Pequeña Habana, donde compartía con aficionados y músicos. Rememora haber dejado de ver a la mayoría de sus viejos amigos de infancia por no sentirse afín con sus hogareños y muy monótonos o conservadores estilos de vida. Lo suyo era, y siempre había sido la calle, y en la calle sus gentes, y con sus gentes quiere decir también aquellos a los que muchos no deseaban en Cuba: delincuentes, personas con fuertes enfermedades mentales sin tratar, viejitos que pasaban el día entero jugando dominó, Marielitos pobres —“y sobre todo blancos, porque a Miami no llegaban los negros”—. Ellos fueron esos nuevos amigos con los que no hacía falta coordinar horas de encuentro. Los que siempre estaban ahí, presentes también en las rumbas que por un tiempo se formaron los sábados en las tardes sobre la calle Ocho.

Cuba. Foto: Juan Caballero.

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Las rumbas de Central Park empezaron solo un poco después de la masiva migración cubana a Estados Unidos por el ascenso de Fidel Castro al poder pero, curiosamente, no fue liderada por cubanos. En cambio, afroamericanos, judíos, puertorriqueños y especialmente nuyoricans organizaban los toques en los que sobresalían las tumbadoras, pero también había cencerros, pailas, botellas plásticas, y cualquier cosa que sirviese como instrumento percutivo.

Cuatro décadas después, cuando Juan Caballero comenzó a frecuentarlas, ya participaban en las rumbas sobre todo cubanos y nuyoricans y la música tenía una sonoridad más particular. Algunos dirían que llevaba —o ya no llevaba— la clave atravesada. Otros, que parecía —o ya no parecía— una fusión ajena a “lo auténtico”. Muchos más, como Juan Caballero, pensarían que como fuese resultaba algo vivo, colorido, gustoso y neoyorquino. A él le causaba gracia ver a los unos embroncándose con los otros. A veces musicalmente. Otras veces, de maneras menos prudentes.

También fue fundamental —piensa él—  que varios de esos rumberos que llegaron con el éxodo de Mariel transmitieran sus conocimientos a otros y consiguieran, entre tanto más, que los tambores batá se volvieran elementos constantes de la rumba. Uno de ellos, quizás el más influyente, fue Orlando “Puntilla” Ríos. Otros rumberos, al contrario, ni siquiera hacían música en Cuba pero al desembarcar en Nueva York e integrarse a las rumbas del Central Park de a pocos se volvieron parte esencial del fenómeno.  Y eso es lo más bonito de la rumba, reflexiona Juan Caballero: “El abrazo con el que recibe al que quiere saber y no juzga al que ignora”.

“También por eso retrato a algunos de ellos una y otra y muchas veces: porque van cambiando las interacciones, porque cada rumba es distinta a la anterior y a la siguiente, y no terminan las sorpresas. Además, sucede que cada uno tiene su día. Entonces me fijo en eso, ¿ves? —Juan Caballero habla de ellos con una sonrisa cada vez más expansiva— ¿Quién tiene ese brillo especial en un momento particular? ¿Será Máximo, Rodger, Tito, Román?”.

El percusionista y educador cubano, Román Díaz, llegó a Nueva York hace 23 años y, como Puntilla, también ha sido influyente para los rumberos, pero además para algunos jazzistas. Juan Caballero lo conoció a mediados de los 90 en Cuba pero solo en Nueva York empezaron a acercarse. No recuerda en dónde, pero sí que desde ese momento la conexión fue entrañable. Román Díaz debe ser el músico que Juan Caballero más ha fotografiado y Juan caballero debe ser el fotógrafo del que Román Díaz mejor se ha dejado ver.

Hoy, Román es un amigo que abre espacios y caminos para que él siga documentando, tanto los encuentros seculares, como algunos religiosos de las tradiciones afrocubanas en los que con frecuencia Román participa.

Harlem. Foto: Juan Caballero.

En algunos de estos encuentros, que suelen ocurrir en casas particulares y no son de carácter sagrado, Juan Caballero puede componer fotografías y filmar escenarios. En muchos más, como los de iniciación, no debe hacerlo. Puede estar ahí: mirar, oír, sentir, pero jamás presionar el disparador de su cámara y congelar en una imagen un momento de posesión o, a veces, devoción. Son las reglas de los cultos. Lo respeta y entiende, pero no por ello es inmune a ciertas frustraciones. Ningún documentalista que merezca tal nombre, pienso, podría estar exento a la frustración de no poder documentar una historia que sabe relevante, intensa, hermosa, y no brindar entonces ni un trocito de esa belleza particular en el universo que respira al futuro.

Solo a veces, sin embargo, Juan Caballero piensa en futuros. Prefiere enfocarse en presentes. Aunque cuando imagina más, se repite que sí, le gustaría algún día volver a Cuba. Pero volver con varias cámaras y recorrer el país de pueblo en pueblo para que los niños de esos pueblos aprendan algo de fotografía. O por lo menos puedan saber cómo funciona una cámara y descubrir las maravillas que a sus miradas les haría. “Sería un perfecto plan de retiro, chica, porque, ¿tú sabes cuántos pueblitos hay en Cuba? Podría morir haciendo solo eso”.

Solo eso.

Nada más lo motiva a volver.

Miami. Foto: Juan Caballero.

Marcela Joya Marcela Joya Sabe hacer cosas útiles, como cortar pelos ajenos y emborrachar a los otros, pero prefiere escuchar música, escribir y tomar fotografías. En ese orden. Más publicaciones

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