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Oye cómo va Ilustración: Nelson Ponce

Vanito en la radio

En una emisora, cuyo nombre voy a ignorar, la locutora anunció Habana Abierta con Divino guion. Ya saben, el tema rodó con ese swing insuperable hasta que Vanito soltó el “qué rico suena un rock and roll con timba…/ ¡Habana Abierta te lo trae de pinga!”; y la música bajó de golpe y la locutora hizo magia para intentar arreglar lo irreparable. Me imagino la reunión postransmisión, la trifulca que causó el palmero; porque Vanito, Ihosvani Caballero, nació en Palma Soriano, aunque también sea habanero.

En otra ocasión me llama Salvador Virgili, que tenía una sorpresa, que estuviera atento, porque saldría en vivo —yo cocinaba algo punible—; vuelve la llamada y estaba Vanito en el programa. Habíamos chateado e intercambiado ideas, pero estar en los medios era otra cosa y, sin darme cuenta, solté todo un discurso sobre uno de los mejores compositores cubanos de los últimos años y su acertada combinación del linaje más ramplón con el verso más atinado, que podría ser precursor de la poesía de los muchachos más jóvenes. Y la locura me detuvo casi, porque hablaba como si estuviera ahí Frank Sinatra, y me dio con el domingo la cabeza, porque al final los cubanos casi siempre aceptamos lo que viene de afuera… pero es que Vanito solo se había alejado un poquito.

Lo obvio es que Vanito tiene una obra de altura. Dice que su inicio lo marca al grabar con Lucha Almada, y no son pocos quienes señalan ese disco como uno de los fundamentales de su tiempo. El videoclip, de la autoría de Orlando Cruzata y Rudy Mora, y que defendió un fonograma que ojalá regrabaran algún día, queda en la memoria de muchos. Es verdad que los años nos atraviesan como sables —el mismo Vanito lo reconoce—; los muchachos de hoy tienen sus canciones que son quizá más filosas, menos poéticas, más inmediatas, pero las de Vanito dijeron en su momento lo que debía pronunciarse con el verbo del común o con su verso altivo.

Hace mucho, cuando le pregunté para mi programa de radio sobre sus temas me dijo más o menos cuál era su fórmula: “Mis canciones son típicamente conversacionales,  quizá lo he hecho con toda intención; yo creo que en todas mis canciones hay un tête à tête con quien las recibe y no me parece que vaya en contra de lo que suele consumir el público cubano. La canción no es solo poesía o solamente música, siempre lo he dicho: es una conjugación de ambas cosas que se convierten en una tercera. Uno más uno da tres en este caso, es una conjugación de muchos lenguajes sonoros y el público lo recibe, según le guste. De hecho, muchas canciones que escuchábamos de niños no sabíamos de [dónde] venían, pero nos encantaban, no importaba lo que las contuviera”. 

Treinta años después de lo que él considera su arrancada, Vanito Brown sigue siendo un autor cuyas canciones pueden alertar a la muchacha para que saque los ojos de su billetera, o decirle tiernamente a los bebés de par de generaciones: “duérmase cachorro, que la noche revienta”, a pesar de que es tiempo nuevo y canción filosa, inmediata, hecha por unas máquinas tan sospechosas como ineludibles.

Yo veo en estos cantores no ya solo la defensa —palabra compleja esa— de la poesía, de lo hermoso por sobre lo inmediato o lucrativo, sino incluso de lo más valedero de la existencia humana. Seguir detrás de una guitarra, haciendo versos, viéndoselas con la realidad de su tiempo, se agradece.

Estos músicos le alertan a uno cómo acomodar los desórdenes del pecho, las nostalgias de una Habana que a muchos se les hace más lejana, las travesuras de una niña que quiere irse a jugar a la calle, o también ponen fuera de tono a un locutor que propone un Divino guion sin saber que unos segundos después del inicio Vanito Brown cantará que “Habana Abierta te lo trae de pinga”.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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