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Crónica Filip y Germán dialogan con sus instrumentos. Foto: Lilien Trujillo

Un patio para albergar lo bello

Cuando uno vive la música no necesita el cuerpo físico para palparla. Así, como una cita de espíritus iluminados, se abrió “el patio” y la música nos hizo viajar en el espacio y el tiempo. Nuevamente la Sala Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes alberga lo bello, la confluencia de sonidos y vidas, que viene a hablarnos de la historia y nuestra diversidad como individuos musicales.

El Fondo de Arte Joven sigue creando experiencias memorables. Fue realmente una idea lúcida la gestación de este concierto como parte de las celebraciones del Mes de Europa en Cuba. Una forma de dejar madurar el intercambio creativo, traer espejos para mirarnos, y volver a apreciar cuánto nos parecemos y cuán plurales somos, o hasta dónde podemos desfigurar los límites para crear.

Con la dirección musical del saxofonista y profesor Yosvany Terry y de Lorenzo Suárez, el concierto Patio abierto continúa desplegando el abanico cultural, algo que ya podíamos apreciar desde la pasada edición del Festival Habana Clásica: la mezcla de estilos e instrumentos foráneos con la rítmica cubana. Los arreglos musicales del guitarrista y compositor Dayron Ortiz dejan ese sabor genuino de quien se adentra en la casa del otro para reconstruirla con la misma pasión que reconstruye su propia casa.

Foto: Lilien Trujillo

El festín de sonidos se sostuvo con las participaciones especiales del croata Filip Novosel y el español Germán Díaz, la colaboración del maestro Ruy López-Nussa al drums, y el desempeño versátil de jóvenes intérpretes cubanos, muchos de ellos ganadores de las convocatorias de las becas de creación del FAJ: Patricia Díaz en la guitarra, Gabriela Díaz y Wendy Oram en el violín, Lianne Vega al piano, Olivia Caballero en el contrabajo, Kadir González en el saxofón, Samdor Ramírez en la flauta y Jorge Coallo en la percusión.

La intención de enlazar el Caribe con Los Balcanes, las cadencias medievales y la música tradicional de Croacia y España, vino acompañada de largas jornadas de intercambio en el Estudio Mendieta 23 de El Vedado, espacio que se ha convertido en un punto de encuentro recurrente para ensayos y grabaciones de la comunidad FAJ. Fue necesario volver a contar, leer, aprender frases en otro idioma, ponerle sabor y gesto a cada pieza, entre los pequeños recesos y los cafecitos que preparaban Sandra y Dayris, coordinadoras del Estudio.

Foto: Lilien Trujillo

Un concierto bien diseñado es algo más que una sucesión de piezas, es una obra de arte que crea una historia y hace que cada personaje se desarrolle. Un concierto ya no se reduce a las cuatro paredes de una sala; la tecnología nos ha dado otros privilegios. Eso sintió el público mientras la música se hacía presente también en aquellos que disfrutaron de la velada por las transmisiones online en vivo de algunos participantes. Así continuó sonando en los comentarios de los próximos días, los mensajes telefónicos y la memoria. “El aprendizaje y el instante, la sorpresa que cada repertorio nutre”, era la idea que me comentaba Dayron, días después del evento. “No puedo evitarlo, siempre que hago un arreglo es como si estuviera componiendo mi propia música”. La euforia en los viajeros Germán y Filip, esperando el momento de regresar a tocar a La Habana, era también evidente.

Foto: Lilien Trujillo

Compases irregulares, rítmica cubana, el entendimiento sobre el escenario. Aprender a sentir la clave del otro. La noche inicia con acordes tenues que pronto se irán encendiendo. Dos viejos instrumentos en escena se hablan sin palabras. Las piezas se suceden entre La Bayamesa, la Sonata Za A Brač I Klavir, Der Liermann, Alalá de Muxía, Et la Roue de la Vie… hasta el Oj Savice. Filip suena la tambura. Su voz inunda el espacio. Con cinco cuerdas pulsadas viene desde Croacia a nombrarnos la poesía de la que es heredero. Es trémulo el paso, me recuerda a la bandurria canaria; después de todo, el espíritu los une. La música becarac sigue siendo una práctica social viva, dinámica y renovada en cada espectáculo.

Samdor Ramírez interpreta la flauta. Foto: Lilien Trujillo

Hay mucha emoción. Los aplausos del público, que vive la experiencia con todos sus sentidos, lo dicen todo. La fotógrafa Lilien Trujillo captura el instante. Germán Díaz prepara la zanfona, un instrumento medieval que recuerda a los goliardos, a esos escritos de Arcipreste de Hita o Valle Inclán. Son ampliamente conocidas sus innovaciones en el ámbito de la música tradicional con el jazz; hoy prueba su maestría con el sabor cubano. El tiempo gira en su manivela. Sonidos escalonados. Azules brillantes en el reflejo de las cortinas. Los músicos conversan sin pronunciar palabra. Seguimos la inquietud de la melodía. Se escucha Cierro: Germán y “la caja de música” que nos vuelve a despertar la curiosidad. Suavemente los sonidos nos van recordando la infancia; si cerramos los ojos podemos ver esas nubes de las que hace unos minutos nos hablara, “la forma que tienen las nubes alrededor del mundo”.

Germán Díaz interpreta Cierro. Foto: Lilien Trujillo

Hay efervescencia sobre el escenario. Olivia se desliza por el bajo como una niña traviesa que acopla las notas. Gabriela cierra los ojos. Samdor hilvana el viento con la flauta. Andy Quincoses, en el piano, con una tranquilidad impoluta que parece transportarlo fuera de las tablas.

Las utopías, como los talentos, van transformándose de promesas a certezas. ¿A dónde deben ir los jóvenes músicos cubanos? Más allá del virtuosismo y el oficio de dominar un instrumento, me atrevería a decir que a rebuscar en la tradición para encontrar lo nuevo. Oportunidades como estas hacen posible ampliar el espectro y crecer. La belleza está en ese espacio, sobre el escenario y en el recuerdo, entre las paredes y el patio, en este instante en el que degustas el sonido y aprendes a escuchar su silencio.

Foto: Lilien Trujillo

Giselle Lucía Navarro Más publicaciones

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  1. Ania Ortega dice:

    Excelente crónica.

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