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Comentario Ilustración: Jennifer Ancizar

Que no duela tu pelo en despedida, Santi.

Estoy tirada en mi cama, frente a mi ventana, escuchando a Santiago Feliú.

Desde mi ventana no se ve el mar, solo una casa azul y algunos árboles, y un bache que siempre tiene agua. No me tocó una buena época para vivir, no sé hacerla mejor y claro que agradezco todo lo que tengo, son los años los que no me gustan. 

A lo mejor en otros momentos sí podría ver el mar, tomar refresco de cola, o encontrar libros en las librerías públicas. 

A lo mejor en otra época no me costaría tanto hablar de Santiago Feliú. Me cuesta; y  sin embargo nace de mí una necesidad de hablar de él. No me interesa venir a contar quién es, porque todos lo saben. Yo conozco lo que he adquirido por un par de historias y de videos. No lo conocí, no puedo hablar de lo desconocido, pero sí de este dolor que es no haberlo visto nunca. 

Hace diez años murió Santiago Feliú. Las circunstancias de su muerte son para mí como las de su guitarra al revés: ajenas. Yo tenía doce años y sabía de su existencia, porque llegué a él de algún modo. Mi mamá me dijo entonces: no te pongas triste, murió el trovador que te gusta, Santiago Feliú. Con doce años no entendía sus letras, pero escucharlo era lindo. Y me puse triste, como si anticipara que siempre, después de ese día, sería un dolor constante en mí. Un dolor innecesario. Una exageración. Pero un dolor muy mío. 

Así como ahora, he intentado cinco textos. En uno digo que para mí es como la Canción Fácil de Marta Valdés (“llegó sin saludar / aprovechó la canción / dejó todos los recuerdos sin acabar, todos los misterios sin explicar, todas las preguntas sin contestar / se fue sin avisar / como quien tiene que pasar”). En otro, cuento que iba dormida en un viaje, y me despertó él cantando con Liuba El día que me quieras. En el último intento explicar —con los argumentos de un amigo— por qué era tan musicalmente maravilloso.

Intento escribir, despersonalizar el texto, no hacer absurda la historia de esta melancolía. Pero no me sale. Siempre termino preguntándome (preguntándole) por qué no habré podido verlo; si él habrá sido una persona feliz; si él se fue, y se fueron otros, ¿qué nos queda? ¿De qué me alimento yo y los que, como yo, no pueden beber de esa belleza? ¿A dónde voy? ¿Dónde lo encuentro? A veces, pienso que él no merecía la muerte, pero la vida no lo merecía. Y otra vez me condeno por asumir cosas de las que no puedo tener certeza. 

De qué podría hablarle yo a Santiago Feliú. ¿De la falta de amor? ¿De no ver el mar? ¿De la espera? ¿Del vacío? ¿De la tristeza? ¿Del silencio? ¿De que murieron las canciones y las guitarras?

Y vuelvo y lo escucho, y por cada respuesta que me da, tengo otra pregunta. ¿Quién era Santiago Feliú? ¿Qué soñaba por las noches? ¿Por qué Cuba, y por qué ese tiempo? ¿Quién soy yo en medio de todo esto que no se me parece?

Escribir de él es un riesgo. Riesgo de no acercarme, de pifiar, de llenar un texto con sus letras, de acabar llorando, por mí y por él, y por los sueños y por Cuba y por todo lo que se llora —los que lloramos en estos tiempos, los que nos damos el lujo de llorar todavía. 

Hay muchas tormentas. Y uno se encierra, para protegerse. Pero en el encierro hay vacío. Porque no tenemos nada nuestro, no nos tocó ni un ápice de esa belleza. Nosotros no sabemos hacer la belleza como ellos, los de antes, los de pelo largo y rock a escondidas. Me toca, entonces, vivir en un tiempo ajeno. Extrañar cosas que no conocí. Alejarme de mi tiempo. ¿Y qué viene después?

Odio la idea de hacer un texto alegórico a su muerte. Odio la idea de su muerte. Y mientras escribo esto, sé, con certeza, que hay mucha gente pensándolo. En este segundo exacto hay alguien pensándolo. Entonces, por un momento, me doy cuenta de que la muerte no es el fin de las cosas, que él era mucho más que la muerte, que la vida, que las cosas y que la gente. Era casi todo lo que estaba en sus canciones, y un montón de sensaciones que no se pueden explicar y que provocan que yo esté aquí, diez años después, intentando verbalizar por qué me aferro a Santiago, que murió cuando yo tenía doce años, por qué vuelvo a él en medio de las crisis y la oscuridad, y también de la felicidad. Y me gustaría creer más, creer que flota por ahí, que se reencarna, que me puede responder. No sé. Me gustaría creer que sabe que existo. Pero no es fácil creer en lo desconocido. Es como creer en el mañana. Es como tener fe.

foto de avatar Anyi Romera Niña/Cajita de Música que juega a ser una mariadelcarmen. Sorteadora de insomnios y escribiente a medio tiempo. No soy yo, son los demás. Más publicaciones

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  1. aida castillo canani dice:

    Anyi, ya lo había leído, vivo en Lima, y a veces siento que opino demasiado sobre la trova cubana y sobre Santiago Feliú, yo soy ya mayor. Tu artículo o tu sentir sobre Santiago es hermoso, que sensibilidad entras a su espíritu, desde todas tus preguntas, el decía ser un rojo freelance, sus canciones sobre sus desamores y sobre lo social, son profundas. El era amante del poeta peruano César Vallejo, como lo es Silvio Rodríguez y toda la trova iberoamericana, creo sobre todo de Poemas Humanos. Eres una excelente escritora…cariños

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