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Reseñas Fotos: Abel Carmenate. Cortesía de Carmen Souto y Casa de Las Américas.

Dos oceános entre Arica y La Habana

Setenta minutos después, en otra sala, con una serie de retratos del Che a sus espaldas formando una iconografía de arte pop, Manuel García me dirá por qué cambió esa palabra de su canción. Me contará también que ellos, los cantautores, prefieren que les digan trovadores, y que nació en Arica, al norte de Chile, donde hay un trozo de salar y arena de desierto y una cortina de mar muy clarita. 

Una periodista de algún otro país de América Latina le grabará una entrevista con el móvil y él le explicará con el convencimiento de quien se cree sus propios sueños que “el amor es el motivo por el que estamos vivos y no la muerte”. El malecón, tan próximo a esta sala en el segundo piso de la Casa de las Américas, ha dibujado las paredes con una radiografía de salitre. Y las letras de Manuel García regresarán, proféticas: “Ahora parece que yo/ debo mirar hacia el mar”, como si esa melodía que el chileno compuso tantos años antes de conocer Cuba tuviera encapsulada un poco de nuestra tierra, como si La Danza de las Libélulas estuviera confesándole algo a La Habana.

“El 15 de septiembre del 2023 hizo un primer concierto en la Isla por los 50 años del golpe de estado perpetrado en Chile contra el gobierno de Salvador Allende, en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas. Luego, el 16, cantó en la sede de la Uneac de Santa Clara y el 18 en el Teatro Martí, como homenaje a las fiestas patrias chilenas. Esta vendría siendo la cuarta ocasión que interpreta en Cuba y la segunda que se presenta en la sala Che Guevara”, explicó Adis Santos Acosta, de la embajada de Chile, encargada de la mayoría de los detalles logísticos del concierto.

“Queríamos traerlo a él por su talento, claro. Manuel es un artista muy reconocido, que ha colaborado con un catálogo extenso de músicos: Silvio Rodríguez, Pedro Aznar, Mon Laferte. Pero por encima de ese hecho, es un hombre de compromiso, de pensamiento profundo, con una posición política abierta y que esgrime una serie de causas sociales, es decir, no es un músico más”, apunta Santos y luego explica que para que el concierto El Caminante en Casa sucediera tuvieron que “conjugarse los astros” y apelar al azar. 

Primero fue la presentación del libro. “La vida y la obra de Haydée Santamaría no puede restringirse de ningún modo, como ha ocurrido a menudo, a unos pocos hechos o un período específico”. Así escriben los compiladores Jaime Gómez Triana y Ana Niria Albo Díaz en el volumen Hay que defender la vida. “No existió la Haydée guerrillera o la intelectual, sin la campesina, sin la martiana, sin la comunista, sin la internacionalista”, reconstruye la periodista Dailene Dovale en su perfil de Haydeé La noche de la vida. Después, llegaría la noticia de las veinte canciones para Haydeé que Manuel García había memorizado apenas y que escribió para que se accionaran como los engranajes biológicos de una vida; un poco más tarde, la selección cuidadosa de once de esos temas inéditos para compartirlos en Casa de las Américas y, finalmente, este sábado de concierto.

Fotos: Abel Carmenate. Cortesía de Carmen Souto y Casa de Las Américas.

No es habitual un espectáculo en días así para un espacio que funciona de lunes a viernes, comenta Carmen Souto, musicóloga de la Dirección de Música. Pero cuando tantas confluencias se manifiestan (el viaje de Manuel García a Cuba para grabar dos discos en los estudios Ojalá, su admiración desbordada por Silvio Rodríguez, el aniversario 65 de la fundación de la Casa) entonces es que ese algo, el concierto temático, estaba deseando ocurrir; cuenta Santos que no parece, a primeras vistas, una mujer supersticiosa.

El trovador Frank Delgado cree también que el recital no hubiera podido ser sino aquí, en la Casa de Las Américas, una especie de meca habanera. Recuerda la bella analogía de que muchos años antes tocó Víctor Jara las canciones a las que hoy El Caminante rendiría tributo. “Es un lugar que tiene su magia propia y su historia. Es difícil tocar aquí, pero siempre es importante”, asegura.

Manuel García, en cambio, habita en otra secuencia del mundo real, donde la simbología de tocar en la Casa se mezcla con la del altar con dos fotos, velas y chocolates para Haydeé, la historia que le transpira el cuello, la de los juegos de palabras y los motivos melódicos. “Agradezco la complicidad de quienes sufrirán estos temas que nacerán hoy en verdad —dice el chileno nada más arrancar su presentación— y los parteros y parteras serán ustedes… paciencia. Gracias por asistir”.

Detrás de Manuel García se eleva El árbol de la vida, que modeló un alfarero mexicano. Las sirenas, deidades y figuras marinas cuentan una versión fosforescente de Cien años de soledad. Ante esa imagen de un realismo mágico caribeño, Manuel García parece un hombre desnudo con una guitarra; desarmado ante una audiencia de al menos doscientas personas, cantando: “…y el amor y el dolor y la muerte…”. Luego otro tema: “era su guitarra de la noche a la mañana/ como estrella que alumbraba por ahí”; otro más: “esa flor, no la puedo salvar solo”; “ando sangrando el ámbar dulce de antiguas mariposas”. Una muchacha con los labios teñidos de rojo casi marrón le lanza besos al aire.

Las canciones, me contará luego el chileno, avanzan en la historia cronológicamente y muchas son de amor porque para engendrarlas pensó “en Haydeé muchacha, enamorada de su novio asesinado cruelmente en los tiempos [en] que empezaba la Revolución. Quise que estuviera presente esa idea ensoñadora, esa idea juvenil que es también parte, por supuesto, del mundo del amor romántico y no solo del amor a la lucha”. 

Manuel le hace un montón de confidencias a los cientos de personas que lo escuchan en el público, sumidos en el sagrado ritual de contemplar la creación, en un silencio casi perfecto. Cuenta que en Santa Clara, después de pasar una noche entera cantando, despertó cantando todavía; habla de la primera obra que escribió en La Habana, como una carta al padre entre dos hemisferios, y también de una pieza de amor (De una flor a otra flor) y de su intención romántica de retratar al clavel chileno y al girasol “que es una flor muy de estas tierras”; y agarra un ukelele y luego la guitarra, y pronuncia varias veces, decenas de veces las palabras sol, luna, cosmovisión, sola. Rima algunos textos poéticos que jura no son poemas. Promete que si allí hubiese estado Retamar, no se hubiera atrevido a leerlos. Para el momento en que entona “Se rompe el viento como las cortinas de tu casa, personas y perros te buscan en las sombras que se alargan y también te busco yo”, el público se deja vencer, como si respirar no hiciera falta.

Fotos: Abel Carmenate. Cortesía de Carmen Souto y Casa de Las Américas.

A María Fernanda Coll, Tatú, como prefiere que la conozcan, la acompaña su madre: “Para nosotros los chilenos, la música de Manuel es un himno, nos identificamos muchísimo con él, es una persona que no destiñe, que no defrauda, que sigue transmitiendo esa pureza en sus canciones y eso es lo que uno finalmente recibe”.

Manuel García entonces se encarna en Silvio, la leyenda, y canta como él, con las palabras saboreadas bajito, apresuradas por salírseles de la boca: “Supo la historia de un golpe,/ sintió en su cabeza cristales molidos”. Sonríe como un muchacho. Nadie podría decirle a García que después de los cincuenta empiezan a envenenar el cinismo y el desencanto.

“Los jóvenes que fueron Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, Pablo Milanés, pusieron sobre la mesa este diálogo de una música que está bailando con el tiempo. Esas trovas justamente nacen con la premisa de que no solo lo estético, lo romántico, no solo la canción tenía que ser una especie de comentario superficial de la vida, sino que con la posibilidad de tomar una guitarra y hacer versos, venía también el desafío de filosofar desde el arte”, relata.

El trovador Carlos Lage, que grabó voces y acompañamiento en el nuevo disco del chileno, confiesa: “Soy muy amigo de Manuel y es un artista de una delicadeza tremenda, capaz de componer homenajes de gran autenticidad. Manuel está dejando al público cubano más que un mensaje artístico, un agradecimiento. Me consta que está agradecido [por] nuestra música”.

“Yo pudiera hacer canciones más contemporáneas, más modernas, tengo también algunos proyectos que tienen que ver con rock pop o con electro pop y con cosas experimentales. Pero lo que me da ganas a veces de cantar, por ejemplo, en un país como Cuba, son esas canciones que ya pasan a ser parte de una tradición social, política, estética y filosófica de nuestra civilización; y recoger esos cantos y trasvasarlos para que los que escuchan tengan a bien tenerlos en consideración. Para imponerles nada, todo lo contrario, para exponerlos amorosamente”, aventurará en un rato Manuel García, en medio de nuestra entrevista.

“Cuento con su complicidad —dice el chileno a través del micrófono— si ustedes no cantan, no tiene sentido la canción”. La jaula de los sueños está diseñada para interpretarse en dos tonos; el coro es una frase breve: “cómo que no se podía lo que el amor nos decía”. La sala de concierto, blanca, está iluminada por el sol y diseccionada por muchas puertas, ventanas y balcones. Si el sonido fuera visible, los asistentes mirarían el conjunto de sus voces llenar la habitación y escurrirse al mar.

“Donde quiera que me encuentre, seré siempre pasajera”. La segunda parte del recital la dedica “al arte de la canción protesta y la filosofía de nuestros pueblos”, a la tradición artística de denuncia en los países del sur. Te recuerdo Amanda, Ni toda la tierra entera. “Solo el amor con su ciencia, nos vuelve tan inocentes”, tararea Amalia. “¿Esa no te la sabes? Es de Violeta Parra, Volver a los 17”. Mi amiga tiene 19 años y creció escuchando esa música, con los antipoemas de Nicanor Parra en la biblioteca. No lo dice, pero ver a Manuel García en vivo es la discreta explosión de un microsuceso. 

Fotos: Abel Carmenate. Cortesía de Carmen Souto y Casa de Las Américas.

María, que es periodista de El Ciudadano, admite que hace ocho años no visita su tierra y que justo ahora, que va de vuelta a Chile, escucharlo es como una premonición, como un regresar antes del regreso.

Manuel García se despide con La Danza de las Libélulas y el violín de Christopher Simpson. “La canción dice: ‘siempre vuelvo al pueblo donde imaginé hace tiempo’ explica y hoy la canté como ‘siempre vuelvo al puerto’, porque cuando vengo a La Habana regreso también de algún modo a mi tierra. Yo soy de un lugar con mar pero vivo hace muchísimos años en la capital. Entonces el mar se extraña de una manera biológica, algo que tiene que ver [con] lo que sensorialmente te construye, las emociones e historias. El agua, a los que nacimos signados por ella, nos resulta vital. Yo a veces firmo Manu Garpez, y pez por la valoración que tengo de lo marino y de la vida que de allí nos viene”. 

En esos minutos se me olvidará preguntarle otras cosas: ¿Cómo es que bailan en realidad las libélulas que parecen recordarle tanto el olvido? Qué remedio. Las palabras de los viscerales como Manuel García marean, arrojan contra el desfiladero de la utopía, hacen, del pasatiempo de soñar, un trabajo a tiempo completo.

Lorena Alemán Massip Más publicaciones

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  1. Addys Santos Acosta. dice:

    Maravilloso artículo, con una poesía en el decir, acorde con el espíritu del artista y el concierto que trata de retratar hermosamente Felicitaciones. Abrazo.

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