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Literatura feat. música Ilustración: Alejandro Cuervo

El coche musical

En recuerdo de Raimundo Valenzuela 

y sus orquestas de carnaval

 

No es el coche con el fuego cubierto, aquí el sonido.

Valenzuela ha regado doce orquestas en el Parque

Central. Empacho de faroles frigios, quioscos cariciosos

de azul franela, mudables lágrimas compostelanas.

 

Saltan de la siesta y alistan la cintura,

para volar con las impulsiones habaneras de la flauta.

La flauta es el cordel que sigue la cintura en el sueño.

La cintura es la flauta destapada por las avispas.

 

Como un general entierna el vozarrón y regala cigarros

en las garitas, Valenzuela recorría las marcas zodiacales.

Cada astro enseñaba su orquesta en una mesa

de casino, Valenzuela las poblaba de azúcar.

 

Azúcar con sangre minuciosa, toronja con canela combada,

azúcar lapislázuli, su levita no necesitaba de tafetán,

no avisaba saltando desde su coche, haraganeaba en comandos de música.

 

Se detenía con los gaiteros, con los planchadores de ceniza.

Al desgaire rendía la clave secreta, las ofertas.

Le enseñaban la muestra de un pantalón centifolio,

con la tela en el oído, reconocía la mano inconclusa.

 

Carita de rana, el Gobernador, Segismundo el vaquero,

entraban al bailete con las nalgas de cabra,

con retorcidos llaveros mascados por los perros.

Una candela, un balazo y el tapabocas, daban luna en las redes.

 

Por los alrededores del Parque Central, las doce orquestas

de Valenzuela. Cuatro debajo de cuatro árboles.

Otras cuatro en el salón de lágrimas compostelanas.

Tres en esquinas resopladas. Una, en el uno de San Rafael.

 

Ya decía el sofoco, la brasa que alumbra los juncales,

el mamoncillo en la piel de un río mal entrado,

el costillar juvenil con las bandas fúnebres del tafetán.

Despertaba, saltaba a otra orquesta, como en un trapecio.

 

Entre su amanecer y el sueño, la orquesta como un majá.

Lo que él dice está escrito en una columna que suena.

La columna que cada hombre lleva para pescar al río.

Ay, la médula con un relámpago aljofarado, también aljamiado.

 

Cuando se apaga una orquesta, ya llega el costillar de refuerzo.

Él da la clave para la otra pirámide de sonidos.

En lo alto de un guineo, un faisán. Una estrella

en la esquina de un pañuelo regalado por la querida de White.

 

El dragón, el bombín gritan las baldosas ahogadas,

que como un mortero restriega la crea pinareña.

El cornetín pone a galopar las abejitas piruleras,

se derriten cuando el oboe las toca con su punta de pella.

 

El fiestero, quinceabrileño de terror, descorrió las sábanas,

lo suda la trinchante corchea, loba de espuma.

Como cuando en el terraplén de la playa seguía una gaviota.

Salía del sueño y el pitazo de hulla lo balanceaba sobre el mar.

 

El trompo que lo azucara, es el que lo remoja,

todavía está incongruente para llevar su columna al río.

Mira el anca y se confunde con el anca del caballo.

El anca de las ranas lo interroga como al rey vegetal.

 

Lo cogen de la mano para llevarlo a la tromba orquestal,

pero llora. La tromba es un témpano donde el niño tira del rabo

de la salamandra plutónica, después le tapa

los ojos con piedras de río, con piedra agujereada.

 

Mira, mira, y lo barrena un traspiés;

toca, toca y un antruejo lo embucha de agua.

Gruñe como un pescozón recibido en la sangría del espejo,

cuando va a pegar, una carcajada lo maniata con su tirabuzón.

 

Como una candela que se lleva en un coche,

Valenzuela restablece los números mojados.

Un antifaz alado ahora lo transporta a las lágrimas compostelanas,

y con el ritmo, que le imponen oscuro, le quita piedras a la sangre.

 

Va descubriendo los ojos que se adormecen para él

la piel que suda para romper lo áspero del lagarto

que mira desde las piedras un siglo caído del planeta.

El lagarto que separa las piedras pisadas por un caballo con tétano.

 

El coche con la candela avivó el almohadón marmóreo,

después la mano que lo llevó del remolino a la nube.

Salió del sueño al remolino, del remolino al río,

donde la nutria del rey lavó los pañales egipcios.

 

Los números mojados no es alusión al impar pitagórico,

sino que corrieron a un portal al llegar la mojadita.

Cuando pisoteó el antifaz, era el final del río.

Sangraba desnuda en un caballo de circo.

 

Le prestó el caballo un cayado de maíz y erizo,

el caballo lo empujaba con sus patas, como una bandurria

rota es el comienzo del domingo del payaso,

verde y negro, cerámica china, historiada por el equilibrista.

 

Aquí el hombre antes de morir no tenía que ejercitarse en la música,

ni las sombras aconsejar el ritmo al bajar al infierno.

El germen traía ya las medidas de la brisa,

y las sombras huían, el número era relatado por la luz.

 

La madrugada abrillantaba el tafetán de la levita de Valenzuela.

La pareja estaba ahora dentro del coche que regalaba los avisos pitagóricos,

la candela también dentro del coche nadaba las ondulaciones del sueño,

regidas por el tricornio cortés de la flauta habanera.

 

La pareja reinaba en lo sobrenatural naturalizante,

habían surgido del sueño y permanecían en la Orplid del reconocimiento.

Colillas, hojas muertas, salivazos, plumones, son el caudal.

Si en el caudal ponían un dedo inflado el vientre de la mojadita.

 

Después de cuatro estaciones, ya no iban a la prueba del remolino.

El salón de baile formaba parte de lo sobrenatural que se deriva.

Bailar es encontrar la unidad que forman los vivientes y los muertos.

El que más danza, juega al ajedrez con el rubio Radamanto.

 

En la espalda del oso estelar la constelación de gaiteros,

pero la flauta habanera abreviaba los lazos de tafetán.

Es el mismo coche, dentro un mulato noble.

Saluda largamente, en el incendio, a la cornisa que se deshiela.

 

* Este poema forma parte de Dador. Edición privada. Impresores Úcar, García, S.A, La Habana, 1960.

José Lezama Lima Más publicaciones

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