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Crónica Foto: Bifocal glasses

Y todas soy

La Habana sabía que ella no tenía nada que ofrecer. Sabía que era una entre tantas otras extranjeras que encontraba en sus historias un no sé qué que postergaba su pasaje de regreso. La mujer española convirtió en verso el ritmo de la ciudad y el compás de su gente. La Habana sabía que ella no tenía nada que ofrecer, pero Zo Brinviyer le dio a la capital motivos para creer.

En la íntima Nave 1 de la Fábrica de Arte Cubano ese día hubo magia. Al menos así lo sentí desde la primera fila del auditorio: Un recital de poesía y jazz, Cuba y España destapando la misma herida. Lachy Torriente figuraba delante con su trompeta; Tobías Alfonso al piano y Fabio Abreu en la batería, Oscar Martínez desde la percusión y Joel Alejandro del Río en el bajo. Entre las miradas satisfactorias de los músicos, después de contemplar el resultado de tantos ensayos, emergió la voz de Zo. Nunca antes había tomado la dificultad como triunfo, la incomodidad del triciclo que me adelantó hasta la Fábrica valió la pena.

La presentación comenzó con un toque de baquetas que rompió el silencio trémulo de la expectativa. La calidad de la banda y el ingenio de los músicos me elevó. La dramaturga española se encargó de sostener el tiempo mediante la desnudez de sus palabras. Con el jazz marcando las pautas y haciendo del verso brisa, algunos de los presentes sanaron; otros, identificaron su herida.

“Yo soy una rara dentro del mundo de la palabra porque me he nutrido de otras artes, he explorado otros terrenos”, dijo la escritora. “Este proyecto nace del anhelo de echar a volar las palabras, hacerlas bailar, sudar, estallar. Para ello necesitaba de los músicos. Lachy ha creído en este sueño mío desde el principio, casi antes que yo misma”.

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Eran precisamente las miradas cómplices de ellos las que hilvanaban el recital. Después de un solo de trompeta y los respiros necesarios entre estrofas, Lachy asintió con la cabeza al comprobar que la presentación fluía de acuerdo con lo que una vez diseñó. Los espectadores escuchaban desde la punta de sus asientos. Ya no quedaban sillas disponibles porque hasta los que pasaron de curiosos decidieron permanecer en la nave. A Zo le dejó de temblar la voz. Los músicos se miraron entre ellos para programar el cierre emotivo del primer poema. Bajaron las luces.

“En el mundo anglosajón hay una larga tradición de jazz poetry. Desde los inicios del jazz los poetas han dialogado con los músicos. Nunca dejaron de hacerlo. Sin embargo, hay muy pocos referentes en español. Así que nos sentimos un poco exploradores. Comenzamos a probar con los materiales que nos hiciesen temblar, que nos atravesaran. El propósito es interactuar desde estos géneros diferentes y hermanos, dialogar con ellos, escucharnos”, me confiesa la artista.

La mujer se presentó ante todos convencida del dolor que la había llevado hasta ahí, como quien tuvo que ignorarse mil veces hasta comprender que el amor le debe colocar nuevos nombres a las emociones; es parte de la vida. La misma vida que la ancló irremediablemente al suelo cubano, la que colocó como titulación del compendio de vivencias de su segundo poema. Para ella lo revolucionario es decir lo que siente. “Cuántas veces he muerto y no me canso de volver, como si no fuese a doler”.

La sala Santiago Feliú fue testigo de la confianza de los músicos sobre la especial sinergia que creaban con los versos de la autora. Las sonrisas cómplices entre Tobías y Fabio anunciaban los momentos en los que el clímax sería incomparable o las notas iban a descender buscando el final. Ellos sabían que estaban haciendo historia.

Brinviyer dedicó parte del llanto a su hija. Eran sus versos un regalo; el modo de decirle frente a la gente que como mujer no le iba a escasear la tempestad, pero que solo ella podía decidir sobre qué ola iba a habitar. Le explicó acerca del sufrimiento que valía la pena asumir si quería ser libre. Como hija, vi las aspiraciones de mi madre resumidas en el suspiro de Zo, en su mirada a veces perdida. Hubo madres del público que se tocaron el corazón junto con ella. Logró conectar con la maternidad de muchas otras.

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Entre la gradualidad de las emociones hubo un momento puntual de éxtasis, donde me dediqué a traducir la atención de la gente que vibró como parte de la energía del espectáculo. Me recordó al famoso discurso de Martin Luther King, I have a dream, porque, al igual que este, el poema exigía la libertad y la justicia de los ciudadanos de un país. El sueño de la española llevaba por nombre Un rey sin reino. Un reino donde las verdades fueran enteras y el rey representara su cultura. La seguridad de la intérprete se tornó arrasadora mediante su oratoria. La sonoridad de fondo que la acompañaba era barroca, lo que le dio un matiz tempestuoso al momento. Estaba muy segura de la pesadilla que no quería vivir cuando escribió el sexto poema de la noche.

Ella sueña con que no existan los pasaportes, las circunstancias, ni los nudos en el pecho, ni el poder de decisión que tienen otros frente a lo que creemos. Entonces Regis Molina irrumpe en escena con un solo melancólico de saxofón. El multiinstrumentista habanero y berlinés desplegó sus notables habilidades para la improvisación.

La presentación transitó por diferentes géneros. El rap llegó a cargo de Etián Brebaje Man. El talento de Regis provocó el tarareo del icónico tema Bésame mucho por parte de los presentes. Lejos de ser la última, se sintió como la única vez que se iba a lograr tanto respeto y humildad encima de un escenario. La rumba selló la noche.

“Cuba es un país que ha marcado mi vida”, me contó la española. “Todos los poemas de este concierto se han gestado con las experiencias vividas aquí y como mujer en este mundo de hombres. Cuba me destroza, pero también me abraza de una forma generosa, inesperada, sublime. Mi poesía no podía sostenerse sobre otra música que no fuese esta. Hay pocas certezas, pero cuando las hay son así de fuertes”, agregó.

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Zo afirmó que los poemas fueron escritos para ser dichos en voz alta, en el teatro y en la calle, no para ser leídos en casa. “Quiero compartir mi intimidad con ustedes porque al hacerlo nos damos cuenta de las vivencias comunes que todos tenemos. Y esa intimidad entonces es política. Ser vulnerable, decir lo que nos pasa y lo que sentimos es un gesto necesario, y para hacerlo de la forma más bella posible, debe ser con música. La música nos devuelve a la luz que somos y nos conecta con lo universal”, concluyó.

Fui testigo de una pluralidad de emociones desplegadas con valentía en este recital. Me vi de niña, no tan adulta y anciana. Me retraté con el rostro de ella. Me escuché a través de la música. Lachy y Zo lideraron la magia de un trabajo conmovedor. Soy también la que espera, la que se adapta y la que se harta. Además, soy la periodista, la hija y la novia. Y como Zo, y junto a ella, irremediablemente, todas soy.

Yeni Sánchez Cabrera Más publicaciones

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