Ilustración: Pepe Menéndez.
Ilustración: Pepe Menéndez.

Lucía Huergo: la música y la verdad

5 minutos / Marta Valdés

17.11.2021 / Artículos

(A Octavio Cotán, su más temprano admirador entre los grandes de Cuba)

Transcurría la segunda mitad de los 70; con mucha frecuencia me cruzaba con el inmenso Octavio Cotán en nuestro entra y sale por los bares del Hotel Riviera, donde ambos actuábamos —yo con mi silla de mimbre y mi guitarra,  él con su guitarra y su grupo—. Siempre atento y deferente en sus observaciones hacia mi manera de estructurar el entramado de las canciones, más de una vez el cálido y animoso encuentro recaía sobre un tema: “deja que conozcas a Lucía…”. 

Pasaron años y, en una noche de verano en que me aficioné a frecuentar junto a un amigo las tandas de jazz del grupo de Nicolás Reinoso en el Río Club —sobre todo porque me daba gusto coincidir con el joven Gonzalito Rubalcaba haciendo jazz en su nueva faceta como pianista— nos quedamos asombrados ante el sonido y las improvisaciones de una joven saxofonista a quien en un momento, cuando alguien la llamó por su nombre, asocié con aquel, más que juicioso, fundamentado pronóstico de mi querido Cotán.

Lucía Huergo abrió los ojos a la vida el 17 de noviembre de 1951, en un mundo donde acababa de hacer su entrada la televisión. Sus primeros juegos se vieron arropados (y acaso invadidos) no solo por los canturreos típicos de la vida hogareña sino por las señales disparadas con alto volumen desde los radios del vecindario o el de casa. Su oído absoluto y su memoria fueron creciendo con la convicción de que la música, haciendo gala de esplendor y dinamismo, podía desprenderse, continuamente, desde cualquiera de los tres dispositivos conocidos en el mundo de su infancia y adolescencia: el imprescindible receptor de radio, el tocadiscos o el televisor. 

Algo muy evidente debe haber impulsado a sus padres a conducirla con toda formalidad, desde pequeña, por los caminos del aprendizaje musical. La vida quiso que en 1959, a sus ocho años, comenzaran a abrirse los horizontes que pusieron a disposición de esta hija de una familia modesta todos los medios para que su talento fructificara. Cursó estudios musicales en el Conservatorio Amadeo Roldán, en una etapa en que, además de formarse como saxofonista y flautista, sus estudios de piano pudieron contar con el privilegiado magisterio de la profesora Margot Rojas. Con posterioridad, completó su equipaje teórico con enseñanzas de Leo Brouwer y Federico Smith.

Su curiosidad hacia el complemento tecnológico fue tomando la forma de una verdadera fascinación. En el momento cumbre de su carrera profesional, más allá de contar con su dominio del saxofón, la flauta, el piano o cualquier variante de teclados, la veríamos ya parapetada en su propio estudio de grabaciones, presta a desdoblarse con sus diseños acompañantes e improvisaciones, y asombrarnos con su creatividad. 

Simpática, ocurrente, juguetona, Lucía no dejó sin destapar el oído y el entendimiento a la intrincada idea o al diminuto detalle que, a fuerza de disciplina, garantizarían su futuro andar. Su paso como saxofonista por una significativa variedad de grupos musicales que coexistieron a partir de los años 70, la vio perfilarse como una eterna buscadora y proyectarse con voz propia en todas direcciones, siempre dispuesta a volcar en cada nuevo intento su natural sentido del ritmo, su oído armónico y su vocación improvisadora. 

Paralelamente a su actividad de por vida como jazzista, la puesta al día tecnológica operada en la industria nacional del disco en la década de los 80 la vio despuntar como arreglista e iniciarse como productora. Su lenguaje musical a tono con los tiempos la acercó, en el ámbito del cancionero, a voces cubanas de la talla de Sara González, Amaury Pérez o Miriam Ramos. Su contribución al catálogo discográfico se amplió a otras expresiones. Creció como compositora en el género instrumental, expandió y ramificó su quehacer creador y lo proyectó en el ámbito internacional. Una apreciable veta de su catálogo registra la coautoría junto a compositores consagrados en el terreno de la canción, como Amaury Pérez, Liuba María Hevia o Heidi Igualada. 

El mundo audiovisual la registra en bandas sonoras para largometrajes cinematográficos como La película de Ana y telenovelas como Las huérfanas de la Obrapía o La cara oculta de la luna. Los espacios radiales nacionales más exigentes han apreciado y difundido obras suyas de alto vuelo como la Sinfonía Hemingway (inspirada en la obra del escritor norteamericano que le da nombre) y la Suite Lecuona (una visión orquestal a partir del pianismo del insigne compositor cubano).

Posiblemente aquellas palabras de Octavio Cotán que aún resuenan en mis oídos, anunciaban ya a la autora de Mereguo, Eyeleó o Barasuayo. Estas obras, nacidas de un acercamiento profundo a nuestra raíz africana en su paso por el grupo Síntesis, más allá de su riqueza rítmica, pusieron en evidencia una veta melódica y tímbrica, más atractiva que cualquiera de las atmósferas endebles, hijas del corta y pega, que —acomodadas en el término fusión contaminan el ambiente sonoro. 

Una vez, la escuché autodefinirse con estas pocas palabras soltadas al aire, como si se tratara de uno de sus constantes dicharachos (no recuerdo si a ras de un mantel o en el momento de poner a descansar su instrumento tras la última nota de uno de sus solos coleccionables, acabado de grabar): “…sin la música, yo no hubiera podido vivir”. A 70 años de la fecha natal de Lucía Huergo, aquella conmovedora confesión nos compromete con cualquier acción que estimule y fortalezca la permanente resonancia y la vigencia del inmenso legado que nos dejó.

Marta Valdés

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