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Comentario yomil salvaje Foto: Fotograma del videoclip Salvaje, de Yomil.

Enseñar las nalgas

Me envían una captura de pantalla donde el cantante de reguetón Yomil refiere que “Hoy en día las mujeres ven como algo normal enseñar las nalgas en una publicación (…) pero pierden toda exclusividad”.

La declaración del artista fue avalada por casi la totalidad de usuarios que interactuaron con la publicación, fueran o no seguidores de su música. Paradójicamente, en su último videoclip Salvaje, con más de 34 mil vistas en YouTube en nueve días y alrededor de dos mil quinientos likes, la exposición recurrente de los glúteos de la modelo centra la narrativa del audiovisual, además de hacer referencia explícita a sus nalgas en la letra de la canción (ininteligible para mí).

No es un tema nuevo. La polémica acerca de la cantidad de tela que debe cubrir el cuerpo de una mujer para calificarla de decente o indecente, es muy vieja. Las discusiones que giran en torno a la “moral” y sobre quién ha moldeado esa moral, también. Perdemos de vista la aparente “doble cara” de nuestros jueces: realizan videos haciendo apología a la desnudez hipersexualizada de las mujeres y, al mismo tiempo, critican a aquellas que, fuera del programa, deciden hacer lo mismo. La clave en todo esto, en efecto, es la exclusividad: ¿de quiénes y para quiénes?

Exclusividad y propiedad no son exactamente lo mismo, pero su relación es casi como la de padre (propiedad) a hijo (exclusividad). Entonces, si el mandato de cubrir con ropa «adecuada» el cuerpo de las mujeres ya es machista, que se enuncie en términos de “para mí”, lo descarna. No se trata de un discurso que quiera hacerle “el bien” a las mujeres, se trata de una declaración que dice, en esencia: “encuérate para mí, no para los demás, porque eres mía”. Y ya sabemos las consecuencias en términos de jerarquía, control y violencia de la noción tan enquistada del “eres mía”.

En esas ambivalencias sigue floreciendo el reguetón new age, el reparto y sus declamadores. Acomodándose al relato del feminismo pop, individualista y blanco; pero sin perder la esencia del machismo misógino. Combinando letras de “empoderamiento femenino” que enarbolan la cosificación del cuerpo o de la sexualidad como su ruta idónea (me remito a La triple M de Mawell); incorporando de manera “novedosa” subjetividades no binarias, cuirs, trans, drags (pienso en Yo perreo sola, de Bad Bunny, y en Imagínate conmigo, de Bebeshito), siempre y cuando la voz del macho dicte la última palabra.

Esto no desobedece los intereses de la industria, que no solo instrumentaliza y distorsiona los términos del feminismo, sino que también adiciona de manera armónica la mercantilización de los cuerpos, la sexualidad y sus representaciones. De lo contrario, Algo bonito, tema de iLe junto a Ivy Queen, hubiese recibido galardones y habría cerrado algún show de premiación de los que se cotizan en millones. Pero no, ellas hablan de huevas hinchadas, de ovarios, de rabia, de que les digan algo bonito, y sin ofrecer nada (ni su cuerpo) a cambio. Si los varones, sus deseos, o los despechos que provocan con mares de lágrimas o anhelos de factura no son el centro de las canciones, no interesan a la industria. Acotación: me refiero a canciones y no a sus intérpretes, porque muchas veces encontramos cantantes famosas en esos géneros, pero con temas escritos por varones (un ejemplo son Karol G y Keityn, o los temas más famosos de Anitta).

Hasta aquí un breve análisis crítico de lo sistémico y estructural.

Ahora bien, así como el exceso de ropa o la ausencia de ella siempre termina en que es “resultado del patriarcado”; bailar de manera sexualmente sugerente/explícita o no, enseñar poca o mucha nalga, exhibir o no nuestros cuerpos, también nos deja en la misma encrucijada: hagas lo que hagas, obedeces a los machos. 

Si nos guiamos por esos parámetros, nunca nuestras acciones son resultado de nuestras decisiones y siempre las mujeres estaremos siendo explicadas (leídas e interpretadas) en términos de sumisión o bajo la sombra del paternalismo. Ya sea porque queremos agradar a la mirada masculina u obedecer a la moral patriarcal.

Es terrible, pero pareciera que no tenemos más opciones que ser “víctimas” de la cosificación o del recato.

En la última fiesta que hice en mi casa, un amigo me cuestionó los videos que subía a mis historias “mostrando las nalgas” aunque fuera practicando un deporte o una disciplina física (pole fitness). Otro amigo, en conversación privada, se refirió a una influencer cubana como “la que le gusta enseñar las carnes”. Como si fuéramos menos respetables, o como si nuestro trabajo se viera amenazado por lo que hacemos en nuestra vida cotidiana.

Foto: Fotograma del videoclip Salvaje, de Yomil.

Foto: Fotograma del videoclip Salvaje, de Yomil.

En mi caso, desde los cuatro años fui gimnasta. Mi infancia transcurrió entre leotares, splits (lo que comúnmente llaman “rajarse”), abrir las piernas, dar volteretas, competir, bailar coreografías patrióticas en los matutinos de la escuela con los trajes de gimnasia que “enseñaban las nalgas” ante los ojos de las demás personas. Mi relación con mi cuerpo fue esa: mostrarlo desinhibidamente, expresarme a través de él, cubierto con apenas un leotard.

Ciertamente hay una saturación de sentidos banales y frívolos sobre el cuerpo de las mujeres y su sexualidad. Las redes están llenas de sugerencias de ese tipo de contenidos y, como toda repetición vacía, llega a hastiar. Pero no es esencialmente un “problema” de las mujeres, ni de un género musical, ni de moral. Peor que todo eso es insistir en desagenciarnos.

Cada mujer, cada persona, construye una historia personal con su cuerpo que no deja de ser colectiva, ni deja de estar influenciada por el contexto cultural, local, tradicional y global. No obstante, es importante recordar que son expresiones simultáneas de todo lo que nos constituye y que seguiremos intentando que nos lean como territorios soberanos.

A estas alturas, debería estar claro que la exclusividad o no sobre nuestras nalgas, la decidimos nosotras.

Alina Herrera Fuentes Más publicaciones

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