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Crónica Olga Guillot. Foto: Roberto Koltun / El Nuevo Herald. Olga Guillot. Foto: Roberto Koltun / El Nuevo Herald.

Cien años del bolero, es decir, de Olga Guillot

Contaba ella misma que se fue al aeropuerto directamente desde la pista de unos de sus shows, de una pista a la otra, y que logró reunir el dinero de su pasaje gracias a una donación de sus admiradores. En su historia todo tiene viso de leyenda, de cuento nocturno que se va volviendo cada vez más espectacular y con tintes de melodrama y telenovela. Porque eso era ya parte de su entrada al escenario y de vivirlo tanto, ya no se sabía dónde comenzaba su vida de cantante y dónde la de esa mujer nacida en Santiago de Cuba en 1923, hace ya un siglo. Cantaba con su tesitura de mezzo, con sus ojos y con sus manos. Y sin su presencia, el bolero, que por supuesto ya existía cuando ella se transformó en Olga Guillot, no se podría explicar tan nítidamente, de modo tan preciso, porque fue esta cantante quien lo redefinió, y supo además conectarlo con otros ritmos y modos de hacer a lo largo de su extensa trayectoria. Su reino fue ese, el bolero. Incluso cuando cantaba las novedades del feeling, baladas y temas de corte erótico, o se atrevía con otros ritmos. Todo lo que ella tocaba y cantaba se convertía en bolero. Y de ahí su condición de reina absoluta. Y de un carácter difícil de suplantar.

Tras el arranque de su carrera junto a su hermana Ana Luisa, dándose a conocer como las Hermanitas Guillot, se fue abriendo paso en La Habana, adonde se mudaron después de la temprana muerte de su padre, hasta llegar a La Corte Suprema del Arte. Entre sus maestros en el Conservatorio estuvo Hortensia Coalla, y el tango fue el género al que dedicó sus primeros esfuerzos. De ahí, de ese amor, acaso provenga el modo con el cual muchos años después, ante el público argentino, se dejaba llevar por los ecos del tango al entregarles su versión de La otra tarde vi llover, o cualquiera de sus himnos de amor, revancha y despedida. Pasó por el Conjunto Siboney que guiaba Isolina Carrillo, y por Nueva York y por México, donde aparecerá luego en su primera película: La Venus de fuego. En 1945 había grabado su versión de Stormy Weather, el famoso tema que popularizó Lena Horne, y ese fue el inicio de su éxito, aunque la verdadera fama y la consagración le llegarían cuando grabó Miénteme, del mexicano Chamaco Domínguez, a instancias de Jesús Goris, quien tuvo que persistir para que ella entrara al estudio. Otro episodio de su leyenda asegura que ella olvidó el compromiso para la grabación y se fue al cine, y allá hubo que llamarla para que finalmente, con dos coñacs de por medio para aclararle la garganta afectada por el aire acondicionado de la sala de proyecciones, quedara registrada esa versión que le abrió tantos caminos y el cariño de tantos públicos. «Todavía estoy un poquito ronca», dijo ella ante la orquesta ya lista, en Radio Progreso, y Jesús le ripostó: «Pero va a ser la voz ronca mejor pagada de América». El disco, que por supuesto circuló a través del sello de Goris —Puchito Records—, sería el primero de una larga serie de triunfos, imparables desde aquel 1954.

A partir de ahí, comienza un rápido proceso de maduración y decantación de un estilo, una imagen a partir de la cual se han medido y en la cual se han mirado mujeres y hombres que han seguido su pauta. Porque ella, mujer pasional —se casó cinco veces: «los he matado a todos», dijo bromeando durante un concierto en Chile—, se adueñaba de las letras de aquellos temas para narrar sin recato dolores, alegrías y atrevimientos. Eso último, sobre todo. Las cuerdas de la orquesta de Los Hermanos Castro la acompañaban lujosamente en esos discos. Paradójicamente, otros hermanos del mismo apellido iban a silenciar su voz y a borrar su nombre, al menos en su patria, a partir de 1961. Había sido Reina de la Radio, era la cancionera y bolerista por excelencia, llenaba cabarets, teatros y casinos, había hecho cine en México y conquistado a otros países. Pero cuando le nacionalizaron los apartamentos que rentaba, no dudó en hacer públicas sus diferencias con el nuevo gobierno, y con su hija Olga María en brazos —fruto de su romance con el compositor René Touzet— se fue, desde el Capri, hasta subirse a ese avión, presintiendo que no regresaría nunca más.

Cuando llega a Venezuela, y luego a México gracias a los buenos empeños de José Sabre Marroquín, ya tenía bajo la manga todos los recursos de cantante y actriz que necesitaba para seguir adelante. Actriz, porque interpretaba la canción, más que decirla, y como alguna vez comentó su mejor pianista acompañante, Juan Bruno Tarraza, se dejaba llevar por esos sentimientos haciéndole estar alerta siempre por si ella se «descuadraba» dando rienda suelta a ese temperamento tan singular. Cantaba, jadeaba, hacía un silencio, imponía un calderón o alargaba una nota. Era La Guillot, la misma que había aconsejado a Lucho Gatica que se pusiera en contacto con aquellos muchachos que en La Habana estaban creando el feeling, esa manera nueva de dar vida al bolero, y lo demás, es historia. En México recuperó fuerzas, y se lanzó a una nueva etapa, en la que tuvo sin embargo que reinventarse porque no solo los gustos musicales, sino también la sensibilidad del público, estaban transformándose. Pero reina al fin y al cabo, no se iba a quedar al fondo del escenario.

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Su hallazgo de una compositora joven llamada Lolita de la Colina resultó providencial. A esa muchacha no querían grabarle un tema demasiado atrevido, y Olga dijo: «yo te la grabo». Así llegó La mujer que te ama, y una nueva fase de éxitos que tuvo como eje a la balada erótica, amén de los hits de Armando Manzanero, Luis Demetrio o Roberto Cantoral de los que se nutrió su ya famoso repertorio. Mientras el bolero decaía, ella se las arregló para seguir adelante. Sus devotos no la abandonaron, y acudían a verla en España, Perú, Puerto Rico o en el Carnegie Hall donde cantó en 1964. Era dueña de su público, al que mimaba con chistes, ocurrencias de su humor cubano y santiaguero, sabiendo que ya estaba en una dimensión a la que solo llegan los grandes. Como Celia Cruz, la otra gran ausente de las emisoras cubanas durante esas décadas, ella se había hecho lejana, pero seguía siendo insustituible. Si en los días de sus primeros triunfos era la hoy olvidada Rita María Rivero una de las cancioneras a tener como modelo en Cuba, allá, en la isla entregada a otras utopías, no se le mencionaba, pero otras discípulas mantenían vivo su legado, así fuera inconscientemente. Annia Linares fue una de ellas, y gracias a sus apariciones televisivas supe que existía Olga Guillot, la cantante que a pesar de tantos cambios y reajustes siguió siendo la preferida de mi madre.

 

De su carácter existen numerosas anécdotas. Un famoso modisto mexicano la tildó de tacaña y malagradecida, pero fue Olga quien generosamente sugirió su nombre artístico a José José, según otra leyenda que ella misma echó a rodar. En un homenaje en Miami a Lola Flores, la Faraona, tras cantar Burundanga junto a Celia Cruz, hizo subir a escena a «ese monstruo de la canción» que era su amiga la Guillot. La Guillot, así de simple, la diva que repetía sin agotamiento Soy lo prohibido, Qué sabes tú, Pruebo… y que aprovechó el nuevo boom del bolero, impulsado por la serie Romances de Luis Miguel, para regresar al estudio y grabar su nuevo —y último— álbum. Faltaba yo, se llama el CD, aparecido en el 2001 y donde revive algunos de sus hits, y que arranca con una composición de Meme Solís, ese muchachito rubio al que descubrió en Santa Clara y a quien le dio el consejo que le haría no detenerse hasta La Habana.

Lo más cerca que estuve de Olga Guillot fue en verdad a través de su hija, Olga María. En el 2013, al reabrirse el Koubek Center de Miami, ofreció un breve concierto que tuvo que repetir en dos tandas, ante la cantidad de admiradores que colmó la sala. No era su madre, claro, pero podía distinguirse de qué linaje venía esta otra mujer, equilibrando en su propia entrega los ecos de quien la trajo al mundo, mientras mi querido Lázaro Horta la acompañaba al piano. Pude reconocer en ese otro lado del espejo lo que finalmente fue mío cuando regresé a Santa Clara con sus grabaciones, para complacer a mi propia madre, y oír en un mismo hilo de música su voz y la de la Reina del Bolero, unidas por encima del tiempo, la separación, las diferencias políticas, los enconos de una Historia que no se restaña sino desde la pequeña otra historia de las biografías de todos/todas y cada uno de los que hemos vivido algo que cabe en el tiempo de un bolero, más allá del fragor de una consigna.

Cuando en el 2007 se le entrega el Grammy Latino a la Excelencia, parecía haberlo obtenido ya casi todo. No volver a su patria fue un dolor que confesó no haber superado, y cuando falleció, a los 86 años, en Miami, de alguna manera también se daba cierre a un mito. Pero no a lo que ella dio al bolero, que indudablemente ha sabido resistir tantas oleadas y modas, para seguir identificándonos como algo que la comunidad latina ya lleva en la sangre. Y mientras esa manera de cantar idilios y rupturas siga viva, ella lo estará. Que dejó una impronta capaz de atravesar esos fuegos, es indudable. En la escena final de Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón, el primer largometraje de Almodóvar, su nombre sale a flote. En su cortometraje Trailer para amantes de lo prohibido, de 1985, también el manchego confirma su amor por la voz de esta cubana que fue, sin dudas, la Gran Embajadora del Bolero. De una manera de sentir, más que de cantar, en la que todos hemos podido añadir una anécdota o una vivencia, que nos interpretaría con gusto, segura de los elogios con los cuales terminaría otra noche triunfal. «Parece que fue ayer», se asombraba ella en uno de sus himnos, que su nombre se hizo carne y piel con el bolero. A cien años de ese milagro, de su reinado, del bolero mismo en su garganta, vale recordar lo que de ella dijo Agustín Lara: «Después del cielo, Cuba; después de Cuba, Olga Guillot».

Norge Espinosa Mendoza Poeta, dramaturgo, crítico y géminis. Bipolaridad cultural incurable. En otra vida fue cabaretólogo. Más publicaciones

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