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Backstage Helson Hernández. Foto: Cortesía de Helson Hernández. Helson Hernández. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

Helson Hernández

(La escena que sigue es ficción. Se la regalo al guionista que se anime a convertir esta vida en un filme. En mi opinión, lo merece…).

¡CASTIGADO, ÉL ESTÁ CASTIGADO Y NO SALE DE CASA SI NO ES PARA IR A LA ESCUELA! El adolescente delgadito, lloroso, escondido tras la puerta de su cuarto, escucha a su padre discutir con los responsables de cultura del municipio que han venido a convencerle de que, sin el joven, que es la figura principal, el que mejor baila de todos y marca el paso en la coreografía, la comparsa no tiene chance de ganar ese año. Él solo cruza fuertemente sus dedos y trata, con su cuello ya de por sí largo y ahora más estirado, de no perderse una palabra de las que se intercambian en la sala, hasta que escucha el veredicto final: “Lo voy a dejar ir, pero esta es la última vez que baila, no cuenten más con él”. Da un saltico de alegría y se tira en la cama hasta que vengan a darle la noticia “oficialmente”. 

1er. movimiento

La tranquila villa rural de Aguacate está más cerca de Matanzas que de la capital del país. De gente humilde y paisajes de un verde sorprendente, allí transcurrió la infancia del genio cubano del ajedrez Ramón Capablanca. Cerca está el Valle de Picadura, al que Irakere consagró un hermoso tema musical a inicios de la década del 70 del pasado siglo. Aguacate ha ido perdiendo su antiguo esplendor desde que cerraron en 2001 el central azucarero que daba vida a la comunidad y se trasladó la sede municipal hacia la cercana Madruga. Hoy es una especie de pueblo fantasma, como muchos del interior del país. 

Por suerte, para conjurar la desmemoria, ha tenido una especie de historiador amateur consagrado. Un joven delgado de entradas pronunciadas y ojos enormes por herencia materna que, a pesar de haber nacido en Maternidad de Línea (el 13 de enero de 1976 según consta en papeles), va contándole a todo el que esté dispuesto a escucharlo, los valores históricos y culturales del pueblo donde —criado por su abuela paterna transcurrieron su niñez y adolescencia. Organizar a los niños con vocación artística en La Tropa de Aguacate, llevar artistas e intelectuales a conocer el pueblo y a actuar para los habitantes o escribir para varios medios sobre las costumbres, las tradiciones, las alegrías y las tristezas de los aguacateños, han sido solo algunas de sus pasiones. 

Porque, digámoslo de una vez: Helson Hernández es la pasión y el empeño personificados. 

La abuela, obrera y líder natural en el Central Azucarero y en su entorno social, pintaba como hobby y mientras hacía las tareas domésticas, cantaba a todo pulmón imitando a Esther Borja. El padre del niño Helson laboraba en asuntos de genética ganadera pero ya en los 60’ se había enrolado, junto con su paisano Huberto Llamas, en el movimiento de artistas aficionados, del que emergió finalmente como actor profesional de teatro. Su papá lo llevaba con frecuencia a La Habana (70 kms de ida, 70 kms de vuelta) a ensayos y actuaciones, y tiene clara memoria del debut paterno en el coprotagónico de Santa Camila de La Habana Vieja. Camila era la entonces jovencita Alina Rodríguez. 

Los paisajes naturales que corrían ante su carita asomada a la ventanilla del ómnibus en cada uno de esos viajes, y los escenarios dramáticos en los que pasaba sus noches como público obligado, deben haber marcado muy temprano la sensibilidad del muchacho. Pero lo que realmente lo seducía, dicen, era la música de los grandes ballets… Bastaba que sonaran los primeros acordes de cualquier programa de ballet clásico en el televisor, para que el pequeño corriera a la sala a parquearse frente al aparato, extasiado. 

En la Casa de la Cultura del pueblo, a la que llegó solo, por sus propios pies, comenzó a dar sus primeros pasos como bailarín. A escondidas, iba a los ensayos y montajes. Hasta que la familia se enteró cuando ya había comenzado a picarle intensamente la curiosidad por el arte danzario. Y, a pesar de lo que pudiéramos esperar vistos los antecedentes familiares (oh, pueblo rural, pequeño y machista, oh, quinquenio gris tan duradero…), no tuvo ningún apoyo de los suyos. Probablemente la danza no era una actividad lo suficientemente masculina para una familia pueblerina, convencional e “integrada”. 

Helson Hernández. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

Helson Hernández. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

2do. movimiento

Saldado el período de los talleres danzarios en la Casa de Cultura con el premio (¡cómo no!) a la comparsa de Aguacate; en la beca donde le tocó hacer el preuniversitario se escuchaba una emisora local con la que les daban el de pie temprano y que acompañaba, en grandes bocinas a todo dar, los momentos extraescolares. Sin encomendarse a nadie, el flaquito alto y entusiasta comenzó a llamar a la emisora, a pedir una y otra canción, hasta perder la vergüenza y ofrecerse como corresponsal. Los de la radio no podían estar más encantados de haber conseguido un narrador diligente de las actividades estudiantiles del preuniversitario local. Les salía gratis y tenía una voz y una dicción que ya quisieran la mayoría de los locutores profesionales… 

Un día, hizo falta cubrir a uno de ellos y se acordaron del estudiante de la buena voz. Y así terminó Helson en la radio, en lo que imaginó que era lo más cerca del arte que jamás estaría.

Al terminar el preuniversitario, aunque había soñado con estudiar Medicina, vino con su abuela a vivir a La Habana y la radio lo fue envolviendo y acaparando todo su tiempo. Entraba a la cadena radial como locutor y terminaba entrevistando a personalidades, escribiendo guiones de revistas culturales, de una radioemisora en otra: Cadena Habana, Metropolitana, Rebelde, la C.O.C.O., Taíno, Progreso, hasta CMBF, que es su “casa” de los últimos años. Apenas quedan ondas hertzianas en el éter que nos rodea por las que no haya transitado su registro vocal atenorado, de modulación y dicción perfecta.

3er. movimiento 

Un buen día, le toca entrevistar para un programa a Laura y Fernando Alonso. No se lo puede creer. Al final, se anima a pedirle una foto juntos y les comenta que ser bailarín es uno de sus sueños frustrados. El maestro Fernando Alonso le hace puentear y no puede evitar comentarle a Laura: Con ese puente, ese tamaño y esa figura, no es necesario comenzar a bailar de niño. Pocos días después, con 18 años cumplidos, entra Helson al Centro Cultural ProDanza, a cursar todos los talleres profesionales que aparezcan, a “comer” ballet. La dedicación de los profesores y una voluntad personal que no conoce límites infinitas horas de autopreparación buscando soluciones a posturas, mirando bailar a otros comenzaban a hacerle creer que algún día conseguiría realmente hacer algún personaje secundario… 

Sin embargo, las secuencias cinematográficas de su vida le deparaban otro giro argumental: Prodanza va a montar Don Quijote en coproducción con el Ballet de Camagüey para el Festival y la verdad… no hay nadie más parecido, en cuerpo y alma, al Caballero de la Triste Figura. El maitre Iván Monreal Alonso se encarga de preparar a Helson Hernández para el personaje protagónico. Con 21 años y solo tres de estudiar ballet clásico, el muchacho alto de Aguacate baila por fin, ante el público, con la música que le volaba la cabeza de niño.

Helson Hernández en el ballet Don Quijote. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

Helson Hernández en el ballet Don Quijote. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

4to. movimiento

A estas alturas, el lector debe saber que es imposible que esta narración sea secuencial, porque Helson ha permanecido trabajando en la radio mientras aprende las técnicas de ballet y se hace bailarín “de a pepe”. Pareciera que sus días tienen más de 24 horas, que le sobra el tiempo mientras las inquietudes se le agolpan. Retoma su vocación por la medicina y se cuela a menudo en los hospitales donde practican amigos doctores, para ser testigo de procedimientos médicos y complejas operaciones quirúrgicas. El SIDA hace estragos y él quiere ser útil a la comunidad de seropositivos. Convencido de que el arte hace milagros, se va al Centro Nacional de Prevención de las Infecciones de Transmisión Sexual y el VIH/sida, a intentar convencerlos de la utilidad de implicar a artistas en las campañas de prevención, que de este modo tendrán mayor alcance. Pasan los días y nadie le presta atención en medio de la vorágine infernal de trabajo del Centro. Si no tiene sida y no es médico, ¿qué hace aquí todos los días ese muchacho, esperando qué? Por fin, una funcionaria se conmueve y le pone oreja a su idea. Y así nacen las galas Para Vivir, auspiciadas por el Centro y en las que Helson se estrena ahora como director artístico, productor, escenógrafo, repertorista y libretista. Cada año las galas se van haciendo más y más populares y, con ellas, va aprendiendo en la práctica los entresijos de la gestión cultural, al menos en lo que a espectáculos en vivo se refiere. Cada artista relevante que pasa por sus estudios de la radio es invitado a Para Vivir y viceversa. Mientras… ensaya, estudia, baila; no solamente hace todos los Don Quijote de Prodanza de la época, sino otros personajes como el Pachá de El Corsario, el Capuleto de Romeo y Julieta. Su carrera como bailarín se enfrenta a una hernia discal, que lo obliga a operarse y a bajarse temporalmente de la escena. 

Pero ya no hay vuelta atrás en su andadura por los escenarios. Sin una metodología determinada ni estudios teóricos de producción o animación cultural, dejándose llevar solamente por su instinto y su pasión lo que le ha provocado no pocas decepciones y algunas críticas Helson va siempre pa’ arriba del lío, como se dice ahora. Con el apoyo del maestro Roberto Chorens, entonces Director del Teatro Lírico Nacional, que confía en él, en su talento organizativo, su empeño y disciplina de trabajo, se hace cargo de la dirección y producción de los espectáculos María de Buenos Aires de Astor Piazzola, El hijo pródigo de Arthur Sullivan, Romeo y Julieta de Gounod, Rusalka, West Side Story y Candide de Leonard Bernstein. 

No contento con el público específico de las galas Para Vivir y de los espectáculos líricos, apuesta por mezclar géneros, nacionalidades, compositores y públicos, y organiza varios ciclos de conciertos: “Schubertiada”, “Fados de Portugal” y “Bel Canto”este último un formato donde solistas del teatro lírico interpretan cada año obras de un destacado representante de la nueva Trova Cubana como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Amaury Pérez, Santiago Feliú, por solo mencionar los eventos recurrentes, entre las decenas que ha dirigido. 

Helson Hernández junto al elenco de Santa Camila de La Habana Vieja. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

Helson Hernández junto al elenco de Santa Camila de La Habana Vieja. Foto: Cortesía de Helson Hernández.

Coda

¿Estamos ya agotados de tanto ajetreo? ¿O queda espacio para imaginarlo dando clases en la cátedra de Voz y Dicción de la Escuela Nacional de Teatro (ENA) por ocho largos años, o como asistente y productor de la soprano Bárbara Llanes y de la violista Anolan González? 

Hace apenas un par de meses nuestro protagonista fue el máximo responsable del estreno mundial de la zarzuela Santa Camila de La Habana Vieja, en lo que se ha querido ver como el posible renacer del género en el siglo XXI cubano. ¿Durante el montaje, habrá evocado su propio asombro infantil ante el milagro del arte? ¿Habrá resonado en su memoria las escenas con las que su padre debutó hace casi 40 años? 

Hay gente que pareciera nacer predestinada. Con una vocación tan poderosa que ni prejuicios ni prohibiciones ni obstáculos pueden impedir que hagan su camino, incluso a pecho descubierto, sin adarga. Esta es solo una historia fragmentada e incompleta; recortes vitales de las primeras 46 vueltas al sol de una existencia plena de aventuras, voluntad, entrega y autosuperación. La de un loco inspirado e inspirador, un inquieto muchacho de pueblo, de voz atenorada y ojos enormes por herencia materna. 

Darsi Fernández Hyperlink con figura humana. Tiene mala memoria solo para lo que le conviene. Sueña con jubilarse a leer. Más publicaciones

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