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Oye cómo va Ilustración: Nelson Ponce

Yo escuché a Los Van Van matar al dolor

Cuando el huracán Sandy pasó por Cuba, dejó un desastre incomparable. Hacía años que un evento meteorológico no causaba tal desmadre. La mayoría prefería, digamos, azotar a Pinar del Río o la Isla de la Juventud. El oriente, sobre todo Santiago de Cuba, quedaba un poco a salvo; algún que otro fenómeno hacía el intento de huracanarse, pero quedaba en soplos humildes.

El 22 de octubre de 2012, eso cambió; pasó Sandy y quedó un silencio rotundo: menos pájaros, las palmas sin penacho y un dolor hondo que se reflejaba en los ojos de cada mortal que hubiera vivido tal hecatombe.

La Maya, un pueblo que fue quemado varias veces, protagonista de aquel son de Lili Martínez: Alto Songo, se quema la Maya, fue uno de esos lugares con más de trescientas viviendas dañadas, carreteras y teléfonos devorados por el viento. Mucho dolor. En medio de ese caos llegaron Los Van Van… y fue una alegría insuperable.

No entiendo cómo hay quienes quitan peso a la cultura. La música tiene la capacidad de poner cuotas de energía que ni siquiera el filo de las monedas más altas logra. Los Van Van demostraron eso. A mí me tocó presentarlos en un escenario frente a unas siete mil personas. Algunos se atreven a sumar tres mil más. Pude hacerme fotos y hablar con Yeni Valdés, ver a Samuel con su virtuosismo, a Cucurucho y Leliebre; y pude hablar casi quince minutos con Juan Formell.

Me queda una fotografía que a ratos vuelvo a colocar en las redes. En la foto, Formell mira, quizás, al gentío, trepado en los techos de las casas aledañas. Las dos calles frente a la tarima eran un mar de personas que habían ido a espantar el dolor, porque Los Van Van iban a ayudarnos.

Fue una hora y tanto de concierto. Hay algunas imágenes. Arrancaron y la alegría trepaba por los cuerpos, acaso untados de cerveza. Los coros sonaban en miles de voces que respondieron a un Mandy Cantero llegado de golpe ante la ausencia de Mayito Rivera. Robertón supo, ya es costumbre imponer lo que ellos llaman “manana”. Y Lele, bueno, ese puede con todos los públicos, o los públicos lo aúpan. 

No hay tono negativo; el sonido fue una maravilla, las interpretaciones impecables. La alegría hizo trizas todo el dolor del huracán. Un trabajador de gastronomía me dijo que podría morir tranquilo. Su hijo había visto un huracán y escuchado a Los Van Van en el pueblo. Caliente como pocos, no hubo una sola trifulca relacionada con el concierto.

Y muchos amanecieron replicando La Costurera, uno de los hits de ese momento.

Pasan los años con su carga herrumbrosa, pasan las orquestas, los reguetoneros, una pandemia, y el crecimiento sigue intacto. Los Van Van pudieron espantar el dolor a base de canciones. Formell creo que fue feliz.

Cuando salió al público, al unísono y sin ninguna señal, hubo un aplauso irreductible. Los Van Van habían, efectivamente, espantado el dolor del huracán.

Rogelio Ramos Domínguez Escribidor de versos y canciones. Periodista a tiempo completo y sobre todo padre de Claudia Ramos. Más publicaciones

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