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Pasión por Longina

 (…) si eres desgraciado, canta

 J.L. Serrano

Hace veintiocho años que en Santa Clara hay un calendario diferente: el año nuevo comienza cuando arranca el Longina. Con los primeros acordes rompe la fiesta y los abrazos llueven. Conocidos, amigos, poetas, desconocidos, primerizos, hermanados todos por el verso compartido bajo el rocío.

Los que viven fuera de Cuba (y la economía se los permite) regresan cada enero, llegan con más provisiones “que la cosa está dura” y los colchones ocupan lugares inimaginados. Los otros, mandan mensajes electrónicos, hacen videollamadas, ilusiones de la tecnología incapaces de cubrir la ausencia.

Pero las canciones llegan para salvarnos, Ana, Sábanas blancas, Yolanda. Se construye una ruta: Sala Margarita Casallas, Mejunje, café para sacudirse el sueño del cuerpo, Museo de Artes Decorativas, Casa del Joven Creador, La Luna Naranja que se lava el polvo de su extendida construcción y se desborda de público. Madrugadas en plazas, parques y portales que se inundan de un leve resplandor.

El país duele y se piensan sus vericuetos, explotan las voces, esquirlas de belleza en las raíces aéreas de la patria. Y un fanático de la nueva trova recoge latas vacías a las tres de la mañana mientras cuenta historias extraordinarias de cuando fue compañero de Silvio Rodríguez durante el Servicio Militar. Luego, abrumado por el peso de vivir, llora y uno se siente “exiliado del mundo presente”.

A coro soñamos “un país donde los amigos prefieran volver”, nos vamos al monte con el cimarrón y “a unos mil novecientos de altura” liberamos a Prometeo. La pareja de un banco próximo se acerca, aporta mil pesos para la ponina y luego se marcha sin darse un trago. Nace el madrugón del Santi, una descarga infinita en el mismo banco donde hace quince años el zurdo maravilloso amaneció trovando.

Una maestra de la guitarra pulsa las cuerdas y se hace la magia, una niña se sube sobre sus trece años y canta su canción; un sabio acompaña a un joven trovador y un cantor del Olimpo regala un estreno, con el alcohol hasta los huesos. Los conciertos a los que no alcanzamos a llegar, la familia Travieso-Herrera grabándolo todo, Santa Canción, la Trovuntivitis y la certeza de que solo el empeño colectivo vence a la apatía.

El Longina termina. El 2024 comienza. Habrá que proteger las sonrisas, rodearse de amigos y fundar. Y cuando la desgracia arrecie, seguir cantando.

Foto: Andrés Castellanos

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