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Comentario Foto: Alfredo Cannatello

Teatro Martí: una década de arte esplendoroso

Para Marcos y mi familia martiana.

Este 24 de febrero de 2024 el Teatro Martí arriba al décimo aniversario de su reapertura. Me siento muy feliz al pensar que trabajé en ese hermoso coliseo como especialista principal durante nueve años. En este espacio, que lleva el peso vital de 139 años de historia, se respira arte, “de todos los colores y también verde”, parafraseando ese título de Aldo López-Gavilán.

Este aniversario de reapertura es como asistir a la puesta de un sainete adrenalínico en 10 actos —acabo de inventar el término. Creo que se ajusta, porque allí vivimos tragedias tan dolorosas y lamentables como la explosión del Hotel Saratoga pero, también, y sobre todo, disfrutamos situaciones inimaginables en ensayos y espectáculos. Luces, sonido, linóleo, ciclograma, trabajo intenso y mucha vida; el repiqueteo estomacal cuando abre el telón; la preocupación por los detalles que nubla la magnitud del instante irrepetible que vives; historias que con el paso de los actos/años pasaron a la tradición oral en forma de leyenda teatral, y si no pregúntenle a Yaroldy Abreu, que se nos cayó en el foso buscando la llave de su tumbadora en pleno desmontaje de una gala cultural con el gobierno de Japón. (Sí, fue Yaroldy ese alguien que te dijeron se cayó una vez en el foso del Martí).

Lo bueno es que al desempolvar tantos recuerdos le das una nueva dimensión a lo vivido y reconoces lo afortunado que has sido. El arte escénico es siempre efímero y por eso se desdibujan ciertos pasajes. No logras ubicar si el día del ensayo con el maestro Vitier —Sergio— se tocó de arriba abajo el programa, si se afinó a 440 o fue a 441, porque en ese momento teníamos otro Steinway, no el nuevo que, tiempo después, Salomón Mikowski donó generosamente. Pero sí recuerdas vívidamente un montón de detalles. Como que la Pequeña Suite Cubana de Sergio Vitier sonó de maravilla, y también que uno de los invitados fue Rolando Luna, que “se botó” acompañado por la Sinfónica Nacional y una sección de percusionistas afrocubanos que pusieron a gozar al auditorio (ahora que lo pienso, esta fue la primera vez de Rolando en el Martí).

Foto: cortesía de la autora

La memoria es en esencia nostálgica, sobre todo cuando lamentas no haber tomado fotos. Este fue el último concierto de Sergio Vitier, luego ya sabemos que partió hacia otra dimensión. ¡Y lo tuvimos ahí! Con su inseparable Lilian en nuestra oficina, con esa pasmosa sencillez y humildad que desbordan los intelectuales genuinos. Recuerdo que meditaba sus palabras y que, cuando finalmente hablaba, parecía invadirlo una especie de trance musical; entonces soltaba una frase demoledora que, inevitablemente, te hacía reír.

Con el Martí se rescató un símbolo cultural que corresponde por derecho a Cuba y a los cubanos. Eusebio Leal tuvo la visión, empeño y energía para batallar durante tres largas décadas hasta lograrlo. En 2014 sentimos el orgullo, la inmensa emoción ante el esplendor de la gran obra restaurada.

Pero Leal tuvo muy claro que el teatro no debía ocuparse solo de evocar su pasado glorioso sino, y especialmente, de abrirse a todo lo valioso que aporta la modernidad a través de su programación y sus artistas.

Y así intentamos darle forma. Las semanas y los meses se fueron mezclando unos con otros, perdimos el sentido del tiempo porque los compromisos comenzaron a aumentar. Acogimos festivales, galas, semanas de la cultura, zarzuelas, teatro musical, danza contemporánea, flamenco, jazz, música sinfónica, y mil cosas más… Armamos planes de trabajo rocambolescos, extendimos los horarios, buscamos hueco en el calendario para todo lo estéticamente valioso que fue apareciendo por el camino y rompimos miles de veces con el sagrado lunes de descanso.

Foto: cortesía de la autora

Sin falsa modestia, creo que nos convertimos en martianos de acción y corazón, nos transformamos en “el Teatro del sí” (fue la maestra Daiana García quien cariñosamente nos puso este apodo).

Pero nada de ello fue fácil. Las carencias técnicas de sonido y luces siempre han existido; las regulaciones energéticas para el uso del aire acondicionado también. Los salarios no reflejan el costo humano de tener más de 100 funciones en un año con solo 22 trabajadores en la plantilla; gente dividida entre La Lisa, Marianao, Alamar, La Palma, Guanabacoa, que tienen que regresar a casa pasadas las 11:00 p.m. y volver al otro día porque hay espectáculo todo el fin de semana.

Cuando piensas en todo esto te convences de que mantenerte a flote incluso siendo “El Martí” no es tarea sencilla. Han sido años de “pincha descomunal”, (como diría mi querido Marcos Rodríguez), y gracias a esa tropa aguerrida y loca de técnicos, veladoras, taquilleros y auxiliares, tropa que en silencio permite que todo sea posible, el coliseo de la calle Zulueta se mantiene vivo.

Esta voluntad de prevalecer viene reforzada por tres puntales claves: la gestión, protección y sustentabilidad de la Oficina del Historiador de la Ciudad, aún en las condiciones económicas más adversas; la fraternidad que logramos con nuestros artistas, directores, agrupaciones que han convertido esta sede en su verdadera casa y como tal se han comprometido con la calidad de sus obras. Por último, y no menos importante, el numeroso público que asiste a cada una de las presentaciones: familias, grupos de abuelos, jóvenes y adultos cuya fidelidad y necesidad de contar con un espacio de recreación de altos valores debe preservarse a toda costa.

Foto: cortesía de la autora

Sin teatros no hay espacio para el hecho artístico, la educación estética ni la memoria emotiva de un país. Sin teatros se va desdibujando dolorosamente la gloria inmaterial de lo que acontece en escena porque van desapareciendo aquellos que pueden recordarlo. El daño moral y cultural suele ser irreversible.

Las últimas fuerzas de Leal estuvieron dirigidas hacia otro templo sagrado del arte habanero: el Teatro Campoamor. Joya arquitectónica que al igual que el Payret, el Gran Teatro de La Habana, el Amadeo Roldán, la Casona de Línea, el Teatro Mella y el Karl Marx, sufren una alarmante espiral de deterioro y silencio.

El Teatro Martí, afortunadamente, se levantó y continúa, diez años después, con su equipo aguerrido de locos cuerdos, sus gatos y fantasmas que han sabido resguardar y conservar ese esplendor contra viento y marea. Detrás de este aniversario hay mucha vida que honrar, mucho arte por celebrar y preservar.

Foto: cortesía de la autora

Posdata:

En estos diez años hemos lamentado el fallecimiento de nombres valiosos conectados a la historia reciente del Martí:

Eusebio Leal; Rosita Fornés; Roberto Chorens; Sergio Vitier; Alicia Alonso; el bailaor español José Barrios; el fotógrafo italiano Alfredo Cannatello, quien tomó las primeras fotos oficiales del inmueble recién restaurado; el filántropo italiano Vando Martinelli; Enrique Águila, fidelísimo amante y seguidor incondicional del teatro; y nuestra querida y siempre dispuesta auxiliar de limpieza y camerinista durante varios años, Martha. Agradezco a la vida haber tenido la oportunidad de colaborar con ellos y sirva este texto para honrar su memoria.

Foto: cortesía de la autora

foto de avatar Isachi Durruthy Peñalver Crítica de arte y gestora cultural. Regalar sonrisas es mi mejor alimento. Más publicaciones

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