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Crónica Foto: Raydel Diago

¿La Habana suena como el Jazz Plaza?

“Un día acabó a las cuatro, después a las cinco, y desde entonces siempre hemos cerrado pasadas las cinco de la madrugada”; cuenta Marta Ramos acerca de los conciertos del Festival Internacional Jazz Plaza 2024. A los 59 años Marta continúa trabajando como personal de seguridad en los predios de la sede fundacional del evento, la Casa de La Cultura de Plaza; sin embargo, no se le nota en la voz ningún indicio de cansancio, solo una emoción limpia, genuina. Antes de eso, antes incluso de recorrer de punta a cabo el lodazal imposible del espacio, me diría la chica rubia de los tickets al recibirme en la entrada que los conciertos aquí estaban buenísimos, como todos los años. Y yo me quedaría con ese enigma de no saber qué quiere decir eso en un país embrujado por el cambio, año tras año.

Y aunque son pasadas las nueve y el concierto de clausura debería estar sonando, la Casa de la Cultura aún parece un escenario gigante a medio montar. La gente hormiguea por todo el lugar. “Esto es una locura, muchos grupos, muy poco tiempo, las condiciones del clima empeoraron”, confiesa aprisa José Antonio Rodríguez, técnico del evento.

La atmósfera se ahoga en promesas. Hoy se acaba todo, la noche va a estar buena. Y el público que va llegando es una masa heterogénea. Según Patricia Jiménez, una de las asistentes, este año se enteró del cronograma de conciertos a oídas y no vio casi movimiento promocional en las redes. También cuenta que la opción del festival continúa siendo el bálsamo efectivo para las ansias musicales de su generación, en medio de un panorama donde ―asegura Patricia― la mayoría de los artistas se mueven a niveles muy difíciles de costear, en tanto una mesa reservada en un bar que ofrezca música en vivo podría representar 30 mil pesos cubanos.

Unos metros más allá, encima del set, un músico de sombrero y traje color hueso canta acariciando las letras con rabia “My city is burning”. Daniel Riera llegó solo de California, sin un grupo de acompañamiento. “Pero encontré [a] estos muchachos aquí y después de poco tiempo tocando juntos siento que tenemos una buena vibra”, dice. Aunque vino con poco, o casi nada, regresará a los Estados Unidos con la impresión que le causaron los intérpretes de las nuevas generaciones: el espectáculo de los Hermanos Abreu, tan jóvenes, con destrezas de un nivel muy alto. “La energía con que los cubanos tocan es muy fuerte. Pienso que la música y la cultura está tan viva aquí”, confiesa, antes de perderse entre los asistentes.

Fotografía cortesía de la autora.

Hernán Cortés Jr., el baterista que desciende del escenario junto a Daniel, se empapa de la intensidad de esta experiencia del Jazz Plaza. A diferencia de otras ediciones, la música le ha tendido el puente a conexiones más profundas con los músicos con los cuales ha compartido escena. Explica que el sello del festival es tan poderoso que es capaz de salvarlos de la naturaleza retadora de interpretar jazz ante un público que en su mayoría viene aquí a escuchar timba o salsa. De esta semana le quedará la certeza de que los otros artistas, los extranjeros, han comprendido que los músicos cubanos pueden hablar también su mismo código. “Tenemos ese oficio y dicha de tocar jazz mezclado con nuestras raíces y cultura latina, afro”, explica.

Los entretiempos de los conciertos tardan bastante. Los minutos se estiran como gomas elásticas y el público va llenando cada vez más el espacio al aire libre. “Es bueno que siempre se regrese acá, al lugar icónico del festival”, cuenta Anahí Saura, una de las encargadas de la organización y logística de los conciertos. En esta locación confluyen todos; la idea es que luego de los recitales en las salas de teatro, los músicos puedan pasar y compartir con los asistentes, explica. En 2024 Anahí percibe que el Jazz Plaza se ha constituido a una escala diferente, por la mayor cantidad de conciertos que se han logrado organizar y la función paralela de otras áreas del arte (colaboraciones con compañías de danza y exposiciones artísticas). Aprecia, sobre todo, ese fenómeno interactivo de todas las formas de la creación con la música.

Ahora en el escenario se alinea Sintergia Jazz Collective, una agrupación de jóvenes estudiantes de la Universidad de las Artes, que se conformó en abril del año pasado. Un músico me explica que el mérito de Sintergia es la versatilidad con que cubre muchas partes del espectro jazzístico. En el escenario, las notas van hilando algo hermoso. Gabriela Muriedas, una de sus integrantes, reconoce que ha encontrado en el evento una plataforma para presentarse y compartir con artistazos. Cuando la música se proyecta en los speakers da la sensación de que cada tema es una conjura hecha por los jóvenes para conmover. 

Estamos justo ante el precipicio de la madrugada. Pronto cerrarán por capacidad la Casa de la Cultura. Pero aún no es el nuevo día y el público se apretuja dentro de límites sofocantes. Escuchan a la expectativa, dice Yamila Delgado, que es vocalista y encargada de los coros, la flauta y el güiro en la presentación del artista cubano Issac Delgado Jr. “El jazz que se muestra últimamente en los festivales tiene multitud de influencias del mundo y, cada vez, van incorporándose más elementos de la música cubana. Antes aquí había mucha concurrencia de extranjeros pero no se sentía tan fuerte la presencia de la audiencia cubana”. Yamila cree que “este festival fue el marco para ofrecer propuestas más libres, experimentación, para mostrar otros caminos y un jazz más suave, cercano al feeling cubano”. 

Fotografía cortesía de la autora.

Issac Delgado Jr. da paso a Future Band DC. Los norteamericanos se encaraman en el set con los aires delirantes del go-go, la fusión del género funk con el latin jazz. James Woodert, uno de los artistas de la banda, atropella las palabras cuando se trata de contar su visión del evento. Del contacto con los intérpretes cubanos narra que han podido juntarse en jam sessions, ellos les aportan las técnicas e interioridades de nuestra música y así experimentan juntos los acercamientos al arte. “Al final lo que hacemos es lo mismo, pero con otro idioma”, asegura James. Casi nadie, probablemente nadie, espera que los norteamericanos, que parecen poseídos de energía, empiecen a interpretar los primeros acordes de la Guantanamera en español. Sentir la musicalidad de Cuba siempre es algo intoxicante.

“Cuando ocurre esta clase de eventos, se crea una energía muy bonita a través de la variedad de la música, jazz, folclore, timba; el gremio se junta. Se mantiene la esencia del festival”, comenta José Julián Morejón, percusionista de Havana D’Primera. Sin embargo, Morejón es parte del Jazz Plaza desde el 2010 y esos años acumulados le traen de vuelta recuerdos: “Aquí hay muy poca representación de los jazzistas que integraron mi generación y la siguienteꓼ la mayoría ha emigrado”, afirma. El vacío que nos induce a explorar Morejón es una pieza más en la deuda de las ausencias cubanas.

Por otro lado, músicos reconocidos que se encontraban fuera como Michel Herrera, han regresado para integrarse al evento, comenta Marcos Perdomo, guitarra en el formato de música popular presentado por el artista Eduardo Sandoval. Para Marcos, como para muchos, la belleza de unirse, de encarar al público, opaca las dificultades y el tremendo esfuerzo que representa construirlo con pocos recursos.

La música tiene esa cualidad de adormecer un rato los pensamientos. Y mientras Brenda Navarrete se apodera de las tablas con su micrófono, un señor disfrazado de Bob Marley quema un montón de inciensos.

Fotografía cortesía de la autora.

Cada concierto debe extenderse entre media hora y cuarenta y cinco minutos, explica Anahí Saura. Sin embargo, a Brenda el tiempo se le derrite, el tiempo es como una anomalía en medio del trance de su música. Y es que en el festival hay que comprimir muchos conciertos en pocos días, apunta Óscar Martínez, que acompaña a Brenda con la percusión. Los artistas bailables tienden a alargar los coros y sus movimientos son constantes interacciones con la audiencia. “En treinta minutos ―asegura Óscar―es difícil conducir a un público a romper a bailar”. 

Mientras, las bocinas no ceden a la tregua del silencio. Las canciones en el festival se consumen muy rápido y la gente se mueve y sonríe y hay mesas desbordadas de latas y alcohol.

Son las cuatro y media de la mañana; el público, al otro lado del escenario, se vierte y burbujea como la espuma de la cerveza caliente. “Fui a buscar a Yemayá y a amarla toda la vida”, corea un señor entre la multitud. Es bajo, viste una camisa transpirada y, cuando canta, sabemos que se ha robado la banda sonora de Havana D’Primera para interpretar el musical de su propia vida. 

A nadie parece importarle que en un rato empezará a amanecer. Nos caen encima el cielo y el sudor y las notas musicales. Para los que estamos aquí, La Habana hace silencio y solo se escucha el Jazz Plaza.

Lorena Alemán Massip Más publicaciones

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  1. Pablo dice:

    Seria imposible no estar asombrado con este festival. En medio de tantas dificultades.
    Pero, esta reseña
    solo habla de un escenario (la Casa de la Cultura) de 12 que hubo en la Habana y 9 en Santiago.
    Y,
    Todas las generaciones estaban. El festival va a cumplir 40 ediciones y 45 años el año que viene.
    Olvida mencionar que ya (por fin) hay presencia de jazz en las escuelas de arte y salen cada vez mas promociones de jovenes jazzistas. Olvidamos que es super caro pasar años en un conservatorio en el mundo y todos te recomiendan estudiar otra cosa porque “no se puede vivir de la musica”!
    Y la “noticia” es que muchos de los jazzistas residentes en el exterior vienen para SU festival, que tiene las entradas mas baratas del mundo. Ni menciona que los artistas importantes (muchas veces las MAS famosos y cotizados!) no cobran por estar (!) ni ve realmente la gran libertad, diversidad, ni el hecho de que si, ahora hay como una decena de lugares que presentan jazz en la Habana todo el año…
    Del nuevo sector privado.
    Y por desgracia, olvida decir que este festival lo hicieron los músicos cubanos.

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