Fragmento de la portada del álbum La fórmula del mambo.
Fragmento de la portada del álbum La fórmula del mambo.

La fórmula del mambo / Juancho Valencia

9 minutos / Rafael Valdivia is right

12.05.2021 / Reviews

Para llegar a la esencia de un género musical no basta solo con buscar el dominio estricto de los códigos musicales, hay que transportarse inevitablemente a ciertas épocas. Parece una verdad de Perogrullo si no fuera por lo recurrente del error, porque, desafortunadamente —al menos en Cuba— en las últimas décadas se ha vaciado de contenido una parte de los géneros tradicionales, más allá de los olvidos y las modas. Quizás sea por eso que el chachachá en ocasiones ya no sabe a chachachá, o que algunos septetos, a pesar de lo tradicional del formato, no puedan captar un devenir del son que lo despoje de tanta estandarización, por citar solo dos ejemplos.

Sin embargo, cuando uno escucha un disco como La fórmula del mambo (West One Music Group – Merlín Producciones, 2020) se puede llegar a pensar que los ciclos de ciertas músicas nunca se cierran definitivamente. Todo parece estar dicho un día y, al otro,  algún joven se encarga de hacer una reinterpretación, que es más eficaz en la medida en que mayor compromiso demuestra con los orígenes. Es la ley de la vida, aunque entre tanto y tanto algunos pierdan la fe.

Tal es el caso del colombiano Juancho Valencia, de quien se va conociendo cada vez más en Cuba (quizás no lo suficiente, a pesar de todo su trabajo realizado con la música cubana y por sus dos Premios Grammy Latino). Su vocación timbera con Banda La República, las producciones con Maite Hontelé, las colaboraciones con Alain Pérez, son solo parte de sus nexos más visibles con la música y los músicos cubanos en los últimos años. No obstante, el fonograma que aquí reseño lo coloca en una proyección mucho más ambiciosa en su mirada hacia la Isla, obteniendo un resultado admirable, además de los múltiples significados que arroja para el estado actual de esta música que decide defender.

Para tal propósito en La Habana era sabido que La fórmula… (perteneciente al proyecto que se conoce como La ciencia de Juancho Valencia, al igual que otro fonograma titulado Enclave de bolero, ambos grabados en los estudios de la Egrem) recurriría al formato de big band y a una selección depurada de músicos.[1] Desde los primeros compases de Mambo caliente —el primer tema del disco—, se advierte una arrancada con gran pegada, un cuadro de músicos bien apretado, que es lo que siempre se espera de un buen mambo.

Muy llamativo resulta el ambiente sonoro logrado, y me refiero no solo a los arreglos y a la ejecución de los instrumentistas sino a ese maridaje a veces tan complicado entre el orquestador y la ingeniería de sonido. Con una mezcla de excelente limpieza, una prueba de lo anterior lo constituyen las sutilezas logradas en los efectos de eco y reverberación, que buscan recrear la espacialidad y espontaneidad de  que gozaban las grabaciones en la década de los 50 del pasado siglo, si bien algunos toques a contratiempo  en la campana resultan brillantes.

Remontarse al ambiente musical de esos años a través de la fórmula escogida por Juancho, difícilmente dejaría de apelar al chachachá dado el indiscutible vínculo espacio-temporal entre los dos géneros y, sobre todo, por compartir un tronco  cercano y, en consecuencia, entramados rítmicos similares. Es por eso que no solo está presente en temas como Un cafecito —en su versión al español felizmente  interpretado, como ya es costumbre, por David Álvarez—, sino en fragmentos de ¡Qué suerte la mía! and Cinema popular. La cadencia pastosa y machacona del chachachá, que es definitivamente el contrapeso a la simplicidad rítmica del género, quizás esté mejor lograda en este último track.

Chachachá y mambo han sido los bailes cubanos de mayor proyección internacional, así como de un  gran  atractivo visual. Ello también explica la lógica unión en el fonograma, ya que el origen del mismo parte de un pedido con alta vocación cinematográfica por parte de la disquera inglesa West One Music y su línea de música latina SOMOS a Merlín Producciones, la casa productora dirigida por el propio Juancho. Los primeros compases de ¡Qué suerte la mía! bastarían para ubicar en tiempo y espacio al más desinformado de los oyentes en ese ambiente neoyorquino y gangsteril de los 50, tan atractivo y explotado comercialmente por la industria del cine.

Esta fórmula de Juancho, no obstante a su calidad de disco por encargo, y con las inevitables limitaciones que conlleva la dinámica de lo que en Cuba se conoce como el “ven tú”,[2] logra unos guiños muy interesantes. Cinema popular reúne en una sola pieza mambo, chachachá y un fragmento de danzón que se alternan para dar paso a un montuno evocador de los danzones de nuevo ritmo, al estilo de la Orquesta de Arcaño y sus Maravillas con los hermanos López, una de las fuentes principales del mambo. Dejar en uno de sus ocho temas una alusión a este momento tan importante para la música cubana, no solo es un gesto que se agradece sino un elemento que ayuda a balancear en el álbum los múltiples acercamientos a una época fértil, intensa y muy diversa en cuanto a las formas de entender los ritmos cubanos, sea desde Ciudad de México, La Habana o Nueva York.

Otro de estos guiños es Mambo señorita. Gracias a él puede decirse que la placa  se libera de cierta formalidad o convencionalismo en los arreglos. En su sencilla apariencia, a mi juicio resulta el tema más fresco y juguetón de todos. Con el bajo en su función rítmica, logrando unas acentuaciones casi de carácter percutivo y aludiendo directamente a Pérez Prado, la reminiscencia a Patricia es inevitable, así como a versiones más comerciales del Rey del Mambo en tiempo de twist (Guaglione or En un pueblito español) o a los tiempos del dengue. Puede que resulte irónica esta conexión al Pérez Prado más light, el que se adaptaba a  otra época  y dejaba atrás el furor de su mambo; sin embargo, Juancho logra una suerte de timonazo en Mambo señorita, y como buen paisa le desliza al tema una vida propia por la vía del ritmo, si se quiere hasta con un sutil aire de cumbia, allí donde otros lo hubieran dejado en una síncopa monótona. Ha sido esta una manera inteligente de homenajear a Dámaso, quien  dedicó toda su vida a desensamblar cuanta célula rítmica pasara por sus oídos.

Según declaraciones del propio Juancho, a pesar del título, su disco no es un intento de museología ni tampoco de “hacerlo como se hizo”. Aun con Mambo señorita, La fórmula… termina apostando por la sonoridad neoyorquina (Tito Rodríguez, Machito, Tito Puente) que tuvo alrededor del Palladium su punto más alto. Es comprensible si se tiene en cuenta que la criatura, a pesar de haber nacido en la Isla, creció y se desarrolló fuera de ella; comprensible además si recordamos que Pérez Prado fue su rey, en cierta medida, por lo difícil,  inclasificable y global —aun siendo matancero— de su música. Quizás pueda adoptarse aquí, tal y como refiere Gustavo Pérez Firmat en su imprescindible ensayo Qué rico el Mambo,  esa visión nómada, no solo híbrida de la música cubana que viene a enriquecer los reiterados enfoques que hacen hincapié en sus raíces. Pues, Leonardo Acosta dixit, «el mambo surgió en Cuba en esta época porque estaba en el ambiente y era inevitable, pero hoy podemos decir que voló muy alto ya que no hubo forma de plantarlo». [3]

Juancho se regodea con su fórmula y tiene motivos de sobra para hacerlo. Es su mambo y le ha quedado muy bien. Es de suponer que en Cuba crezca la expectativa por sus futuras producciones, y que alguna inquietud quede por ahí tras la huella de este disco. ¿Y qué decir después de este? ¿Cómo está — o estará— el mambo?

 

[1] La nómina de músicos es la siguiente: Juancho Valencia (Dirección y arreglos), David Álvarez, William Borrego (cantantes); Bárbara Zamora, Dayron Ortega ( coros); Thommy Lowry, Julio Padrón (trompeta); Eduardo Sandoval  (trombón); Yuniet Lombida  (saxofón barítono); Yamil Scherry (saxofón tenor); Alfred Thompson, Harlinson Lozano  (saxofón alto);  Josué Borges (flauta); Emir Santa Cruz  (clarinete); Guillermo del Toro, Eduardo Ramos, Eduardo Silveira  (percusión); Roberto Vázquez (bajo y contrabajo), Taymi Nodarse (tres); Emilio Morales, Rolando Luna  (piano).

[2] Expresión usada en el argot de los músicos para referirse a proyectos puntuales a los que son llamados que no necesariamente obedecen a ningún tipo de conexión previa con agrupaciones o con proyectos anteriores.

[3] No obstante, el mambo que se cultivó en La Habana en estos años, que también tuvo su hábitat natural en los salones y cabarets, desarrolló unas peculiaridades y distinciones propias, como lo atestiguan varias piezas de la Orquesta Riverside, la Orquesta de los Hermanos Castro, Bebo Valdés y su Orquesta, el Conjunto Casino, entre otras. Para un acceso muy básico a estos temas, se recomienda la compilación realizada por Elsida González en el CD que acompaña al documental Mambo (Egrem-Mundo Latino, 2007).

 

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