Fragmento de la portada del álbum Vallejo canta.
Fragmento de la portada del álbum Vallejo canta.

Orlando Vallejo: el bolero no cantado

7 minutes / Julio Cid

01.03.2021 / Articles

Callado —más que callado, hermético—, solitario, de mal vestir, con la ropa generalmente arrugada, los zapatos sin buen lustre y una dentadura descuidada, así Orlando Vallejo encontró barreras que parecían infranqueables para triunfar como intérprete de boleros.

Él, que debutó en la década del 30 del pasado siglo, tuvo la primera oportunidad de grabar como solista  20 años después, en 1951, cuando se unió a una agrupación de música bailable que se convertiría en una de las más importantes del género hacia la segunda mitad de la centuria en Cuba: el  Conjunto Casino.

Antes, había colaborado con conjuntos diversos en cuyos acetatos se escucha su voz desde los coros. Luego, solo luego, vinieron algunos solos. Y es que para la mayoría de los directores de agrupaciones musicales y productores de discos, Vallejo poseía una voz limitada, de escasa potencia, totalmente inadecuada para el bolero. Pero de repente Roberto Espí —director  del naciente Conjunto— lo probó en salones de bailes y la respuesta del público fue cálida y entusiasta; lo que lo condujo a proponerle a Panart, disquera de la agrupación, que la voz de Vallejo hiciera los solos de dos número: Cielo y sol, and Dudas de mí, ambos muy aplaudidos en los bailables.

Pero el empresario de Panart no aceptó la voz de Vallejo. Afirmó que el cantante había ido de conjunto en conjunto y nunca pasó nada con él. Ante la negativa, Espí lo precisó: si Vallejo no grababa esos números, rompería su contrato con la disquera.  Y así fue cómo, finalmente, los temas  se grabaron en la voz de Orlando, convirtiéndose en dos rotundos números triunfadores. A partir de ese momento, el cantante fue visita frecuente a espacios radiales y televisivos, sus discos lograron altos niveles de ventas y pasó a engrosar las huestes de los bien cotizados intérpretes vitroleros.

En poco más de un año de aquel episodio,  entre 1951 y finales de 1952, grabó unas 30 caras, tanto de discos de 78 como de 45 rpm. Inmediatamente después,  llegó el momento de empoderarse en la tradición bolerística cubana. El primer espaldarazo vino con Yo estoy triste, grabado el 28 de mayo de 1952, y Perdido amor, de César Portillo de la Luz, cuyo acetato apareció en septiembre de ese mismo año. De inmediato ambas grabaciones ocuparon lugares destacados de las listas de éxitos en la radio.

Por este camino, la personalidad del hasta entonces desconocido cultor del bolero adquirió contornos muy bien definidos, ofreciéndole la oportunidad de abandonar conjuntos y agrupaciones musicales, y emprender así una carrera en solitario.

Pero volvamos al antes, porque Vallejo —que había nacido en Arroyo Naranjo, barrio periférico de la capital cubana— tuvo una carrera maratónica cuando, siendo muy joven, se radicó en Santiago de las Vegas. Allí cantó tangos con la orquesta Ritmo Alegre —resulta un tanto contradictorio que una agrupación que se define, desde su nombre, con esta cualidad interprete un género tan llorón como el tango. Después se le escuchó en el Sexteto Progreso,  la orquesta de Paulín Quintana, Melody Boys, Havana Casino, Kubavana, el cuarteto de Remberto Becker y el de Ernesto Grenet. Su trayectoria es, efectivamente, una acuarela en la que se dan cita la música tradicional cubana y otras modalidades muy internacionales, primando las norteamericanas. Ese camino, en los inicios, lo alejó de la fama, pero le aportó un oficio realmente envidiable.

Sobre esos tiempos, el guitarrista, compositor y cronista musical Senén Suárez aporta un interesante testimonio: “Vallejo cantaba con mucha ternura, pronunciaba bien y con excelente afinación, muy sentimental con su voz armónica. Tenía un ritmo cadencioso y suave, con un tono de voz que en ocasiones recordaba a Pablito Quevedo. Además de bolerista, interpretaba versiones de canciones estándar americanas y sus guarachitas con Ernesto Grenet”. [1]

En otro momento, Senén recuerda: “Vallejo resultaba un buen compañero, muy comunicativo, disciplinado, pero había datos de su vida muy misteriosos que nunca mencionaba, no le gustaba hablar de ello. No era enamorado, parecía un tuberculoso, vivía con una señora de mucha edad, de la cual nunca se separó… Nunca le preocupó su porte y eso le ocasionó muchos inconvenientes. Sin embargo, debo decir que Orlando era muy puntual en su trabajo. Nunca supimos de dónde le brotaba ese don de cantar tan refinado”.

Pero uno de esos puntos culminantes en la carrera del cantante, estuvo ligado a la interpretación que hiciera la canción de su autoría, Un amigo mío. Con un tópico muy agradecido por los amantes del bolero de despecho —el típico  triángulo amoroso formado por una mujer, su esposo y su amante, amigo, a su vez,  de este último—, el sencillo alcanzó las más altas cimas de popularidad en su momento. Inesperadamente otro Orlando —Contreras—, excelente bolerista también, salió al ruedo con una respuesta: Amigo de qué.

Una vieja tradición en el cancionero cubano renacía y las victrolas pasaban una y otra vez el original y la réplica, que se convirtieron, a su vez, en hits. El affaire del “amigo traidor” acrecentó la fama de este cantante de boleros que necesitó más de 20 años para encontrar su sitio de preferencia en el complejo mundo bolerístico y vitrolero.

El caso de Orlando Vallejo es sumamente interesante. No poseía una voz típica en el devenir de la canción popular cubana y, particularmente, del bolero. Se apartaba, además, de la crispación y la sobreactuación empleados por la mayoría de sus antecesores. Con ello, Vallejo dio paso a boleristas más sosegados como Wilfredo Mendi, Ñico Membiela y, sobre todo, Lino Borges, tres intérpretes que despojaron al bolero de esas expresiones límites del sentimiento que acompañaron a Panchito Riset, Vicentico Valdés, José Tejedor e, incluso, Orlando Contreras. Y si Lino Borges fue el más lírico de ellos, tanto Mendi, como Membiela o el propio Vallejo andaban un poco más cerca del crooner, la mayoría de las veces narrando con su interpretación las historias que hilvanaban las letras de sus boleros y no viviéndolas intensamente.

En los 60, Vallejo viajó primero a México y luego a Estados Unidos, donde fijó residencia al sur de la Florida. Se convirtió entonces en un sorbo de nostalgia para quienes abandonaron la Isla con el triunfo revolucionario. Allí pasó sus últimos días, muy afectado por la adicción al alcohol que le había llegado con la fama en La Habana.

El bolerista murió en Miami, el  20 enero de 1981, a los 61 años de edad; y seguramente en su refugio de soledades y remembranzas quedó olvidado algún bolero que nunca interpretó. Vaya usted a saber por qué razones.

El cantor desaliñado, celador de su privacidad, no se marchó de este mundo a buscar al amigo que mancilló a la que él un día llevó hasta el altar, sino siguiendo la huella del bolero que nunca cantó y que, al mismo tiempo, nunca olvidó. Y cuyo título nunca revelaría porque él —rey de la mesura melancólica— fue celoso, más que de su intimidad,  de sus misterios, esos que la mayoría de los humanos no sacamos a la luz para que no pierdan la fuerza del enigma.

[1] Los testimonios de Senén Suárez fueron tomados de Lam, Rafael: Los maestros del placer. Orlando Vallejo, disponible en <http://www.cadenahabana.icrt.cu/exclusiva/los-maestros-placer-orlando-vallejo-20190703/>.

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Julio Cid

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    Alejandro Mena

    29.03.2021

    Me parece increíble el trabajó que están haciendo. Sería un placer colaborar con ustedes!!!


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