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Foto: Cortesía de La Reyna y La Real

Te acabo de golpear con flores

Luyanó es un barrio, como muchos otros, que empieza justo en esa frontera sofocada de La Habana que es la periferia. Le dio el nombre aborigen un río y desde entonces se rebela contra la dinastía del silencio y la calma. Y aunque allí exista una amplia y extendida arquitectura de bocinas gigantes, aunque la música de alguna manera integre el paisaje sonoro del barrio y haga simbiosis con sus alegrías y desgracias; es difícil pensar en Luyanó y asociarlo a la cultura hip hop.

“Dentro de la escena de la música, en El Vedado hay muchas cosas pasando. Es dónde se programan la mayoría de los conciertos, se organizan las grandes fiestas y se presentan los artistas importantes. Pero en Luyanó no hay nada”, asegura el rapero y compositor cubano Milton McDonald.

“Es nuestro espacio, el de los plebeyos de siempre: La Habana de Mantilla, La Víbora, Los Pinos, Lawton, Luyanó, Buenavista, Regla y San Miguel del Padrón, los barrios tantas veces y por tantos años olvidados, sin los cuales, de más está decirlo, La Habana no sería La Habana”, dijo a la BBC el escritor Leonardo Padura.

“En La Habana ya todo está malo, así que no haría una distinción especial. Es un barrio marginal en tanto en las comunidades afectadas por la pobreza suelen desarrollarse conductas de violencia, pero preferiría referirme a Luyanó como un barrio marginado”, agrega EIDI, joven rapero cubano.

Luyanó tiene mucho que ver con la génesis de una de las manifestaciones del hip hop cubanas, explica EIDI. Al norte de allí, donde toma espacio la barriada de Lawton, a mediados de los ochenta surgió la moña. En los testimonios de su investigación Rapeando una Cuba utópica, Alejandro Zamora recoge: “Las fiestas se llamaban páris (parties). Después se quedó con el nombre de  moña, que la hicimos nosotros por primera vez. Fuimos nosotros los brekeros los que hicimos el baile de la moña por primera vez en  el parque de los policías, situado en la cascada de Lawton. Era como un baile, una discoteca. En lugar de decir: vamos a la discoteca, se decía: vamos a la moña”.

Pero ahora que han pasado décadas Luyanó parece un terreno vaciado de recuerdos. La música urbana que consumen los jóvenes se centra en el mismo discurso perpetuado por algunas formas de reguetón y trap.

“La primera vez que lo hicimos, muchos jóvenes se sorprendieron. Su referencia de raperos son las nuevas generaciones que hacen reguetón. Ellos no concebían que existieran en Cuba muchachos con las capacidades de improvisación tan particulares que requiere el freestyle, ni tampoco conocían la posibilidad de entablar competiciones dinámicas, emotivas y amigables”, comenta La Reyna, de la popular agrupación de género urbano La Reyna y La Real acerca de las primeras experiencias del proyecto comunitario Rap pa el Barrio, que lleva cinco ediciones en funcionamiento.

Rap pa el barrio, estiman los artistas involucrados, convocó a su primer show de hip hop en la calle Pérez entre Guasabacoa y Melones en el mes de octubre del año pasado. “El proyecto lo llevan La Reyna y la Real —comenta EIDI—, y es bastante espontáneo. Lo crearon como una iniciativa [para] hacer un espectáculo comunitario que mezclara elementos de la cultura hip hop y géneros populares para un público que no siempre tiene acceso a los escenarios. Llevarle a una comunidad un poco apartada el arte que [sus] habitantes no suelen poder disfrutar”.

Antes de Rap pa el Barrio han existido otros eventos de música que se han aproximado a la realidad de las comunidades. EIDI recuerda el Festival pa abajo, apoyado por la Agencia Cubana de Rap, que se desarrollaba en las canchas de baloncesto de la capital. El rapero Etian Arnau alegaba que era un proyecto social abierto a la interpretación artística de todos los géneros musicales. Y más reciente también habla de su vivencia como invitado en la Jesús María Jazz Session, proyecto diseñado para brindar a los concurrentes en la Habana Vieja otro tipo de música, alternativa a la que suelen consumir. Rizo, en cambio, dentro de la despierta ingenuidad de su edad recuerda como antecedente posible a los bonches: fiestas de barrio que, si bien incluyen a artistas, en ocasiones “acaban mal, con violencia y puñaladas”.

Foto: Cortesía de les artistes

En el fondo de esta escenografía temporal, en un lugar privilegiado, quedan los conciertos de Silvio Rodríguez cuando en 2010 empezó su Gira interminable por los barrios. En el documental Canción de barrio, dirigido por Alejandro Ramírez Anderson, el trovador y poeta la describe así: “La necesidad de una gira en lugares bien sensibles, en los lugares más afectados, más golpeados, más humildes de la ciudad de La Habana. En esos barrios problemáticos y donde hay mucha necesidad es que estamos haciendo ahora nuestra gira; porque siento, por un problema intitutivo, por un problema de ser de cubano, de ser de mi época y de mi tiempo que es lo que tengo que hacer. Me parece que tengo que venir y cantarles a ellos”.

“Si me preguntas ¿por qué ir con mi música a Luyanó? Te diría que precisamente por las características que tienen esos barrios prefiero ir allí a cantar, donde está la gente necesitada de que a ellos llegue algo distinto, algo constructivo. Los artistas deberían enfocarse en llevar la cultura y el buen arte a esas áreas donde están arraigados los principales problemas que tiene la niñez y la adolescencia de nuestros tiempos”, comenta Milton Mcdonald.

Cuenta La Real: “Con Rap pa el barrio no nos hemos puesto ninguna meta, sino que lo asumimos como una idea que camina sola y durará mientras las personas quieran. Es un evento que no se define como formal sino que sigue en cada concierto sorprendiendo al público, sin mucha más pretensión que la de [ser] un espacio para que los artistas presenten su música. Se suman los músicos que vienen, tenemos en cada edición a alguien en portada por cuestiones de promoción, pero casi siempre cualquiera que llegue puede subir a cantar”.

En plena calle de Luyanó, en las inmediaciones de la primera planta donde vive La Reyna, se realizan las presentaciones. Para referirse al lugar, Rizo, freestyler de 17 años, ubica como punto de guía la Esquina de Toyo. “Es único el hecho de que una artista tan reconocida haga un show en las puertas de su casa e invite a gente de la nueva y vieja escuela”, opina.

“Idealmente tratamos de hacerlo una vez al mes, pero convocar al proyecto en ocasiones se dificulta porque hay que solicitar una serie de permisos a la delegada de la cuadra, el jefe de sector, a la policía… Incluso nos hemos visto obligadas a posponer con las condiciones de audio aseguradas y todos los artistas confirmados porque no nos han autorizado en ese momento. Por eso no ha sido consecutivamente todos los meses, porque nos han dicho que no”, comenta La Reyna.

Explica la rapera que las causas oficiales de esta negativa de las instituciones se debe a que alegan que la petición debe hacerse con quince días a un mes de antelación. «Por la naturaleza de nuestro trabajo y la capacidad de convocatoria del evento comunitario, con un mes de antelación yo no puedo destinar un día específico para hacerlo, tal vez con una semana sí. Y yo simplemente quiero llegar al acuerdo de que ellos sepan que una vez al mes lo haremos y que podemos fijar la fecha cuando todo esté arreglado y los artistas tengan espacio en sus agendas”.

De la edición de Rap pa el barrio realizada en enero de este año comenta EIDI: “La Reyna y La Real pusieron una batería en medio de la calle, era un montaje informal pero tenía en materia de audio todo lo que se ve en los grandes eventos”. En palabras de Rizo los drums, el audio y el micro del evento son los vehículos perfectos para sostener sus interpretaciones y recrear “un ambiente súper diferente, mezcla de géneros y de muchas emociones”.

Foto: Cortesía de les artistes

Pero ¿cómo diagnosticar los intereses musicales de las nuevas generaciones? ¿Qué canciones están dialogando con sus debilidades y sus sueños y sus penas? “Lo que más camina ahora es el género urbano: morfa, repa. La gente no le presta atención al hip hop. Por eso tenemos que mezclar lo que hacemos con lo que ellos escuchan”, agrega Rizo.

“Es necesario llevar el rap de vuelta al barrio y no porque el rap deba permanecer allí y quedar, es porque no goza de buena salud ahora mismo. Nosotros interpretamos en las peñas para el público que ya nos conoce y se identifica con nosotros, pero necesitamos expandirnos a nuevos públicos”, admite Milton Mcdonald.

Comenta, haciendo eco a las incertidumbres de muchos otros, que el rap no tiene espacio en la Cuba de hoy y no existe en grandes escenarios. EIDI hace referencia a ese fenómeno explicando que su trabajo va bien encaminado “dentro de todo lo bien que puede irle a un rapero en Cuba, que no es mucho”.

El lugar más grande y prestigioso donde ahora mismo puede desarrollarse el movimiento es en Fábrica de Arte Cubano (F.A.C.), dice Milton McDonald. “Nosotros cantamos en espacios que le pertenecen a otros géneros porque tenemos que admitir que F.A.C. no es un club de rap. En este panorama no hay bares directamente definidos para el rap ni interesados en acogerlo de manera sistemática”.

Rizo, en cambio, asegura que los freestylers toman como espacios naturales del subgénero zonas transitadas de la urbanidad. Exhibiciones de freestyle en el parque Máximo Gómez, en Prado, en El Vedado y más seriamente en los escenarios del cine Riviera, el Salón Rosado de La Tropical y La Madriguera. Otros locales alternativos para competencias regionales a veces no llegan a darles confirmación.

“En F.A.C. la gente sabe lo que le espera, pagan por acceder a ese show. En el barrio la dinámica es diferente. El que pasa ve lo que están haciendo en una tarima improvisada en medio de la calle y se queda aunque no sepa lo que va a pasar. El público se mantiene a la expectativa de encontrar algo que pueda admirar y que logre conmoverlo sin conocer ni una pizca de este mundo. Abren su mente a esa posibilidad”, afirma.

En enero de este año al concierto callejero asistieron, calculan La Reyna y La Real, al menos 15 artistas cubanos, de entre seis agrupaciones que exploran subgéneros muy diversos del espectro del hip hop. La Reyna y La Real, Milton McDonald y EIDI, Rizo, freestylers como Gonki, Atrida, JB, Titán, otros raperos como Rose man, Afroman, RL, Charly Ya y Wampi, lasorpresa de la tarde.

“A pesar del histórico distanciamiento entre raperos y reguetoneros, pensamos en Wampi, que es un músico bien preparado. Modestamente cuando le comentamos que teníamos este evento aceptó participar. Desde el minuto cero dijo que podíamos contar con él. No lo anunciamos en el flyer por si los compromisos de su agenda le impedían venir a último momento y también para que el barrio no llegara solo atraído por la presencia de Wampi, sino por la propuesta general que les ofrecíamos”, relata La Reyna.

“Wampi es un chamaco súper humilde, que le llevó su talento a la gente que no puede permitirse pagar el cover de un bar, con una pincha descomunal y muy centrada”, dice Milton.

Rizo, por su parte, relata: “Me impresionó bastante la presentación de Wampi porque en un momento corto rapeó y lo hizo muy, muy bien. Si ahora él se pone a hacer freestyle con nosotros podría ganarle a muchos por su oído musical y su capacidad de fluir con el ritmo”.

“Wampi fue un momentico, la echó y se piró y eso denota la gran humildad de ese muchacho, —reconoce EIDI—. Primero, porque ese evento fue totalmente gratis, no cobró ni un peso, y hacer un espectáculo sin remuneración no es algo que muchos artistas acepten; y en segundo plano por el hecho de que no era una infraestructura súper grande. Wampi agradeció la invitación, fue el barrio el que lo hizo a él”,.

“Nosotros los raperos nos hemos adaptado a que si se puede cobrar, se cobra y, si no, asumimos que para la música que interpretamos y la vida que llevamos, Cuba no tiene una plataforma acondicionada”, explica Milton McDonald.

A los dueños de clubes particulares y estatales no les interesa el género, asegura Milton. Siempre cuestionan si la presentación del rapero no va acompañada de algún  instrumento o formato musical, o si no insertan en sus temas otras formas de música contemporánea.

“Yo me siento bien en Rap pa el Barrio gratificado por los aplausos del público, no hay premio comparable a ese. O cuando terminas un tema y dejas el micrófono al pie y se acercan unos niños a tomarse fotos contigo. Eso solo pasa ahí, en el espacio del barrio”, anota.

EIDI recuerda la calle obstruida de personas cortando la circulación de los autos, también la energía que desprendía la audiencia y la tribu de cabezas asomando entre las rejas, las puertas y las ventanas. “El rap no suele ser un género multitudinario por la desinformación, los estigmas, la ausencia de planes efectivos de promoción. Pero nosotros no hacemos música para gente a la que le gusta el rap, sino para todo tipo de gente. Cualquier manifestación cultural que saque a los jóvenes de esa realidad tan decadente es imprescindible en nuestro contexto. El rap posee un elemento consciente que ayuda a muchos jóvenes a salir del mal camino. Permite a las personas redimensionar la realidad social de los entornos difíciles y salir adelante refugiándose en la música”.

Foto: Cortesía de les artistes

Entre el público se distinguían, en su mayoría, niños. “Ojalá les pase lo que a mí en 2002 —dice Milton—, que con 10 años fui a una peña de rap y me enamoré”.

“El barrio es culpable de que seamos raperas, aquí nos sentimos muy orgánicas. Ahora solo queremos que se aproximen al evento aunque sea una o dos personas. Cambiarle la perspectiva al menos a ellos es un logro inmenso. Se siente como si estuvieran mil personas presentes”, explica La Real.

Rizo se encarama un rato en un fragmento de nube. Su pedazo privado de nube son los minutos en Luyanó durante los que cantó su drill Barrio no mata barrio y que a los presentes les encantase. Narrarles sus vivencias dentro de un edificio terrible de Colón: “Mi madre preparando la merienda/ para que mi hermano se vaya a la escuela./ Mi padre acostado pensando en la cama/ En buscar dinero sin tener problemas”.

“La otra noche cerca de dos bares próximos a mi casa, en Galeano, se escuchaba la bulla de peleas, piedras, cuchillos, palos. Y yo me preguntaba ¿por qué ellos pierden su tiempo en eso? con la cantidad de problemas familiares y cosas por resolver, para estar perdiendo el tiempo así”, dice.

Rizo confiesa que un pedazo de su arte se quedó allá, en Luyanó. “Es usar la misma modalidad agresiva que ellos usan. Es golpear con flores, te acabo de golpear con flores. Te sientes cómodo porque dices ¡Coño, lo que puedo hacer, puedo hacerlo bonito, sin hacer daño!”.

Lorena Alemán Massip Más publicaciones

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