Magazine AM:PM
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Galería Jennifer Ancizar Diseño: Jennifer Ancizar

Dibujar la Música: Jennifer Ancizar

Empecé a hablar antes de tiempo, según mi madre, y creo que, a modo de experimentación con los sonidos que descubría, comencé a cantar. Cielito lindo, Como una flor y un tema de mi propia autoría, Papai, eran parte del repertorio de la Jennifer de hace 28 años. 

La música, que es además el motivo de este texto, siempre fue centro de mi vida y yo lo sabía, lo intuía cuando aún estaba aprendiendo a escribir mi nombre y ya sabía de memoria las canciones, caras A y B. Un día, de pronto y con ese filtro que no tienen o sí, los niños para decir lo que piensan, me acerco a mis padres y les digo: «quiero que me compren un piano, yo quiero ser famosa tocando el piano». Manuel Ancizar, que era la mar de jodedor, no solo se echó a reír, sino que muy serio me dijo: «Sí, sí, tú vas a ser famosa. Vas a ser la mujer que carga el piano» (escribiendo esto no paro de reír por las ocurrencias de mi padre). ¿Por qué un piano? No sé, pero yo quería la música conmigo y creía que la única forma de tenerla era con la voz y los instrumentos. 

Lo he sufrido mucho; el que me conozca bien sabe lo que me gusta cantar; lo disfruto, lo necesito, me cambia el humor en cuestión de segundos. Para no hacer el cuento largo y llegar al año 2023 sin aburrir: durante la niñez y la adolescencia siempre intenté tener la música cerca. La bailé —danza contemporánea, baile popular cubano, baile español—, y la canté mucho y alto cuando entré al coro de la Schoola Cantorum Coralina y en cada acto de La Lenin que lo permitiera. No me perdía una Colmenita o un De La Gran Escena y me emocionaba tanto con Broadway… Pero siempre sentí que cargaba con un piano que nunca iba a poder tocar, y el peso era un sentimiento de frustración. 

Llegó el 2017 y la vida, la suerte y las redes sociales me permitieron conocer a una de las personas más influyentes en mi vida, quien no solo me impulsó a este mundo de la ilustración, sino que venía con la música en la sangre. Desde entonces, no me han faltado razones para acompañar una guitarra. 

Tenía que contar esta historia para llegar acá, al collage, a las portadas, los discos, las revistas. Con Mayo Bous vino no solo la música en su forma natural, sino que llegó en colores y proyectos. En 2018 nació Magazine AM:PM y yo, fanática al romanticismo de quien vivió el nacimiento de una época, veo esa espiritualidad de haber estado ahí de espectadora como algo casi sagrado. Puedo decir que estar tan cerca del contenido del Magazine y los momentos de creación de sus artistas, me llevó a interesarme más por otras formas de comunicar. Todo pasó muy rápido: un día publicas en las redes un collage para un reto, al día siguiente tienes una propuesta de crear el arte de portada para un tema, a los dos meses estás cambiando tu formato de trabajo completamente a los requisitos de las plataformas de música; al año colaboras con la revista que te inspiró y a los dos años tienes un 90 por ciento de tu trabajo tan ligado a la música que no puedes creer que por fin sea parte de tu vida —profesionalmente hablando—. Han sido tantos momentos emocionantes:  trabajar junto a artistas que admiras y otres que van creciendo contigo, lograr una melodía visual que acompañe la letra, las composiciones, y que termine siendo una sola historia, es tan hermoso que solo viviendo ese pedacito sabes cuánto significa. 

Aún muero por cantar, pierdo el aire tratando de seguir a alguien cuando veo un concurso de talentos, y todavía la música es y será siempre la medicina para mi mal humor; pero siento que ya ese piano no pesa, solo me da sombra y suena bonito cuando lo levanto. Encontrarme en el punto de partida, un escalón por encima para mirar con más claridad, me hace agradecer a mi padre y sus chistes; mi padre, el que sabía que yo no iba a ser cantante, pero me silbaba a Pablo Milanés como para que nunca dejara de amar la música.

 

 

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