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Literature feat. Music Ilustración: Pepe Menéndez. Ilustración: Pepe Menéndez.

Un ángel amarillo

Estábamos en el umbral de mi apartamento. Habíamos discutido. Moonlight me tomó las manos, las apretó, y despacio sentí cómo sus dedos iban cediendo.

Quería mirarle a los ojos, sin embargo me evitaba. Suavemente la obligué a alzar la barbilla. No hizo resistencia.

—Lamento lo que pasó —dijo.

Antes de despedirse acercó su mano a mi rostro, luego quiso besarme, pero apenas fue un beso aquel roce en mi mejilla.

La vi bajar las escaleras. No se volvió, tampoco quise llamarla. Yo había estado todo un día dando vueltas en mi casa, esperándola: libros, merienda, un desesperado zapping entre los cuatro canales de la televisión, tazas de café y la mitad de una botella de vino. Moonlight me prometió que estaría en mi apartamento a media mañana y al final de la tarde no tenía noticias suyas. Entonces intenté darle sentido a unos apuntes que quería incluir en el Cuaderno de Altahabana —llevaba un par de días tarareando una vieja balada compuesta por mi amigo Ariel, quería escribir acerca de las raras conexiones que hacía yo de los versos de aquella balada con un cúmulo de recuerdos e ideas digamos inconexas: la escritura de una canción, la muerte, llevar un diario, los días junto a Grethel, la imagen de dos arcoíris en una misma tarde de agosto en Altahabana.

Abrí varios documentos en mi computadora, pero nada de cuanto alcanzaba a redactar tenía sentido. Luego de borrar el séptimo documento fui a la cocina. Me serví la última taza de café, decidí entonces probar con mi colección de música —gracias a Grethel podía llamarle colección a mis discos.

Elegí un CD.

Corazón bumerán —bajo ese rótulo había compilado yo, en archivos mp3., las grabaciones de la banda Habana Abierta.

Encendí el reproductor y fui a la ventana. En ese CD grabé todos los álbumes de Habana Abierta y los discos en solitario de algunos de sus integrantes: Alejandro Gutiérrez, Vanito Caballero, Kelvis Ochoa, Boris Larramendi. Son buenos, se largaron. Como en estampida. Terminaron armando su algarabía en un bar de Madrid. Esos cubanos, nostálgicos y rabiosos, han cartografiado el mapa de mi generación o simplemente mi propio mapa. En él encuentro las rutas que me llevan de un año a otro, de un amigo a otro. Camino y quedo frente a una delgada línea, ese trazo marca la ida de muchos de ellos hacia Europa, Estados Unidos o cualquier otro rincón del mundo. Desde mi sitio tras la línea los veo conversar con un oficial de inmigración, solo llevan una mochila como equipaje y no pueden ocultar el ligero temblor en los dedos al tomar el boleto y el pasaporte.

De atreverme a desandar cualquiera de los tracks de Corazón bumerán también podría llegar hasta una calurosa mañana de finales de junio de 2006 —martes 30, Cementerio de Colón, 10:30 a.m.—. Habrá decenas de tumbas abiertas, será día de exhumación de restos y cada familia tendrá ante sí una caja de madera, podrida, abierta. Estaré viendo cómo rasgan el vestido que cubre los restos de mi abuela, sus medias y los pedazos de piel seca. Depositarán los huesos en una pequeña caja gris, lo harán con cierto cuidado para almacenarla luego en una bóveda colectiva.

Una ruta me lleva a otra, recorriéndolas podría terminar frente a las mujeres que hasta ahora he conocido, todas: las que nunca conquisté y aquellas con las que pasé buenos y malos ratos. Por eso bastaron los primeros acordes del disco de Vanito y Lucha almada para verme frente a Moonlight, porque esos cubanos de Habana Abierta, nostálgicos y rabiosos, han trazado como pocos el mapa de mi generación —o acaso mi mapa personal—. El álbum Vendiéndolo todo era una grabación de los 90´s y yo había conocido a Moonlight a inicios de 2006, sin embargo mi Minina estaba ahí: sus tormentos, los momentos de paz, de sexo duro, sudor, alcohol y música. Con los acordes llegaba a mi memoria su bella cara —cuyos rasgos eran, de cierta manera, gatunos—, el cuerpo, sus maneras. Esos acordes también me obligaban a recordar la llamada telefónica en la que prometió ir a mi apartamento: “Estaremos juntos un par de días, mi bebé, sin salir de tu casa, y ya estoy a punto cerrar la puerta de la mía, colgaré, así que te besaré muy pronto”.

Sonreí al escucharla. Estaríamos dos días juntos. Sin salir. Y podíamos hacerlo porque nada fuera de mi apartamento a cinco pisos sobre Altahabana nos hacía falta. Entonces le pregunté si era cierto que estaría disponible todo un fin de semana:

“¿Tanto tiempo solo para mí? Lamento decirte que me cuesta creerlo”.

Ella rió, sabía de qué le hablaba:

“Estoy dispuesta a hacerlo, nada me hará cambiar de opinión. Y no iré con las manos vacías, mon amour, lo llevaré todo”.

Lucha almada y Vanito señalaban hacia el mapa. Los golpes del drums y los latidos del bajo marcaban la ruta que me llevaría hasta Moonlight. Un camino en verdad difícil. Era imposible saber qué podría encontrar en esa ruta. Recuerdo que le pregunté a qué hora llegaría y dijo: “Temprano, me gustaría despertarte. Me gustaría llegar y abrazarte, tocarte. ¿Has pensado que cuando nos levantamos somos grandes bebés? No atinamos a nada, quedamos muy tontos por el sueño, con la marca de las sábanas y el cuerpo tibio”.

Nunca había pensado en eso: “Un bebé, un enorme bebé cargado de resabios y mal aliento, ¿no te importaría besarme así, Minina?”.  

Y respondió: “Me iré acostumbrando a tus resabios. Me excitará sentir tu aliento y el olor de las sábanas. Me excitará muchísimo ver tu carita hinchada y las legañas, tu cuerpo tibio como una tetera de chocolate”.

Me excité luego de recordar aquella conversación. Estaba parado frente a la ventana y mi pene se volvió un hueso. Duro. Las canciones del disco trazaban un abanico de rutas que me alejaban de Moonlight y luego, tras un recorrido, volvían a acercarme a ella: mi Minina frente a mí, la imaginaba quitándose los zapatos, una leve sonrisa, y la punta de su lengua que humedece los labios, sus manos reptando por todo el cuerpo hasta tomar una varilla de madera, ensartada entre sus rizos caobas, para retirarla suavemente y dejarlos libres.

Una stripper.

Una bella stripper.

Desnudándose.

Desnudándose solo para mí al compás de la música.

Frente a Vanito y su banda y de espaldas a mí se quitó la última prenda. Brevísima. Negra. Aparté sus rizos, la besé en el cuello, la mejilla, la boca. Lucha almada hizo un círculo y en el centro quedamos Moonlight y yo. Abrazados. Y cuando rompió el estribillo la tomé por la cintura. Vanito caminó hacia nosotros, con la guitarra. Cantaba, también yo pero apenas en un susurro. Yo no te controlo —cantaba Vanito, tenía los ojos cerrados y la cabeza hacia abajo—, si te me arrodillo no puedo ser. Yo no te enamoro, Moon, no miento bien —dije yo, desafinando, como solo puede hacerlo una urraca—. Y respiré hondo. Vanito cantaba y yo abracé a la Minina. Moonlight metió sus dedos entre su cintura y mis manos, se soltó de mi agarre. Caminaba alrededor de mí. Me miraba. Y la veía andar. Intenté tocarla pero me evitaba, se mojaba los labios con su lengua y sonreía. Mi Minina parecía ronronear. Y seguía esquivándome. Mueves el cuerpo con tan clara elocuencia —dije, con un suave graznido—. Saltó sobre mí, y al compás de la canción le dije al oído: Toda esta soledad puedo aliviarla, cerrar la puerta y poner seguro, y un animal hambriento hacer de mi orgullo —lamí su oreja—, puedo olvidar que nuestro caso es de urgencia.

Estábamos a nada de distancia.

Su piel contra la mía.

Las piernas de Moonlight rodeando mi cuerpo.

Entre su sexo y mi pene no solo se interponía la tela de mi short, también varios kilómetros de distancia. Ella en su casa, yo en mi apartamento. Y la mezclilla maniataba mi sexo. Quise liberarlo pero no tenía sentido. Sin la Minina no tenía sentido. Estaba solo, recordando a Moonlight gracias al disco de Vanito y Lucha almada. Estaba solo y no tenía sentido masturbarme. 

Vanito tenía razón: era difícil saber qué me convenía luego de besar a aquella mujer que me prometió, en una llamada telefónica, llevarme el desayuno a la cama. Me estaba apuntando a la sien con la imagen de Moonlight y no era sensato halar el gatillo y volarme los sesos. 

Me alejé de la ventana, sin embargo no apagué el reproductor.

Un par de tragos me sentarían bien. Había comprado dos botellas de vino y ya no me interesaba guardarlas, era demasiado tarde y decidí llenar una de las copas. Intentaba no pensar en nada, pero tenía el recuerdo de aquella mujer enquistado dentro de mi cabeza.

Treinta minutos después de la medianoche se escuchó el timbre del teléfono. Varias veces pregunté quién llamaba porque nadie contestaba, hasta que del otro lado de la línea dijeron: “Lo siento, vino mi ex, estaba muy mal de ánimo y me pidió que habláramos. De veras siento no haber ido. ¿Me disculpas?”.  

Yo buscaba la manera de encajar esa pregunta en la ruta hacia Moonlight. El camino hasta ella era en verdad azaroso, en un inicio le dije: “Me resultó difícil creer que estaríamos juntos tanto tiempo”. 

Y el maldito imprevisto apareció antes de que ella llegara a mi apartamento. Me di un trago. Casi la mitad de la copa. Entonces le pregunté si recordaba aquella conversación. Demoró en responder: “Lamento haberte dejado esperando. Te pido que entiendas, no pude decirle a mi ex que se tragara su tristeza… Aunque de veras quise hacerlo”. 

Creí escuchar un sollozo. ¿Qué debía hacer? ¿Qué debía responderle? Tenía vino en la copa, sin embargo volví a servirme. Tragué la mitad del vino. El tipejo no dejaba de darle vueltas a Moonlight. El tipejo estaba decidido a pelear, a su manera, pero a pelear. Cada llamada, las visitas, su terrible carita —una hermosa mezcla de melancolía, aparente ingenuidad y ternura—, la evocación de los mejores días que habían pasado juntos o los regalos que a ratos le hacía en una ladina combinación de té, música hindú y varillas de incienso eran para mí una certera estrategia. La Minina me contaba de las llamadas y visitas, me decía: “Siento mucha pena por él”.

“Ahmel, no pude dejarlo hecho una mierda e irme para tu casa. Tenías que verle la cara a ese maldito. Me daba pena, me dijo que estaba mal y necesitaba conversar. Sé que teníamos un plan, pensé que en una hora o dos lograría animarlo, quitármelo de encima, pero terminé mal y no quise fastidiarte el día”.

Terminé la copa.

“Tu ex se preparó para una larga pelea y nos ganó”.

“¿De qué hablas? ¿Estás delirando?”.

“Créeme, de veras lo siento”.

Ella dijo algo, muy alto. No entendí o no quise entender. 

“Lo siento, discúlpame, necesito colgar. Es demasiado tarde y mañana trabajaré en mi Cuaderno de Altahabana

“¿Te has vuelto loco? Mañana no trabajarás en tu maldito cuaderno. Iré a tu casa y tendrás que escucharme”.

Colgó.

Quedé tal vez un par de minutos escuchando el sonido que marcaba el fin de la llamada telefónica. Tomé la botella pero esta vez no me serví. La pegué contra mi frente, las mejillas, me gusta el vino bien frío y quería sentir la fría humedad de la botella en mi rostro, sin embargo solo conseguí mojarme la cara con un líquido apenas fresco.

Decidí dejar el reproductor encendido e irme al cuarto, se apagaría tan pronto acabara el disco. Vanito se rascó el mentón y se acercó a su banda. Señaló hacia mí, cerró su puño con el pulgar hacia abajo. Claro que me sentía como la mierda. No era difícil notarlo. El tipo que tocaba la batería asintió con un gesto. Los dejé en la sala, llevé la botella al refrigerador y fui a mi habitación. Busqué un libro. Boarding home. Y me acosté. Estaba releyendo a Guillermo Rosales pero decidí no abrirlo, retomar la lectura de aquella novela era jugar a la ruleta rusa pero con solo una bala de menos en el cargador. Tiré el libro sobre la cama y lo tapé con la almohada. La guitarra de Vanito rompió el silencio con una balada. Un tema muy triste. Nada tan parecido a una encerrona. Fui a la sala. Vanito me vio, tras una señal suya se le unió la banda y comenzó a cantar, sin dudas harían un nuevo trazo en el mapa. Mi mapa.

Volví a la cama.

Ellos conmigo.

Pero abrieron un espacio para que cupiera la imagen de Moonlight. Entonces cerré los ojos.

Me dormí antes de que terminara el disco.

 

Fragmento del capítulo siete de la novela Días de entrenamiento, República Checa, FRA, 2012 / Ediciones La Palma, Colección G., 2016. 

Ahmel Echevarría More posts

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