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Crónica Foto cortesía de Fábrica de Arte Cubano

El funk del apocalipsis

Una gran cola hasta alcanzar la muerte, eso es Cuba, dice la escritora Dazra Novak. Esta noche de viernes 12 de enero en la Fábrica de Arte Cubano (F.A.C.), donde se acoge el evento Getting Funky in Havana, una fila larguísima serpentea desde la calle 26 hasta 24 por la calle 11 y parece evocar otra cosa. Otro tiempo. De cuando los conciertos multitudinarios, el estadio de la Ciudad Deportiva escupiendo a miles de rockeros, el mar de Gibara al contemplar a Fito Páez y el ruido. El ruido es el mejor indicio para saber si La Habana aún está viva.

Por lo pronto, es enero de 2024 y la cola parece una arteria humana cruel a los ojos de Melanie, que tiene 19 años y una lista de reproducción completa dedicada a Feid. Está detrás de una pareja de madrileños que a su vez esperan tras un grupo de rusos en el interior de la horda que respira e intenta alcanzar la entrada de F.A.C. Melanie vino acompañando a un amigo trombonista; él quería ver lo que iba a fraguarse allí. Llegó de Coruña loco de ganas por volver a la escena artística de Fábrica. Por eso, cuando finalmente entran al lugar, mareados de empujones y codazos, él sonríe y Melanie mira los pies de las personas. Ella cree que las pisadas, los pasos de baile, la inquietud de esos pies, trazan perfectamente el carácter de la gente que está hoy aquí. Algunos vinieron arrastrados por sus amigos, otros a sabiendas de que iba a ser un evento de los imperdibles y los más, piensa Melanie, vinieron porque son jóvenes músicos o artistas o melómanos y el sonido lo viven desde adentro y les retumba fuerte. Fuerte.

Foto cortesía de Fábrica de Arte Cubano

“¡Diva!”. El grito de Yeni apenas cosquillea la sinfonía de música coreada en inglés en la nave 4 de conciertos. El espacio cerró por capacidad, y el rostro de los que consiguieron quedarse dentro se transmutó del agotamiento a una energía incontenible. Los Nike Air Force de Yeni pulverizan el montón de cristales rotos del piso. Los tragos se resbalan a cada minuto y el piso ha quedado tapizado por esos fragmentos. Sobre el escenario canta ahora la artista norteamericana Big Freedia y su rap se vuelve una cosa salvaje, instintiva, como las ropas chorreadas de sudor y los maquillajes corridos y los gritos y la emoción y el vidrio. Yeni se asfixia de a poco en el espacio de la nave 4 y frente a ella se enmarca el cartel del disco Revolution de X Alfonso. En un momento —después de que Big Freedia susurre al oído de la cantante cubana Brenda Navarrete, con cariño y en inglés, que el público habanero la conmueve—, como parte de esta procesión delirante de 24 artistas entre norteamericanos y cubanos, las voces de la sala van a corear Santa, la canción de X. “Santa, lo que pido lo que quiero yo, es ofrecer mi alma”. Adentro el aire está viciado de música.

Foto cortesía de Fábrica de Arte Cubano

Afuera está Ernesto, en la nave del segundo piso que colinda con una terraza que da a la noche y al Muro de las palabras. La pantalla gigante de la sala reproduce en vivo el concierto de abajo y aunque algunos bailan frenéticos, la mayoría se deja absorber por la atmósfera. El concierto se desdobla en los píxeles de la pantalla y la gente se encuentra, tropieza y se reencuentra. Cada pocos pasos Ernesto se cruza con alguien que conoce de la beca de la vocacional Lenin o de la facultad de medicina o del barrio. “Aunque no lo admitan, aquí muchos vinieron por el Wampi”, dice en voz alta, y se ríe. Hay quienes llegaron atraídos por los ritmos del barrio, por el reparto, lo que se canta a las márgenes de la música y se convierte en la otra historia.

“Él viene de escuela de música, no está inflando”, dice de Wampi otro joven del underground cubano, el rapero EIDI. Esta noche presencia el concierto desde el lado del fan y calcula que lo que logre recolectar aquí lo volcará luego en su propia creación. Mira a su alrededor y piensa que esta jam session no es una simple descarga, es una locura, es el vórtice que lo engulle y lo traslada a Nueva Orleans con su Mardi Gras. Ese desfile que es como una inyección de color y de ritmos ocurre los martes, pero EIDI piensa que bien se puede perdonar la confusión de que hoy sea viernes y de que los grados de latitud hayan cambiado ligeramente hasta quedar varados en La Habana. Le seduce la voz impresionante  de Anjelika Jelly Joseph y la energía y los metales de Tarriona Tank Ball. A EIDI una amiga se le acerca a contarle que el artista Big Chief Juan Pardo lleva encima todos los accesorios de la herencia nativa norteamericana porque sobre el escenario la connotación de lo que viste está contándole al público su verdad, su cultura, del otro lado de la narrativa, de cuánto nuestra raíz cubana tiene amalgamado en su música. Y EIDI —que se llama en realidad Abel— es un poco menos el artista expectante de lo que se muestra ante sus ojos y regresa al origen: un muchacho de veintitantos con la eterna capacidad de impresionarse que tienen todos en los veintes.

Foto cortesía de Fábrica de Arte Cubano

La nave 4 es un P4, una guagua ensardinada que no conduce al otro extremo de La Habana, ni a un confín de Nueva Orleans, sino al cambio. Porque los tiempos están cambiando, presiente Daniela. Es flautista de formación, en su cabeza está inscrita la ciencia de los acordes. Cuando escucha el concierto lo siente muy adentro, como si experimentara la alegría, el dolor o la esperanza. Esa fusión de funk, timba, jazz, rap, rumba y trap se reproduce como una inyección de música genuina y revitalizadora. Daniela recuerda a su amigo pianista y su statement arriesgadísimo: “¡Tú te imaginas que surja el jazz reparto!”. Y no le quita la vista a Wampi y a Rolando Luna, que lo acompaña acariciando el piano con unos acordes bárbaros. Se alegra de sus corazonadas, que la guiaron allí, que le prometieron que si tantos artistas importantes coincidían era cuestión de tiempo que la tarima explotase. Brenda Navarrete, Julito Padrón, Pedrito Martínez, La Reina y La Real, Wampi, Rolando Luna, X Alfonso, Eme Alfonso, Yissy García, Big Freedia. Cada uno con su propio espacio, todos sumados a la dicha musical de converger. Daniela no siente el calor, ni la sed, ni los cuerpos que se aprisionan en la nave 4 porque en este instante se trata solo de la música, como siempre ha sido: la música y ella.

Foto cortesía de Fábrica de Arte Cubano

Kamila, en su subidón, casi no repara en que el concierto está acabando. El adiós en el escenario parece una marcha de mayo. Entre los artistas le parece encontrar también a las Ibeyi, las cantantes francocubanas, sin micrófonos en las manos. Y entre lo que ve y lo que cree ver asegura que ese gran cuerpo musical suma al menos 30 o 40 músicos. De este concierto en el lenguaje del jazz, a ella que es pianista, le sorprende la capacidad increíble de compenetración, fuera del orden rígido de los recitales. En el tiempo entre que un artista entra hasta que asciende otro al escenario se traza siempre una historia distinta.

Hace un rato dieron las doce de la madrugada. Luis Carlos se va temprano porque a los 27 años ya empieza a sentirse viejo para las multitudes. Él sabe que la Fábrica esta noche vive la promiscuidad deliciosa de los carnavales y se pregunta si tal vez, después de casi tres años de una cultura nacional a medio sepultar, es posible resucitarla. Si es suficiente este deseo colectivo.

Y entonces se disuelven las preguntas. Cualquier cosa puede esperarse en La Habana, una ciudad loca y apocalíptica. La noche parece querer persuadirlos de que el funk es brillante. A su favor tiene que es mejor que la desidia y mucho mejor que la otra música, la del silencio.

Foto cortesía de Fábrica de Arte Cubano

 

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Lorena Alemán Massip Más publicaciones

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  1. Kenia Rodríguez dice:

    Bravo. Excelente historia. Felicidades 🙏👏👏👏

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