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Reseñas Portada del álbum: Wendy Valladares / Diseño: Pepe Menéndez. Portada del álbum: Wendy Valladares / Diseño: Pepe Menéndez.

Maradentro / Telmary

Las primeras palabras de la hija de Yemayá son para la orisha. “Danos una tregua, un salve”. Yemayá está furiosa, rebelde y no hay nada que colegiar con ella porque siempre tiene la razón. Buscando la mejor ofrenda para calmarla, Telmary resuelve convertir su oración en música.

Maradentro (Colibrí, 2021) es el nombre del cuarto y más reciente álbum de la ex integrante de Interactivo, pero también de la primera de las nueve canciones que lo conforman. Comparten nombre para que la imagen de Yemayá encabece y bombee todo el disco, puesto que como icono es definitivo: mujer mordaz, diosa temible, incontenible, arrullo, también atropello, que vivió el naufragio de ser una echá palante en la maldita circunstancia del agua por todas partes; todo lo que Telmary es. Por eso, el disco lo goza cualquiera, pero desborda particularmente a las mujeres.

Abre con Maradentro y cierra con Háblate, rezo o reto lanzado para una futura réplica del mar. La primera canción rompe pronto, con agresividad y se retira en las sucesivas oleadas de un saxofón. Un toque de saxo para Yemayá, por qué no. Por su parte, Háblate ofrece sus votos a la orisha respetando el toque, citándolo.

Ahora, respecto a las libertades en la música, Telmary tiene una preocupación. Dice la intro de Repartera, (léase a la velocidad de un rapentismo y como entonando el Aserejé):

“La música que yo he escuchado siempre / heredá de mis abuelos / cubana su identidad / no es posible que se pierda en el camino en una mezcla facilita llena de vulgaridad”.

Discrepo, pero entiendo. Aunque nunca en la canción se menciona la palabra reguetón, puedo suponer que es el blanco de la idea. Rey desfachatado del remix, marginado y tildado de vulgar como el que más —calificativo un tanto risible—, el reguetón cubano podría ser brillante, pero no se explota, hasta que no pegan algunos temas se duerme en la dinámica de raspar la raspa. En otras palabras, no tiene memoria. Es una lástima, porque lo que sí tiene es un notable atrevimiento para estibar melodías y, aun así, lo que lleva a cabo es una apropiación de lo más silvestre, no un secuestro cultural. Pero, planteado como un problema se debería, aunque sea, garabatear una solución.

La idea de Telmary fue abrir el mapamundi y, obviando rigores cronológicos, trazar en una lírica bailable una posible trayectoria del reparto. Larga peregrinación vino arrollando desde África, se revolvió en Brasil, en Jamaica y, finalmente, rompió filas en Cuba donde, con el perdón de los ancestros, se ha vuelto un poquito sedentario. Por eso Repartera recoge un poco de todo el viaje y lo revuelve en una cuantiosa pero muy sana dosis de samba. Es una canción-hija modelo de la tradición musical que le precede, contrapuesta al “esperpento” de su actual heredero.

La expedición en busca de orígenes no acaba ahí. Si continuamos escuchando, advertiremos la estampida in crescendo que parece decir Sálvate. Al fondo, un coro de hombres rumorea una suerte de mantra y en el primerísimo primer plano la percusión embiste para incitarte al movimiento de los pies y del pecho. Como nuestra tradición está mejor conservada en el cuero, cada embestida se repite para despertarlo. Sálvate interpreta un corazón que late con fuerza ancestral, tal vez el de Osain del Monte.

Por suerte el disco, hasta ahora solemne, se troca en retozo con Quién te mandó, una de las placas más divertidas del álbum. Habla de fiesta, suena a fiesta, tiene diálogos socarrones, y un ligero regusto a “Y si tú quieres yo te pongo a bailar”; en fin, la primera canción que te puede sacar una sonrisa desde los primeros segundos. Digo suerte porque, para un álbum que ambiciona moverse por distintos registros —tanto sonoros como anímicos— sin perder la unidad, este giro resulta saludable. Confabulada con Alexander Abreu, la música asiente al choteo ingenioso, es enérgica y, aun así, respira con tranquilidad, pero además reboza una sana alegría que se prolonga en Equivocao 8.6, remake que creemos innecesario hasta que lo escuchamos. Esta es la versión donde Telmary, como mínimo, vuelve a tener razón. Solo un cambio de contexto; la letra intacta ya no es rapeada desde casa, sino desde algún club nocturno y se baja como una timba efervescente, perfecta para combinar con cerveza.

Sin embargo, la mejor manera de sabotear la diversión es forzarla. Siento que es el caso de Calienta el bombo, tal vez el track menos armónico del álbum. La intención era trenzar sonidos de distintas épocas y regiones para dar con una esencia de lo urbano local y, al mismo tiempo, evocar algo primigenio. Para ello se apostó por una base afrobeat y encima, plantado con aguaje, un coro que se precipita y deja a la canción tensa, en el mismo plano. La monotonía no la rompe ningún background movido y componiendo, incluso la bulla lleva arreglo: ni un hombre orquesta toca todos sus instrumentos a la vez.

Llegados hasta aquí, nos van quedando Puras palabras: un soplo algo nostálgico que llega del tiempo en que el club no cerraba y en la vitrola ponchaban filin. Suaves ondulaciones, como las de una serpiente liberada en un río, erizan cada superficie. Es la voz de Omara a dúo con la de Telmary, ideando una forma sensual de negar las mentiras con el dedo, para revelarnos que una palabra no es más que una palabra más que una palabra. Si Puras palabras no llegara como lo hace, sería cualquier cosa menos filin.

Por otra parte, Enamora’o aparenta gozar del mismo sosiego, con una estructura melódica sencilla, unas texturas encantadoras y un aura de ingenuidad que termina volcándose en almíbar. Para guindar el accidente, llega la rima fácil: “Nuestra locura tiene cura”. No sabría decir si en otra voz distinta a la de Ana Torroja habría sonado menos cursi. Y ser cursi no es el pecado, es quedarse a medias. El juego consiste en encontrarle la gracia a cada acento y llevarlo al colmo. No creo que haya que hacerle caso a Rilke y evitar escribir versos de amor, porque “Al principio, las formas y temas demasiado corrientes son los más difíciles”. Son las más difíciles porque estar enamorado es un poco como bailar borracho: solo tú piensas que tus movimientos son originales, mientras el resto te ve como una masa tambaleante a punto de coger suelo. Y no creo que fuera la intención de Enamora’o.

Como álbum, Maradentro cree tenerlo todo pensado y en parte es cierto. Hay mezclas que se dan la mano en un punto y empujan para dar nacimiento a una voz propia, pero, sobre todo, tiene canciones que se disfrutan a sí mismas. Sálvate, Quién te mandó, Puras palabras y Repartera, aunque su motivación sea sospechosa, resultan un buen ejemplo de ese preciso estado de calma gracias al cual se empiezan a reflejar las formas en el agua: entonces es posible decir que se está creando una imagen o, en este caso, un sonido.

Pero digamos que eso de tenerlo todo pensado puede ser un arma de doble filo. Tras reproducir por primera vez el disco, di con canciones que no sonaban necesariamente mal, pero prefería no volver a escucharlas, no me explicaba por qué. Había “algo” precipitado que desparramaba los contornos y en su lugar dejaba una abstracción arbitraria, extraño en un álbum en el cual cada tema parece estar concebido para tener un temperamento preciso. Tampoco tenía que ver con ritmos más o menos acelerados.

Se me ocurrió pensar que el paso de tomar distancia y escuchar con la intuición alerta fue justo el que faltó. Intuición, esa inexplicable sutileza que está ahí tomando decisiones antes que tú, resistiendo a que te precipites por el plan que trazaste y te parece tan lógico. “Quiero que suene a fiesta, entonces pongo un DJ junto a un mariachi junto a una cumbia con un cañón de confeti, corono todo con un título fresco y ¡BUM! Tengo el party hecho”. Cuando hay tanta frialdad en el proceso, uno cree que no necesita pensar más, y puede dedicarse a producir con la mente en otra parte, porque hacer es predecible, aburrido. Si el ego te dice “métele” suele ser una trampa, hay que sospechar de que sea tan fácil. Por eso, aunque parezca trivial, si intención e intuición suenan tan parecidas, es prudente no tenerlas demasiado lejos. Combinarlas se traduce en la gracia necesaria para tomarle el pulso a cada sonido y detectar cuándo avivarlo o dejarlo morir. Cosas para las que hay que relajarse y tomarse su tiempo, que para eso nos sobra ¿no?

Escucha Maradentro acá.

Amalia Echemendía Artista visual, silbadora entusiasta, sacadora de formidables puntas de lápices. Se ríe como una hiena. Más publicaciones

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